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La importancia literaria de llamarse (o apellidarse) Parker

Parker es el número 40, por orden de frecuencia, de los apellidos más comunes en los Estados Unidos.

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Anuncio Pluma Parker | Archivo

Oscar Wilde nos puso en antecedentes sobre la importancia de llamarse de cierto modo, por ejemplo, Ernesto. Podría escribirse una especie de heráldica literaria de los apellidos y/ o los nombres. Hagamos un ejercicio. Apellidarse Parker, o incluso sobrellevarlo como nombre de pila, puede considerarse un pozo sorprendente de literatura. Parker es el número 40, por orden de frecuencia, de los apellidos más comunes en los Estados Unidos. Procede del Reino Unido, incluso de Irlanda, donde Sir Bernard Burke, en su libro sobre el origen de los apellidos británicos aparecido en la primera mitad del siglo XIX, ya los recoge en el siglo XIV. De hecho, el Diccionario Enciclopédico Montaner y Simón menciona al prelado Matthew Parker, nacido en Norwich, Inglaterra, en 1504, que fue capellán de Ana Bolena y Enrique VIII y llegó a ser arzobispo anglicano de Cantorbery a pesar de haber sido consagrado en una taberna por eclesiásticos de mala reputación (maliciaron los católicos y menciona Voltaire). Por cierto, murió cuando Shakespeare tenía 11 años. Lo curioso es que en las obras completas del inmenso poeta y dramaturgo de Avon no aparece ni una sola vez el apellido Parker. Lo hemos buscado y nada. ¿No es curioso?

Parker, hacia 1960, era sobre todo para los españoles del montón, el apellido de una marca norteamericana de plumas estilográficas sin competencia en el mercado mundial. Las Mont Blanc, ¿existían? Las Waterman muy poco. Luego vinieron las Inoxcrom, pero...no era lo mismo. Tener una pluma parker era signo de distinción, de elegancia, incluso de cultura. De hecho, al poeta y periodista andaluz Manuel Alcántara le concedieron un premio Parker Waterman, bendita unión. Que te regalaran una parker del montón, negra y plateada, era lo siguiente de lo maravilloso. Hay escritores españoles que la recuerdan en sus obras. Carmen Posadas en Pequeñas infamias escribe -siempre ha habido clases-, sobre una parker de baquelita azul y metal dorado de 1954.

Maruja Torres, mi pareja de hecho periodística en la boda de Rocío Jurado, también la menciona. Mi antigua compañera de El Mundo, Silvia Grijalba, cita a esta pluma en su Contigo aprendí, aunque no es la Parker principal del libro. La suya es Dorothy, de la que hablaremos luego. Incluso es citada por John Le Carré en La casa Rusia, o sea, que llegó hasta Moscú. También Ken Follet, que escribe de una parker de oro. Estilográfica la llamaba, y la lloraba solo como un hombre , Gironella. Incluso Alfonso Guerra las recuerda, pero cuenta que de pequeño desechó el regalo de una pluma parker y prefirió dos libros, uno de cuentos, claro. Alguna parker, en medio del barullo de máquinas de escribir, bolígrafos y teclados de ordenador, ha tenido que dar forma a alguna obra literaria de nivel. Es posible.

Pero vayamos urgentemente a lo asombroso: un Parker llamado Richard. A partir de ahora recordarán este nombre si es que no lo conocían. Edgar Allan Poe, en su fascinante relato Narración de Arthur Gordon Pyn de Nantucket que impresionó a Julio Verne, cuenta cómo fue la desgracia del pobre marinero Parker. Su muerte y consumición fue cosa del azar y la necesidad. Parker quería morir porque no sabía sufrir más. Ocurrió en un bote de salvamento tras un naufragio y, según las leyes del mar para casos de inanición y sed extremas, se echaba a suertes cuál de los naúfragos debía sacrificarse y servir de alimento a los demás. Parker imploró ser la víctima pero al final fueron las astillas -pajitas usamos por aquí-, las que lo decidieron . Y la que llevaba la muerte le tocó a él.

Poe, que no encontraba palabras para soportar lo que había inventado, anotó:

No debo detenerme a relatar la horrible comida que siguió inmediatamente; estas cosas han de imaginarse, pues no hay palabras con poder suficiente para impresionar el espíritu con el tremendo horror de su realidad. Baste decir que, habiendo apaciguado en cierta medida la rabiosa sed que nos consumía gracias a la sangre de la víctima, y habiendo desechado, por común asentimiento, las manos, los pies y la cabeza y arrojándolas junto con las entrañas al mar, devoramos el resto del cuerpo, en pedazos, durante los cuatro eternamente memorables días del diecisiete, dieciocho, diecinueve y veinte de aquel mes.

