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El futbol en la literatura

El futbol ha levantado pasiones entre muchos escritores e intelectuales. A favor, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Javier Marías o Gustavo Bueno; en contra, por ejemplo Bertrand Russell o Jorge Luis Borges.

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Imagen de 1950 | Corbis

Los de siempre men in black with pito, y ahora con pito pero ataviados a veces con camisetas de colores variados aunque discretos, no tienen buena suerte con la literatura. El fútbol ha tenido algo más.

Gerardo Diego exclamaba: "Tener un balón, Dios mío", al principio de su poema El balón de fútbol, incluido en la recopilación que el poeta, dramaturgo, investigador y profesor Alfonso Sánchez Rodríguez ha hecho de los versos deportivos de la generación del 27. Rescatador del poeta introductor del surrealismo en España y buen deportista, José María Hinojosa (fusilado por las izquierdas y por ello casi tan desconocido como el bombardeo de la población civil de Cabra por el mando republicano),nchez Rodríguez incluye los cantos sobre los porteros de fútbol que enhebraron Rafael Alberti (a Platko, portero y oso rubio de Hungría, inspirado en la Copa del Rey de 1928) y Miguel Hernández, conmocionado por la muerte de Lolo, portero al que llamó "Sampedro" del cielo de Orihuela. Lolo murió al golpearse la cabeza con el poste tras un plongeón, un salto con estirada inmortalizado incluso en los cromos de la época. Incluso le llamó árbitro, pero en el sentido de domador de jugadores, tal vez capitán. Otro poeta del 27, Rafael Porlán, que jugó en el Hispalis Fútbol Club, era del Real Betis Balompié mientras que Bergamín era palangana (sevillista en bético). Ignacio Sánchez Mejías, que además era poeta, fue el único presidente del Betis matado por un toro, como recordó en su día Antonio Burgos.

Pero ninguno se refirió al hombre de negro con el pito a cuestas como ser preferido de las sospechas, de los insultos y de las tragedias. El árbitro de fútbol está algo huérfano de literatura. Hay, eso sí, una película española,
Salir pitando, y algunas extranjeras e incluso se ha hecho una serie brasileña HDP (de siglas extrañamente reconocibles), que podría adaptarse a España. Pero no hay una gran obra literaria sobre los árbitros. O no la conozco, claro, que es más que posible.

Se dirá que este desamparo literario se extiende al fútbol mismo, despreciado por muchos escritores e intelectuales en general. Pensadores como Gustavo Bueno, ahora renacido y estupendo, lo incluye entre las "ceremonias". Para Giovanni Papini era una manía. Marías, padre, explicó que el entusiasmo por el fútbol era comparable, tal vez con ventaja inquietante, al que siente el europeo por la mujer. Bertrand Russell anotó que generaba pasividad en las masas. Chomsky que era una distracción elaborada para rebaños desconcertados. A Savater tampoco le gusta demasiado. Añádase que el perverso Borges desveló que este deporte era uno de los mayores crímenes de Inglaterra y una estupidez. En realidad, defendía que era una invención mediática para manipular a los pueblos. Como máximo, un género dramático-publicitario. De hecho, en su Esse est percipi, escrito al alimón con Bioy Casares, sentenció:

"Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña?".

(Ni siquiera los estadios, las canchas, eran reales, supuso). Otros fabulan que se volvió ciego debido a una lesión cerebral-futbolística y de ahí arrancaba su odio al balompié. Llegó a ser tanto que dictó, refieren, una conferencia sobre la inmortalidad en Buenos Aires el mismo día del debut de Argentina en el mundial de 1978. Con dos pares y no de botas.

En realidad, la balanza se ha ido equilibrando. Hay muchísimos escritores, incluso algunos filósofos, a los que ha entusiasmado el fútbol. Albert Camus reconocía que le debía mucho al balompié e incluso lo veía como una de las fuentes de la moral. Edgar Morin lo puso de ejemplo de estrategia y deconstrucción del adversario. Curiosidad es que Douglas Adam, el padre del autoestopista galáctico, hiciera que uno de sus personajes cobrara conciencia antes de la demolición del planeta gracias a colarse goles en propia meta. Y luego, y por ejemplo, Julián García Candau ha dado una lista de aficionados como Amado Nervo, Leopoldo de Luis, José García Nieto, José María Pemán, Vicente Gaos, Gabriel Celaya, Jean Girardoux, Jean Cocteau, Milán Kundera, Andre Maurois, Mario Vargas Llosa, gran aficionado, Jaime Bayly, al que gustaba más el fútbol que las Matemáticas, García Márquez, Vázquez Montalbán... Añadamos a Eduardo Galeano, Eduardo Mendoza y tantos otros. Incluso hubo famosos escritores que jugaron en equipos. Miguel Delibes, por ejemplo, que además escribió un libro sobre El otro fútbol. Sorpréndanse de que el zurdo Dámaso Alonso jugara de lateral izquierdo, que Benedetti jugara de portero o que Sábato fuera un futbolista correoso. Pero sobre los árbitros las plumas no han sido generosas. Se dirá que hay libros de anécdotas sobre los árbitros, textos técnicos sobre el arbitraje, algunas historias sueltas, pero en pocos libros el árbitro ha sido protagonista de un gran relato.

