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El patriotismo de Alfonso Guerra: pocos gozos y muchas sombras

Cuando hace pocas semanas en Sevilla, Alfonso Guerra, en la presentación de su libro La España en la que creo, habló de patriotismo me sentí, la verdad, muy aliviado e incluso animado.

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Cuando hace pocas semanas en Sevilla, Alfonso Guerra, en la presentación de su libro La España en la que creo, habló de patriotismo me sentí, la verdad, muy aliviado e incluso animado. Desde hace años vengo recordando las palabras del gran Menéndez Pidal en la introducción de su monumental Historia de España que subrayaba la tragedia de una izquierda, la española, que había dejado la fuerza de la tradición nacional en manos de sus adversarios políticos, es decir, del centro y la derecha en general.

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Así que, dicho y hecho, me compré su libro. El índice era prometedor. Había tres capítulos que me interesaron inmediatamente. Uno de ellos se refiere a los nacionalismos españoles. Otro, se centra en el concepto de patriotismo y el tercero se pregunta si existe España, remodelando la pregunta orteguiana, que daba por supuesta su existencia, "¿Qué es España?".

Pero tras la lectura, aunque seguí percibiendo algunos gozos, comenzaron a fraguar demasiadas sombras. El encante se derivaba del hecho de que uno de los máximos exponentes del socialismo español abordara directamente el tema del patriotismo y de la patria común española, introduciendo textos impensables hace unos años.

Las oscuras congojas estaban suscitadas por lo que, a mi entender, es falta de valor y rigor a la hora de enfrentarse con la lejanía del patriotismo que se ha favorecido en las filas del socialismo desde su fundación. Las sombras crecen cuando se observan las propias contradicciones del personaje sobre la cuestión nacional.

Reducir el desdén, cuando no la aversión, de la izquierda española tradicional, también la socialista, a la idea de patria y patriotismo a una mera reacción y rechazo por la apropiación franquista de sus símbolos y de su historia, como hace Guerra, es no querer afrontar la cuestión de fondo.

Podría haber tratado en serio de explicarse a sí mismo, y ya de paso, explicarnos a todos las relaciones del socialismo español con el repudio de la idea de nación y de patria o su autoexilio intelectual de las mismas, algo muy anterior al franquismo. No lo ha hecho. Otra lástima.

La verdad es que la izquierda española ha sido una de las mejores aliadas de la leyenda negra antiespañola destilada en ciertas logias y cenáculos, por su obcecación en confundir la tradición, los símbolos comunes y la cultura popular con las clases, estamentos y regímenes políticos entonces dominantes, preferentemente con la monarquía, el catolicismo y el capitalismo. Digamos que, de camino y por conveniencia, se aceptaban jirones del mensaje de los nacionalismos separatistas, reaccionarios y hostiles a la idea de la España nacional.

Ir contra esa España que despreciaban y denigraban para defender otra España nunca precisada pero más ajustada a sus ideas, tentó al socialismo español a ir contra todo el paquete de la marca España, sin detallar demasiado formas y límites. Es decir, cayó en una absurda hispanofobia, siguiendo a José María Marco. Por eso, terminó dejando el nutriente de la tradición en manos de sus adversarios. De hecho, los bandos de la guerra civil se denominaron "rojo" o "republicano" y "nacional", algo que debería haber hecho pensar desde hace mucho tiempo a más de uno.

En sus dos libros autobiográficos anteriores, que hojeé hace tiempo, Alfonso Guerra apenas tuvo palabras para España como patria ni para el patriotismo. En el primero de ellos, Cuando el tiempo nos alcanza, el viejo intérprete del socialismo español y coprotagonista de su puesta en escena durante años como ejecutor implacable de la disciplina interna, se refiere alguna vez al patriotismo y a la patria, pero sin aclarar demasiado sus conceptos.

En él, ya hizo mención de la vieja enseñanza franquista en la que se inyectaba la responsabilidad y culpabilidad de todos los males de España a los "enemigos de la Patria", esto es, a los perdedores de la Guerra Civil. Pero también, hablando de la tumba de Antonio Machado que visitó, por cierto, mucho antes que Pedro Sánchez y sin tanta batahola, consideró al poeta "un símbolo de todos los españoles que murieron fuera de la patria." O sea, que la patria existía para los españoles, pero algunos fueron privados de ella.

Tras criticar que los civiles instrumentalizaran a los militares, "ora para justificar la lentitud de la transformación del Estado, ora para responsabilizarles de los males de la patria", algo que no le parecía justo, no dejaba de apreciar que en el golpe de Estado de 1981 la posible ruptura de la "unidad de la patria", tuvo cabida y gravedad como argumento.

