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Paloma Hernández García

Artistas, política y cambio climático

Las ideologías que se distribuyen hoy día desde las artes son desde el punto de vista político disolventes de todo, de la racionalidad técnica, de la racionalidad científica, de la racionalidad filosófica y, por supuesto, de la racionalidad política.

Las ideologías que se distribuyen hoy día desde las artes son desde el punto de vista político disolventes de todo, de la racionalidad técnica, de la racionalidad científica, de la racionalidad filosófica y, por supuesto, de la racionalidad política.
Anuncio de la muestra en León de Richard Le Manz | Expo de Richard Le Manz

No cabe sorprenderse cuando la Universidad y el Ayuntamiento de León (PSOE) impulsan un proyecto artístico del fotógrafo Richard Le Manz para sensibilizar sobre "la urgencia climática", argumentando que "la ciencia ha fracasado en exponer y explicar la gravedad del problema", razón por la que las instituciones públicas optan por promover la mirada "ético-crítica" del artista como "despertador de la conciencia". Y decimos que no cabe escandalizarse con estos asuntos porque los artistas del pasado también servían como correas de transmisión de las ideologías que interesaba administrar a la población desde las clases dirigentes. La pregunta que tenemos que plantearnos es si las ideologías que se distribuyen hoy día desde las artes son prudentes y sabias desde el punto de vista político y aquí la respuesta ha de ser contundente: no lo son. Son disolventes de todo, de la racionalidad técnica, de la racionalidad científica, de la racionalidad filosófica y, por supuesto, de la racionalidad política.

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Imagen de la muestra 'APHASÍÃ, visiones del Antropoceno’ en León | Richard Le Manz

Artistas puestos a filosofar

¿Por qué decimos que la práctica artística contemporánea en España, o una parte nada desdeñable de sus producciones, son disolventes de la racionalidad filosófica? Principalmente, porque muchos de estos profesionales del arte se han puesto a filosofar. Pero no filosofan de forma sistemática, rigurosa, sino de forma espontánea. Esta "filosofía espontánea" de los artistas o de los críticos de arte consiste en abordar filosóficamente —a través de textos— ideas que no pertenecen al campo específico de las artes, ofreciendo desarrollos pseudo-filosóficos incompletos, distorsionados y sin ningún tipo de fundamentación, esto es, rudimentarios. A menudo, además, dichos desarrollos teóricos no pasan de ser meras interpretaciones subjetivas o cúmulos de ocurrencias del autor sobre el conjunto de ideas tratadas, de ahí que sea común encontrar a artistas que hablan en tono sentencioso sobre cuestiones políticas, éticas, morales o científicas. Así se dirá, por ejemplo, que tal artista ha transformado tal o cual sensación en idea… la idea del infinito, del ser, de la nada, del espacio-tiempo. Muchos artistas del presente han quedado instituidos como ontólogos: ésta es la gran revolución, al parecer. Pero entonces habrá que ver qué tipo de ontología hacen porque la mayor parte de las veces es ontología basura. No obstante, los artistas emprenderán con auténtico brío la tarea de abordar filosóficamente todo tipo de cuestiones: la libertad, la "izquierda", la "derecha", la paz, la guerra, el aborto, el derecho, la religión o, incluso, el cambio climático.

El cambio climático

Sin duda, la cuestión del cambio climático antropogénico —presuntamente causado exclusivamente por la acción humana— es un factor ideológico crucial dentro del sistema de pensamiento dominante en nuestro presente. No abordaremos esta difícil cuestión, sin embargo, desde el punto de vista científico —desde la perspectiva de lo que dicen los estudios de la física, por ejemplo— sino que fijaremos la atención en las coordenadas de la política. ¿Qué significa esto?, pues que antes que por el negacionismo de los problemas ecológicos específicos que se derivan de este fenómeno, optaremos por subrayar que cuando pasamos de la ciencia a la política la complejidad del problema se hace aun más visible, dado que las medidas políticas que se están tomando en relación al cambio climático están atravesadas por múltiples intereses. Poco se habla, por ejemplo, de que parte del problema de la subida de la factura de la luz es que hay que pagar los derechos de emisión del CO2 de la transición ecológica.

La nebulosa ideológica que envuelve al llamado cambio climático desdibuja las fronteras de la política, eliminando a los Estados de los parámetros de análisis. Con el propósito de alcanzar la neutralidad climática (cero emisiones) para 2050, la Comisión Europea y Estados Unidos han impulsado planes millonarios de inversión con el fin de modificar el patrón de consumo bajo la premisa de que "lo que es bueno para el planeta es bueno para los ciudadanos y la economía". Pero ¿a qué ciudadanía y a qué economía se refieren? ¿A la de Detroit o a la de Honolulú, la ciudad menos contaminada de EEUU? ¿Se refieren a la ciudadanía y a la economía china o a la española? ¿A la de Cáceres o a la de Begusarai en la India? Este tipo de discursos se construyen sobre la idea de una humanidad metafísica que actuaría en bloque y de forma solidaria para detener los efectos adversos del cambio climático. Pero no es la humanidad la que actúa política, económica o históricamente, sino partes de esa humanidad: los Estados. Desde este humanismo metafísico se intenta justificar que, puesto que el "cambio climático antropogénico" nos afecta a todos, éste ha de ser afrontado por todos por igual, en tanto miembros del "Género Humano", sin tener en cuenta que ni todos los países sufren los mismos efectos, ni afectan por igual al llamado cambio climático y, ni mucho menos, van a asumir responsabilidades por igual: unos países están más poblados que otros, unos están más industrializados que otros, unos tienen coltán y otros no, unos fabrican cosas con coltán y otros no.

La protección del planeta no puede hacerse desde el Todo —la Tierra o "Gea"— sino desde los Estados, que son los que tienen herramientas para ir atajando el problema. Herramientas tecnológicas y económicas que, a su vez, necesitan explotar de alguna manera a esa "madre naturaleza" para mantener el nivel de vida de los ciudadanos de los Estados de bienestar. Porque resulta que muchos olvidan que aquello que unos países tomen de la "naturaleza" para salvarla, lo toman necesariamente contra otros, justamente porque unos y otros Estados necesitan y poseen esas riquezas "naturales" en sus respectivos territorios de distinta manera.

Ecualizar la responsabilidad sobre el llamado cambio climático, no hace sino condenar a unos países en beneficio de otros. China sigue a lo suyo, por ejemplo, progresando adecuadamente como la chimenea del mundo. Mucha prudencia, por tanto, con las medidas adoptadas por España, pues ya estamos comprobando que pasarse de frenada podría conllevar problemas económicos, e incluso ecológicos, mucho más graves que los vaticinados por los ecologistas apocalípticos y por los artistas de la filosofía espontánea.

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