En España, el fútbol superó a los toros en los años 30, subrayan los historiadores. También en broncas, palabrón taurino, y batallas campales como recoge incluso Niceto Alcalá Zamora que no mencionó a los árbitros como causantes o excusas de la violencia. Pero el fútbol, es sabido, genera emociones agudas y obsesiones extrañas. Max Aub ya relató la vida de un futbolista socialista que tenía cuatro puntos cardinales: Norte, comer. Sur, dormir. Este, jugar al fútbol en el solar, y Oeste, ir a la escuela. Todo esto presidido por Pablo Iglesias, "El Abuelo". Tal extremismo necesitaba la presencia de un árbitro, figura que los fundadores de este deporte, como también los de casi todos los demás, incluso el ajedrez, ya previeron inteligentemente para evitar males mayores. Sin embargo, el árbitro de fútbol ha devenido en mal en sí mismo y muy pocos lo tienen presente como personaje literario. Es, por ello, literariamente menesteroso. Ni siquiera el Espasa de toda la vida, lo mencionó en su entrada general sobre el arbitraje, algo imperdonable porque ya hacía años que en España se había fundado el primer club organizado de fútbol en Huelva. Fue el Club Inglés de Riotinto que data de 1878 y luego vinieron el Huelva Recreation Club, el primitivo Sevilla F.C y el Club Inglés de Málaga. Permítanme, porque soy jerezano, que blasone de cuna y aporte que, en una enciclopedia del fútbol español que dirige el historiador de este juego, Vicent Masiá, se menciona un "encuentro" de fútbol de influencia escocesa, tal vez el primero de todos, en Jerez de la Frontera en 1870. Dado que las crónicas destacaban que se jugaba "a porrazos" es probable, eso sí, que fuera fútbol pero en versión rugby.

Vayamos ya libre y directamente a los árbitros, esa necesidad existencial del fútbol. Cuando era un niño mi padre me llevaba a veces al Estadio Domecq a ver jugar a los dos equipos locales, el Jerez Deportivo y el Jerez Industrial. Recuerdo el alarido de un forofo que me dejó casi sordo: "¡Arbitro, cabrón, júntale (húntale en castellano formal) mierda al piiiito!" Creo que fue entonces cuando sentí ternura por este personaje, centro de gravedad de los insultos y culpable a priori de los mayores delitos sin presunción alguna de inocencia. No fui el único porque el sexagenario voluptuoso Delibes anotó cómo le tiraban botellazos. Es más, llegó a mascullar: "
La conciencia colectiva es homicida. ¿Nunca asistió al espectáculo de un árbitro acosado, triturado, por los improperios de millares de energúmenos?" Merecido, quizá por caserismo, claro. Pero no escribió ningún relato o novela sobre los árbitros. Por eso es menester dar ideas para que los aventureros de la pluma se adentren en este desierto con posibles.

Cela narra en uno de sus cuentos de fútbol el ahorcamiento de dos árbitros en un vestuario. El holocausto lo tituló, qué cosa. Si desean articular su cuento sobre un árbitro que, a la vez, jugaba en uno de los equipos demostrando una parcialidad pecaminosa anulando los goles de los adversarios, Eduardo Mendoza lo esboza pero no lo remata en El misterio de la cripta embrujada. Günter Grass, hincha del Friburgo, pespuntea la figura de un árbitro vengativo de nombre chino y menciona a otro en un poema juvenil, pero no pasa de ahí. Si quieren escribir sobre árbitros y justicia, ya se ha mencionado a uno que sopesaba las condiciones morales de los jugadores para premiar a los buenos y castigar a los canallas. El argentino Alejandro Dolina, cómo abundan los chés, hace empero el boceto de árbitros "de locura inversa", machacadores de los débiles y condescendientes con los matones. En fin, que sí, que se menciona a veces a los árbitros de fútbol, pero relatos, novelas, obras de teatro, poemas, lo que se dice literatura grande, no hay mucha para estos men in black. Bueno, en un poema sobre el fútbol de Enrique Ernesto Wolff Dos Santos, conocido como "Quique Wolff ", escrito poco antes del Mundial de Sudáfrica 2010, se dice: "Cómo vas a saber lo que es la injusticia/si nunca te saco tarjeta roja una réferí localista" y culmina sibilinamente "cómo, pero como vas a saber lo que es llorar/ si jamás perdiste una final en un mundial/sobre la hora con un penal (ti) dudoso." Algo es algo.

Examinemos algunos textos que tienen más importancia. Si alguien tiene la idea de contar cómo se quema vivo, literariamente, a un árbitro de fútbol mediante algún artilugio científico y en mitad de un partido, descártenla porque Arthur C. Clarke, en un relato titulado Un ligero caso de insolación, ya lo ha escrito. Sitúa el partido en América del Sur y describe cómo los espectadores se juramentan y...bueno, léanlo, que el cómo tiene ingenio y suspense. El caso es que del árbitro sólo quedó un montoncito de ceniza sobre la hierba verde. Añade Clarke, que destila una malévola idea sobre un balón-cohete para desgracia de no se sabe quién, que el colegiado no pudo sentir mucho porque fue como si lo tirasen de cabeza a un alto horno. O sea, una historia de árbitros, pero con el interesado como víctima, algo que es muy habitual.

