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El hombre que se llevó de Chernobyl la puerta de su casa

El liquidador, el bombero, los vecinos… las cifras de Chernobyl toman forma y alzan la voz en la obra más conocida de Svetlana Alexièvich.

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El hombre que se llevó de Chernobyl la puerta de su casa
Una foto de Lenin en una escuela abandonada | EFE

Ganó el Nobel en 2015 y con ello ganaron fama los anónimos protagonistas de sus obras, a medio camino entre el ensayo y el reportaje. Voces de Chernobyl, quizás el más conocido de los libros de la bielorrusa Svetlana Alexièvich, fue escrito en 2005 pero sigue vigente diez años después, cuando se cumplen 30 años de la catástrofe nuclear que llevó a las portadas a decenas de aldeas bielorrusas y ucranianas en el perímetro de exclusión decretado por la URSS. Por sus páginas desfilan todos los protagonistas -burócratas, soldados, vecinos que se quedaron y vecinos que huyeron- víctimas de una catástrofe acrecentada por la ineptitud política y la mastodóntica estructura de un poder que trató como meras cifras a quienes sufrieron directamente las consecuencias de la explosión.

"La historia está formada por la vida de todos nosotros. Yo quiero contar la historia de manera que no se pierdan los destinos de los hombres... ni de un solo hombre", dice Alexiévich en Voces de Chernobyl, construida a partir de decenas de testimonios en los que ciudadanos anónimos toman la palabra para contar su historia. Alexiévich desaparece tras sus monólogos, que respetan los coloquialismos, el tono dialogado, las pausas de quienes se esfuerzan en recordar. Y llegan, sin filtros, hasta el lector, sobrecogido por las distintas formas que puede tener el dolor, por las marcas que deja una tragedia en lo cotidiano.

La obsesión de Alexièvich por encontrar lo que hace única cada vida en un entorno que se esforzaba por ahogar al individuo se refleja en los detalles: la escritora da nombre a las mascotas, relata las pequeñas penurias de un viaje en autobús, habla de la aventura de buscar pan cuando ya no queda nadie y del apego a los objetos y a la tierra. Cuenta que hubo quien, en la evacuación, sólo se llevó unos cántaros vacíos porque pensaban que en breve iban a volver. Y cómo un hombre se las ingenió para salvar la puerta de su casa: la que utilizaron para velar el cuerpo de su padre; la que tenía las muescas con su estatura de niño y la de sus hijos.

"Le pedí a un vecino que tenía coche: "¡Ayúdame"! Y el tipo me señaló a la cabeza, como diciendo tú estás mal de la chaveta. Pero saqué aquella puerta de allí. Mi puerta. Por la noche… en una moto. Por el bosque".

De algún modo, los protagonistas dialogan entre sí: los testimonios de los que se quedaron entroncan con los de los militares que recorrían los pueblos fantasma. Y el del ingeniero químico que acabó, engañado, arrancando tierra en las cercanías de la central concuerda con el de la bióloga que supo del peligro pero participó del silencio del régimen y veía como seguían exportándose legumbres contaminadas y cómo los campesinos se tumbaban, desnudos, sobre la hierba.

Las fotos de cada aniversario con las casas abandonadas de Prypiat, el pueblo que nació a la vez que la central, se entienden mejor leyendo la historia de las familias que vieron arder el reactor desde su ventana. "No sabíamos que la muerte pudiera ser tan bella", cuenta una vecina, que recuerda cómo no sólo los obreros, sino los ingenieros de la central, sacaban a sus hijos a los balcones para ver el incendio. Muchas horas después llegarían los militares, las máscaras y el ambiente de guerra. Y los rumores alentados por el silencio de quienes hablaban de un incidente de rutina mientras se llevaban a Moscú a los bomberos que sofocaron las llamas.

"Dime, hija mía, ¿has comprendido mi tristeza? Se la llevarás a la gente, pero puede que yo ya no esté", le dice a Alexiévich una anciana que se negó a marcharse. En este libro está la respuesta.

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