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David Gistau: "Es difícil imaginar que alguien que nació pudiendo ser ministro acabe boxeador"

El periodista ha publicado Golpes bajos (La Esfera de los Libros), una novela tricéfala sobre boxeadores, divas del corazón y mafiosos.

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Con motivo del fallecimiento de David Gistau recuperamos esta entrevista publicada el 28 de enero de 2017.

David Gistau (Madrid, 1970) ha publicado Golpes bajos (La Esfera de los Libros), una novela tricéfala sobre boxeadores, divas bizarras del corazón y piratas de los que, como escribió Raúl del Pozo, no llegan "en goletas, sino en Ferraris". La obra combina un relato cuasi cinematográfico, como de gancho directo y ascendente, con una prosa nutrida, hermosa y sucia, ágil y cargada de mala leche. Madrid ejerce de hábitat bipolar y extremo: es el continente del Lucero y de la calle Serrano, del pijo y del pandillero, del representante plumífero y del machaca rumano, del gimnasio de barrio y de la embajada. En este escenario sobreviven personajes como Alfredo, propietario del local y entrenador de un chaval que promete; Magda López, un yogur caducado de la prensa rosa que ansía volver al prime time más farandulero, o un gánster argentino que tiene a toda la tropa agarrada por los huevos. Hay moraleja en todo ello.

LD conversa con el periodista en una cafetería de la madrileña Plaza de Santa Ana. Desde nuestra posición se ve la estatua de Lorca, plena de escarcha –hace un frío que pela– y de plastas de paloma.

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David Gistau firma un ejemplar de 'Golpes bajos' | Sergio Sánchez M.

P: A Poli Díaz le llamaban "el Rocky de Vallecas, el boxeador del pueblo". ¿Es el boxeo un deporte del pueblo?

R: Es difícil imaginar que una persona que nació o llegó a la vida con la oportunidad de ser ministro acabe siendo boxeador profesional. El boxeo profesional sí suele nutrirse de gente de barrio. Como afición no; es tan transversal y tan masiva, no en España, pero sí en otros países, como cualquier otro deporte. Poli fue el último boxeador español y con una gran popularidad. Imagino que de ahí viene lo de boxeador del pueblo.

P: Me divierte mucho la distinción que hace entre los chavales que van al gimnasio del Lucero, a partirse la cara, y los pijos que van a los de Chamberí, con miedo a que les mutilen el cutis, no sea que se les fastidie la foto de Instagram.

R: No es una distinción cargada de desprecio. Intento reflejar un fenómeno muy positivo que ha ocurrido últimamente en Madrid: el boxeo ha salido del gueto y ha conseguido ponerse de moda como deporte de los gimnasios buenos. A veces, boxeo sin contacto, sin guanteo, sin combate. Y lo está practicando gente que hace años no se acercaría nunca al boxeo. Me parece una buena noticia: me encantaría que el boxeo dejara de estar socialmente arrinconado en España. Se establece un doble ámbito: los gimnasios de boxeo en serio, donde la gente va a boxear, y los gimnasios de, digamos, barrio alto, donde el boxeo ha entrado como un deporte nuevo, a veces mestizo entre otros, porque gusta mucho la parte heroica del entrenamiento. Pero no lo digo con desprecio.

P: Quien sí ha despreciado al boxeo ha sido la progresía mediática.

R: El boxeo era un deporte muy popular en España hasta la Transición. Ahí hubo un ataque por parte de los medios de masas más progresistas, los que, de alguna forma, se arrogaron la pedagogía social, la formación del nuevo español, y ese ataque fue exitoso. Es el tiempo en que el boxeo, como segundo deporte de España, por detrás del fútbol, es sustituido por el baloncesto. Lo consiguieron. Y el boxeo ha estado aplastado durante muchísimos años. Yo aprecio que, últimamente, hay un rebrote, como un indulto al boxeo. Pero es cierto que se convirtió en una cosa de barrio, muy periférica. A las veladas de Madrid iba tan poca gente que los habituales nos conocíamos todos. Íbamos peregrinando los mismos de un polideportivo a otro.

P: Lo que le pasó al boxeo, ¿le está pasando a los toros?

R: No lo sé. No estoy tan metido en el mundo de los toros, no es una gran afición mía. Creo que son cosas distintas: el boxeo es un deporte, nada más; los toros son algo más epidérmico en cuanto a cultura colectiva, en cuanto a tradición. No aprecio que con los toros haya habido una agresión calculada por los mandarines de la pedagogía social, como ocurrió con el boxeo. Creo que tiene que ver con la evolución natural de la sociedad. Hay generaciones jóvenes para las cuales la tauromaquia es inconcebible. El animalismo, el ecologismo… son pulsiones muy fuertes en las sociedades occidentales. Luego está el ente político, evidentemente: en cualquier lugar de España donde exista políticamente la "anti-España" existirá el intento de abolir los toros, porque son una cosa muy identificada culturalmente con España. Pero lo veo distinto, porque lo de la tauromaquia tiene un trasfondo espontáneo: la sociedad española tiene una evolución en la que hay generaciones jóvenes a las que le parece inconcebible. Y eso no lo va a parar nadie.

