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Cuando Murakami escribía en la mesa de la cocina

Ya están ahí casi todos los componentes de su universo inconfundible: los individuos solitarios fascinantes, la hipnótica realidad alterada, la música y el misterio.

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Una radiante tarde anodina de abril del 78, mientras tumbado en la hierba veía jugar a su modesto equipo de béisbol, Haruki Murakami experimentó la suerte de "epifanía" que le vinculó definitivamente a la escritura.

Se sometió a esa poderosa vocación aparente para enseguida constatar que se le planteaba un problema formidable: no sabía escribir. Sobre todo a la japonesa. Así que por estricta necesidad acabó creando un nuevo estilo en japonés, que soliviantó a los puristas porque era esencialmente americano. Y es que Haruki Murakami, para escribir como quería, con directa precisión sobria, "sin aspavientos", debió literalmente traducirse del inglés, lengua que no dominaba y en la que se obligó a escribir precisamente para compactarse.

La naturalidad hay que trabajársela, aprendió con sostenido esfuerzo el escritor novel, que para colmo sólo podía escribir en los muy escasos ratos libres que le dejaba el local de jazz que regentaba. De hecho no eran propiamente ratos libres, sino horas arrebatadas al sueño. Horas de madrugadas avanzadas en las que, con imaginable fatiga, escribía "en la mesa de la cocina".

Justo así denomina Murakami a sus dos primeras novelas, "las novelas escritas en la mesa de la cocina". Las acaba de publicar Tusquets en un solo volumen, se titulan Escucha la canción del viento y Pinball 1973 y aún no habían sido traducidas al castellano. Son sus novelas de iniciación, "obras decisivas" que desbrozaron el terreno a La caza del carnero salvaje, que ya escribió como profesional y que considera "el verdadero inicio" de su carrera como novelista.

Escucha... y Pinball... son Haruki Murakami irremediablemente en grado de tentativa porque Haruki Murakami aún no existía, de hecho se estaba gestando en ellas. Ya están ahí casi todos los componentes de su universo inconfundible: los individuos solitarios fascinantes, la hipnótica realidad alterada, la incomunicación compartida, la música y el misterio. Pero, lo dicho, se trata de un Haruki Murakami en gestación, embrionario. Por eso no se las recomiendo a los no iniciados: mejor seguro Tokio Blues, o los cuentos del Sauce ciego. A los otros, integrantes de la masiva secta discreta, tampoco: pero para no perder el tiempo ni faltarles al respeto.


Mario Noya, director de LD Libros.

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