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Eduardo Verdú: "La RDA fue un régimen de autoespionaje jamás visto en la Historia"

El periodista publica Todo lo que ganamos cuando lo perdimos todo, una novela sobre un futbolista que abandonó la RDA en busca de libertad.

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Eduardo Verdú, escritor. | David Alonso Rincón.

LD entrevistó a Eduardo Verdú (Madrid, 1974) el lunes 5 de febrero de 2018. En esta fecha, Berlín cumplía 10.316 días sin su Muro: los mismos que la ciudad alemana estuvo dividida desde su levantamiento, el 13 de agosto de 1961. Motiva la conversación la última novela de este periodista y escritor, Todo lo que ganamos cuando lo perdimos todo (Plaza y Janés, 2018). La obra se basa en la vida del futbolista de la RDA Lutz Eigendorf, quien, tras disputar un partido en la Alemania capitalista, huyó, cuando sus compañeros se disponían a tomar el bus de vuelta, de un régimen opresor y de una familia –una mujer y una hija de dos años- a la que quería, pero que también le encorsetaba.

Sobre todo esto hablamos con Verdú en el Pepe Botella, viendo cómo la nieve amenaza con cuajar en la Plaza del Dos de Mayo.

P: ¿Es el fútbol un hijo bastardo de la política?

R: Yo creo que no. En cualquier caso, si en algún momento lo fue, es un hijo emancipado. Ha roto lazos con la política. El fútbol es tan grande hoy en día que no está atado a temas políticos. Es un planeta en sí mismo y se rige por sus propias coordenadas.

P: Bueno, yo creo que el Barcelona sigue siendo, como dijo Vázquez Montalbán, el ejército desarmado de Cataluña. En este sentido, ¿qué era el Dynamo de Berlín para la República Democrática Alemana?

R: Era un ejército pero casi armado. El Dynamo de Berlín era el equipo del régimen. El presidente del equipo era el jefe de la Stasi, Erich Mielke. Eso hacía que no fuese un equipo muy querido en Berlín, estaba estigmatizado por la Stasi. El estadio no era muy grande y rara vez se llenaba. En las citas europeas, cambiaba de estadio. De hecho, hoy es un equipo prácticamente desaparecido. Ganó sus últimas diez ligas antes de la caída del Muro; en cuanto el Muro cae, casi desaparece. Ahora está en la tercera regional, perdido, y está entroncado con ideas fascistas.

P: Uno, que es madridista, tiende a encontrar algunas similitudes entre los partidos amañados del Dynamo y el llamado villarato… ¿Algún parecido entre Villar y Mielke?

R: Bueno, comparar a Mielke con Villar creo que es exagerar un poco. No creo que sea para tanto. Mielke influía de verdad, era un tipo poderosísimo en el Gobierno y clave en el club que presidía. Ahora, las cosas son mucho más sutiles, mucho menos forzadas y forzosas. No veo a Villar en esos derroteros.

P: En un momento dado, el protagonista, Lutz Eigendorf, le dice al director deportivo del Kaiserslautern: "No saben cómo es la vida en la otra Alemania, yo… me asfixio".

R: Era un régimen represor en muchos sentidos. La idea de la asfixia se refleja en el propio Muro. Eso denota una falta de libertad clara: no podías salir abiertamente de tu país. El régimen comunista era muy protector en temas sociales, con los trabajadores, con la mujer, y cuidaba de sus ciudadanos a cambio de robarles libertad. En cualquier caso, es un régimen opresor, que controla mucho la vida de sus ciudadanos. Tras la caída del Muro, hay una cosa que se llama Ostalgie, Nostalgia del Este, sobre todo en los berlineses. Al fin y al cabo, si se desintegra tu país, echas algunas cosas de menos: la comida que tenías, la vida protegida que el Gobierno te procuraba… No vivían en un campo de concentración, pero a través de la televisión, sobre todo, veían una vida en Occidente que gran parte de ellos ansiaba.

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Eduardo Verdú, en el café Pepe Botella. | David Alonso Rincón.

P: La asfixia es tan grande que Eigendorf abandona a una mujer, Gabi, y a una hija pequeña, Sandy, en busca de un nuevo mundo.

R: Había gente que se jugaba la vida por cruzar el Muro. Hay un Museo del Muro en Berlín que refleja los casos de gente que se jugó la vida saltando las alambradas, escondiéndose en los coches… Lutz pone en riesgo su vida y la de su familia. Hay que contar con que Lutz Eigendorf tampoco era un ciudadano excesivamente oprimido. Era un privilegiado: vivía en una buena casa, con televisión en color, ganaba dinero, era internacional con la selección…, no era de los que pasaban penurias. Se sentía oprimido por otras cosas al margen del régimen político. Sentía una presión personal: se había casado con 20 años, tenía una hija, buscaba un segundo niño… Se quedó atrapado en una vida adulta siendo un crío. Por otra parte, el fútbol te impone una disciplina que te impide vivir una vida más disoluta en la juventud, salir más, tener ciertas libertades. Entre el fútbol y el matrimonio se encontró con una vida muy encorsetada. Eso le oprimía.

