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Carmen Laforet: del éxito de 'Nada' a su caída en el olvido

Se cumplen quince años de la muerte de la novelista, que alcanzó inesperadamente la fama literaria con su primera obra.

Se cumplen quince años de la muerte de la novelista, que alcanzó inesperadamente la fama literaria con su primera obra.
Carmen Laforet, novelista. | EFE /Archivo

Quince años se cumplen ahora de la muerte de Carmen Laforet, acaecida en Madrid el 28 de febrero de 2004. La novelista alcanzó inesperadamente la fama literaria con su primera obra, Nada, que obtuvo el primer premio Nadal en 1945 instituido por la revista Destino, también editorial, en memoria de uno de sus principales redactores. La posterior producción de la escritora fue decreciendo en calidad e interés, hasta deslizarse por una sima de tristezas, dolores y silencios, que la acompañaron hasta su dramático final.

Carmen Laforet nació en Barcelona el 6 de septiembre de 1921 y vivió junto a su familia sus años de niñez, adolescencia y primera juventud en Canarias. La muerte de Teodora, su madre, a los treinta y tres años, la postró en una situación desventurada, desvalida, con un hueco en su corazón difícil de llenar. Casóse su padre con otra mujer. Nunca se llevó bien Carmen con ella, o mejor al revés. En cualquier caso la mutua antipatía estaba presente en aquel hogar deshecho. Resolvió marcharse, terminada la guerra civil, a Barcelona, siguiendo al que era su primer amor, un escritor canario, Ricardo Dick Lezcano. En la Ciudad Condal vivió en un piso de la calle de Aribau, número 36, con unos tíos. Vivienda lóbrega de la zona del Ensanche, cuyo ambiente reflejaría en su novela Nada. Aquel sórdido ambiente le resultó aún más agobiante que la vida que antes llevaba en presencia de su madrastra. El primerizo novio desapareció de su entorno y, tras despedirse de sus parientes, buscó la compañía de una amiga para trasladarse a Madrid, donde comenzó a estudiar Filosofía y Letras y también Derecho.

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Parte de sus propias vivencias las iría reflejando en un cuaderno, a ratos perdidos, entre clase y clase, viajando en autobús por la Ciudad Universitaria o, sobre todo, en la casa de su tía Carmen, calle del general Pardiñas, número 107. Una placa instalada por el Ayuntamiento madrileño en las paredes exteriores de la vivienda, semiesquina al final de la calle de María de Molina, recuerda a los viandantes que allí vivió la gran escritora, y allí escribió Nada.

Siempre negó que su relato fuera autobiográfico, posiblemente para no molestar a sus familiares barceloneses con los que había convivido una temporada. Mas lo cierto es que aquel piso y la universidad cercana quedaron reflejados en su novela, los días grises de la postguerra, la mezquindad de unos seres que turbaban continuamente sus pensamientos. La protagonista era la propia Carmen, sólo que decidió llamarla Andrea, disimulándolo. En cuanto al título hubo dos razones para que eligiera el de Nada. Una, que cuando algún compañero de facultad la sorprendía escribiendo fuera del recinto, al preguntarle qué vertía en su cuaderno respondía, invariablemente, que nada. También fue decisivo que se prendara de un poema de Juan Ramón Jiménez así llamado.

De cómo decidió enviar su original al Premio Nadal tiene su pequeña historia. Había conocido al periodista y crítico literario Manuel Cerezales, que al leerlo fue quien la animó a que concurriera a la primera convocatoria de tal galardón. Al ganarlo, se desató una corriente de interés para saber quién era aquella desconocida autora que había sorprendido al muy exigente jurado. Quedó finalista O César o nada, de González-Ruano, quien por ser amigo de quienes otorgaban el premio tenía la casi certeza que sería para él, dado entonces su renombre. El rebote que se llevó no pudo ocultarlo, lo que al conocerse serviría para que en los cenáculos literarios el neófito concurso del Nadal se ganara ya un prestigio, que mantendría hasta nuestros días, ajeno a posibles tejemanejes de otros de la competencia.

