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Luis Landero: "España es una familia mal avenida"

El escritor ha presentado Lluvia fina, una novela que se adentra en los agravios profundos y subjetivos que nutren toda tragedia familiar.

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Dice Luis Landero (Badajoz, 1948) que existen cumpleaños que es mejor no celebrar: "Hay traumas profundos e irracionales, que muchas veces llevamos dentro sin saberlo, y que pueden estallar en cualquier reunión familiar aparentemente inofensiva". Sin embargo Lluvia fina (Tusquets), su décima novela, le ha llegado en su trigésimo aniversario de escritor. Son números demasiado redondos como para evitar esa temida celebración.

"A mí se me introdujo el veneno literario cuando tenía quince años y desde entonces he vivido soñando con escribir", comenta a la prensa sentado en una mesa del Café Comercial. Y la frase se le escapa del contexto, sin quererlo, y conecta mágicamente con el tema de la obra que ha venido a presentar. "Lo que pasa es que los agravios que se viven en la infancia y en la adolescencia, sobre todo los más pequeños e inofensivos, son difíciles de olvidar".

Él arrancó la redacción de la novela hace un año, después de haber leído una noticia en el periódico que narraba la trágica historia de una reunión familiar que había terminado con un muerto y varios heridos: "De pronto algo se activó en mí, y vi el libro prácticamente hecho en mi cabeza, con el título y todo… Desde que me senté a escribir noté cómo la novela tiraba de mí, y cómo yo sólo tenía que transcribir lo dictado. Posiblemente es la novela que menos me ha costado construir". La idea que le había secuestrado era algo que rumiaba hacía tiempo: "El arte de convivir es también el arte de la discreción", explica él, "y sin embargo todos sabemos que hay juicios y demonios que todos llevamos dentro y que pugnan por salir. Hay heridas profundas que desgarran, contra las que no sabemos cómo luchar. Cuando esas frustraciones afloran, muchas veces acabamos buscando a un culpable, y lo curioso es que casi siempre lo encontramos dentro de nuestra propia familia".

De esa manera Landero se adentra en la historia de tres hermanos que deciden reunirse después de años para celebrar el cumpleaños de su madre. Pronto el "diverso memorial de agravios" que cada uno atesora en su interior comenzará a desbordarse, e irá cambiando la atmósfera de la celebración ligeramente, como una lluvia fina y constante que acabará calando más hondo que un precoz e impetuoso aguacero. "Una cuestión interesante, sobre la que quería trabajar, es el valor subjetivo de la memoria", comenta él, "cómo muchos de nuestros recuerdos son enteramente inventados, y cómo, pese a todo, esos elementos van formando poco a poco nuestra biografía imaginaria. Al final, llega un punto en el que heridas profundas, exageradas por nuestra memoria, y a veces enterradas en lo más profundo de nuestro intelecto, nos derriban. Es ese momento en el que las creencias se hacen impermeables a los hechos".

Eficacia y belleza

Para desarrollar su idea ha tenido que trabajar una estructura narrativa compleja, utilizando además un estilo "ante todo eficaz, aunque he intentado que también fuese bonito". "El escritor tiene a veces que renunciar a ser escritor para poder ser un buen transmisor", explica. "Yo, ante todo, querría que mis lectores me dijesen lo bien que he narrado la historia; luego, como añadidura, no desdeñaría nunca que me dijesen que escribo bien, pero eso no es lo fundamental. Yo lo que busco es un lenguaje que deslumbre, pero que sea transparente; que no distraiga de la acción pero que permita que el lector pueda reencontrarse con esa cosa maravillosa que es nuestro lenguaje".

En el caso concreto de Lluvia fina, Landero ha tenido que trabajar su lenguaje a través de las perspectivas de todos los personajes, "porque era importante que el narrador no se inmiscuyese. Debían mostrarse ellos tal como son, conversando y exponiendo su visión parcial y subjetiva de los acontecimientos". Es por ello que le gusta definir la estructura como caleidoscópica, y como un juego de espejos en el que el lector no debe fiarse demasiado de las cosas tal como aparecen contadas. Dentro de ese rompecabezas, pese a todo, una luz sirve de ancla y de brújula: Aurora. "Ella es el personaje en el que el narrador delega, donde desembocan todas las historias. Es un ser extraordinariamente puro, que sólo escucha y comprende, pero que nunca juzga. Toda la novela pasa por sus ojos a través de las confidencias que le hacen el resto de personajes que, a diferencia de ella, no hacen otra cosa que fiscalizar".

El desgarro emocional que impregna la narración se hace entonces patente, y hay quien se atreve a catalogar la obra como una novela pesimista. A esos críticos Landero les responde: "Es pesimista, sí. Y el tango también lo es. Así es la vida". Preguntado entonces acerca de si la vida es un cuento que siempre acaba mal, él contesta rápidamente: "Sin duda. Acaba siempre jodidamente. Pero mientras se vive existe esperanza y belleza. La vida es hermosa y terrible a partes iguales".

Alegoría de España

Comentando la historia y su tragedia, se hace de pronto difícil evitar algunos temas recurrentes. "España es una familia mal avenida", dice Landero. "Aquí no podemos celebrar cumpleaños… ¿Cómo celebramos el de la Constitución? Si lo hacemos corremos el riesgo de acabar malamente". Sin embargo, regresando a la esencia de su novela, se apresura a matizar: "Lo cierto es que no pensaba en una alegoría mientras escribía, pero es verdad que la resonancia simbólica es inevitable".

"Pertenecemos a una especie con una preponderancia por la inquina", continúa. "Es algo inaudito que parece que se nos olvida. Ahora muchos se llevan las manos a la cabeza y cargan contra todo, cuando lo que nunca hay que perder de vista es que lo más extraordinario que ha creado el hombre es la convivencia y la democracia… Lo que pasa es que todavía estamos aprendiendo", comenta. "No hay más que ver cómo funciona Twitter. De allí han salido las peores cosas del ser humano. Estamos a medio civilizar… El instinto de la manada sigue latente".

Siguiendo con ese discurso, a su juicio, "vivimos en una sociedad timorata y cobarde, que muchas veces se amedrenta ante avances que no es capaz de entender". Pero en mitad de todo ese caos, "lo único que vale la pena es perdonar. De eso también trata la novela. Lo difícil que es conservar el recuerdo del agravio y, pese a todo, perdonar. Es algo que se debe aprender a cualquier edad. Porque el perdón no vale de nada si hay olvido. Es necesario que se conjugue la memoria con el perdón verdadero, para evitar revanchismos absurdos que corrompen la convivencia".

Para finalizar la velada, aparece de fondo el gran asunto de actualidad política del país. "Puede ser que el malestar sobre el procés se haya introducido dentro de la novela también", concede. "Recuerdo que cuando todo estaba sucediendo yo seguí los acontecimientos como todos los españoles, pegado a los medios de comunicación. Y recuerdo esa sensación de malestar profundo… Lo más triste del procés es que utiliza el discurso solemne de la identidad de los pueblos para conquistar una causa innoble e imaginaria, azuzada por una burguesía corrupta", concluye.

De pronto, sobre su mesa aparece, mientras se levanta, el título de su novela, colocada a modo de reclamo; y el recuerdo de una conversación "pesimista" que, sin embargo, no ha dejado un segundo de llamar a la convivencia.

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