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Thomas Wolfe: la escritura o la muerte

Se cumplen 80 años del fallecimiento del prolífico autor, considerado uno de los más influyentes de su generación.

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Thomas Wolfe | Cordon Press

Su vida fue una secuencia de imágenes, acontecimientos y sensaciones jalonadas por impresiones vivísimas, que quedaron grabadas con la fuerza de un hito en el imperturbable carril de su prodigiosa memoria. Así percibía su mundo y así se acercaba a la escritura: Abandonado al vendaval. Partiendo de sus recuerdos más nítidos, comenzaba a construir sus historias sin demasiadas pretensiones de arquitecto, pero con la incontrolable incontinencia a la que le abocaba esa fiebre creativa constante; un mal que le invadió en el preciso momento en el que se vio delante de un folio en blanco.

Thomas Wolfe no podía controlar sus ansias de narrar. Lo supo tal vez desde siempre, aunque en un principio intentase domar su verborrea acotándola entre los rígidos límites del género dramático. No funcionó. Como tampoco pudieron frenar esas ansias ni la vida ni sus obligaciones: trabajaba de día esperando impaciente al encuentro con la noche, que era cuando al fin podía reabrir las compuertas y sucumbir a la prosa. Su mundo narrativo partía siempre de un acontecimiento concreto, de un recuerdo personal, y pronto cogía velocidad y se perdía y se desbordaba. Se dice que su primera novela, El ángel que nos mira, se le apareció de repente en el papel, después de casi tres años de descargar su memoria.

Entonces ya se le habían amontonado miles de páginas, que después tuvieron que pasar por el exigente tamiz de un editor que acabaría salvándolo. Es bien conocida su intensa relación, y la honda repercusión que generaron el uno en el otro. También es famosa la tarea faraónica que realizaron juntos, podando y reescribiendo textos larguísimos, pero que habían sido concebidos con un afán de totalidad.

Porque en el fondo eso era lo que perseguía Wolfe. Quería plasmar mejor que nadie la esencia de su tiempo y de su sociedad. Ser el novelista de América, igual que Whitman había sido su poeta. La muerte lo sorprendió sin compasión hace ochenta años, después de que una neumonía se le complicase y acabase generando una infección que se le extendió al cerebro. Dejó dos obras maestras publicadas y otras dos sin editar. Más de 5.000 páginas y un proyecto inacabado que inspiró a toda una generación de novelistas. No llegó a cumplir los 38 años. Faulkner decía de él que era el mejor escritor norteamericano de su tiempo, más audaz que él mismo, y Sinclair Lewis no desaprovechó la oportunidad de reconocer la calidad de su primera novela —la única que había publicado en ese momento— cuando subió a recoger el Nobel de Literatura. Con esos antecedentes, y conociendo su caso, se hace inevitable imaginar qué más hubiese surgido si el caudal no se hubiese desbordado; si la muerte no hubiese aparecido aquel fatídico 15 de septiembre de 1938 y, de alguna manera, el creador insaciable nunca hubiese dejado de escribir.

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