La narración se publicó en 1838. Poe se inspiró entre otros hechos, en el naufragio del ballenero Essex, hundido por un cachalote. A la deriva y sin víveres, el canibalismo se apoderó de sus supervivientes. El nombre de Richard Parker lo tomó de un delegado de la Navy que participó en un motín bloqueando el Támesis por lo que fue colgado en un barco llamado Sandwich a finales del siglo XVIII. (Por cierto, Allan Poe era el nombre de una urraca a la que mató probablemente otro Parker, Parker Frisbee, un personaje de la novela Misterio de la paloma mensajera, de la colección Alfred Hitchcock y los tres investigadores. Este Parker llevaba gafas oscuras de noche y robaba palomas. Nada de océano).

Lo que nadie podía imaginar es que muchos años después, en 1884, otro Richard Parker, muy real, que viajaba en la goleta, o yate según otros, bautizada como Mignonette, vivió otro naufragio cerca de las islas Sandwich, que ya es ironía de la vida. Gracias a la barcaza salvavidas, sobrevivieron cuatro tripulantes. A la deriva durante mucho tiempo y desesperados, decidieron matar a uno de ellos para comérselo. Aunque no se lo puedan creer, escogieron al grumete de 17 años que se llamaba precisamente Richard Parker. Inquietante coincidencia. Pero no lo echaron a suertes, como prescribían las leyes y costumbres marineras, por lo que fue considerado un asesinato y por este delito fueron acusados y condenados. ¿Qué clase de alucinación premonitoria tuvo Allan Poe casi 50 años antes?

Hay otros Richard Parker en la literatura. En la famosa novela La vida de Pi, del canadiense Yann Martel, nacido por cierto en Salamanca, se produce otro naufragio y en un bote se salvan unos cuantos pasajeros del barco. Pero, fíjense, los náufragos fueron una cebra, un orangután, una hiena y Pi, el hindú protagonista al que algunos podrían llamar con buenas razones un Pepito Piscinas de La India.

Este naúfrago era creyente en varias religiones y en la bondad de un Dios común y benéfico. Me olvidaba. Había otro pasajero: Richard Parker, un tigre de Bengala, como lo oyen, sí, que se había cobijado bajo una lona de la chalupa. En realidad se llamaba Sediento, pero un cambiazo burocrático hizo que en los papeles figurase como Richard Parker y así se llamó en adelante. La hiena mató y comió a la cebra y al orangután y Richard Parker acabó con la hiena y quiso merendarse a Pi, pero tras una larga travesía... Lo dejamos aquí para que lo lean, si gustan. Y si prefieren película, vean la del mismo nombre de Ang Lee.

Es una pena que sea imposible que el caso sea una nueva y engimática coincidencia. Martel tuvo que haber leído el Gordon Pyn de Poe y aspirar en sus páginas el olor del tigre y el nombre de Richard Parker. ¿Por qué? Porque en el barco siniestrado del relato de Poe también iba un Tigre, que, en aquel caso, era el nombre de un perro de Terranova, fiel, valiente y afectuoso. En un momento de la narración, Poe relaciona a Tigre con Parker y escribe:

...durante cierto tiempo permanecí firmemente convencido de que aún me hallaba en la cala del bergantín, junto a la caja, y de que el cuerpo de Parker era el de Tigre.

Y poco más adelante, cuando el desgraciado Parker estaba a punto de ser acuchillado certeramente, Poe añade:

En aquel momento se apoderó de mi alma toda la fiereza del tigre, me dirigí hacia mi pobre compañero Parker, con el odio más intenso y diabólico.

O sea, que lo de este Richard Parker felino no pudo ser una coincidencia. Más bien una influencia.

