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Valera y el candidato ideal para unas elecciones

Alguno lo ha identificado con esos liberales de Machado que tornan, como las cigüeñas, al campanario, pero el liberalismo de Valera era más hondo.

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Juan Valera | Archivo

Don Juan Valera, uno de los grandes escritores españoles del siglo XIX, intelectualmente asombroso por sus conocimientos (dictó un curso sobre la Historia de la Poesía española en el Ateneo de Madrid en 1858) y su capacidad crítica ("descubrió", nada menos, a Rubén Darío), fue además diputado y diplomático. Eligió el lado perdedor de la historia y se puso de parte del rey Amadeo de Saboya de quien fue ministro de Instrucción Pública. Algún mastuerzo lo ha identificado con esos liberales de Machado que tornan, como las cigüeñas, al campanario, pero el liberalismo de Valera era más hondo.

Se le conoce, sobre todo, por sus novelas Pepita Jiménez y Juanita la Larga, pero es en otra de sus novelas sobre mujeres provincianas de encaste, Doña Luz, de semejanzas poco dudosas con las primeras mencionadas, donde explica con una claridad meridiana cuál podría ser el ideal del político necesario para ser votado en unas elecciones. Lo que dice en el capítulo XI de esa obra resulta ser de gran actualidad, especialmente ahora que nos enfrentamos a una impetuosa cascada de elecciones desde el 28 de abril al 26 de mayo.

Traza el andaluz de Cabra, en cuyo casino pende un majestuoso retrato del literato, un retrato bien ácido de cómo discurren, y ocurren, los políticos de provincias y en qué disparates o marrullerías incurren. En el caso expuesto por Valera, un potentado influyente y caciquil, don Acisclo (I), urde un plan para desbancar al "diputado-modelo" que representaba al partido contrario. No era fácil conseguir el objetivo porque aquel diputado era el modelo justo de político incombustible e inapeable de su posición.

Ironizaba Valera que, "según cálculos estadísticos de la mayor exactitud, los sueldos, adehalas y favores de varias clases, evaluados en metálico, que el diputado prodigaba a sus fieles del distrito, sacándolo todo del Gobierno, importaban veinte veces más que lo que el distrito pagaba de contribución directa e indirecta". Para los andaluces que han vivido casi cuarenta años de socialismo, será perfectamente comprensible lo difícil que es sacar del machito a un ejemplar así.

¿Cómo se llega a ser un diputado tan "natural" que se identifica con territorio y habitantes? Pues sencillamente "repartiendo a manos llenas los empleos" y estando cerca del gobierno al que refriega su poder casi hipnótico sobre los electores. Y añade Valera algo que pondría los pelos de punta al nuevo gobierno andaluz de PP y Ciudadanos, más Vox en la cámara oscura: "Aunque el diputado natural esté en la oposición, conserva el distrito por dos razones. Es la primera porque, si bien los electores le ven caído, guardan la esperanza de que pronto volverá a encumbrarse, mandarán él y los de su partido, y lloverán entonces los favores. Es la segunda razón, porque el diputado natural, aun cuando no esté en el poder, logra que muchos de sus ahijados se sostengan en sus empleos, y hasta suele darlos flamantes".

La conspiración de don Acisclo pretendía dejar en la oposición a aquel portento. Tras haber empleado artes maquiavélicas, atizado discordias, extendido chismes y uniendo a desairados, logró componer una potente minoría que pudiera conseguir la victoria de su candidato, don Jaime Pimentel. Quedaba hacer mayoría de la minoría atrayendo a los neutrales y vacilantes y "sacar de sus casillas y lanzar en la lucha a no pocos que jamás quieren votar ni mezclarse en política, tal vez porque no ambicionan empleos".

Precisamente entre estos últimos había un Cincinato electoral, así lo dice Valera, un hombre a que, una vez convencido para la causa, podría tener un efecto gravitatorio para buena parte de la población con derecho a voto. Se trataba de Juan Fresco, un independiente de corazón, un atento más a los hechos que a los dichos, una persona cuyo prestigio era grande y que, por ello, podría servir a la causa de su candidato con gran eficacia. Pero Juan Fresco eludía dar respuesta a los requerimientos de don Acisclo hasta que un día le respondió por carta, una carta memorable.

Juan Fresco confiesa coincidir con don Acisclo en ser más liberales que Riego, amantes de la igualdad ante la ley y progresistones, pero señala una importante diferencia que se esmera en explicar: "Su ideal de V. es que haya un Gobierno que distribuya cuanto hay que distribuir, que todo lo arregle, que en todo se entrometa, que nos enseñe lo que hemos de aprender, que nos señale lo que hemos de adorar, que nos haga caminos, que nos lleve las cartas, que cuide de nuestra salud temporal y eterna, y hasta que nos mate la langosta y la filoxera, nos conjure las tempestades, pedriscos, epidemias, epizootias y sequías, y nos ordene y suministre lluvias a tiempo y cosechas abundantes".