En la continuación de su autobiografía, Una página difícil de arrancar, tras considerar patriotas, a Francisco Fernández Ordóñez, aunque entre dos luces, y a Juan Negrín, al que llama sin más explicación "¡mejor estadista y gran patriota" !, no aclara qué significa patriotismo en ambos casos. También alude a los "compatriotas" en el exilio, pero en ningún caso aclara el concepto subyacente.

Seamos justos. En ninguno de estos libros autobiográficos tenía ambiciones teóricas. Sí parece tenerlas este último libro que trata de alumbrar una idea de España que pudiera ser considerada por el socialismo que nos queda como algo digno de sentirse y admitirse como patriótico.

El optimismo que produce el último libro de Guerra resulta de que trata directamente del patriotismo y España, algo que los socialistas han hecho muy poco desde la fundación del PSOE en 1879. De hecho, en el acta de fundación de la Agrupación Socialista Madrileña, a pesar de ser fechada en día tan señalado como el 2 de mayo de dicho año y firmada por el propio Pablo Iglesias, no se menciona la palabra España. Se refiere a la constitución de un partido socialista obrero, pero el apellido "español" no aparece. Lo hará después, pero más que otra cosa como signo de origen, sin elemento alguno que pudiéramos identificar como indicador de patriotismo.

Poco después, en el primer número de El Socialista, se definen las aspiraciones del nuevo partido, posteriormente llamado PSOE, sin que la palabra España ni el término patria o patriotismo figuren asimismo. Dice así:

ASPIRACIÓN

1º. La posesión del poder político por la clase trabajadora

2º. La transformación de la propiedad Individual o corporativa de los instrumentos del trabajo en propiedad común de la nación.

3.º La constitución de la sociedad sobre la base de la federación económica, de la organización científica del trabajo y de la enseñanza Integral para todos los Individuos de uno y otro sexo.

En suma: el Ideal del Partido Socialista es la completa emancipación de la clase trabajadora. Es decir, la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola de trabajadores, dueños del fruto de su trabajo, libres, iguales, honrados e inteligentes.

¿Extraño? No. En aquellos momentos de la historia de Europa, mucho antes de Franco, el movimiento obrero impulsado por la I Internacional, ya manejada por Marx y Engels, remarcaba su carácter internacionalista y consideraba las "patrias" y las "naciones" como un elemento artificial divisor de los trabajadores. El internacionalismo comunista posterior fue equivalente a una disolución de las patrias para verterse en un único estado común dirigido desde la Unión Soviética, la patria del comunismo.

Tampoco la otra rama del viejo internacionalismo, la bakuninista, le tenía gran aprecio a la idea de patria, idea que consideraban esencialmente burguesa cuando no ligada estrechamente a la monárquica, pero, al menos, no pensaban disolver la patria propia de origen en una burocracia universal.

Recuérdese lo que se dijo en el Manifiesto Comunista de 1848:

A los comunistas se nos reprocha también que queramos abolir la patria, la nacionalidad. Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del Poder político, su exaltación a clase nacional, a nación, es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía.

Esto es, en el socialismo marxista, la idea de patria es, como máximo, un artificio aceptable instrumentalmente dada la organización de las sociedades en naciones, pero sobre esa concepción y sus derivados debía primar el impulso internacional y lo que es más trascendente, una dirección internacional, algo que Lenin impuso en su III Internacional. Dicho de otro modo, el patriotismo de partido y de dogma ideológico supera siempre al patriotismo engarzado en la tradición y en la vida.

Por tanto, en el origen del socialismo como doctrina y como práctica hay una actitud no sólo recelosa, sino abiertamente hostil al patriotismo existente en las diferentes naciones y derivado de siglos de vida en común.

De hecho, el socialismo español, contraponía, como se ha escrito, la idea burguesa e interesada de "patria", en contraste con los intereses de los trabajadores españoles. Una cosa era el "honor nacional" de la burguesía y otra bien diferente el "interés nacional" del proletariado.

Pablo Iglesias Posse lo definió con claridad en su primer discurso parlamentario de 7 de julio de 1910 cuando dijo:

Yo, español, obrero español, queriendo a los míos, amando a los míos, ¿cómo no he de defenderlos? Si la Nación española se compone en su mayor parte de trabajadores asalariados, ¿cómo he de querer que esos trabajadores, que estimo sangre mía y huesos míos, sufran y padezcan? ¿No he dicho antes que cuando la cuestión de las guerras coloniales los socialistas siempre protestamos contra ellas, y que al hacerlo defendimos el interés nacional?