P: Le dice Jörg, el padre de Lutz, a Gabi: "Nos están engañando, engañan a los niños desde pequeños convenciéndolos de la superioridad de los valores socialistas y del modelo de vida comunista, pero aquí no hay progreso".

R: Cuando vas a Cuba, te encuentras una sociedad dividida entre los procastristas o los que dicen que están presos en el comunismo. En Berlín pasaba igual: había gente que comulgaba con el comunismo y otra gente que veía la televisión o que recibía noticias del otro lado y que no quería la vida que tenía. Es verdad que les mentían: puedes estar contento con tu vida, pero hay una propaganda del régimen convenciéndote de que sus valores son los mejores, la felicidad es inigualable, el capitalismo es el demonio, etcétera. Vivían en un régimen de propaganda, con muchas mentiras que no eran creíbles.

P: En la Alemania Federal los equipos son más competitivos, los futbolistas visten mejor, y hasta un equipo porta el logotipo de una bebida alcohólica.

R: Cuando el autobús les lleva a Kaiserslautern cruza la frontera, los jugadores ya notan cambios: ven colores que no conocían, carreteras mucho más lisas donde parece que flota el autobús, la publicidad… Pasa ahora también cuando vas a Cuba: te encuentras un país sin publicidad, es muy sorprendente. El Eintracht tenía el logo de Jägermeister… Mielke se escandaliza. Piensa: ¿dónde están los valores? ¡Todo está en venta!

P: Lutz se pega la vida padre, mantiene en un segundo plano a Gabi y a Sandy –aunque su intención es la de llevarlas con él a la RFA-, hasta que se entera de que: 1) su mujer se ha casado con otro, y 2) se ha quedado embarazada.

R: Es un poco egoísta. Una cosa que le pasa al tipo, que descubrí a medida que me iba documentando, es que Lutz es un crío: tiene veinte años. A los futbolistas siempre les vemos mayores que nosotros, pero son chavales. Es verdad que hay un punto egoísta: abandona a su mujer y a su hija en busca de su propia felicidad. Pero paga un alto precio por esto, sufre una culpa inmensa y alberga la esperanza de traerlos a la RFA. Ese sueño, ingenuo quizá por su juventud, se va desmantelando a medida que le llegan noticias de la vida de su mujer. ¿La vida padre? Disfruta de los placeres de Occidente. Intenta hacer que eso merezca la pena, no quiere quedarse enclaustrado en casa. Con esa oferta de músicas, vestimentas, coches… es un escaparate muy atractivo para un joven con dinero.

P: El personaje de Gabi es profundamente dramático. Lo que tuvo que aguantar esa pobre mujer…

R: Gabi las pasa putas (risas). En el fondo, Gabi es tan protagonista como Lutz en la novela: las vicisitudes que le ocurren a esta chica también son para un libro. Ha sido un reto para mí ponerme en la piel de una chica: no había elaborado un personaje femenino de una forma tan profunda o detallada hasta el momento. La historia de Gabi, por otro lado, hace que también la novela conecte con las chicas. El tema del fútbol puede ser disuasorio para el público femenino, o la Guerra Fría o la Stasi… Todo lo que ganamos cuando lo perdimos todo es también una novela de sentimientos, y eso se ve en la historia de Gabi.

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Eduardo Verdú junto a Jesús Úbeda, durante la entrevista. | D.A.

P: Es asfixiante y desoladora esa rutina de sentirse observado todo el rato, de no poder fiarse de nadie, de vivir al filo.

R: Era angustioso. La Stasi tejió una red de informadores no oficiales, al margen de sus propios agentes. Siempre estaba el vecino que hacía de espía y reportaba las conductas ilegales y poco lícitas de sus congéneres o compatriotas. Había una red de informantes mucho más extensa y efectiva que la Gestapo o el KGB. Ese régimen de autoespionaje, digamos, era algo que no se había visto jamás en la Historia. Lutz, al otro lado del muro, también sufre ese espionaje: el control interno era muy grande, pero, además, la RDA extendía esa red por todo el mundo. Lutz es vigilado en todo momento porque Nielke no puede dejar que las cosas se queden como están: 1) que un ciudadano insigne de su patria deserte, y 2) su cachorro, el Beckenbauer del Este.

P: ¿Cuándo y cómo supo Alemania la verdadera historia de Lutz Eigendorf?

R: De los muchos libros que yo leí para documentarme, hay uno de un periodista alemán, Heribert Schwan, que se llama Muerte al traidor. Este periodista accede a documentos de la Stasi que se desclasifican tras la caída del Muro. Tras la caída del Muro, toda la ciudadanía tiene acceso a todos esos informes desclasificados. Mucha gente va y encuentra dosieres sobre sí misma. Entonces, Schwan accede a los dosieres de Eigendorf y de la Operación Rosa. Eso hace que se conozca el desenlace de esa operación, o detalles que no se conocían en ese momento. De todas formas, hay detalles en los que he tenido que meter literatura, fabular un poco. Al final, esto es una novela.

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