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Salvador Galán: "Cuando relegas la ironía a un lugar secundario, se revaloriza su efecto"

LD conversa con el escritor granadino sobre su última obra, Llamarse nadie (Difácil, 2017), compuesta por doce cuentos.

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Portada de \'Llamarse nadie\' | Difácil

En este 2017 que agoniza tanto literal como literariamente, mientras los periódicos y suplementos culturales exhiben sus listas del tipo los libros más vendidos –que no leídos–, imprescindibles para… –completen ustedes la frase–, etcétera, Salvador Galán (Granada, 1981), voz nueva que supura literatura con discurso, publica Llamarse nadie (Difácil, 2017), un libro compuesto por doce cuentos vertebrados por "la reflexión sobre la identidad que funciona a ras de nombre". Es la primera vez, en no sé sabe cuánto tiempo, que este autor publica narrativa. En LD lo conocimos por su poemario La puntualidad de Heinrich Böll (Verbum, 2016). En su nueva obra, este escritor presenta una fórmula heterogénea e intermitente de lirismo, crudeza, patetismo, humanidad, ternura y mala follá. La crítica es sorda; la base y las estructuras literarias, firmes. Se nota que bebe, entre otros, de Borges, de Manuel Puig, de Kafka o de Vila-Matas.

Conversamos sobre su nueva criatura:

P: Qué bien diferencias, como artesano literario, la poesía de la prosa. Temía que, en Llamarse nadie, se notara más tu condición de poeta –por fortuna, no ha sido así: me gusta que un relato sea un relato, y que un poema sea un poema–.

R: Me gusta que hayas mencionado la palabra artesano en la pregunta porque es justo una cuestión de artesanía: como quien hace una silla. Me interesa ser el mejor artesano que pueda y por ello trato de conjugar los códigos genéricos del relato con el interés expresivo que tenga cada texto. Si bien dicho interés puede ser puramente poético (como es el caso de algunos cuentos del libro, se me ocurre "La salud extranjera" por ejemplo) intento que permanezca en el algunos rasgos del tono, cierto brillo en el barniz de la silla, para que no interfiera con el hecho comunicativo que le es propio. Por otro lado, me gustaría ser Beckett o Bernhard y poder decirte que los géneros son una categoría meramente pedagógica y superficial, pero eso hay que demostrarlo con una voz tan potente, tan propia, que mejor seguir contando alguna sílaba cuando escribo poemas y respetando cierto orden de presentación de acontecimientos y personajes cuando narro.

P: ¿Cuál es el justificante de este libro? Agrupas relatos que se publicaron hace bastante tiempo y en diferentes sitios.

R: La idea de libro ha existido desde hace mucho. Los relatos previamente publicados ya pertenecían a este marco que ha terminado llamándose paradójicamente Llamarse nadie. Lo que ocurre es que los tiempos literarios no se corresponden con la urgencia que nos gobierna en todos los ámbitos de la vida. Pienso en los plazos periodísticos y no me queda más que solidarizarme contigo, tendría que desaprender mi forma de escribir para trabajar en el periodismo, pero bueno, la diferencia entre escritor y periodista la explica mucho mejor que yo Javier Cercas... Yo no soy lento escribiendo, pero sí en los pasos confusos que llevan a la publicación. Cuando lo editorial hace acto presencia, la cosa comienza a acelerarse. Por eso prefiero ser cauto. Nunca he tenido prisa, y mis períodos de barbecho llegan a extenderse hasta casi el olvido. Durante ese largo proceso, a mí me ayuda sacar algún cuento para una revista o antología como test. Pasa por las manos de un editor, queda publicado, ves reacciones lectoras, propias y ajenas... pierdes el relato, porque ya deja de ser tuyo y queda para quien lo lea, pero a la vez lo ganas en otro sentido. Hubo una sección entera del libro que decidí quitar a partir de la impresión que me proporcionó ver publicado por entregas en una revista digital su cuento central. También ocurre con los poemas; lo publicas, lo ves desde afuera y surgen dudas provechosas y certezas inesperadas. Por terminar volviendo al libro aclaro que Llamarse nadie no es una agrupación de relatos, es un libro de cuentos cuyo nexo de unión es tonal o atmosférico, y no temático o de personajes.

P: En los relatos hay un sentido del humor implícito, socarrón y, si no negro, bastante oscuro. Uno no se parte de risa, pero sí sonríe.

R: Para hacer humor con la literatura o siendo más concretos, para calzar un buen chiste en el relato, hay que ser un maestro del cuento como Hipólito G. Navarro o Quim Monzó, si no, te estrellas. Yo he dejado que la acción se vuelva loca en algunas piezas y esto lleva las situaciones al borde de lo verosímil, lo hago porque me divierte mucho escribir así: poniendo personajes con un carácter muy marcado a bregar con una acción que se retuerce. Creo que de ese buen humor en que pongo yo escribiendo se deriva esa sonrisa lectora a la que tú aludes. Es algo cómplice, mágico si lo piensas. Luego podría citarte una teoría que tengo sobre aspectos generacionales acerca del uso de la ironía, pero sería un poco rollo… Las primeras cosas que yo escribí me parecen quesos curados de ironía, ya sabes, esa condición noventera de "está todo visto y da todo igual y solo nos queda la parodia". En lo que hago ahora, trato de devolver la ironía a su condición de recurso, la reina de los recursos tal vez por la cantidad de retórica que pone a nuestra disposición, pero un recurso: algo puntual para conseguir un efecto. No quiero que la ironía sea la óptica desde la que se entiende lo que escribo. Y ocurre que cuando la relegas a ese lugar secundario, se revaloriza ese efecto. Y sonríes más. Si ya es en negro o en otros colores, es otro tema.

