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La Gran Revolución Cultural Proletaria

La Revolución Cultural, contra lo que cierto vulgo sigue creyendo en Europa, no fue una cosa de intelectuales, sino de analfabetos.

La Revolución Cultural, contra lo que cierto vulgo sigue creyendo en Europa, no fue una cosa de intelectuales, sino de analfabetos.
Retrato de Mao Tse Tung en la Plaza de Tiananmen de Pekín. | Pixabay/CC/PublicDomainPictures

Creo que solo me he acordado yo del asunto, pero este domingo último, 17 de mayo de 2026, se cumplieron sesenta años del inicio oficial de la Gran Revolución Cultural Proletaria. Aquello, visto con la perspectiva siempre desmitificadora que da el tiempo pasado, solo fue un auto de fe materialista con el que Mao trató de purgar el alma mercantil y confuciana de la China eterna y, de paso, ocultar ante las masas su definitiva incompetencia, casi criminal, como planificador económico. La Revolución Cultural, contra lo que cierto vulgo sigue creyendo en Europa, no fue una cosa de intelectuales, sino de analfabetos. De hecho, consistió en la entronización oficial de la ignorancia en tanto que vanguardia dirigente de la transición al comunismo.

Así, legiones de adolescentes ágrafos, fanáticos y rústicos, los guardias rojos, pasaron de un día para otro a convertirse en fiscales acusadores de cualquier cosa que sonara a letra impresa en el país más grande y desgraciado del mundo. El Gran Timonel había clausurado las aulas, sustituyendo el teorema de Pitágoras por el Pequeño Libro Rojo, su particular manual de resiliencia para tratar de continuar en el poder tras el desastre en que había concluido el Gran Salto Adelante. Armada con aquel rudimentario ancestro del algoritmo polarizador de Twitter, la chavalada maoísta alumbró en su seno a los primeros influencers con porra al cinto de la era contemporánea. Y el camarada Xi Jinping, por cierto, fue una de sus víctimas. Lo enviaron a recoger mierda de vaca en una comuna agrícola durante una muy larga temporada.

Hoy, de todo aquello solo queda la foto gigante de Mao vigilando a los viandantes desde la puerta de entrada a la Ciudad Prohibida. Ahora, el país se prepara para jubilar definitivamente al Tío Sam como potencia hegemónica del planeta. Y para hacerlo, además, desconcertando a todos los economistas, politólogos e historiadores de ese mismo planeta. Porque el régimen que se ha terminado estableciendo allí, esa especie de capitalismo con rasgos chinos, no es realmente capitalista, pero mucho menos resulta ser comunista. ¿Qué son entonces? Bueno, los chinos son nacionalistas chinos.

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