Todavía pueden rastrearse otros dos Richard Parker en la novela Testigo en la sombra de Mary Higgins Clarke. Pero nada de tigres ni marineros ni canibalismo, sino un padre y un hijo malcriado, Rick Parker, de una potente familia que se ve envuelta en un caso de asesinato. Su retrato del padre como instigador de la tragedia de su hijo con las drogas y la mala vida es interesante aunque pretende disculpar, vía sociológica, las tendencias insanas del muchacho. Un cabrón, describe la Higgins. En fin. Y fíjense, el "hombre-araña", el famoso spiderman creado desde el comic por Stan Lee y Steve Ditko se llamaba en su versión humana, Peter Parker. ¿Recuerdan quiénes fueron sus padres? Pues sí, Richard Parker y Mary Fitzpatrick.

Más personajes literarios apellidados Parker

Sumemos a alguien relevante: James Parker Pyne, uno de los héroes de Agatha Chistie, no comparable en envergadura a Hércules Poirot ni a la señorita Marple. En cualquier caso dio pie a unos relatos muy entretenidos de la británica titulados Parker Pyne investiga publicados en 1934. En uno de ellos, se describe a Parker como un insólito detective que ponía anuncios en los periódicos ofreciéndose a ayudar a personas infelices. Tal vez marketing primitivo. El texto de su anuncio era el que sigue: "¿Es usted feliz? Si no lo es consulte a Mr. Parker Pyne, 17 Richmond Street". Por cierto, expone una teoría quasi-fisiológica del crimen:

El cerebro está ajustado para llevar un determinado peso. Un detalle insignificante puede precipitar una crisis y convertir a un hombre honrado en un canalla. Ésta es la razón por la que la mayoría de los crímenes son absurdos. Nueve de cada diez veces, la causa es ese ligero sobrepeso…

A veces, lo hemos visto, sí.

Luego está Charlie Parker, no el real, el inmenso saxofonista idolatrado por Cortázar en El Perseguidor, sino el detective de John Connolly. El irlandés lo apodó incluso Bird como conocieron al negro y trágico Parker del bebop que retrató Clint Eastwood en su impresionante película del mismo nombre con el mejor Forest Whitaker que yo he visto. En la serie de las novelas sobre el detective, Charlie Parker Bird aparece como un hombre sufriente, justo pero violento. Y es natural porque, en la primera de ellas, Todo lo que muere, ve cómo son asesinadas su mujer y su hija, que "había muerto de miedo, en sentido literal, antes de que el asesino tuviera ocasión de degollarla. Estaba muerta cuando le desollaron la cara, dictaminó el forense". Duro comienzo.

Otra Parker, Dorothy, admirada por la abuela de Silvia Grijalba cuando no la conocía bien, fue autora celebrada por Simone de Beauvoir que la cita repetidas veces en El segundo sexo. Su retrato crítico de las mujeres dependientes y tradicionales gustaba mucho a la francesa, sobre todo el relato Too Bad del que llega a reproducir un insípido diálogo entre un marido y su esposa, obsesionada por dar un toque femenino a todo como misión en la vida. Pero a mi me ha impresionado el relato tiulado Una llamada teléfonica en el que la Parker describe la larga oración de una mujer, obsesionada con la llamada del hombre que desea, un monumento a la histeria con Dios por medio en cada párrafo. Tomen nota del rezo:

Dios, ¿realmente no vas a dejar que llame? ¿Seguro, Dios? ¿No podrías, por favor, ceder? ¿No? Ni siquiera te pido que dejes que llame ahora, Dios, sólo que lo haga dentro de un rato. Voy a contar quinientos de cinco en cinco. Voy a hacerlo despacio y con parsimonia. Si no ha telefoneado entonces, lo llamaré. Lo haré. Oh, por favor, querido Dios, querido Dios misericordioso, mi Padre bienaventurado en el cielo, ¡que llame antes de entonces! Por favor, Dios. Por favor. Cinco, diez, quince, veinte, veinticinco, treinta, treinta y cinco...

Y tomen nota de uno de sus versos de los años 20:

¿Querría usted tener la amabilidad de llevarme al infierno?

Otra Dorothy, esta vez L. Sayers e inclinada a la novela negra, creó un personaje llamado Inspector Charles Parker, que resultaba ser cuñado de Lord Peter Windsey, el cerebro gris de las operaciones contra el crimen. Sayers lo retrata así en su novela Un cadáver para Harriet Vane:

Charles Parker es un tipo tranquilo, sensato y distinguido, y buen amigo y cuñado de Peter. Posee la valiosa cualidad de apreciar a las personas sin pretender cambiarlas.