P: Perdone si suena mercantilista, pero, ¿es difícil vender una novela sobre boxeo?

R: Es difícil vender una novela en general. Ya está bastante aceptado que, salvo excepciones muy determinadas, las ventas de novelas van a ser siempre muy mediocres. No sé a qué atribuirlo. No es que esté justificando por adelantado un fracaso (risas), no sé cómo se va a vender la mía, pero no la he puesto con la intención de convertirme en un bestselleriano que le dé la vuelta a la historia de la literatura española. Ya me lo advirtieron en la editorial: la han publicado con emoción y entusiasmo, pero el comprador de novelas en España es, básicamente, la mujer; al hombre le gusta más el ensayo histórico. No sé si eso es cierto. El caso, que me dijeron que una novela de boxeo en un mercado femenino era prácticamente imposible de colocar. Mi instinto comercial me ha inspirado o ayudado a dejar claro en todo momento que hay otras tramas, incluso una medio sentimental. Pero es verdad que el argumento central es el boxeo y que es muy difícil de colocar comercialmente. Pero bueno, yo tengo que escribir las cosas que me salen, que me interesan. Si luego se vende poco, qué se le va a hacer. Soy un novelista amateur; mi profesión es otra.

P: Un cowboy de medianoche ya anunció, hace, más o menos, dos años, que estaba escribiendo una novela sobre este deporte. ¿Cuánto tiempo ha empleado en ella?

R: Lo que llaman en fútbol "tiempo de juego real", en realidad, ha sido poco. Lo que pasa es que he tardado muchísimo en terminarla porque la he escrito a saltos y en sesiones de trabajo cortas. Ha sido algo que hacía en mi tiempo libre, y mi tiempo libre es escaso: me lo roban mi profesión y mi familia numerosa. La he escrito a espasmos y como he podido. Desde que me senté a escribirla hasta que la terminé pasó mucho tiempo, pero de escritura real, no creo que tanto. Si hubiera podido comprimir más las sesiones de trabajo, la habría hecho en apenas unos meses.

P: La paternidad no es la mejor amiga del escritor.

R: No lo sé, pero si tengo que elegir entre paternidad y escritura, elijo paternidad. No me las voy a dar ahora de maldito que inmola todo, que sacrifica a sus seres queridos para escribir. Si hay que sacrificar algo, se sacrifica la escritura.

P: Para crear parte del ecosistema de Golpes bajos se ha inspirado en el gimnasio de Jero García.

R: Es mi entrenador, aparte de uno de mis mejores amigos. Me ha enseñado a ver el boxeo, a comprenderlo, además de practicarlo con más mediocridad (risas) que la capacidad que tengo para ver un combate, y es verdad que él tiene un gimnasio en el Lucero que se parece mucho al de la novela. No es donde entreno, porque el del Lucero me pilla un poco lejos de casa, pero es verdad que he mamado mucho ambiente ahí. La atmósfera del gimnasio de mi novela es la del de Jero. Y algunos de los personajes que desfilan, sin ser reales, sí han nacido de una inspiración que me ha traído alguno de los que rondan por el gimnasio de Jero. Y hay anécdotas que he oído ahí… Ese micromundo me ha servido para escribir… con todo tipo de licencias: esto no es un reportaje. A través de Jero, he conocido el mundo del boxeo de barrio de Madrid.

P: Una de las máximas de Alfredo es que Damián no se convierta en un delincuente o acabe en una cuneta. ¿Ha conocido casos del estilo?

R: Ninguno en particular especialmente dramático. Pero Jero, por ejemplo, en su gimnasio, tiene una parte que es una fundación que es de rehabilitación de jóvenes. Hay jueces de menores que le derivan chavales para que él los eduque, y a mí me consta que Jero ha sacado de la calle y de las pandillas a muchos chavales. Hay una realidad de las pandillas en Madrid que no está del todo contada, pandillas latinas, a veces, que chupan muchos chavales. Y el gimnasio es un camino alternativo: los saca de ahí, les da una vocación, algo en lo que se sienten aceptados, se divierten… Es un poco paternalista verlo así, pero el gimansio de boxeo es una alternativa para ciertos extravíos vitales, y Jero tiene muy clara esa vocación suya y pedagógica de que su gimnasio sirva también para eso.

