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El Gulag era el comunismo

'Archipiélago Gulag' descubría al mundo no sólo los pormenores del sistema de prisiones, no sólo el funcionamiento de aquella maquinaria terrorífica, sino también su razón de ser.

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Solzhenitsyn con Heinrich Boll en Colonia en febrero de 1974 | Cordon Press

Unos días después de la Navidad de 1973 se publicó en París, bajo el sello de Éditions du Seuil, un libro que cambió para siempre la percepción del sistema soviético y de la ideología comunista. Aquella edición del primer volumen de Archipiélago Gulag estaba en ruso, pero no tardaría muchos meses en traducirse al francés, al inglés y a otros idiomas. Los lectores que a través de la obra descubrieron los horrores del vasto sistema de prisiones y campos de trabajo forzado de la Unión Soviética no supieron entonces de las enormes dificultades que había tenido que sortear su autor, Aleksandr Solzhenitsyn, para escribirla y mantenerla a salvo de las autoridades soviéticas.

Solzhenitsyn había terminado Archipiélago unos cinco años antes. Había trabajado en ella fuera de casa, en jornadas maratonianas, ocultando el material siempre en distintos lugares. "Debo aclarar", explica en la obra, "que las diversas partes de este libro nunca coincidieron sobre el mismo escritorio al mismo tiempo". En la época de Krushev había podido publicar, después de mucho tira y afloja, Un día en la vida de Iván Denisovich, pero el fin de aquel breve período en que la crítica a Stalin no era inmediatamente suprimida y reprimida, rematado con la llegada al poder de Brezhnev, trajo un agravamiento de la represión.

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Durante la elaboración de Archipiélago, una obra de no ficción, fundada en su propia experiencia de ocho años en los campos, entre 1945 y 1953, Solzhenitsyn estuvo a punto de tirar la toalla, dudando de su capacidad de resistencia para terminarla. "Pero cuando, además del material que había recopilado, empezaron a llegarme cartas de prisioneros de todo el país, comprendí que era mi deber seguir adelante". Archipiélago cuenta con los testimonios de más de doscientos prisioneros, los llamados zeks.

Solzhenitsyn estaba en el punto de mira de las autoridades soviéticas. Pero a la vez era un literato con reconocimiento internacional. Su expulsión de la Unión de Escritores soviéticos, en 1969, había despertado rechazo entre intelectuales y escritores occidentales, algunos de ellos comunistas. Las cartas de apoyo que entonces firmaron autores como Louis Aragon, Arthur Miller, Truman Capote, Mishima, Günter Grass, Cheever, Auden, Greene, Huxley e incluso Jean-Paul Sartre no consiguieron que el KGB dejara de buscar sus obras para confiscarlas. La concesión del Premio Nobel de Literatura en 1970, a cuya ceremonia de entrega declinó asistir, no redujo tampoco la presión y la vigilancia.

En el verano de 1973, el KGB arrestó a Elizaveta Voronskaya, quien había copiado a máquina muchas obras de Solzhenitsyn. Durante el interrogatorio, se derrumbó y reveló el lugar donde estaba escondida una copia de Archipiélago. Una vez libre, Voronskaya se suicidó. Este dramático episodio, junto al hecho de que las autoridades soviéticas tuvieran ya una copia de la obra en su poder, indujo a Solzhenitsyn a dar luz verde a su publicación en Occidente, pues él hubiera querido que la obra se publicara primero en Rusia. Aparte de las copias ocultas en la URSS, Solzhenitsyn había podido hacer llegar la obra en microfilm a su representante en Zurich.

La publicación de Archipiélago desató la ira del Kremlin. Brezhnev convocó una reunión extraordinaria del Politburó en enero de 1974 para determinar qué se hacía al respecto. Los medios soviéticos, como Pravda, publicaron artículos en los que lo definían como "otro libro calumnioso", fruto de una "mente trastornada", plagado de "cínicas falsificaciones inventadas para servir a las fuerzas de la reacción imperial". Pedían para Solzhenitsyn "el destino del traidor". El autor respondió unos días después:

Pravda miente cuando dice que "el autor ve a través de los ojos de aquellos que se dedicaban a colgar a comunistas, trabajadores revolucionarios y campesinos". ¡No! Ve con los ojos de aquellos que fueron fusilados y torturados por el NVKD [predecesor del KGB]. Pravda asegura que en nuestro país existe una "crítica sin restricciones" del período anterior a 1956. Si es así, que nos den un ejemplo de su crítica sin restricciones. Les he provisto de material objetivo abundante para ello.