He ahí una cuestión polémica: la noción de un patriotismo desvinculado de los intereses generales de toda la sociedad española le servía para defender un "patriotismo" de clase que no tenía consideración por los intereses de otros grupos sociales también españoles ni dentro de España ni en el resto del mundo. Ello le condujo a no pocas encrucijadas al renunciar a la defensa de la presencia española en el mundo.

Todavía en el artículo 1 de la Constitución de 1931 definía España como "una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia", donde puede verse la mano del PSOE vía Julián Besteiro.

Más brevemente, hay que decir que Alfonso Guerra tampoco tiene en cuenta otros dos elementos antipatrióticos que se enhebran con la historia de su partido. Uno, la deriva de su política de alianzas con fuerzas políticas hostiles a la idea de España como nación. Dos, tal vez contaminado por ellas, su reciente inclinación a contemplar a España como un territorio desvertebrable.

Su política de pactos con tal de conseguir el poder o un régimen más favorable a su estrategia política le ha conducido a acuerdos con enemigos declarados de la nación española. El golpe de Estado de 1934 animado por el socialista Largo Caballero es un ejemplo de cómo el socialismo fue capaz de ir de la mano del separatismo catalán para derribar al gobierno legítimo del centro derecha de Gil Robles y Lerroux.

Lo mismo puede decirse de sus alianzas en el Frente Popular de 1936. Recientemente, los acuerdos de Rodríguez Zapatero y Sánchez Castejón siguen esos pasos. Alfonso Guerra se queja de la "ingenuidad" ante la deslealtad de los separatistas, pero olvida reconocer que nunca, tampoco ahora, negaron cuáles eran sus objetivos reales y que fue el PSOE quien se sublevó con ellos contra la II República.

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Congreso de Suresnes

Finalmente, el PSOE, no ya en tiempos lejanos sino bien próximos y con Franco agonizante, ha estado cerca de la justificación política del separatismo que niega la patria común desde el interior. En el congreso de Suresnes de 1974, finalmente dominado por Felipe González y Alfonso Guerra, en la Resolución Política se defendía la "ruptura democrática" en España, incluyendo el reconocimiento del derecho de autodeterminación de todas las nacionalidades ibéricas, esto es, la posible deriva hacia la desvertebración de España como unidad nacional.

Zapatero y Sánchez no caen de un guindo ni de la nada en el socialismo español ni logran el poder interno por arte de magia. Sus ideas sobre el futuro de España y sus alianzas ya estaban sembradas y por la misma dirección que logró el gobierno en 1982. Es en su universo conceptual teórico y político donde se ha nutrido precisamente la facción del socialismo que hoy disgusta a Alfonso Guerra. O sea, ese nihilismo al que hace referencia estaba instalado en el PSOE de Suresnes.

Por tanto, cuando Alfonso Guerra afirma que el patriotismo de la izquierda española, y del socialismo en particular, no ha podido desarrollarse debido a la apropiación de los símbolos nacionales por el franquismo, está eludiendo el debate esencial que es el de la muy mala relación intelectual, histórica y política, entre el socialismo en general y las naciones históricas y, concretamente, la relación entre el socialismo español y la patria común española.

Llama "ataques nihilistas" a los procedentes del campo nacionalista en Cataluña, País Vasco y Galicia e incluye en el ataque generalizado a la nación y a la Constitución de 1978 a los "nuevos llegados del nihilismo iliberal (nuevo palabro importado del populismo enemigo del liberalismo), que proponen, aunque de manera soterrada, un sistema en el que la libertad es una ficción desplegada en la retórica pero ausente de la vida de los ciudadanos, un modelo caribeño que termina por asfixiar al pueblo al que se dice defender y representar. A ellos se han unido los escasos elementos del viejo y fracasado comunismo que, sin embargo, impone muchos de sus criterios…" Esto es, nacionalistas clásicos y los confluyentes comunistas de Podemos e IU son antipatriotas.

Alfonso Guerra defiende ahora, en 2019, un patriotismo que es constitucional no sentimental ni nacionalista. "Sentir un patriotismo constitucional, un apego racional, democrático a la Constitución como norma que regula la convivencia de todos, es ejemplo que tenemos la responsabilidad y el compromiso de extender entre todos los españoles", expresa.

La idea de un patriotismo no sentimental ya estaba en Jaime Vera, la bestia negra del primer Pablo Iglesias. Por ejemplo, escribe a los jóvenes: "La segunda cosa que habéis de demostrar, jóvenes socialistas es que sabéis mejor que nadie ser patriotas". Pero Vera se refiere a su forma "más alta", el "patriotismo racional", de forma que "trabajando en la patria y para la porción de Humanidad que es la patria, se vive en la Humanidad y se sirve a la civilización". Ya se sabe que tuvo escasa influencia en el primer socialismo español.

