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Juan P. Ledesma

Arendt frente a Eichmann: motivos y actitudes frente al nazismo

Solo los más atrevidos, los más audaces, los más nobles y, sí, los más inteligentes son capaces de oponerse con coherencia a la corriente general.

Solo los más atrevidos, los más audaces, los más nobles y, sí, los más inteligentes son capaces de oponerse con coherencia a la corriente general.
Richard Baer, Josef Mengele y Rudolf Höss en Auschwitz | Wikipedia

Continuación de Arendt frente a Eichmann: una introducción, publicado en este periódico el pasado 1 de noviembre.

Los motivos

Los motivos que aduce Hannah Arendt para la conducta de Adolf Eichmann es que era un ambicioso donnadie que se había visto aupado a los círculos de poder. No inclinado a la crueldad ni a la perversión, las razones que le llevaron a enrolarse con el movimiento nacional-socialista en Alemania y a colaborar con el mismo hasta la celosa ejecución de la Solución Final fueron una gran admiración por la "alta sociedad" de su tiempo1. Esta alta sociedad estaba compuesta por clases que habían heredado el prestigio social o económico, pero podía integrar también —como de hecho integraba en su tiempo— a advenedizos de todas las clases sociales, en especial de la clase media a la que pertenecía Hitler y su círculo. Eichmann manifiesta una admiración no disimulada por aquellos que han sabido auparse en la escala social sin importarles los medios, aquellos que saben trabajar tenazmente "en pos de sus designios" y aquellos que no tienen prejuicios morales —pero sí alardean de "objetividad" y cientifismo— a la hora de luchar por sus fines. En definitiva, el que ha conseguido llegar a lo más alto (como Hitler) es admirable por eso mismo, al margen de los sufrimientos que haya causado a sus semejantes. He ahí la doctrina de Eichmann, que fue en el fondo una corriente de pensamiento generalizada en el partido nazi, ansioso de emparentarse socialmente con las instancias tradicionales del poder. Efectivamente, el pacto con la élite prusiana del antiguo régimen se realizó sin fricciones (Día de Potsdam) y, como bien critica Hannah Arendt, el hecho que esa misma élite confabulara para acabar con la vida de Hitler no indica más que la intención de abandonar el barco que se hunde.

La misma obra de Adolf Hitler, Mein Kampf, revela en su título toda una programática de acción individualista que es sintomática de unos tiempos brutalmente competitivos, sin paliativos y sin piedad. Si explicación hubiera, habría que buscarla en la dureza de unas condiciones de vida que se habían visto agravadas por las sucesivas crisis económicas que azotaron el periodo de entreguerras. Gente de inteligencia y valor había sido sistemáticamente despreciada por la élite social y económica de la República de Weimar, por lo que no es extraño que los nazis descubrieran el "enemigo oculto" entre los judíos. Necesitaban un chivo expiatorio para sus fines, pero no podían inventarlo de la nada: por lo tanto, tenía que haber algo de verdad. No obstante, eso no es excusa para los excesos a los que llegaron en su obsesión de "limpiar" la sociedad de elementos "dañinos", porque, ¿hasta dónde tiene que llegar la "limpieza"? En el fondo, la "suciedad" no está en ninguna raza, etnia, color, religión o sexo; la sombra subyace en cada corazón humano, nos guste o no. En otras palabras, no existe ninguna "pureza" absoluta por la que luchar. Ahí es donde se equivocó Hitler radicalmente, y ahí es donde le siguieron individuos en gran parte oportunistas que querían auparse en la escala social, cual Adolf Eichmann. Naturalmente, como dice Hannah Arendt, Eichmann "no tenía que cerrar sus oídos a la voz de la conciencia", no porque no la tuviera, sino porque esa conciencia le hablaba con la voz de "la sociedad respetable" a su alrededor2. Lo cierto es que, al margen de la "respetable sociedad" de aquel tiempo que es, como la actual, a la que cualquier ambicioso aspira pertenecer, existía lo que Arendt llama un "ambiente" del que uno no se podía desentender a riesgo de quedar aislado socialmente. Ese "ambiente" es el caldo de cultivo de todos los autoritarismos —sean de izquierdas o de derechas— y solo los más atrevidos, los más audaces, los más nobles y, sí, los más inteligentes son capaces de oponerse con coherencia a la corriente general. Para eso hay que estar imbuido de un cierto desprecio en la consecución de las ambiciones corrientes.