P: Los personajes son, si me permites, cotidianamente patéticos. Todos son miserables o ruines en minúsculas, muy humanos.

R: Mira, yo creo que los mejores relatos del libro, los que a mí más me gustan, responden a un patrón común: tienen estructura de parábola pero con variantes contemporáneas. La primera es que no hay enseñanza detrás, ponen en juicio problemas morales pero no son moralistas: puro Kafka. El otro muy importante es que el personaje ya no puede ser del todo arquetípico, el avaro, la soñadora, los maniqueísmos de buenos y malos… eso no tiene sentido porque al lector de hoy no le dice nada. A mí, como es natural, me interesa que el personaje sea lo más redondo posible, psicológicamente profundo teniendo en cuenta las dimensiones del relato, que no da para lograr lo que consigue la novela; pero a la vez, como tiene que cumplir la función de representar una idea, me centro en el aspecto del carácter que le conviene a la parábola. Suele ser negativo, como dices, y además, en contra de algunos manuales de taller literario, no se subsana, o sea que se acaba el cuento y el personaje no aprende nada. Te presento al personaje con el mayor de sus defectos a la vista y lo pongo a circular por un torrente de situaciones. Tú sabes cómo va a reaccionar y no hago trampas al respecto, el hallazgo puede que se encuentre. El cuento que abre el libro, "El espíritu de la navidad", o el que le da título, se encuentran entre este tipo de cuentos. Los más divertidos de escribir además.

P: Hay algún que otro relato tirando a metaliterario. ¿Qué te ofrece la cosa?

R: Pues ya es casi un lugar común desde las vanguardias recurrir a lo metaliterario, pero es que me gusta mucho que cualquier objeto artístico reflexione sobre el hecho de que lo es en su propio desarrollo, y que eso quede a la vista del público. Creo que es honesto, como una invitación del artista a su juego, ya sea una película, un poema, una instalación... Centrándonos en lo literario y lo narrativo, el relato que incorpora a la acción sus referentes, sus intenciones, de dónde viene y adónde va… abre otros niveles que pueden ser enriquecedores. Para mí, además, una voz metaliteraria es más representativa de la sociedad actual, y me es divertido tanto escribirla, como leerla.

P: Háblame sobre los dos relatos finales –en realidad, se podría leer como uno partido en dos–, los de David Lynch.

R: Se trata de un solo relato, pero como buen homenaje a Lynch, figura la dualidad a un nivel de estructura también. Es una especie de pesadilla de David Lynch, en la que ve una realidad que pudo ser la suya de no haber dado con la forma de canalizar su agitada vida interior por medio del cine y la pintura. Pero esto es tan solo la premisa de escritura del relato. No hace falta saber quién es David Lynch o Laura Palmer para leer, entender y asimilar el relato, y amarlo, odiarlo o ser indiferente al mismo. A una lectora que se dedica a la salud mental le encantó y jamás había visto ni una película de David Lynch, ni sabía nada de su mundo. Es el relato más disfrutón de todos, con el que mejor me lo he pasado, pasa del plano onírico, a la atmósfera cerrada, de ahí al flashback; juega con elementos de la psicopatología, del culebrón, del drama judicial… es el más extenso y junto a "Berlinesas" el más cinematográfico del libro. Me hace muy feliz haberlo escrito. No sé si se nota que soy muy, muy fan de Lynch. A muchos niveles.

P: Para terminar, desde un punto de vista comercial, ¿no crees que haber incluido a Lynch en el título de la obra le hubiera dado mayor visibilidad?

R: En el "consejo de sabios" que decidió ese detalle había tres personas, y esa idea que dices estuvo hasta casi la entrada del libro en imprenta. Dado que la publicación del libro coincidía con la conclusión de la tercera temporada de Twin Peaks, Obra de Arte con mayúsculas para mí, haber titulado el libro como a su tercera y última sección (David Lynch sueña el buen nombre de Laura Palmer) pudiera haber llamado más la atención, sí. Pero el título original era Llamarse nadie, y preferimos no tirar ese tipo de anzuelos. Al final el único aspecto temático que une a los relatos (por ausencia o sobreexposición) es la reflexión sobre la identidad que funciona a ras de nombre. El nombre como legado forzoso y ajeno que acaba siendo un componente decisivo sobre lo que eres. Por todo eso el título más honesto con el libro es el elegido. Queremos más lectores que visibilidad, después de todo es un libro, ¿no?

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