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El niño que fue Don Quijote y de mayor redimió a un gigante

El 18 de noviembre de 2017, a las 18:20, el niño que fue Don Quijote decidió hacer lo que tenía que hacer. Y sucedió.

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Serie de dibujos animados de Don Quijote de la Mancha | TVE

Sucedió el 18 de noviembre de 2017 a las 18:20 horas. Sucedió como suceden los grandes acontecimientos de la vida, sin planificarse y por casualidad, porque a un hombre se le ocurrió que había algo que tenía que hacer.

Twitter, ese gigante del que tantos reniegan, fue redimido por un solo hombre y su historia. Y se transformó en un lugar deslumbrante en el que encontrar consuelo, calor, belleza y sentido. Unos pocos tuvimos la fortuna de vivirlo en directo, otros lo hicieron pasados los días, algunos lo harán dentro de un tiempo, pero ya está ahí extendiéndose y podemos verlo: el hermoso rostro de un gigante al que un hombre armado con un teclado y una historia ha convertido en molino.

El niño que fue Don Quijote

Lo que ocurre es que ese hombre armado con un teclado y una historia, camuflado en Twitter bajo el pseudónimo de @GeorgeKplan, no es un hombre cualquiera, pese a que pueda parecerlo. Ese hombre es el único ser humano con la fortuna de haber recibido en su infancia superpoderes para derrotar a todo gigante que se cruzara en su camino. Ese hombre es el niño que fue Don Quijote.

Por eso, el 18 de noviembre de 2017, a las 18:20, el niño que fue Don Quijote se puso su armadura, cogió su teclado a modo de lanza y abrió hilo. Uno maravilloso:

"El niño que fue Don Quijote. Hilo va.

Como tantos nacidos a finales de los 70, mi primer contacto con El Quijote fue de crío, gracias a la joya de serie de dibujos animados de Cruz Delgado.

En mi caso, además, las aventuras de Alonso Quijano se convirtieron pronto en pasión.

Mi padre, profesor de Lengua y Literatura cuyos padres eran manchegos, tuvo buena culpa de ello.

Buscó y encontró una edición ilustrada para niños. Ahora las hay a montones pero imagino que por aquel entonces no habría tantas.

Por las noches me lo leía. Todos los días. Convirtió El Quijote en el mejor de los cuentos, siempre unido a su voz.

Y ya sabéis lo que los niños pueden llegar a obsesionarse durante un tiempo con aquello que les apasiona...

Mi nivel de obsesión con El Quijote era tal que un día, en un restaurante en el que tardaron bastante en traer la cuenta, mi padre hizo la típica coña de que eso era porque no querían cobrar y te podías ir sin pagar.

Mi respuesta fue inmediata: "No papá, ¡QUE NOS MANTEAN!".

Por si mi obsesión era poca, mi padre tuvo una idea maravillosa. Una que nunca podré agradecerle lo suficiente porque me hizo un regalo único.

Con un magnetofón que había en casa grabó en casete una adaptación propia de El Quijote. Su Quijote. Mi Quijote. EL NUESTRO. Uno que nadie jamás tendrá salvo nosotros.

Me regaló en definitiva su voz, dándome el control de la fantasía.

Cuentan mis padres que, al fondo del pasillo, las noches sonaban a caballerías. En pijama, me ponía la armadura de su voz y salía a desfacer entuertos a golpe de botón. Avanzando y rebobinando aventuras.

Os hablo de MUCHAS noches. Tantas como para acabar rompiendo los botones del radiocasete.

Y llegó el día en que, al igual que hizo Alonso Quijano, la fantasía se quitó la ropa de dormir y salió al camino.

Aprovechando un viaje al norte cruzando el país, una buena mañana paramos en La Mota del Cuervo. Lo que creí un alto en el camino para comer se convirtió en la mejor de las aventuras.

Mi padre detuvo el coche cerca de un molino de viento. ¡Qué emoción ver uno tan de cerca! Iluso de mí, no sabía que aún quedaba lo mejor.

Bajamos y, con la excusa de sacar algo de comer, abrimos el maletero. Y ALLÍ ESTABA.

El más fantástico disfraz que jamás tendré.

Con su armadura azul, su escudo, su Yelmo de Mambrino y su lanza.