En febrero de aquel año, Solzhenitsyn fue arrestado en Moscú y encarcelado. Acusado de traición, fue desposeído de la ciudadanía soviética y expulsado del país. ¡Al menos no lo ejecutaron! Eso es lo que hubiera ocurrido en tiempos de Stalin. Pero el trabajo que Solzhenitsyn había querido hacer estaba hecho. Con enorme coste personal, pero hecho. Archipiélago Gulag descubría al mundo, o a aquellos que quisieran saber, no sólo los pormenores del sistema de prisiones, no sólo el sufrimiento de los prisioneros, no sólo el funcionamiento de aquella maquinaria terrorífica, sino también su razón de ser. Una razón que era indisociable de la ideología.

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Cuando apareció Archipiélago, otros testimonios y otros libros habían dado cuenta de la realidad soviética, de la miseria, de las hambrunas, de la represión y del terror. En los años cuarenta, el libro del ingeniero Víctor Kravchenko, Yo escogí la libertad, causó igualmente una conmoción. Conmoción igualmente contrarrestada, aunque con más éxito que en el caso de Archipiélago, por la propaganda comunista. Hubo más, como en los cincuenta el libro El dios que fracasó, que reunía testimonios de varios ex comunistas, entre ellos Arthur Koestler. Pero el descubrimiento de los horrores del comunismo ha ido por oleadas. Unas oleadas que causaban impacto durante un tiempo pero terminaban por estrellarse contra el acantilado de una ideología que, pese a todo, lograba conservar prestigio. Los horrores se achacaban a los errores. La ideología, así, quedaba a salvo.

En los setenta, y aún mucho después, incluso todavía hoy, los horrores se atribuían a Stalin. La causa no estaba en el comunismo, sino en los errores del stalinismo. Frente a ese blindaje, lo que mostró Archipiélago Gulag es que el sistema de campos de trabajo forzado, por el que pasaron millones de personas, no era un error ni un accidente, sino parte integral del sistema comunista. Y que lo había sido desde el principio. No había empezado con el errado y malvado Stalin, sino con la constitución misma de la URSS y con Lenin. El comunismo sólo se podía realizar de ese modo. La ideología era el origen y el motor del terror.

Al apuntar al núcleo ideológico, Solzhenitsyn dio un paso crucial y difícil. La Unión Soviética había perdido gran parte o toda su aura, pero el comunismo no. De ahí que el impacto de Archipiélago fuera desigual. Y tropezara, además, con las políticas de distensión que en aquel momento mantenían Estados Unidos (la Casa Blanca no recibió al autor durante su vista a EEUU) y otros países, como Alemania Occidental. En esos y otros lugares, Solzhenitsyn iba a ser un invitado incómodo.

España fue uno de esos lugares. Solzhenitsyn estuvo aquí en 1976. Su entrevista en televisión provocó reacciones infames, como la del escritor Juan Benet:

Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Solzhenitsyn, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Solzhenitsyn no puedan salir de ellos.

El disidente soviético dijo en la entrevista que, tras oír que España era una dictadura, había visto que se podía viajar al extranjero, comprar prensa de todo el mundo en los quioscos o acceder a fotocopiadoras, y que "si se dieran esas condiciones en la URSS hoy en día, estaríamos atónitos, diríamos que disfrutábamos de una libertad sin precedentes, la clase de libertad de la que hemos carecido los últimos sesenta años". Esas palabras se presentaron como una aprobación del régimen de Franco y provocaron reacciones como la de Benet. Pero lo que molestaba, verdaderamente, a la intelectualidad española de izquierdas era lo mismo que molestaba a otras. Era el auto de acusación de Solzhenitsyn contra la ideología. Archipiélago Gulag había traspasado la coraza.

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