Dos de los capítulos de este libro que da testimonio de la magnitud de la persecución religiosa sufrida en España durante la década de los años treinta, están dedicados a la Archidiócesis de Toledo donde fueron asesinados el 48% de los sacerdotes seculares, casi todos en los primeros meses de la Guerra Civil.
Jiménez Losantos destaca la irracionalidad de ciertos actos vandálicos como la voladura de la Cámara Santa en la Catedral, que carecía de cualquier valor militar estratégico. Paredes apunta que la destrucción de los objetos sagrados no es un fin en sí mismo, sino un medio para un objetivo mucho más ambicioso y oscuro: la voluntad de matar a Dios en el imaginario colectivo y en el alma del pueblo.
Entre los asesinados merece especial atención el caso del eminente sacerdote José Polo Benito, desde 1923 deán de la Catedral de Toledo. Un albañil al que Polo Benito había ayudado en otras épocas cuando le faltaba trabajo se presentó en su casa el 23 de julio de 1936 con un grupo de milicianos. Le apresaron pero no fue fusilado. Tras la exhumación en 2007 se confirmó que le destrozaron el cráneo a culetazos de fusil. La imagen del cuerpo incorrupto es espeluznante, con el rictus del dolor impreso en el rostro.
Jiménez Losantos y Paredes coinciden en que el modelo de violencia seguido en España guarda un paralelismo inquietante con las columnas infernales de la Revolución Francesa en la región de La Vendée. Esta conexión histórica revela que el odio revolucionario sigue un patrón universal: allí donde llega la revolución, se busca el exterminio total de la identidad católica.

