La brutalidad ejercida por las milicias del Frente Popular no fue un hecho aislado, sino parte de una estrategia de aniquilación espiritual y física.
Federico Jiménez Losantos y Javier Paredes han recordado la tragedia de las enfermeras de Somiedo, Pilar, Olga y Octavia, conocidas popularmente como las enfermeras de Astorga. Estas tres mujeres que realizaban una labor humanitaria atendiendo a heridos en el frente, fueron capturadas y trasladadas a la Casa del Pueblo de Somiedo, sede del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en octubre de 1936. Allí fueron objeto de todo tipo de vejaciones. Fueron violadas durante toda la noche y, para ocultar el eco de los gritos de las víctimas, los milicianos utilizaron un carro de bueyes que daba vueltas alrededor del edificio, una muestra de la premeditación y el sadismo de los verdugos.
Al día siguiente, el horror continuó con el fusilamiento de las enfermeras, un honor que el mando republicano concedió a las milicianas para que demostraran su compromiso con la causa. En el momento final, ante las dudas y el temblor de pulso de las milicianas encargadas de disparar, una de las enfermeras llegó a recriminarles su falta de valor. Finalmente, los hombres tuvieron que intervenir para consumar el asesinato mientras las enfermeras gritaban ¡Viva Cristo Rey! Este grito, símbolo de la resistencia espiritual, iguala a los mártires de la Guerra Civil española con otros grandes testimonios de fe en la historia, como los de la Vendée o la Cristiada mexicana.
Losantos ha destacado la importancia de la obra de Concha Espina, Las princesas del martirio, donde se narra con una crueldad ejemplarizante el destino de estas jóvenes.
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