P: Cuando relata la, por llamarla de algún modo, escena en la que Magda López aparece por primera vez en un programa y se pica con la presentadora, inevitablemente, me acordé del programa de Telecinco de María Teresa Campos.

R: Esa asociación de ideas es tuya (risas). Yo necesitaba dos cosas. Por un lado, una trama que no fuera pugilística, que diera al lector una variedad argumental… Yo no podía entregar 300 folios de boxeo. Se me muere la gente leyendo. Por otra parte, quería explorar ciertos ámbitos y escenarios de Madrid a los cuales un boxeador no me iba a llevar. Hablando de un boxeador del Lucero no voy a llegar a una fiesta a la embajada francesa, a un palacio aristocrático en Sevilla o a un estudio de televisión. Necesitaba crear otra trama que me permitiera abrir otras puertas, y jugar con el antagonismo, con la contradicción social de ambos ambientes. Por eso creo a Magda. Es verdad que el personaje te puede recordar a muchos de los que viven habitualmente en el mundo del corazón, pero es pura casualidad. Es un personaje inventado. Sí que hay dos o tres anécdotas reales que le pasan a Magda y que la conducen a una gran diva de la televisión argentina: Susana Giménez. Por ejemplo, lo del dinosaurio. Cuando le cuentan que en Patagonia han hallado a un dinosaurio, y pregunta: "¿Pero vivo?". Eso le pasó a Susana Giménez. Pero ya está. No pretendo camuflar la falsa biografía de nadie, todo esto es inventado.

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Portada del libro | La Esfera de los Libros

P: Cuando describe estos ambientes, amén de los mafiosos, recordé también una frase de Jesús Quintero: "La basura atrae más basura".

R: Porque la basura se convierte en ecosistema, y los personajes que prosperan en la basura terminan afianzando ese ambiente. Ahí he escrito un poco de oídas: no tengo trabajado el mundo del crimen. De hecho, no he querido plantear la novela como un retrato sociológico del crimen organizado en Madrid. Es otra atmósfera más de las tres que hay en el libro, y posiblemente esté llena de clichés y de cosas que no se sostendrían, pero no me importa mucho: el mundo no va de eso. (Piensa) Sí, estoy de acuerdo contigo: es un mundo basuriento el que yo cuento, y, sobre todo, cuento, creo, la posibilidad que tiene cierta gente de salir de un mundo basuriento, y, cuando comprende el precio que tiene que pagar, en términos fáusticos, en términos de venta del alma, prefieren quedarse, cerrar el bucle y quedarse donde estaban. Hay gente que prefiere conservar el alma y quedarse en la basura. Si quieres buscarle un moralismo al libro, es ese.

P: Antes ha hablado de la anécdota del dinosaurio y Susana Giménez. La muerte del perro de Magda también está inspirada en un hecho real.

R: Sí. No fue con un perro, sino con un gato. Así murió el gato de Dragó. Si el gato no es tuyo, la imagen puede resultar hasta medio graciosa, pero a Dragó le rompió el corazón. Dragó tiene en su casa de Soria un pequeño montacargas que sirve para, cuando estás en el piso de arriba y te quieren mandar algo del de abajo y no quieren subir las escaleras, pues yo que sé, te pueden mandar los platos. Y Dragó cuenta que un día llamaron al timbre. Era el cartero y tenía miedo de que abriera la puerta y el gato se escapara. Antes de abrir, puso al gato en el montacargas para mandarlo arriba. El gato asomó la cabeza, Dragó comprendió que el gato iba a morir porque comprendió que la cabeza se le iba a quedar pillada en el techo. Intentó con gestos que volviera dentro, pero no pudo. Y el gato de Dragó murió así. Él me lo contó con una pena enorme, que espero que haya superado ya, pero en el momento de escribir el libro me acordé de esa anécdota, y la utilicé. Su muerte no ha sido en vano (risas), me sirve para una escena de la novela.

P: ¿Cómo construyó el personaje de Piñata?

R: Cuando yo vivía en Argentina, había un personaje que estaba muy presente en los medios. Tuvo incluso una fuga teatral, anudando sábanas cuando la policía intentaba derribar la puerta de su casa. Era el jefe de la barra de Boca, de la Doce, que se llama Rafa Di Zeo. Cuando yo escribía de Piñata, físicamente lo imaginaba como Rafa Di Zeo, y quise crear, con sus lugartenientes, una sensación parecida a la que tenía yo cuando veía documentales de la Doce y veía a Rafa Di Zeo. Ojo, que con Piñata todo es inventado, pero la inspiración viene de ahí. Yo intenté agarrar a un tipo de radio corto y ascenderlo a rey del crimen que tiene a su alrededor celebridades, que es capaz de relacionarse con futbolistas, que está socialmente aceptado, que quiere reconocimiento social. Es el matón de barrio que quiere convertirse en un rey social. Luego, el personaje se me difuminó un poco. Pero la búsqueda está ahí como trasfondo.

