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De aquí a que llegue la epistocracia…

Los principios del liberalismo no van a poder sobrevivir a fuerza de seguir haciendo concesiones que en realidad los contradicen y avasallan.

Xavier Reyes Matheus
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Uno de los artículos más leídos de esta semana en El Mundo ha sido un reportaje de Rodrigo Terrasa redactado al hilo de Against Democracy, el libro de 2016 en el que Jason Brennan propone que sólo los ciudadanos especialmente cualificados tengan derecho al voto. Aunque los mecanismos que Brennan imagina para logarlo pretenden ser originales, lo cierto es que el planteamiento de fondo no hace sino rescatar un asunto –el del sufragio universal– que hizo correr ríos de tinta y consumir cientos de horas de debates parlamentarios en el siglo XIX; y los motivos de que resurja ahora son bastante sintomáticos de que hay algo que parece repetirse.

A partir de 1848, el liberalismo comprendió que su aspiración de establecer el gobierno de las leyes y de los derechos individuales iba a recibir el abrazo del oso de las masas enardecidas, y trató de ganarlas para su causa contentándolas como mejor podía: mediante la extensión del voto y activando las políticas del Estado social. Con esas medidas esperaba conjurar el peligro de la revolución violenta y de la tiranía de la multitud, pero el triunfo de los totalitarismos le demostró que los diques resisten sólo hasta un punto. En nuestro tiempo se restauró el sistema liberal, aunque apoyado siempre en sus dos contrafuertes de cariz democrático –el sufragio para todos y las políticas del bienestar–; finalmente, sin embargo, ambos se han quedado cortos, y la única propuesta para remediarlo es ir un paso más allá en cada uno de esos frentes: en el primero, con el recurso constante al referéndum; en el segundo, con una renta básica que ni siquiera se plantea como remedio a la arbitraria discrecionalidad del asistencialismo, sino que viene a ser un refuerzo de éste. El problema es que los principios del liberalismo no van a poder sobrevivir a fuerza de seguir haciendo concesiones que en realidad los contradicen y avasallan. El sistema liberal está herido de muerte si, para cumplir con un igualitarismo radical, tiene que convertir en tabú la palabra mérito; y está condenado a agonizar si se hace aún más férrea la relación feudal entre el Estado señor y el ciudadano siervo.

Así las cosas, aparece gente como Brennan que pretende desbrozar los principios liberales de todos los apósitos con los que los han cubriendo… sin darse cuenta de que esos apósitos son, nada más y nada menos, que lo que suele designarse con la palabra democracia. ¿Y quién es el bravo que se va a plantar en medio de la aglomeración democrática para gritarle, como dicen que hacía Carmen Amaya cuando le entraba el duende y se apoderaba del escenario: "¡Fuera to er mundo!"? ¿Quién le va a explicar a nadie: "Oiga: resulta que, después de mucho tiempo diciéndole que, como esto es una democracia, usted es el soberano de este país junto a otros cuarenta y pico millones de soberanos más, ahora hemos decidido (no se sabe quiénes) pasarnos a la epistocracia, así que ya le avisaremos si califica usted o no para soberano". ¿Se iba a poder hacer eso sin recurrir al autoritarismo?

Un dictador, claro, puede imponer un régimen a sangre y fuego y si le da la gana llamarlo epistocracia, como otras veces los han llamado Estado Novo, Proceso de Reorganización Nacional o cualquier otra cosa de resonancias programáticas. El último que habíamos tenido en Venezuela, Marcos Pérez Jiménez (derrocado en 1958), llamó a su gobierno el Nuevo Ideal Nacional, y aunque no le dio mucho desarrollo a la explicación de tal ideario, puede afirmarse que no estaba falto de móviles epistocráticos, pues aspiraba, según decía, a "mejorar el elemento humano del país"; lo cual no se basaba en ninguna política eugenésica, aunque sí en el fomento de inmigración europea que transmitiese a los venezolanos el know how (como se diría ahora) de la iniciativa y el trabajo industriales.

Pérez Jiménez pertenecía a la estirpe de los llamados autócratas civilizadores de América Latina, que quisieron enmendar a punta de fusil el gran problema del liberalismo en aquellos países: la democracia, precisamente. La independencia hispanoamericana había sido una cosa de los criollos ilustrados, pero requirió de las llamadas castas (indios, negros, zambos y mulatos) para hacer la guerra contra España. Estas clases, que carecían de educación y que hasta entonces no habían tenido ningún derecho, accedieron así a la ciudadanía a través de las armas (que no eran tampoco ejércitos regulares, sino montoneras), y algunos de sus miembros alcanzaron a mejorar su situación con lo expropiado a los españoles. Pero, al terminar la guerra, con algunas regiones materialmente devastadas y reducidas a la mayor pobreza, aquellos antiguos sirvientes y esclavos, que ya no contaban siquiera con la protección de los amos, quedaron abandonados a su suerte por un Estado a medio hacer que lo único que podía darles eran bonitas declaraciones de principios plasmados en constituciones y leyes de papel mojado. Así vivieron los nuevos y flamantes argentinos, bolivianos, mexicanos o venezolanos, hasta que en el siglo XX llegó la democracia, con sus partidos y sus candidatos listos para sacarles el voto. Por un pellizco en la mejilla, un bote de leche para el niño mal alimentado o una botella de ron para ahogar la miseria: ¡qué fácil es allá darle a alguien su realización como ciudadano!

Los dictadores-regeneradores han fracasado sistemáticamente en sus supuestos intentos por enderezar el entuerto: primero, porque a fin de cuentas no han instaurado más que despotismos corruptos; y luego porque, valiéndose brutalmente de la fuerza, no concitan en torno suyo ningún acuerdo social sobre la perfectibilidad de la vida política, sino enemigos y opositores dispuestos a derrocarlos.

Pero henos aquí a Brennan, con sus fórmulas incruentas y capaces de separar (¡en la democracia posmoderna!), la cizaña del trigo. En fin: no creo necesario enumerar ahora las dificultades que supondría para la sociedad global empoderada por Twitter entresacar ese ilustrado cuerpo de electores compuesto únicamente de gente informada, como dice el profesor norteamericano. Pero entonces, ¿cómo se disipa esta nube de populismo agresivo y excluyente que se nos viene encima, amenazando con arruinar todas las conquistas del liberalismo? No sé, no tengo ni idea. A Stefan Zweig parece que en su momento tampoco se le ocurrió nada sino huir, primero del Viejo Continente y después del mundo. A Europa no le fue posible apartar el cáliz que se le ofrecía en 1939 para evolucionar más tarde hacia la comunidad pacificada, próspera y libre que a Zweig le habría gustado ver.

¿Entonces? ¿La regeneración del liberalismo sólo nos espera al otro lado del exceso y la devastación populista? Ojalá que no sea así.

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