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25 años de la publicación de 'El primer hombre', el manuscrito inconcluso de Camus

Entre los restos del coche en el que perdió la vida Albert Camus encontraron un manuscrito. Se cumplen 25 años de la publicación de El primer hombre.

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Albert Camus. | Cordon Press

La existencia de Albert Camus fue vivir en el camino. A él se lanzó bien joven y entre su polvo consagró sus pasos; comprendiendo en ese acto que la esencia de todo hombre es el viaje, y que lo contrario, la quietud, es el único significado de la muerte. En él, en el camino, deshizo el peregrinaje familiar y regresó a Europa, desde Argelia, y en él asentó su residencia. Desde entonces su existencia fue viajar, para alumbrar con su palabra otros trayectos más oscuros, tal vez, y para morir también de golpe en el camino.

El día que murió llevaba un billete de tren en el bolsillo. Los agentes que se personaron en el lugar del accidente encontraron sus pertenencias desperdigadas alrededor del coche destrozado. Dentro de su maletín, un manuscrito.

Ahora se cumplen veinticinco años de la publicación de El primer hombre, la obra póstuma en la que trabajaba cuando le alcanzó la nada, y no deja de resultar paradójico que el libro, de carácter autobiográfico y existencial, haya quedado para siempre, igual que él mismo, como la imagen irredenta de un viaje inconcluso.

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Imagen del coche en el que falleció Albert Camus. / Cordon Press

Curiosamente la narración arranca en un camino: El trayecto de sus padres al hogar, en mitad del parto, para ofrecerle al pequeño Jacques (o el propio Albert) un lugar en el que nacer. Después los tiempos se dilatan y se alternan, y la novela se transforma en un viaje más profundo. En una de las notas de los márgenes del manuscrito, Camus dejaría escrita una sentencia: "He intentado descubrir yo mismo, desde el comienzo, de pequeño, lo que estaba bien y lo que estaba mal, ya que nadie a mi alrededor podía decírmelo. Y ahora reconozco que todo me abandona, que necesito que alguien me señale el camino y me repruebe y me elogie, no en virtud de su poder, sino de su autoridad, necesito a mi padre".

Su padre murió en la guerra, cuando él no había cumplido el año, dejando a su familia en la pobreza y a su hijo, Albert, sin apenas recursos para educarse y aspirar al futuro que le estaba reservado. Él, por su parte, fue un hombre que se hizo a sí mismo por obligación, aunque siempre reconoció y agradeció la influencia providencial de su maestro, Louis Germain, al que admiró profundamente hasta el final de sus días.

"J.C. lo admiraba sin reservas", estaba escrito en aquellas páginas desperdigadas, "en tiempos en que los hombres superiores son tan adocenados, era el único que tenía un pensamiento personal, en la medida en que es posible tenerlo, y en todo caso, bajo una apariencia falsamente conciliadora, una libertad de juicio que coincidía con la originalidad más irreductible". Y más adelante, en boca del propio Jacques, se dirigió directamente a la figura de su querido profesor: "Sólo deseaba decirle que lo quiero a usted con todos sus defectos. Quiero o venero a pocas personas. Por todo lo demás, me avergüenzo de mi indiferencia. Pero en cuanto a las personas a las que quiero, nada, ni yo mismo, ni siquiera ellas, harán que deje jamás de quererlas".

Tres años antes del fatal accidente, tras recibir el premio Nobel de Literatura, un orgulloso Albert Camus encontró algo de calma en la celebración y se sentó a escribir una carta. Su destinatario era Germain, y su contenido, el que sigue:

Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Lo abrazo con todas mis fuerzas.

Albert Camus.

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