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Capitalistas rojos (1)

El libro 'La China de Xi Jinping' recorre, con ánimo de polemista y estilo incisivo, los grandes interrogantes que suscita la potencia mundial.

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El presidente chino, Xi Jinping | EFE

Un profesor español en una universidad norteamericana recibe, un buen día, un mensaje de un profesor chino. Su Gobierno le ha concedido una beca para estudiar en el extranjero y le pide que le busque acomodo en esa universidad. El sociólogo Julio Aramberri, que ése es nuestro profesor, no se lo pondrá fácil, pero ninguno de los obstáculos desalentará al paciente becario, que logra finalmente su objetivo. Como contrapartida, a Aramberri le invitan a pasar un sabático en una universidad del nordeste de China. Era entonces, como confiesa, demasiado mayor para hacerse sinólogo, pero la pasión que le despierta China le llevará a investigar y a repetir estancia en el país cada año de los últimos catorce. El feliz resultado de esta peripecia se ha plasmado en el blog Orientalismo, en Revista de Libros y en el libro La China de Xi Jinping (Deliberar, 2018) ,que recorre, con ánimo de polemista y estilo incisivo, los grandes interrogantes que suscita la nueva potencia mundial.

Sirvan como punto de partida dos de las preguntas que se fue planteando a medida que conocía China. La primera, sobre cómo era posible que "una cultura tan rancia y tan sabia, la única que no se ha perdido en disputas metafísicas desde los tiempos legendarios de la dinastía Zhou, tres mil años atrás", hubiera podido encerrarse "en la trampa del maoísmo, una de las más odiosas teologías profanas del siglo XX". La segunda, sobre las razones por las que los chinos aceptan vivir "bajo un régimen que les dicta cómo pensar y qué creer, que los mantiene en un corralito ideológico, que agosta su inteligencia crítica y, al tiempo, se aprovecha de su inagotable curiosidad, de su disciplina de trabajo, de su deseo de aprender, de su inteligencia".

Aramberri no está entre los que piensan que la China actual, la que ha presentado datos espectaculares de crecimiento desde las reformas de la década de 1980, ha roto por completo con el pasado maoísta. Para el autor sólo es posible entender la historia reciente de China aceptando que existe "una continuidad basal entre el maoísmo y la reforma". Continuidad que salta a la vista de cualquier visitante observador: Mao –como el pensamiento Mao Zedong, consagrado en la Constitución del Partido Comunista Chino– sigue presente, "ubicuo y aparentemente inmortal".

Establecer esa continuidad no implica negar los cambios que ha habido desde la muerte de Mao, que Aramberri reconoce. Pero supone contar con lo insuperable de las limitaciones derivadas del control total del Partido Comunista sobre la sociedad china, que es la linde intraspasable de los reformistas. El autor no comparte el optimismo que suscitan en Occidente los avances económicos de China ni atribuye a esos progresos la capacidad de provocar "una normalización de la vida política china" que convierta al país en una sociedad abierta.

En su repaso a la herencia recibida y al primer acto reformista desmonta tópicos extendidos. De la idea de que la revolución china se hizo por y para el campesinado, que fue la victoria del campo sobre la ciudad, dice que es la más errada de las explicaciones de la revolución maoísta. Los campesinos fueron quienes más sufrieron los quebrantos de la "falaz utopía agraria". Mao, aventajado discípulo de Stalin, "más visionario aún que su mentor", imitaría fielmente el modelo estalinista de "hacer crecer a la industria mediante el pillaje de la agricultura". El Gran Salto Adelante hacia el socialismo desató "una catástrofe de dimensiones ciclópeas", que las estimaciones más recientes cuantifican en 45 millones de víctimas. En vez de reconocer el fracaso, Mao "pasó el resto de sus días ajustando cuentas con los contrarrevolucionarios". La Revolución Cultural terminó de sumir a China en la ruina.

Quiere la convención que las reformas de la era Deng fueron un proceso de transición a la economía abierta planeado por "un grupo de gestores ilustrados que antepusieron los intereses de la sociedad a los del aparato del Partido y guiaron de forma sabia el proceso desde arriba". El autor no compra el argumento. Fue, dice, un proceso enormemente complejo que "brotó de las tensiones y los compromisos entre las facciones del neomandarinato". Desempeñaron un papel determinante "las decisiones individuales de millones de chinos", que empujaron a los dirigentes "a ir adonde no querían".

Deng Xiaoping y sus partidarios hicieron de la práctica –"el único criterio de la verdad es la práctica"– el mantra que avalaba el desmontaje de los cimientos maoístas en la economía y otros campos. La disolución de las comunas agrarias, la liberalización del pequeño comercio, la desigualdad salarial, las zonas económicas especiales (para atraer capital extranjero), la reapertura de las universidades, la política de hijos únicos, la exaltación de Bujarin "y hasta el abandono de la chaqueta Mao" se sucedieron sin incidentes. Fue la entrada en escena del socialismo de rasgos chinos. Y se manifestaron sus primeras contradicciones. El régimen, en un principio, buscó el apoyo popular y, al permitir ciertas expresiones de libertad, se encontró con exigencias de democracia y derechos humanos. A Deng se le apareció un dragón.

En la tradición legendaria china, cuenta Aramberri, el avistamiento de dragones –que son distintos a los europeos, pues no exhalan fuego– guarda relación con las malas cosechas de arroz. Entonces, cuando los emperadores se muestran incapaces, los dragones intervienen y la dinastía cae. Avistar un dragón es, para los gobernantes, un signo de mal agüero. En las demandas democráticas que nacieron al calor de las reformas, Deng, el supuesto abanderado de la democracia, vio un dragón y sintió pánico. "Estamos desarrollando la democracia (...) pero debemos defender la gran bandera del presidente Mao y no permitir que nadie la ennegrezca", sentenció en 1979. "No es el momento de juzgar la Revolución Cultural." Más aún: en China "sólo puede haber democracia socialista, democracia popular, no democracia burguesa, no democracia individualista". Las demandas fueron acalladas y atribuidas a saboteadores. Pero los dragones volvieron a aparecer. En 1989, en Tiananmen.

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