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'Los despojos de Poynton', la novela con lo mejor de Henry James

Los tesoros de Poynton es quizá uno de los mejores textos para aproximarse a la narrativa de Henry James.

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Los tesoros de Poynton es quizá uno de los mejores textos para aproximarse a la narrativa de Henry James.
Adapatación para televisión | BBC

En la Nochebuena de un año próximo a 1890, Henry James fue invitado a una cena formal en casa de unos amigos londinenses. El protocolo, o la casualidad, hizo que su compañera de mesa fuese una dama elegante y buena conversadora, que en un momento de la velada refirió al escritor un chismorreo del que había tenido noticia: una anciana aristócrata mantenía una fuerte disputa con su único hijo a cuenta de los preciosos enseres de una casa familiar. Por lo visto, aquella señora se negaba en redondo a que su hijo se apropiase del menaje de la mansión que había heredado de su difunto padre. Años después, en el prólogo a la primera edición de The spoils of Poynton, James calificaría la anécdota con lo que él denominaba como "germen", una "simple partícula flotante en el conjunto de una charla" que podía desembocar en toda una novela. En eso consiste, supongo, el oficio del escritor: en convertir en una gran historia el fragmento de una conversación mantenida entre brindis y buenos augurios en una Navidad decimonónica.

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Traducida al español como Los tesoros de Poynton (hubo una versión inicial bajo el poco afortunado título de Los despojos de Poynton, que se aleja del todo del espíritu de la novela), éste es quizá uno de los mejores textos para aproximarse a la narrativa de Henry James. A partir de la murmuración entregada al autor como valioso regalo navideño, James construye una historia magistral sobre el apego a las cosas bellas y lo intrincado del alma humana: la exquisita señora Gereth, que ha convertido su casa de Poynton en un delicioso museo de obras de arte traídas de sus viajes por el mundo, se niega a que la vulgar prometida de su hijo llegue a reinar en el refinado paraíso que ella y su esposo construyeron durante toda la vida. Este es el arranque de un texto elegante y lleno de matices, refinado al extremo, que se lee con el mismo interés que Las bostonianas y tiene la sofisticación extrema de Retrato de una dama. Es difícil entender que no sea uno de los textos más conocidos del autor, si tiene lo mejor de su universo narrativo.

Tampoco se entiende que Los tesoros de Poynton no se haya llevado al cine, cuando debería ser una verdadera tentación para realizadores preciosistas como James Ivory, Jane Campion o Ian Softley, que con tanto acierto dirigieron adaptaciones de distintas novelas de James. Desde que William Wyler hiciese en La heredera una gran adaptación de Washington Square, los realizadores descubrieron en James un verdadero filón que dura ya más de medio siglo: hace sólo dos años que David Siegel hizo un original ejercicio llevando al siglo XXI la historia de Lo que Maisie sabía. Sin embargo, Los tesoros de Poynton sigue esperando la llegada de un valiente que quiera retratar esa mansión inalcanzable, sus tapices, sus gobelinos, las piezas de porcelana de Delft y de Maissen, las vajillas de plata, los terciopelos venecianos, los muebles de caoba, los estuches de esmalte, las sedas adamascadas. Quizá Martin Scorsese, quien hizo un trabajo digno de Visconti en La edad de la inocencia de Edith Wharton debería dejarse tentar por esta joya que retrata, como ninguna otra, el universo del autor. De momento, los admiradores de Henry James deberían contentarse con leer Los tesoros de Poynton, pues así es como hay que celebrar a los autores.

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