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La novela de Pío Baroja, la convicción artística del desaliño

Baroja contribuye también a la superación de la novela realista, pero sin incurrir en el formalismo —o en el intelectualismo— de los otros noventayochistas.

Luis Miguel Suárez
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Biblioteca de Baroja

La obra literaria de Pío Baroja forma parte ya, sesenta años después de su muerte, del canon de la literatura española. No obstante, aún perduran ciertas reticencias e incluso cierto desdén —curiosamente más en el mundo literario que en el académico— hacia un escritor al que se menoscaban sus méritos literarios aduciendo un supuesto desaliño estilístico que incurre a veces en la incorrección y la vulgaridad. Estos supuestos defectos son muy semejantes, por cierto, a los que algunos de sus compañeros de la Generación del 98 achacaron a Galdós. Pero, en fin, ni siquiera Cervantes se ha visto libre del reproche de escritor descuidado. Y, con todo, quizás sean estos tres escritores los novelistas por excelencia de la literatura española.

Hace tiempo que la crítica ha puesto de manifiesto que Baroja es un escritor muy consciente de su arte y que, por tanto, el aparente desliño de su prosa no es fruto del descuido y la desidia, sino de sus convicciones artísticas que rechazan el estilo artificioso y atildado, y prefieren la claridad, la sencillez, la precisión y la rapidez. Azorín, escritor tan distinto de él, supo ver y apreciar siempre estas cualidades. Sobre el estilo y sobre su concepto de la novela escribió el propio Baroja páginas muy clarificadoras, y, aunque, sus opiniones, dispersas por distintos pasajes de sus memorias, de sus ensayos o de sus novelas, no formen un cuerpo doctrinal riguroso sí muestran claramente su preocupación por el estilo y suponen una defensa implícita de su propia técnica novelística. Una técnica original que se distancia tanto de la estética realista de la generación anterior como de la estética más innovadora de su propia generación.

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En efecto, no cabe duda de que fueron sus compañeros del 98 —Unamuno, Azorín y Valle-Inclán— quienes iniciaron a partir de 1902 una renovación decisiva de la novela que consistió, de manera fundamental, en la atenuación de los elementos narrativos y en el desarrollo de los componentes formales o intelectuales, de modo que ésta se aproximó a otros géneros, en particular al ensayo. Baroja reconoce el carácter abierto y flexible de la novela —"un saco donde cabe todo", según sus propias palabras— y de ello da ejemplo él mismo en su propia obra, en la que pueden aparecer elementos filosóficos, fantásticos y hasta poéticos. Sin embargo, él no renuncia del todo al fondo esencialmente narrativo del género ni a unos planteamientos más o menos realistas; es decir, la esencia de la novela consiste, para él, en contar historias, y en hacerlo de la manera más amena posible. Ahí radica su ideal estilístico y ahí es donde brilla de manera especial su talento narrativo, pues posee como pocos el don de contar.

Esta forma de novelar, más clásica que la de Unamuno, Valle-Inclán o Azorín, se distancia igualmente del realismo decimonónico. Las prolijas descripciones realistas, por ejemplo, o sus detallados estudios de la psicología de los personajes, resultan, a su entender, un lastre para el relato. A él le bastan unas breves pinceladas para sugerir una atmósfera o un paisaje o para captar la esencia de un carácter.

Frente a las tramas cerradas y la unidad, prefiere la estructura abierta y la variedad de historias y personajes. En definitiva, Baroja contribuye también a la superación de la novela realista, pero sin incurrir en el formalismo —o en el intelectualismo— de los otros noventayochistas. En situarse entre ambos extremos radica una de sus principales aportaciones como novelista. Y, en labrarse un estilo característico e inconfundible, para el cual se ha creado un adjetivo, "barojiano", portador de múltiples sugerencias.

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