No puedo asimilar el triunfo

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El ya mentado Juan Ramón y Azorín fueron dos de los muchos acreditados escritores que recibieron la aparición de Nada como una obra renovadora. Respondió la clase lectora, obligando a la editorial a imprimir reediciones, que continuarían en décadas siguientes. Con decir que Nada rivalizó en ventas con La familia de Pascual Duarte, queda dicho todo. Ambos, bestsellers, aunque por entonces no se utilizara ese anglicismo. Sorprendentemente, Carmen Laforet no supo, no pudo sobrellevar aquel gran triunfo literario: no lo comprendía, se resistía a ser entrevistada por los medios periodísticos, que le demandaban declaraciones constantemente.

La amistad con Manuel Cerezales dio paso a un noviazgo culminado en boda el año 1946, es decir, al siguiente de haber sido ganadora del Nadal. Él le llevaba unos años de diferencia. Pasaron un tiempo en Tánger, porque él se incorporó al diario España. Fue una época fértil para Carmen, al entrar en contacto con escritores como Truman Capote y Paul Bowles, que vivían allí, integrando un grupo de intelectuales muy sólido. Tánger, acabada la II Guerra Mundial, había acogido a buen número de personajes relacionados con las artes, como si fuera una sucursal de París del periodo de entreguerras.

Correspondencia con los lectores

Manuel y Carmen tuvieron cinco hijos (dos de los cuáles, Silvia y Agustín, seguirían la misma profesión que sus padres). El matrimonio atravesó más de una crisis. A principio de los años 60 recuerdo que lanzaron una revista, Vida Mundial, de efímera existencia, que dirigía Cerezales, y donde Carmen Laforet atendía una sección de correspondencia con los lectores. Todavía yo imberbe, recibí una carta suya, autógrafa, que lamentablemente perdí. En cuanto a la vida familiar de la escritora, se truncó en 1970, al separarse de su marido, quien no parece se comportara con ella como debía: le prohibió, exigiéndoselo por escrito, que nunca escribiera nada que tuviera que ver con su matrimonio. El machismo imperante...

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Entre Nada y su siguiente novela, La isla de los demonios transcurrirían ocho años. Demasiado tiempo para que su autora continuara despertando el mismo interés entre sus lectores. Fue un reto, que no superó, de su obra anterior. Ni tampoco adelante. Esas siguientes novelas fueron La mujer nueva (1955), Premio Nacional de Literatura no obstante, varios libros de relatos y viajes hasta La insolación (1963). Esta última estaba en principio proyectada por Carmen Laforet como el inicio de una trilogía, Tres pasos fuera del tiempo. En esos años, traspasados sus primeros 40, mostraba cierta inseguridad en su escritura, insatisfecha casi siempre, rompiendo papeles a menudo. Pasaba semanas en un apartamento de la sierra madrileña, para asegurarse el silencio. Odiaba ir a fiestas o recepciones, por muy literarias que fueran algunas.

Ramon J. Sender se enamoró de Carmen

Hizo un viaje a los Estados Unidos, donde conoció a Ramon J. Sender, exiliado desde la guerra civil, con el que coincidió en un par de ocasiones. Luego establecieron una mutua correspondencia que, años más tarde, se tradujo en un libro epistolar de cierto interés. Lo anecdótico es que Sender se enamoró de Carmen, fuera o no de manera platónica. En aquellas cartas ella le contaba chismes que circulaban sobre el mundo literario, considerándose enemiga de otros colegas, por las rencillas que creía adivinar en ellos. Ramón le replicaba que no había tenido rencor a nadie, salvo a una persona, que nombraba como "el césar pequeñito". ¿Quién podría ser, otro escritor, acaso Franco? De cualquier manera, Sender arrastraba ciertos traumas del pasado, relacionados con su esposa y desde luego con los reveses de la contienda bélica. Cuando volvió a España lo invitó Camilo José Cela a su casa y, en mitad de una cena, terminó echándolo a la calle con cajas destempladas.