Si prefieren escribir la historia de un adinerado aristócrata que deviene en árbitro, advirtamos que Mario Vargas Llosa, en La tía Julia y el escribidor se regodea a costa del réferiJoaquincito Hinostroza Bellmont, que no debería haber pitado partido alguno por razón de cuna, pero que, ya en el colegio, arbitró 132 veces sin que se sepa aún si su vocación derivaba "de una oscura rebeldía o de alguna insuficiencia psicológica." Lo cierto es que se hizo profesional y que, entre otras hazañas, en un partido internacional, fue expulsando a los componentes del equipo contrario hasta que ganó el Perú, que no se jodió entonces. Por ello, "uniforme negro pespuntado de blanco, viserita verde en la frente, silbato plateado en la boca", Joaquincito salió a hombros de la multitud, como los toreros. Pero, desgraciadamente, se dio a la bebida. Por ello, la historia de un réferi amargado y empapado en alcohol ya será para siempre original de nuestro, también es español, premio Nobel. Incluye, cómo no, un intento de victimar a nuestro juez de la contienda, un acuchillador espontáneo y otras cosas. Pero habrá que leer el capítulo XVI para apreciar cómo un partido de fútbol se transmuta en una corrida de toros, algo que hubiera entusiasmado a José María de Cossío.

Daré y recogeré algunas ideas para los valientes de la tecla, el boli o la pluma para librar al árbitro de su indigencia literaria. No diré mucho de la coincidencia en lo oscuro del árbitro y el vampiro, pero hay quien ha llamado "Nosferatu del césped" al calvo y llamativo árbitro italiano,Pierluigi Collina. Algo se ha escrito sobre el asesinato de árbitros, pero podría intentarse hilvanar relatos sobre árbitros asesinos que matan a periodistas, o a jugadores o a presidentes del clubes o a compañeros. Igualmente cabe inventar una "masonería" arbitral con plaza e influencia en la Federación y con "mordidas" puntuales a todos los concernidos, incluso a los gobiernos. Cabe asimismo imaginar la soledad de las esposas de los árbitros y organizar infidelidades en pleno partido. He leído hace unos días que hay historias sobre el misterio de los árbitros dormidos, idea que debe proceder del relato El penal más largo del mundo, de Osvaldo Soriano, que luego fue película española. Verán, el réferi se desmaya poco antes de lanzarse una pena máxima cuyo proyectil paró el portero, pero, reanimado el yacente, ordenó repetirlo, el muy canalla.

A veces, la realidad supera a lo soñado porque ya ha habido árbitros que han sacado pistolas en el campo de fútbol y no hace mucho. Y está la historia bien real del colegiado argentino, Fabio Madorrán, que se expulsó a si mismo de la vida por decepciones varias, entre ellas, el trato recibido por su condición de homosexual. Cabe tambièn la historia de un pito envenenado, el calvario escolar de los hijos de un "trencilla", como se le ha llamado antes, que hundió al equipo de su ciudad, la autobiografía secreta de un juez de línea con pelos y señales de mafias y pecados o el ascenso político de quien llegó a presidente del gobierno por haberse valorado su mérito de ser el mejor árbitro de la historia de la liga. Como relatos cortos, cabe el del colegiado que desapareció en el vestuario y no arbitró la segunda parte (aún no ha sido encontrado), el caso del hombre que le arrojó un perro al réferi para despedazarlo (hallazgo de hemeroteca) y el pasmoso hecho de 1925 en el que un árbitro argentino, cómo no, montó en su caballo en pleno partido y persiguió a los invasores de la cancha, caso que cuenta Fabbri en su Historias negras del fútbol argentino.

Tomen nota además del sacerdote que violó el secreto de confesión y desveló que el árbitro Zutanito había amañado un partido que perdió el club de su devoción. No, no fue el Papa. O aquella escena del duelo entre dos colegiados enamorados de la misma mujer, una de las primeras árbitras de la historia. ¿Y el del árbitro que susurraba piropos al capitán del equipo hasta que este le partió la nariz de un cabezazo? En la relación no puede faltar la historia de una mafia de aficionados que ejecutaba árbitros por encargos de los equipos perjudicados. O los secuestraba a ellos o a sus familias para conseguir resultados favorables. En fin, no demos más ideas malinterpretables. Bueno, una más para un comic, el extraño suceso del surgimiento de una nueva nación, "Pitolandia", la primera en la historia universal que estaba formada por hombres de negro que, al grito de "árbitros del mundo uníos", trató de acabar con la agresiones a sus, ahora, compatriotas monopolizando el servicio arbitral.

O sea, que hay materia. Tarjeta amarilla a la literatura para que tenga propósito de enmienda.

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