
Durante la noche del 27 al 28 de marzo, los miembros de la Quinta Columna que permanecían en Madrid se empezaron a hacer visibles. Grupos de personas pertenecientes en su mayoría a las milicias clandestinas de Falange, tomaron los enclaves más representativos de la capital, antes de que lo hiciera el propio Ejército nacional. Lo prioritario era controlar los puntos clave para evitar posibles sabotajes de elementos gubernamentales contrarios a la rendición. Por ese motivo, los quintacolumnistas, ataviados con brazaletes blancos y armados con pistolas, se hicieron con el control del Metro, los tranvías, la red de alcantarillado y la Telefónica. De madrugada, la sede de esta última compañía pasó a manos de Joaquín Rodríguez Cobo, un agente emboscado del SIPM, que recibió todo tipo de facilidades del teniente coronel de Ingenieros Guillermo Domínguez Olarte, el jefe republicano al mando de la empresa, que favoreció una entrega pacífica del edificio de la Gran Vía, pues simpatizaba con los alzados.
Otros grupos de la Quinta Columna también se apoderarían en esas horas de edificios emblemáticos de Madrid, como el Congreso de los Diputados, la Dirección General de Seguridad o el Parque Móvil del Ministerio de Gobernación. Algunos agentes realizaron misiones un poco más arriesgadas, como aproximarse hasta las trincheras y posiciones defensivas de las fuerzas republicanas para negociar una rendición pacífica. Fue el caso de José Burgos Iglesias, un capitán de Infantería del grupo Rodríguez Aguado que acudió al sector de Entrevías para entrevistarse con el Estado Mayor de la LXVII Brigada Mixta. Utilizando sus dotes de gran orador, pudo convencer al comisario político para que diera la orden a sus hombres de retirarse de sus trincheras, abandonar el armamento y regresar a Madrid a pie. Le costó un poco más influir en los oficiales de la unidad, que exigían una paz honrosa. En unas horas, Burgos Iglesias logró la rendición pacífica de la citada brigada a las tropas de Franco, que recibieron intacto su arsenal de la zona de Pacífico. Este capitán más adelante quedaría encuadrado en la 5.ª Legión de Milicias, a las órdenes del comandante Leopoldo Morquillas, encargada de vigilar las principales estaciones eléctricas de Madrid que corrían el riesgo de ser voladas por grupos aislados de la CNT dispuestos a mantener la lucha.
En el domicilio de José Antonio
Llama la atención una directriz que recibieron los quintacolumnistas madrileños, horas antes de la caída de la ciudad, procedente de la Falange Clandestina. Tenían que evitar por todos los medios que se produjeran concentraciones de personas en el número 86 de la calle Serrano, el que fuera domicilio de José Antonio Primo de Rivera antes de la guerra. Aunque se anunciaban futuros homenajes para el fundador de Falange, los grupos que actuaban en Madrid tenían prioridades más relevantes, como desarmar al enemigo, liberar a los presos de las cárceles y seguir controlando los puntos sensible de la ciudad.
Por lo que respecta a la orden dada a los falangistas de poner en libertad a los encarcelados, a primerísima hora del 28 de marzo, Fernando Suárez de la Dehesa, subjefe de milicias, fue designado para actuar en la prisión de San Lorenzo, el siniestro centro de reclusión del SIM donde habían sido encerrados casi todos los quintacolumnistas detenidos en la capital desde finales de 1937.
Toma de Barajas
Los acontecimientos se desarrollaron de forma muy parecida en el aeródromo de Barajas. Durante la madrugada del 27 al 28 de marzo, un grupo de falangistas dirigidos por el sargento mecánico Felipe Sanz se apoderaron de la pista de despegue y aterrizaje para evitar posibles huidas de las tripulaciones que todavía se encontraban allí. Todos los quintacolumnistas llevaban pistolas ametralladoras y brazaletes con el distintivo de Falange. No hubo disparos, pero sí mucha tensión con los aviadores republicanos, a quienes la presencia de agentes emboscados cogió desprevenidos.
Para los servicios de información franquistas era muy importante tomar Barajas, no solo para evitar la huida masiva de aparatos enemigos, sino porque este sería el principal aeródromo de la zona centro donde tendrían que entregarse el resto de las fuerzas republicanas. La operación fue ideada por el capitán del SIPM José Fernández Guerra, que designó al sargento Felipe Sanz responsable de la acción sobre el terreno. El comportamiento de este suboficial durante la guerra generó muchas suspicacias a la justicia franquista, tanto que sería condenado a treinta años de prisión por haber pertenecido a las Fuerzas Aéreas de la República. Antes de ser captado como agente de la Quinta Columna, había sido miembro del Comité Revolucionario del aeródromo de Getafe, entidad que mandó asesinar a varios pilotos de derechas. También dirigió el aeródromo de Algete y estuvo afiliado al Partido Comunista, aunque a medida que pasaban los meses creció su desencanto con la causa republicana. Pese a dirigir la toma de Barajas para los franquistas, horas después de su brillante y rápida actuación fue detenido por la Policía Militar y trasladado a la cárcel de Porlier.
