
El 250 aniversario del nacimiento de los Estados Unidos me lleva a evocar su cuna, Filadelfia, una ciudad con pretensiones utópicas, fundada en siglo XVII en el marco del Experimento Sagrado del cuáquero William Penn. Su centro histórico es un hermoso conjunto de arquitectura colonial en ladrillo rojo, que refleja todo el ideal urbanístico de su promotor. Cuidados parques, calles rectas y arboladas, aceras anchas y algunos pórticos neoclásicos transmiten una sensación de sobriedad racionalista e ilustrada. En las manzanas aledañas, los modernos edificios parecen tsunamis a punto de engullir a sus venerables vecinos. Este distrito está protegido como parque nacional y, para los estadounidenses, es la milla cuadrada más histórica de América.
Allí se encuentra el Independence Hall. También es un edificio de ladrillo rojo de estilo georgiano, construido en 1753 para ser la sede del gobierno de Pennsylvania. Destaca su torre del reloj, coronada por un esbelto campanario pintado de blanco. Como otros muchos edificios históricos en los Estados Unidos, ha sido reconstruido en diversas ocasiones y queda poco de su estructura original. Su interior ofrece la apariencia que tendría en su momento más glorioso, aunque apenas tiene setenta años. Aquí los Padres Fundadores suscribieron los tres documentos más trascendentales de la historia de este país: la Declaración de Independencia en 1776, los Artículos de la Confederación en 1777, y la Constitución en 1787.
El término "Padres Fundadores de los Estados Unidos" se acuñó en el siglo XX y los historiadores le otorgan mayor o menor amplitud según los prejuicios ideológicos de cada momento. Algunos solo aplican esta denominación a los políticos y militares, que más influyeron en el nacimiento del nuevo país, como los "siete grandes": George Washington, John Adams, Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, Thomas Jefferson, John Jay y James Madison. Otros historiadores agrupan bajo esta denominación al conjunto de los firmantes de la Declaración de Independencia, de los Artículos de la Confederación y de la Constitución, e incluso a cualquier patriota, que destacara en el proceso revolucionario. En cualquier caso, la mayoría de los Padres Fundadores eran personas preeminentes en su comunidad y de origen británico.
A lo largo de la historia del joven país, se ha atribuido a este grupo de personas una categoría mítica, como si fueran semidioses, que habitaran una versión del monte Olimpo con estética a lo Capitán América. Lo cierto es que sus logros fueron muy importantes porque crearon una nación basada en principios liberales, como la igualdad de todos ante la ley, la consideración del individuo como la unidad soberana de la sociedad, la ciudadanía como fuente de legitimidad del gobierno y el libre mercado.
Los países se cohesionaban entonces mediante una lengua, religión, historia o etnia común a sus habitantes. Sin embargo, los Estados Unidos se articularon en torno a unas convicciones y creencias compartidas, recogidas en sus textos fundacionales, y que Thomas Jefferson describió como evidentes. Por eso hay quien dice que Europa fue hecha por la historia y los Estados Unidos por la filosofía. Así, ser ciudadano estadounidense no depende de los antepasados, sino de asumir estos valores, que constituyen la esencia nacional. Este espíritu permanece muy vivo hoy en día en aquel país. La constante invocación que el Tribunal Supremo hace de la Constitución de 1787 para resolver controversias actuales, hace que la imagen de los Padres Fundadores, que la redactaron, resulte cotidiana y cercana.
Sorprende que todas estas ideas arraigaran en un lugar alejado de los centros de poder y conocimiento de la época, que se encontraban en Europa. Quizá esto se produjera porque la sociedad norteamericana estaba más abierta a reconocer el talento individual que las anquilosadas sociedades europeas del Viejo Régimen, donde la herencia de sangre era esencial para acceder a responsabilidades públicas. Sin embargo, los revolucionarios americanos abogaban por una "aristocracia natural", basada en el mérito más que en la genealogía, permitiendo así que hombres de orígenes muy humildes, como Franklin o Hamilton, alcanzaran la cima de la escala social, en vez de languidecer en la oscuridad de alguna ciudad europea. Al mismo tiempo, los fundadores no estaban constreñidos por complejos igualitarios, eran elitistas conscientes de su valía personal y sentían que debían asumir un papel rector en la sociedad. Se encontraban a caballo entre un ideal democrático y otro aristocrático, y supieron maximizar las ventajas de ambos.
Otro factor determinante fue el riesgo personal, que asumieron en la Revolución. La mayoría de los Padres Fundadores estaban convencidos de que si fracasaban en su empeño perderían sus propiedades y quizá también sus vidas. El peligro mantuvo alejados del proceso independentista a los más tibios y oportunistas. Se quedaron al frente de la incipiente nación quienes tenían las convicciones más profundas y sinceras. No eran gentes pusilánimes, y tenían la resolución y la fortaleza necesarias para triunfar. Por eso Ralph Waldo Emerson advirtió a los líderes de las siguientes generaciones que evitaran compararse con los Padres Fundadores. Ellos contaban con la inestimable ventaja de haber estado "presentes en la creación" y "haber visto a Dios cara a cara".
La Declaración de Independencia afirmaba la doctrina del contrato social y explicaba que la secesión de las Trece Colonias era legítima porque la Corona había incumplido su parte del acuerdo. Así, enumeraba veintisiete agravios causados por el rey Jorge III, al tiempo que afirmaba los derechos naturales y legales de los colonos, incluido el derecho a la rebelión.
El nacimiento de los Estados Unidos tendría que ser celebrado cada 2 de julio. Y es que la secesión fue votada ese día por el Segundo Congreso Continental cuando aprobó la conocida como Resolución Lee. Este sucinto documento establecía que las Colonias Unidas eran, a partir de entonces, "estados libres e independientes", separados del Imperio Británico. Sin embargo, el Congreso tardó dos días más en aprobar la Declaración de Independencia, tras modificar alguno de sus puntos. Así, el 4 de julio fue adoptado como fiesta nacional para conmemorar un acontecimiento realmente ocurrido dos días antes.
La Declaración se difundió como el fundamento ideológico y moral de la nueva república. Años después, Abraham Lincoln la esgrimiría como el referente de su filosofía política. A lo largo de casi dos siglos y medio ha inspirado acciones similares en otros países. Afirma los derechos humanos al proclamar como verdades evidentes "que todos los hombres son creados iguales, que han sido dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". Todo un ethos contenido en algunas de las palabras más poderosas jamás escritas.
Emilio Ablanedo es autor de Confederación. Los Estados Confederados de América y la Guerra Civil 1861-1865; Historias de Estados Unidos: Un viaje por sus orígenes; General Lee.