Lanza cuya asta tuvo pronto que ser sustituida por un palo de escoba. El plástico original no resistió tantas acometidas como mi cabeza imaginó.

Me lo puse como buenamente me lo permitió la hiperventilación… Y la magia comenzó.

Donde segundos antes había un molino, amenazaba un gigante cuyos brazos debían de medir casi media legua.

–¿Qué gigantes? –respondió mi padre, ya con voz y ademanes de Sancho. –Aquellos que allí ves de largos brazos –señalé totalmente metido en el papel.

Lo que vino después podéis imaginarlo. Mire vuesa merced, que aquellos que allí se parecen no son gigantes sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas. Te equivocas, amigo Sancho, son gigantes.

Dando por zanjada la discusión, piqué las imaginarias espuelas. A saber qué salió de mi boca al querer decir "¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!", pero os aseguro que nunca he gritado algo con más fe.

Desde luego caí malherido y mi fiel escudero acudió al rescate.

Imaginad por un momento la escena. Un crío haciéndose el moribundo disfrazado de Don Quijote al pie de un molino en medio de la Mota del Cuervo, con su padre corriendo al grito de "Mi señoooor Don Quijoooteeeeeee". UN CUADRO.

Si hubieran existido los móviles y las redes sociales seguro que alguien lo habría hecho viral. Lástima no tener fotos de aquello.

Entre teatreros sollozos mi padre me cogió en brazos y me dirigió al coche, donde nos esperaba la sabia Urganda. Mi madre, claro. ¿O acaso creíais que no tuvo su papel?

Imagino que le costaría aguantar la risa ante semejante espectáculo familiar pero doy fe de que nos aguardaba con rostro severo, pues tales eran las lesiones que yo presentaba.

Tras limpiar mis imaginarias heridas como solo una madre puede hacer, dimos gracias a que CASUALMENTE en el asiento de atrás hubiera una frasca de Bálsamo de Fierabrás.

"Vino, romero, aceite y sal, sana que sana de todo mal", cantamos los tres.

Milagrosamente recuperado de tan cruenta batalla, el niño que durante media hora fue Don Quijote regresó de la ensoñación.

Mi padre tenía razón, el gigante era un molino. La frasca de Bálsamo de Fierabrás, una botella de Lanjarón. Y Rocinante y Rucio, un Seat 124 azul con matrícula de Murcia.

Mis padres, sin embargo, aún siguen siendo Urganda y mi fiel Sancho. Siempre sabios, sanadores, fieles. Refugio de mi ilusión.

Gracias a ellos supe, muchos años antes de interesarme por las chicas, que hay un lugar en La Mancha donde las aldonzas dulcinean.

(Fin)".

La victoria de Don Quijote

Justo después de ese punto final, empezó la transformación del gigante en molino, la redención. Y cada uno encontró su sentido, la madre que lee cuentos a su hijo, el padre que lo lleva a sus actividades extraescolares, la escritora que duda de lo que hace, la profesora de Lengua y Literatura que desconoce su influencia, el hijo que ahora cuida de sus padres, cualquier tuitero que disfruta de la red, y con ellos, el soldado que regresó de Lepanto con una historia que contar, el editor que la publicó, el lector que la leyó, el productor de una serie de dibujos animados infantiles que la extendió, los padres que la representaron para su solo espectador, el hijo que después lo contó... Y la red, el gigante que molino se volvió y que se las arregla para que, cuando menos se espera y casi por casualidad, como suceden los grandes acontecimientos en la vida, el hilo del niño que fue Don Quijote aparezca o reaparezca por cada timeline sacando otra sonrisa y dando un nuevo sentido. Las pequeñas acciones de los hombres que hacen lo que tienen que hacer y ser hecho sin ninguna otra intención, las lanzas que redimen gigantes y plantan molinos.

Ahora, gracias a que el hombre que de niño fue Don Quijote y que hizo lo que tenía que hacer el 18 de noviembre de 2017 a las 18:20 horas, cuando cualquiera pregunta "Y tú, ¿cómo es que estás en Twitter, qué haces ahí?" Se puede responder: "Y tú, ¿cómo es que no estás en Twitter, qué no haces ahí?". Y así igual para cualquier lugar.

Si estuviera en mi mano, el hilo de @GeorgeKplan sería, tal cual y cada año, el discurso de inauguración del Premio Cervantes. Aquí el enlace:

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