La actitud

"Dureza sin contemplaciones" [ruthless toughness], dice Hannah Arendt, era una cualidad altamente apreciada por los dirigentes del Tercer Reich. Curiosamente, ese "no ser bueno" fue visto en la Alemania de la posguerra —y en el resto del mundo, muy especialmente en los "recios" Estados Unidos de América, condescendientes con los alemanes y típicos representantes del struggle for life que implica un cierto darwinismo social bastante despiadado— como algo deplorable de acuerdo con las reglas más elementales de la caridad cristiana, pero ciertamente inevitable dada la naturaleza humana...3 Sin embargo, hay una curiosa reflexión de Hannah Arendt cuando nos habla de las deportaciones desde Europa occidental, y concretamente desde Dinamarca. En este país los nazis se encontraron con una abierta resistencia a la deportación de judíos por parte de las autoridades (el rey de Dinamarca) y de la misma población. Los resultados parecen haber sido que los oficiales alemanes de las fuerzas de ocupación "que se encontraron con oposición basada en principios" cambiaron su forma de actuar y sabotearon, aunque fuera subrepticiamente, las órdenes que recibían de Berlín. Así que esa dureza sin contemplaciones, dice Hannah Arendt, "se derritió como mantequilla bajo el sol"4. Es el único caso que se dio en Europa de coraje civil generalizado frente a la brutalidad nazi, pero mis propias reflexiones giran en torno al respeto que pudieron sentir los alemanes en un país altamente civilizado y ciertamente similar a Alemania en cuanto a costumbres y etnia, lo que les impulsó quizás a un trato de favor.

En cambio, en Italia, donde regía el "fascista" Mussolini, no se atrevieron a oponerse abiertamente a las instrucciones que recibían desde Berlín para la deportación de judíos, pero sí a boicotearlas sibilinamente, porque Italia, igual que la España de Franco, nunca acabó de aceptar del todo esa saña asesina contra toda una etnia. Coincidiendo con los nacionalsocialistas en muchos aspectos, no pasaban sin embargo por su política racial y anti-religiosa. Arendt llega a decir que "los nazis sabían bien que tenían más en común con la versión estalinista del comunismo que con el fascismo italiano...".5

Los testimonios

En el capítulo "Evidencia y Testimonios"6, Arendt comienza por narrar irónicamente la presentación de "testigos" por parte de la Casa de Justicia en Jerusalén, más interesada en los aspectos sensacionalistas y propagandísticos que en el esclarecimiento de la verdad. Tal vez porque Hannah Arendt busca en su descripción el aspecto humano y auténtico de las vivencias, resalta aquí la aparición de testigos o testimonios que "escaparon a la irrelevancia general". Uno de ellos fue el viejo Zindel Grynszpan, padre de Herschel Grynszpan. Este último fue el autor del asesinato que, en 1938, acabó con la vida del joven diplomático alemán Ernst von Rath en la embajada de París. Arendt precisa inteligentemente que el asesino era un psicópata que posiblemente fuera utilizado por los servicios secretos nazis para matar dos o tres pájaros de un tiro —ya que von Rath simpatizaba con los judíos y había manifestado opiniones contrarias al régimen nacionalsocialista en Alemania— y poder al mismo tiempo tener un "mártir" que justificara ante el extranjero su política de represión contra los judíos7. En efecto, en noviembre de ese mismo año se desencadenó la Noche de los Cristales Rotos y posteriores pogromos en Alemania. Lo mismo había ocurrido años antes, con éxito, en el incendio del Reichstag el 27 de febrero de 1933, al acusar a un comunista holandés (algo "retrasado") de ser el incendiario, cuando fueron probablemente las mismas SS las que provocaron el fuego. Nada de eso se ha podido probar, naturalmente, porque los nazis —al fin y al cabo, alemanes— eran bastante eficientes en la ocultación de pruebas. De todas maneras, la moraleja está tanto en el cinismo de los que detentan el poder como en el honrado testimonio de personas íntegras. Uno de ellos fue la sencilla relación del viejo Zindel Grynszpan. La otra fue la referencia a un sargento del ejército alemán que ayudó a la resistencia judía, finalmente descubierto y ejecutado8. Por eso resulta tan curiosa la alusión al libro de Peter Baum, die Unsichtbare Flagge, en el que, con muy buenos argumentos, este autor alemán trata de justificar la incapacidad de actuar del "soldado normal" frente a los excesos criminales de las SS en el frente de Rusia. Dice más o menos que el "sacrificio moral" hubiera sido en vano, porque los regímenes totalitarios —en este caso el régimen nazi— son expertos en hacer desaparecer a los "héroes" silenciosamente y, por lo tanto, su sacrificio no hubiera tenido "consecuencias prácticas"9. Arendt sale al paso de estos razonamientos diciendo, más o menos, que es imposible borrar todas las fronteras entre lo bueno y lo malo, hacer desaparecer todas las huellas de forma que las víctimas "desaparezcan en silenciosa anonimidad". Y que bastan uno o dos testimonios honestos y simples, como los del sargento Schmidt o el del viejo Grynszpan, para mantener viva la llama de la esperanza. En palabras de Hannah Arendt (traduzco):

Políticamente hablando, la mayor parte de la gente se somete bajo condiciones de terror, pero alguna gente no se somete... Humanamente hablando, no se requiere más y, razonablemente, no se puede pedir más para que este planeta siga siendo un lugar digno de ser habitado10.

Revisión y corrección de estilo: Francisco Rodríguez Criado

Sobre ello y otras cosas hablaremos más adelante, en los siguientes artículos de la serie.


1 Arendt, H. Ibd. p. 111

2 Arendt, H. Ibd. p. 112

3 Arendt, H. Ibd. p. 146

4 Arendt, H. Ibd. p. 154-157

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