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'Tiene que llover', de Karl Ove Knausgård: literatura sublime y carnívora de lo humano

Puede que sea el libro más amargo de Mi lucha. Knausgård narra los catorce años que vivió en Bergen. El período es extenso; la edad, crucial.

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Puede que sea el libro más amargo de Mi lucha. Knausgård narra los catorce años que vivió en Bergen. El período es extenso; la edad, crucial.

A Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968) se le lee con compadreo. Quien conecta con él, claro. Sus novelas se asemejan a la visita de un buen amigo que viene de lejos, que se queda unos días en casa, y que agradece el alojamiento compartiendo con el anfitrión su intimidad más humana, carnívora, radical. Da igual que sea cierto o no lo que cuenta el escritor noruego –lo suyo es la "autoficción"–: su literatura resulta creíble, destila autenticidad, sabe a verdad. En los tiempos de la "literatura de consumo" –oxímoron– y del Instagram filtrado, lo que el autor ofrece es gloria bendita.

Lo que a España está llegando de Knausgård –con retraso, pero llega– son los distintos libros que conforman su magnum opus, que se llama Mi lucha y que está compuesta por seis volúmenes. En la reseña que escribí para Bailando en la oscuridad (Mi lucha: 4), recomendé, casi a punta de pistola, al "lector que ame la literatura salvaje y sin destilar" –me pasé de pretencioso: va mi disculpa– que abordara estos libros empezando por cualquiera de las cuatro partes que entonces se habían publicado en nuestro país.

Me retracto: Tiene que llover (Mi lucha: 5) (Anagrama, 2017) no desmonta del todo mi tesis previa –por sí solas, todas las micronovelas de esta macronovela de 3.600 páginas funcionan de maravilla–, pero sí que hace aconsejable que el incipiente lector knausgardiano primerizo comience por el principio, por La muerte del padre (Mi lucha:1) (Anagrama, 2012). Tiene que llover cierra un círculo –la sexta novela, aún no publicada en España, funciona a modo de coda: por lo visto, va sobre Hitler–; empalma, de una forma inesperada y brillante, con el primer volumen, y, en definitiva, crea una sensación de orden global, de vertebración cartilaginosa y, sólo en apariencia, anárquica. Simplificando en exceso, salvando las distancias y puede que meando fuera del tiesto: en música, algo así ocurre con la escucha de La ley innata, de Extremoduro.

Puede que Tiene que llover sea el libro más amargo de Mi lucha. Knausgård narra los catorce años que vivió en Bergen –entre 1988 y 2002–. El período es extenso; la edad, crucial. Nada más comenzar, señala que su memoria sólo conserva "unos cuantos sucesos y un montón de estados de ánimo". Así, el tomo abarca desde la vergüenza adolescente que uno tiene al comprar una revista porno, hasta el recuerdo de cómo se enteró de los atentados del 11-S, pasando por muchos viajes, algunas muertes –una, importantísima–, algunos trabajos para sentirse útil –en este sentido, sobresale el relato de su etapa en una "institución" en Sandviken, "limpiando excrementos de las paredes, sujetando a internos con brotes psicóticos, un día uno me dio una bofetada, o dando interminables paseos por el recinto o las cercanías"–. El noruego se exhibe como un príncipe patético del fracaso, como un quiero y no puedo constante, como un tipo que tropieza ante la misma piedra una y otra –y otra, y otra...– vez.

La novela –de ahora en adelante, utilizaré "novela" para referirme a este quinto volumen en concreto– trata de un joven que busca aferrarse a un sueño, el de escribir literatura, y que no para de escurrirse y, con perdón, hostiarse. El autor plasma de un modo genial la vulnerabilidad del escritor en ciernes, el estudio de los maestros, los miedos del tipo "esto que escribo, ¿es bueno o no?", la envidia sorda que uno siente cuando un compañero/amigo se revela mejor que tú, te adelanta y encima debes alegrarte por él.

"Un veinteañero que escribe a tiempo completo para convertirse en escritor tiene encanto, uno de veinticinco que hace lo mismo es un perdedor".

Por otro lado, también muestra cómo, cuando todo cambia, cuando tu literatura gusta a un tercero poderoso, influyente, y, entonces, empieza a moverse y a crecer, la panacea puede ser efímera; la gloria, adictiva, y el temor a no volver a dar la talla, permanente.

Obsesiones y miedos literarios aparte, Knausgård ofrece un relato amoroso y sexual cargado de patinazos, miedo, nerviosismo, inseguridad, ternura y belleza. Es un oso de peluche. También un capullo. Expresa con maestría la tensión hasta la náusea del enamoramiento, la duda a la hora de dar un paso adelante, la felicidad que duele, esa fantástica y plena sensación de cuando la pasión y no la rutina es lo que une a una pareja, el remordimiento asesino tras la infidelidad –y su ocultación–, el adiós porque ya no queda otra.

En definitiva, en Tiene que llover, Karl Ove Knausgård, con su magnífico manejo de las palabras, plasma un turbión de humanidad sencillo, cotidiano y, por ello, tan difícil de expresar con esa sencillez, sin excesivas florituras literarias, pero de una manera tan excelente. Resulta cuasi imposible no empatizar, en algún momento de la obra, con el noruego. Sonreír con él. Apiadarse. O recordarse a uno mismo, verse a uno mismo, rechazarse a uno mismo. Me reafirmo en lo que dije cuando escribí sobre Bailando en la oscuridad: es el primer gran escritor del siglo XXI.

Que Anagrama –o quien sea– nos traiga más libros suyos. Cuanto antes.

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