P: Muhammad Ali dijo que "todo el mundo es negociable". ¿Eso pasa en su novela?

R: Hasta cierto punto. Hay personajes con los que no ocurre. El drama de Alfredo es que también acepta, hasta cierto punto, el montaje. Hay otros personajes que no se venden. Yo creo que los personajes monolíticos, que son sobornables o insobornables, funcionan poco en la novela. Alfredo hace un viaje interior y moral del cual saca sus conclusiones y termina regresando donde estaba. Quiero creer que es una conclusión que extraer. Puedes convertirte o en una víctima de esos mundos, o regresar. El personaje de Viguerza, que es más monolítico, no tiene ese viaje.

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Gistau, durante la entrevista | Sergio Sánchez M.

P: Y en el periodismo, ¿es todo negociable?

R: No lo sé.

P: Casi al final de Golpes bajos, hay un momento en que está la comitiva viendo una tertulia televisada, y alguien dice algo así como "hay que ver estos subnormales, ¿en qué mundo viven?". ¿En qué mundo vivimos los periodistas?

R: Eso es una crítica, incluso a mí mismo, a la endogamia de las tertulias, a la endogamia político-periodística que, muchas veces, pierde de vista asuntos por los cuales un reportero debiera interesarse. Terminamos haciendo un periodismo muy político, muy opinativo, de quedar a comer con un ministro, y no tenemos ni puñetera idea de lo que sucede a ocho o nueve estaciones de metro. Muchas veces lo pienso: hay mucha gente cuya vida es la que es, y que cuando nos ven dar importancia a ciertas cosas, pensarán: ¿En qué mundo viven? ¿Dónde tienen la cabeza?

P: Leyendo la obra, he tenido la sensación de que, para escribirla, ha practicado mucho trabajo de campo. Que ha habido lápiz y cuaderno. Eso, leyendo periódicos, pasa cada vez menos.

R: Yo quiero creer que en esta novela hay una labor propia de un reportero. Yo sí he tenido en los últimos años el instinto de captar todo aquello que me llegaba alrededor que me pudiera servir cuando quisiera escribir algo. Por ejemplo: escuchaba alguna anécdota y la capturaba. Este personaje, este tatuaje, esta imagen me viene bien. Todo iba a una despensa mental donde se quedaba almacenado, hasta que los ingredientes, sobre la mesa, me han ayudado a componer la historia. Luego está la licencia de la ficción, pero me han ayudado a componer la historia. Y ese es el trabajo del reportero. Si es que no hay más: ir a ciertos ambientes, interesarte por la gente y, con un mínimo de empatía, hacer preguntas, contar lo que ves y armar una historia.

P: ¿Es el periodismo una profesión de golpes bajos?

R: ¿Y cuál no? Somos una especie muy darwinista. De una generación a otra, por ejemplo, existe ese síndrome del espacio ocupado, que no me lo robe el siguiente… Hay poco sitio para los muchos que somos en esta profesión, y eso te lleva a matar por hambre o por ambición. Pero tampoco creo que los periodistas seamos peores tipos que muchos otros. Al final, la conducta desviada es una cuestión de oportunidad. Cuando tienes la oportunidad de ser un capullo, sueles aprovecharla.

P: Cuando le llamé para concertar la entrevista, le pillé en un aeropuerto, recién aterrizado de Estados Unidos. ¿Cómo ha vivido el arranque de la administración Trump?

R: Como algo apasionante. Estuve en Washington y me ha permitido recordar que es mucho más divertido y enriquecedor trabajar como reportero que como opinador. Prefiero estar en Washington haciendo preguntas y viendo lo que pasa en el lugar que estar en una tertulia en Madrid, inventándome una opinión polarizada, a favor o en contra del acontecimiento. Me siento muy honrado y afortunado por asistir a un hecho histórico. He visto el sábado de Trump y el domingo anti-Trump, las dos grandes masas enfrentadas. Y he recordado que el periodismo es reportaje, coño, que el periodismo no es columna, que el periodismo está en los sitios. Y estos viajes me purifican la vocación por eso.

P: Cuando conocí a Raúl del Pozo, éste, enfadadísimo, me dijo: "Es que los nuevos periodistas no queréis ser Miguel de la Quadra-Salcedo, sólo tertulianos".

R: (Risas) Tampoco hace falta ser Miguel de la Quadra-Salcedo, pero lo de los tertulianos es verdad.

P: Buenos tiempos para la lluvia ácida.

R: (Risas) ¿Lo dices por mi columna o por Chernobyl?

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David Gistau, autor de 'Golpes bajos' | Sergio Sánchez M.

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