Que no es poca virtud, por cierto. Prometía, pero el verdadero héroe de la Sayers era Windsey, el sabueso de Picadilly y de la aristocracia, una especie de agente secreto maniático y crecientemente descreído que sobrevolaba el Atlántico, tenía una sombrerería, era expendedor de citas y tenía tres ratones de plata en su escudo. Parker era su ayuda de cámara, simplemente.

Otro Inspector Parker, en este caso, Peter, fue cosa de Frederich Forsyte en El Manipulador. O. Henry trama una extraña señora Parker que enseñaba La habitación de la claraboya de una pensión con la virtud de disponer de un armario que era útil para guardar un esqueleto, anestésicos o carbón, consiguiendo el temblor de quienes aspiraban a ocuparla. Una historia de horror, anticipación y astronomía con una inquilina muerta de hambre, o casi. En su premio Planeta Riña de gatos, Eduardo Mendoza construye al diplomático inglés Parker, Harry Parker, en pleno Madrid de 1936. La historia es la de un cuadro valioso para el curso de la guerra civil, que debe ser autentificado por un experto inglés, El cuadro era de un amigo de José Antonio Primo de Rivera, al que se estereotipa como un violento al fondo del relato. Se termina sumidos en las Meninas de Velázquez, con moraleja incluida. Y no se olviden de que Jennifer Parker, Susie en la primera versión de guión, era la novia de Marty McFly, el personaje de la película Regreso al futuro, precisamente situada en el año 2015.

Hay más personajes literarios apellidados o llamados Parker, pero de muestra basten estos botones. Quizá uno más: Parker Adderson, un espía filósofo de los yanquis en la Guerra Civil americana que se pone a hacer bromas e ingenios ante el general que iba a ordenar su ajusticiamiento. Para él, la muerte no era horrible. Bueno, no lo fue hasta el final en que se descompuso por no querer ser fusilado en plena noche. Quería la horca y z plena luz del día, así que enfermó de miedo. El relato de Ambrose Bierce es tremendo y muere incluso el general que lo condenó. Se llama Parker Adderson, filósofo e ingenioso.

Nuevos horizonte literarios

Ahora, capítulo de historias que están por escribir, si alguien lo intenta. No estaría de más simular la identidad de un Parker, cuyo nombre completo desconocemos todavía pero que es famoso por ser titular en La ley de Murphi. Una de las leyes de Parker recogidas en ese monumento al escarnio de la mentira y las falsas formas dice con crueldad: "La belleza es interior. La fealdad aflora rápidamente a la superficie". Jajaja con perdón. Y la segunda ley de Parker, sobre las declaraciones políticas, se enuncia así: "La veracidad de cualquier proposición no tiene nada que ver con su credibilidad y viceversa." ¿Quién era este Parker? Pues que se invente.

Imaginen lo que pasaría si bajo unas malezas, justo al lado de una carretera de Luisiana, EEUU, se encontrara enterrado un cuaderno de poemas. No tendría mayor importancia salvo si se explicara que ese cuaderno contenía versos inéditos de Bonnie Parker, sí, la de Bonnie and Clyde, que, tal vez no fuera una poetisa excelsa, pero que escribió, por ejemplo, "la muerte es el salario del pecado", verso que formaba parte del poema que fue la letra de una canción de Serge Gainsbourg y Brigitte Bardot.

Era el disfraz estético de unos criminales elevados a los altares de la progresía norteamericana y europea. O aquel otro que consideraba:

Nunca seré libre, así que me encontraré con algunos en el infierno.

Y así fue. Pero podría haber más poemas ocultos por ahí.

Y para terminar, porque la cosa podría ir para largo, alguien podría esmerarse en escribir los poemas completos dedicados por Carlos de Inglaterra a su querida Camilla Parker Bowles (por su primer matrimonio). Inagraciada adjetivó a la musa Vargas Llosa. Se conoció parte del contenido del "poemario" en una conversación grabada secretamente. Una de sus aportaciones fue que el Tampax podía ser objeto de la lírica. Podría adobarse con el desarrollo de lo que cuenta Alfonso Ussía sobre Tomás, un guarda más rojo que Antonio Gades, que insinuó que Diana de Gales había sido víctima de un complot urdido por Camilla Parker, el Príncipe de Gales y la cía. Naturalmente, mamá, la del marqués de Sotoancho, lo echó de la habitación.

Ya sé. Se echa de menos la importancia literaria de llamarse, por ejemplo, Sánchez. Prometo que otro día.

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