Es el retrato de los gobiernos interventores a izquierda y derecha que hoy imperan en la sociedad de la España del siglo XXI. Pero claro, no se escapa a Juan Fresco "a un Gobierno, a quien tales y tan múltiples encargos se le confían, es menester habilitarle de muchísimo dinero, que él reparte después entre los que han de hacernos felices, dándonos salvación, ciencia, riqueza, sanidad, larga vida, agua, medios de locomoción, y cuanto constituye nuestro bienestar y conveniencia". Por eso, señala Juan Fresco, es natural que don Acisclo y su candidato quieran encargarse "de hacer esos prodigios benéficos y providenciales, y quien reciba y reparta a su gusto los ochavos". Es por eso por lo que quiere fabricar un diputado que "valga y que saque turrones".

Valera explica que, en la política de su tiempo, como en la de ahora, "se trata de contribuir y de distribuir, y ya que la contribución es forzosa, bueno es apoderarse de ella para hacer la distribución luego, máxime si se considera que, según canta el refrán, quien parte y reparte se lleva la mejor parte". Añadamos nosotros al partido.

Sin embargo, Juan Fresco tenía otro ideal, mucho más liberal que intervencionista. "Mi ideal es el menos Gobierno posible; casi la negación del Gobierno; una anarquía mansa y compatible con el orden; un orden nacido harmónicamente del seno de la sociedad y no los mandones". Y ya embalado, añade: "No quiero que nadie me enseñe: yo aprenderé lo que mejor me parezca y me buscaré maestros; ni que nadie me cuide, que yo me cuidaré; ni que nadie me abra caminos, que yo me asociaré para abrirlos con quien se me antoje. Sé que esto hoy no es posible, pues dicen que no hay iniciativa individual y que es necesario que el Gobierno tome en toda la iniciativa, como si el Gobierno no estuviese compuesto de individuos".

Finalmente, arguye el liberal Juan Fresco: "¿Qué se logra con dar empleos a trochi-moche? El distrito no se enriquece por eso. Los naturales de él que salen empleados se gastan fuera lo que cobran. Raro es el que vuelve al distrito a gastarse en él lo que ahorra o garbea. A menudo los tales ahorros no lucen ni parecen. Se disipan y evaporan como no pocas otras riquezas mal y fácilmente adquiridas. Los dineros del sacristán cantando se vienen y cantando se van".

Para una descripción del enchufado añade: "El empleado así, por favor electoral, adquiere hábitos de lujo, desdeña la manera rústica y sencilla con que antes vivió, y se acostumbra a que el reloj gane por él el dinero, pasando y pasando horas y días. El mal ejemplo inficiona a todos. El hijo del menestral, el criado de servicio, todo el que sabe leer y escribir, repugna el trabajo manual, y dice para sí: ¿por qué no he de estar yo también empleado? ¿Por qué el diputado no me proporcionará una bonita colocación?".

Los no beneficiarios del sistema del favoritismo, se cabrean y se hacen flojos y perezosos para no parecer menos que los agraciados. La imaginación del paraíso de los enchufados hace que nadie quiera ir con gusto a un tajo que les parece un suplicio. Esto es, que "gracias a la milagrosa y pródiga protección del diputado, el distrito se empobrece, en vez de enriquecerse, y se transforma en una nidada de holgazanes, y de ineptos". Véase cómo en Andalucía, 36 años después del primer gobierno socialista —es una lectura posible—, no sólo no ha despegado respecto a las demás regiones de España y Europa, sino que se ha distanciado aún más.

Así que la solución de Juan Fresco es, finalmente, apoyar al candidato de don Acisclo, pero no por sus razones. Fuera el diputado que "tanto turrón busque y reparta" y venga otro. ¿Qué otro? Pues el de don Acisclo, Jaime Pimentel. ¿Y por qué? Pues uno que tras las elecciones no se acuerde nada de lo que prometió ni a quienes lo prometió, que no dé turrón, que permita el renacer libre de la economía y el fin de la corrupción. Se trata de elegir a alguien que, "una vez logrado su empeño, nos volverá la espalda, nos mandará á paseo, y no nos dará ni pizca de turrón". Y ese es precisamente el sueño dorado de un viejo liberal.

Se trata, según Juan Fresco, de votar al candidato que menos dinero nos saque del bolsillo para redistribuirlo él a su manera, que nosotros ya somos mayores para decidir en qué emplearlo, que respete la igualdad ante la ley y la defensa del orden constitucional, y que estorbe poco la creación de riqueza. Vamos que nos dejen vivir en paz, esto es, en libertad tranquila.

Dentro de mes y medio habrá una avalancha electoral en España. El barullo es tal que apenas puede pensarse con claridad. No me digan que el relato de Valera no ayuda un poco a poner las cosas en su sitio. Algo de luz aporta en Doña Luz.


(I) El nombre de Acisclo se corresponde con san Acisclo, un santo cordobés decapitado en el año 313. Copatrón de la capital junto a su hermana santa Vitoria, fue sometido a torturas varias, desde ser metidos en un horno a ser arrojados al Guadalquivir cargados de piedras. La única solución para matarlo fue cortarle la cabeza. Eran los tiempos de Diocleciano. Tienen iglesias en Cataluña y en Francia. Sus reliquias están en la basílica de san Pedro en Roma.

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