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'Doce reglas para vivir': el libro de autoayuda que cita a Jung y condena el comunismo

No es un cantamañanas, sino un psicólogo clínico de éxito, que se ha estudiado tanto a los clásicos como a los modernos psicólogos evolucionistas.

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Jordan Peterson durante su conferencia en la UFV | Archivo

Nunca pensé que algún día leería un libro de autoayuda y encima lo disfrutaría. Porque al final en esencia eso es Doce reglas para vivir, como cabría esperarse del título. Originalmente Peterson tenía 42 reglas, que había escrito para la web Quora, donde la lista se hizo extremadamente popular y lo animó a intentar desarrollarlas más para escribir un libro al que, en un gran homenaje al frikismo extremo, pensó en llamar simplemente 42 porque en La guía del autoestopista galáctico ese número era la respuesta a la gran pregunta de cuál es el sentido de la vida, el universo y todo lo demás. Pero se dio cuenta de que necesitaba demasiado espacio para desarrollar cada idea, así que se decidió por reducirlas. Y menos mal, porque le ha quedado suficientemente largo.

Lo mejor que puede decirse del libro es que aunque mantiene la apariencia y los objetivos de todo libro del género, no puede estar más lejos de grandes éxitos como El secreto. Peterson no es un cantamañanas, sino un psicólogo clínico de éxito, que se ha estudiado tanto a los clásicos como a los modernos psicólogos evolucionistas y que es uno de los científicos más citados dentro de su campo. De modo que cada una de sus reglas son explicadas de acuerdo a las bases más científicas que se pueden encontrar en algo como la psicología, además de recoger circunstancias de su vida y la de sus pacientes y recuperar fuentes de la tradición, de cuentos como La bella durmiente o de la mismísima Biblia. Los considera una forma de sabiduría que nos enseña verdades que parecemos haber olvidado en las últimas décadas, y cuyo olvido está en la raíz de muchos de los problemas que tenemos hombres y mujeres del siglo XXI para construirnos una buena vida, que más que una vida feliz es una vida con sentido, con significado.

  1. Enderézate y mantén los hombros hacia atrás

  2. Trátate a ti mismo como si fueras alguien que depende de ti

  3. Traba amistad con aquellas personas que quieran lo mejor para ti

  4. No te compares con otro, compárate con quien eras tú antes

  5. No permitas que tus hijos hagan cosas que detestes

  6. Antes de criticar a alguien, asegúrate de tener tu vida en perfecto orden

  7. Dedica tus esfuerzos a hacer cosas con significado, no aquello que más te convenga

  8. Di la verdad, o por lo menos no mientas

  9. Da por hecho que la persona a la que escuchas puede saber algo que tú no sabes

  10. A la hora de hablar, exprésate con precisión

  11. Deja en paz a los chavales que montan en monopatín

  12. Si encuentras un gato por la calle, acarícialo

En ocasiones estas reglas deben tomarse de forma literal, aunque en esos casos Peterson se encarga de explicar que tienen un alcance y una importancia mayor de la que pudiera parecer a simple vista. Otras, como la once, son metafóricas. En este caso, por ejemplo, de lo que habla el psicólogo es de las ideas profundamente anti humanas que se esconden en ideologías posmodernas como el ecologismo radical o el feminismo moderno, cuya crítica es una de las cosas que lo han hecho famoso, y de que la compasión también puede convertirse en un vicio pernicioso tanto para quien la ejerce como para quien la recibe. Y el ejemplo con el que arranca es una plaza donde los adolescentes hacían piruetas con sus monopatines hasta que las autoridades la reformaron para impedirlo, convirtiéndola de paso en un lugar terriblemente feo.

Los hilos de la argumentación de Peterson son, dejémoslo claro desde el principio, bastante complicados de seguir. Es frecuente que a mitad de un capítulo seas incapaz de recordar de qué regla está hablando. Es probable que el libro hubiera mejorado reduciendo las explicaciones de cada regla, como hace con la última, y emplear esos razonamientos extra en algunas de las reglas que finalmente se dejó en el tintero. Quién sabe, igual así habría podido escribir 42 como lo tenía planeado con una extensión similar a la de este libro. Además, y me duele decirlo, Peterson no es un buen escritor. Como tuve ocasión de disfrutar en persona, y como cualquiera que vea sus vídeos y entrevistas puede confirmar, es un comunicador maravilloso, pero que pierde mucho cuando pasa de la palabra hablada a la escrita, que resulta demasiado farragosa casi siempre, y demasiado mística y cercana a la palabrería en algunas, pocas, ocasiones. Y es una pena, porque aunque lastradas tanto por la prosa como por la estructura, sus ideas merecen en general mucho la pena.

Desgraciadamente, la mayoría de sus críticos demuestra incumplir la regla 9 y prefieren etiquetar a Peterson como reaccionario o incluso darwinista social. Francamente, al hacerlo demuestran que no lo han entendido o, más probablemente, no lo han querido entender. Un blanco habitual es su explicación de cómo las langostas, que llevan sobre la faz de la Tierra mucho más tiempo que los árboles, se organizan en jerarquías y su sistema nervioso responde a la posición del individuo dentro de la misma empleando la serotonina al igual que el nuestro. Con eso Peterson quiere explicar que las jerarquías no son un producto del malvado capitalismo; son inevitables porque las llevamos grabadas en nuestra biología. Lo que no dice ni quiere decir, aunque así lo interpreten sus críticos, es que debamos dejar de lado a quienes están peor situados en las jerarquías o que la forma que puedan adoptar no sea criticable. De hecho, buena parte de su defensa de Occidente se centra en que las nuestras están más basadas en la competencia que en el poder, lo que significa que son más sanas y útiles para la sociedad en su conjunto.

En definitiva, sea como autoayuda o como mero disfrute intelectual, Doce reglas para vivir sólo puede aprovecharse si se lee con mucha atención y sin dejar que los prejuicios te hagan cerrarte en banda a lo que quiere contarnos. Peterson no pretende enseñarnos una receta simple, e inevitablemente falsa, que pretenda solucionarnos la vida sin esfuerzo. Por el contrario, parte de la base de que la vida es sufrimiento, y que aprender a sobrellevarla procurando no hacérnosla más difícil a nosotros mismos y a quienes nos rodean es una tarea extraordinariamente difícil. Si además su principal misión es recordarnos que esto sólo lo podemos conseguir asumiendo responsabilidades y no rehuyéndolas, no parece que su mensaje sea algo que sobre en estos días.

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