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'Sonatas', de Valle-Inclán: literatura genial pese a las comas entre sujeto y predicado

Recuperadas por Gadir, si bien no poseen una trama memorable, sí que son un ejercicio delicioso de estilo literario.

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Recuperadas por Gadir, si bien no poseen una trama memorable, sí que son un ejercicio delicioso de estilo literario.

Uno de los errores más carniceros y habituales que cometen no pocos periodistas consiste en ubicar, entre el sujeto y el predicado, una coma: "Rajoy, corre en Pontevedra", "Belén Esteban, protege a Andreíta", "Zidane, convoca a Marcelo", etcétera. Las oraciones plasmadas sólo serían correctas si el verbo fuera en modo imperativo. Este es un fallo que abunda más que las palomas y que raya la delincuencia. Si la escritura en medios se rigiera por un carné de puntos, las cárceles estarían a rebosar de plumillas-terroristas del lenguaje.

Bien podrían escudarse estos yihadistas de la coma en Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936), quien sacrificaba, de un modo consciente, la ortografía en función de la musicalidad. Las comas del autor corresponden a pausas prosódicas: Valle, cuenta Alonso Zamora Vicente, "declamaba sus trozos y no los daba por buenos hasta que le sonaban bien: de ahí esas comas a veces mal puestas en su prosa". Así, si, por ejemplo, junto al "Pedro Sánchez, vota en su colegio electoral", un lector se encontrase con un texto de este nivel:

"Reía el vino en las copas, y la guitarra española, sultana de la fiesta, lloraba sus celos moriscos y sus amores con la blanca luna de la Alpujarra. El largo lamento de las guajiras expiraba deshecho entre las herraduras de los caballos. Los asiáticos, mercaderes chinos y japoneses, pasaban estrujados en el ardiente torbellino de la feria, siempre lacios, siempre mustios, sin que un estremecimiento alegre recorriese su trenza".

Pues, por mucha coma mal puesta que hubiese –no es el caso de este fragmento, pero van algunos casos: "Nuestras mulas fatigadas, trotaron alegremente"; "Un aldeano vestido de estameña que esperaba en el umbral, vino presuroso..."; "Ella, también sonrió..."; -, el lector crítico diría algo así como: "De acuerdo, la ubicación de las comas duele, pero el tipo escribe como Dios".

En las Sonatas de Valle, recién reeditadas por Gadir, abundan las –se admite- chirriantes, a la hora de la lectura, comas prosódicas, pero es tan brillante su prosa, tan original y precisa la capacidad de adjetivación –"La literatura está en el adjetivo", afirmaba Azorín con mucha razón- y tan fluido el ritmo, que a uno no le queda otra que postrarse y rendir pleitesía al autor y a su obra.

Valle publicó las Sonatas entre 1902 y 1905: la primera, la Sonata de Otoño, transcurre en una Galicia idealizada; la segunda, la de Estío, en un México que sabe a antecesor del realismo mágico; la tercera, la de Primavera, en una Italia prerrafaelita, y la cuarta, la de Invierno, en la Navarra carlista. Todo gira en torno al Marqués de Bradomín, descrito con un endecasílabo de sobra conocido: "Era feo, católico y sentimental". Esta tríada describe el personaje a la perfección, refiriéndose a su físico, a la cultura a la que pertenece y a su carácter.

El esquema básico argumental de las Sonatas es el siguiente: el protagonista es un Casanova sádico, misógino –"siempre he creído que la bondad de las mujeres es todavía más efímera que su hermosura"- y, a veces, cutre, seduce a una dama (Conchita, la niña Chole, María Rosario, la monja joven) y lidia con los personajes de un ecosistema que suele oponerse a tal romance. El desenlace siempre es fatal. No hay finales felices.

El atractivo de la obra radica en el lenguaje empleado por el escritor gallego. En las Sonatas, Ortega –que escribía bien-, amigo de Baroja –que escribía mal-, sólo veía "bernardinas". "Aquella sonrisa que un poeta de hoy hubiera llamada estrofa alada de nieve y rosas", leemos en la Sonata de Estío. Como es sabido, el menú de las Sonatas es radicalmente modernista, aunque con matices: en Valle, el modernismo se vuelve expresamente crítico y, como apunta Umbral, "quizá por eso tiene más larga vida". El gallego se reivindica como sucesor directo de Rubén Darío, si bien, a medida que avanzamos en la lectura de las sonatas, lo mítico se recrudece, y el paisaje azul se torna negro.

La crítica estética que encontramos en el poeta nicaragüense, en el caso de Valle, se extiende señalando a usos y personajes –en especial, en la Sonata de Invierno-. En este sentido, la ironía que en Otoño provoca sonrisas se va avinagrando, sonata a sonata, hasta escocer en Invierno. Arrancamos con las "tías devotas, viejas y achacosas" o con el "Marqués de Tor, que tenía reconocidos veintisiete bastardos"; terminamos con la decepción ante el carlismo: Don Carlos VIII, "único príncipe soberano que podría arrastrar dignamente el manto de armiño, empuñar el cetro de oro y ceñir la corona recamada de pedrería, con que se representa a los reyes en los viejos códices", pues resulta que se dirige a Bradomín con acento extranjero; la guerra está perdida; los señores feudales apestan; los clérigos son unos chorizos y los soldados son unos fanáticos catetos.

En definitiva, las Sonatas de Valle que recupera Gadir, si bien no poseen una trama memorable, sí que son un ejercicio delicioso de estilo literario. Hay belleza, ironía, ternura, evocación y crítica. El escritor se manifiesta como lo que es: un ochomil de las letras patrias. Sólo a alguien de su categoría se le puede perdonar que clave una coma entre un sujeto y un predicado.

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