En aquellos últimos días de la guerra, tuvo un protagonismo destacadísimo otro grupo de quintacolumnistas que no estaba tan en contacto con la calle, sino que se movía muy bien en las altas esferas de la República. Estaba dirigido por un catedrático de Derecho, Antonio Luna, que, aunque tenía ideas conservadoras, mantenía desde siempre una muy buena relación con personajes representativos de la izquierda, como Fernández de los Ríos o Federico García Lorca. Al estallar la contienda fue inhabilitado como funcionario público tras su negativa a trasladarse a Valencia con otros profesores universitarios e incluso fue detenido por milicianos de la checa García Atadell.
Luna no empezó a trabajar para los servicios secretos de Franco hasta 1938. Fue reclutado por el SIPM por la buena relación que mantenía con Julián Besteiro, que le había ayudado en 1937, cuando fue incautada la Fundación Nacional para las Investigaciones Científicas, entidad a la que el profesor estaba muy vinculado. Aunque no había militado nunca en el partido de José Antonio, la Falange Clandestina le captó por su proximidad al político socialista, con el que mantenía tertulias y encuentros semanales en su casa del Viso para comentar el devenir de la guerra. El espionaje nacional le pidió que pulsara el estado de ánimo de Besteiro y que intentara influir en él para que asumiera una mayor responsabilidad política. También le dieron indicaciones para que moldeara su personalidad de modo que, cuando se produjera el golpe de Casado contra Negrín, apoyara de manera incondicional el levantamiento.
Luna creó una organización formada por personas de su confianza —profesores universitarios, científicos y médicos— que actuaron en las más altas esferas de la República en Madrid, sobre todo en los meses finales del conflicto. Su mano derecha era Julio Palacios, un científico zaragozano de ideas monárquicas que, al igual que Antonio, también había perdido su plaza de funcionario público tras negarse a abandonar Madrid. Sus otros dos colaboradores eran dos médicos militares, que se encontraban emboscados dentro de la sanidad militar del Ejército republicano: Ricardo Bertoloty, jefe del servicio antivenéreo, y el ya citado Diego Medina Garijo, médico personal de Casado y máximo responsable de la Jefatura de Sanidad de la Primera División Orgánica de Madrid.
El médico de Casado, un quintacolumnista
La acción más importante que llevó a cabo el grupo de Antonio Luna —además del acercamiento a Besteiro— fue la aproximación a Segismundo Casado para que contribuyera desde su puesto de jefe del Ejército del Centro a liquidar la contienda. Como era de esperar, como intermediario actuó Medina Garijo, que llevaba meses tratándole de la úlcera de estómago que padecía. Simulando una consulta rutinaria, el 1 de febrero de 1939 el doctor le desveló su verdadero papel de agente secreto al servicio del SIPM para hacerle llegar las concesiones que el Caudillo estaba dispuesto a realizar con el propósito de que las fuerzas republicanas ayudaran a acelerar el final del conflicto. El coronel republicano se sorprendió sobremanera y llegó a comentar en tono jocoso que no sabía si alegrarse por el anuncio de su médico o mandarle fusilar. Con todo, se mostró a favor de esas concesiones anunciadas y se comprometió a hacer todo lo que estuviera en su mano para acabar cuanto antes con la guerra. Desde aquel 1 de febrero, Medina Garijo se mantuvo cerca de Casado hasta casi el final de la contienda. Otros agentes del SIPM también se aproximaron al coronel, como Centaño de la Paz, pero su contacto real con la Quinta Columna fue este médico malagueño con el que tenía una complicidad muy especial. Antonio Bouthelier, jefe del servicio exterior del SIPM en Madrid, explicó tras la guerra la importante labor de Medina en relación con Casado:

Con habilidad, celo y perseverancia, Diego Medina fue moldeando los pensamientos de Casado, tornándolo propicio al servicio de la Patria y el ideal nacional. Tuvo conocimiento el servicio de la labor y de las condiciones personales que se reunían con Diego Medina Garijo y se puso en contacto con él a fin de propiciar una rendición del Ejército del Centro mediante la captación de su jefe, Casado. Don Diego Medina Garijo actúa en peligrosas misiones de enlace con el Cuartel General Rojo. Y su constante y diaria labor de influencia cerca de Casado se ve coronada por el mejor de los éxitos, cuando este acude a celebrar entrevistas con agentes del Servicio.
Durante la tarde del 27 de marzo, Casado se despidió de su médico en su despacho del Ministerio de Hacienda. A la mañana siguiente, tanto el coronel como el resto de los miembros del Consejo Nacional de Defensa abandonarían la capital para trasladarse a Valencia y desde allí al extranjero. Ambos se fundieron en un emotivo abrazo y se desearon suerte para el futuro incierto que tenían por delante.
Antes de preparar su marcha, los miembros del Consejo Nacional de Defensa tomaron una última decisión: nombrar a Melchor Rodríguez, alcalde en funciones de Madrid hasta la llegada de las fuerzas nacionales, pues él también había decidido permanecer en España. En plena madrugada, le comunicaron la noticia y le pidieron que se trasladara a primera hora de la mañana al Ministerio de Hacienda para recibir las últimas instrucciones sobre el traspaso de poderes. Aunque ya había formado parte de la corporación municipal en mayo de 1937, la designación sorprendió al anarquista por la importancia del nombramiento.
Fragmento incluido del libro La Guerra Encubierta. Operaciones secretas, espías y evadidos en la Guerra Civil española (Arzalia Ediciones, 2024).
