El origen de los sanfedistas —o sanfedisti en italiano— se remonta a la feroz resistencia católica surgida en el sur de la península itálica para combatir la invasión de las tropas revolucionarias francesas. Este movimiento histórico guarda un paralelismo absoluto con la revuelta de la Vendée en Francia. Los combatientes de esta milicia se organizaron bajo el nombre de Ejército Católico y Real, alzando la bandera blanca con el escudo de armas de los Borbones de las Dos Sicilias, dinastía que gobernaba los territorios de Nápoles y Sicilia.

En esta campaña de resistencia destacó la figura del cardenal Ruffo, un personaje singular que, a pesar de ostentar el título cardenalicio, no era clérigo y poseía un talento innato para la estrategia militar, similar a la del cardenal Cisneros en España. Ruffo logró aglutinar a miles de voluntarios bajo la enseña de la Santa Fe. Los franceses, en un intento de ridiculizarlos, les apodaron los sans foi —que significa "sin fe"—, pero los defensores locales convirtieron el insulto en un motivo de orgullo, autodenominándose sanfedisti para proclamar su sagrado compromiso con la defensa de sus tradiciones religiosas frente al laicismo impuesto por las bayonetas francesas.
La milicia de los sanfedistas, apoyada por guerrilleros legendarios como el célebre Fra Diavolo, aplicó con éxito una táctica de guerra de guerrillas que desgastó sistemáticamente a las tropas invasoras, anticipando la estrategia que posteriormente usaría el pueblo español en la Guerra de la Independencia. Aunque consiguieron reconquistar Nápoles y reponer temporalmente al monarca legítimo, Napoleón Bonaparte envió un ejército masivo para retomar el control. Tras aplastar la resistencia, el emperador colocó en el trono a su hermano José Bonaparte, quien gobernaría Nápoles antes de ser enviado a España, dejando el territorio italiano bajo el mando de su cuñado Joaquín Murat.

Joaquín Murat, recordado con horror en la historia de España por ser el artífice de la represión militar tras el levantamiento del 2 de mayo de 1808 y de los fusilamientos posteriores, rigió el territorio napolitano con mano de hierro. Tras el colapso napoleónico y la derrota en la batalla de Waterloo, Murat intentó desesperadamente retener su corona, pero fue capturado y fusilado por las fuerzas realistas. Posteriormente, el Congreso de Viena devolvió el poder a la dinastía legítima, dando origen oficial al Reino de las Dos Sicilias como un Estado soberano e independiente.
Durante el siglo XIX, el Reino de las Dos Sicilias se consolidó como una de las regiones más ricas y avanzadas de Europa, pero despertó recelos internacionales. El Reino Unido, que en el pasado había defendido con entusiasmo la causa de los sanfedistas frente al expansionismo francés, cambió de postura geopolítica para aliarse con los movimientos masónicos del norte de Italia. Esto desembocó en el proceso de unificación italiana —o Risorgimento—, que lejos de ser una unión pacífica y voluntaria, consistió en una violenta invasión militar y anexión del próspero sur por parte de la monarquía del Piamonte, que arrastraba graves dificultades económicas.
Para justificar la agresión y la posterior explotación económica del territorio conquistado, el nuevo Estado italiano construyó una persistente leyenda negra sobre el sur de la península.