La ruptura matrimonial supuso para Carmen Laforet quedarse prácticamente en la calle, sin nada. Que no es un juego de palabras respecto a su novela, sino la pura realidad: se fue del hogar con una maleta, pasando con su amiga Inka unos días en París. No disponía de ingresos económicos. El editor Lara la instaba a que le enviara la novela pendiente, segunda de la trilogía convenida. Pero Carmen Laforet fue entrando en un pozo de negrura que le impedía continuar imaginando argumentos para escribir. Amén de la ya mencionada correspondencia con el autor de Réquiem por un campesino español, mantuvo otra con Elena Fortún, autora de Celia. Esta última le contaba sus desventuras: su marido se había suicidado y un hijo murió. La soledad y angustia de ambas parecía ser el hilo comunicador de sus misivas. Malas lenguas insinuaban que se consolaban en la intimidad, acariciándose.

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Hubo también otra relación que, se dice, llegó a ser asimismo muy íntima. La que tuvo con la tenista Lilí Álvarez, que escribía muy bien, por cierto. Hubo entre las dos una corriente de mutua simpatía y admiración, con intercambio de ideas místicas. Hablaban constantemente, durante los siete años que duró aquella profunda amistad, de catolicismo, feminismo, crisis religiosas… A Lilí le dedicó La mujer nueva, donde Carmen relataba la vida de una dama adúltera que abandona a su marido para finalmente, arrepentida, entrar en un convento.

Transcurría el tiempo y Carmen Laforet, ayuna de ideas para continuar su obra literaria, se deslizaba peligrosamente por un sendero de soledad y angustia vital, como se decía entonces. Sus viajes americanos o los que hacía a Roma, porque allí vivía su hija Silvia casada con un hijo de Paco Rabal, le despejaban un poco su atormentada mente. En la capital italiana hizo migas con Rafael Alberti. Parece que hubo un chico canario, Lino Brito, con quien congenió superficialmente. Pero su vida, cuando finalizaba la década de los 70 iba cuesta abajo, como el famoso tango. Presa de una inseguridad patológica, con una indisimulada fobia social, notablemente envejecida.

Grafofobia

Estaba obsesionada por adelgazar, consumía pastillas al tres por dos. Anfetaminas. No podía escribir. Padecía grafofobia. Y esa angustia existencialista permanente, que citaba antes. Contaba sesenta y cinco años y ante un cuaderno a rayas y en presencia de su nieta era incapaz de anotar unas líneas, salvo pintarrajear inconexos palotes. Como un niño… Sin hablar tampoco. Sentada en una silla de ruedas mientras pasaban las horas, sin ella inmutarse. Sus biógrafos Anna Caballé e Israel Rolón, la definieron así: "Distraída, vagabunda, sexualmengte ambigua..." En su ocaso se había empeñado cerca de sus hijos en que no se supiera nada de su intimidad. Una de ellos, Silvia, publicaría en 2003, un año antes de la muerte de su madre, el libro Puedo contar contigo, donde incluyó setenta y seis cartas de ésta. Para entonces, Carmen Laforet era víctima de una enfermedad degenerativa que le había ido afectando progresivamente a su memoria.

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Falleció, como ya dijimos al principio, el 28 de febrero de 2004. Apareció, póstuma, su novela Al volver la esquina. De la última parte de la trilogía, nada se supo. Alguien cercano a ella dijo que había quemado un original titulado Jaque mate, que hubiera podido ser el remate de esa inconclusa obra.

Miguel Delibes, ligado a la editorial Destino, que es donde había empezado a publicar Carmen Laforet a partir de Nada, dijo esto al enterarse de la muerte de la novelista: "Al fin descansó de la vida y de la literatura".

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