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En el patriotismo constitucional, expresión que también ha sido utilizada por el PP, la nación en sí es sustituida por la Constitución como base de la soberanía, como trae a colación Federico Jiménez Losantos en su Memoria del Comunismo, y tiene que soportar el absurdo de asumir que la identidad de la España de la historia no es en realidad una patria, una nación, sino un texto variable.

El reconocido y moderado socialista, Enrique Múgica, citando a Pierre Vilar dejaba claro que una nación es mucho más. "El Océano. El Mediterráneo. La cordillera pirenaica. Entre estos límites perfectamente diferenciados, parece que el medio natural se ofrece de manera apropiada para servir al destino particular de un grupo humano, a la elaboración de una unidad histórica", sea o no enigmática como subraya Múgica.

Y continuaba desgranando su tesis con la posición excéntrica de Iberia, su aislamiento por los Pirineos, las vigorosas peculiaridades de su clima y de su estructura, el atractivo de algunas de sus riquezas, apenas han cesado de darle en Europa, desde la más lejana prehistoria, una originalidad a veces sutil, a veces inconfundible…"Algunas constantes naturales han hecho de esta Península maciza —especie de continente menor— un ser histórico aparte".

Pongamos por caso que el Tribunal Constitucional hubiera admitido totalmente el más reciente y famoso Estatuto de Cataluña, aquel que dijo Rodríguez Zapatero que aceptaría sin más por haber salido del Parlamento catalán, como si la soberanía de todos residiera en él. ¿También de ese desaguisado tendríamos que ser patriotas constitucionales aun cuando territorio nacional y equidad entre las regiones saltaran por los aires?

Por cierto, ¿no fue en aquellos momentos el propio Alfonso Guerra presidente de la Comisión Constitucional del Congreso? Fue el propio y entonces presidente Zapatero el que le recordó a Guerra sus afirmaciones sobre España y Cataluña. Zapatero, contó El Periódico, sacó a relucir las actas del debate del Estatuto catalán de 1979 para releer en voz alta el párrafo en el que Guerra defendía España como "nación de naciones" y apoyaba la "aspiración de identidad nacional de los catalanes".

Alfonso Guerra también debería haberse leído el Trafalgar de Galdós. Pero, a pesar de todo, es de reconocer que hace un esfuerzo y que todo lo anteriormente dicho no quita que el libro nos regale algunas delicias. Dice Guerra que hay que "clarificar y rechazar cada acto que vaya en la dirección de la división de España y los españoles, cada decisión que acerque la descomposición de España como nación, sea por patriotería conservadora como por ataques nihilistas a la patria común. No aceptar que el respeto y amor a la patria sea signo de un pensamiento reaccionario."

Y, es el propio Guerra el que dice:

Mi intención es mostrar que la comunidad España existe desde los más lejanos tiempos y que ha dado muestras durante muchos siglos de una fortaleza extraordinaria en cuanto al mantenimiento de los vínculos que han hecho permanecer unidos a los españoles superando invasiones externas y enfrentamientos interiores.

O sea, algo más que una Constitución por hermosa y fructífera que sea.

Fernando de los Ríos, que inspira a Guerra según confiesa, se refiere a lo español como la serie de todos los fundamentos encarnados, de los problemas originarios de la vida, de la fe, de la sangre, de lo trágico, de la apostura de don Quijote como el más alto símbolo humano.

Y en su capítulo final, que merece la pena leerse porque apunta realmente a una idea de España mucho más allá de su expresión constitucional, cita al gran Ramón Carande:

La gloria de España, digan lo que quieran los autores de la leyenda negra, no la anula nadie, lo que ha hecho España en el Nuevo Mundo no lo iguala nadie. Ha creado un credo, un idioma y, lo más importante, ha establecido el mestizaje, se ha mezclado con la sangre nueva, esa capacidad creativa; que me busquen otro país que haya podido hacerlo….

No digan que no es oportuna la cita en estos momentos donde hay tontos de gobierno que exigen a un rey demócrata Borbón que pida perdón por lo que hicieron emperadores Austrias que, aún signados por su tiempo, fueron más que defensores de la vida y el buen trato hacia los indios. En las primeras páginas de Bernal Diaz del Castillo queda constancia contundente de ello.

En fin, muchas sombras, pero gozos, algunos, haylos, sobre todo al final. Nunca es tarde si la dicha es buena. Ojalá que Alfonso Guerra con este libro impulse un paso necesario en sus filas haciendo un camino un poco más ancho al andar que origine un debate razonable sobre España, nuestra patria común, y el patriotismo.

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