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El libro de Manuel Marlasca sobre los ataques del pederasta de Ciudad Lineal

Cazaré al monstruo por ti desgrana todos los pormenores de la operación policial que acabó atrapando al pederasta de Ciudad Lineal.

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Cazaré al monstruo por ti desgrana todos los pormenores de la operación policial que acabó atrapando al pederasta de Ciudad Lineal.
Antonio Ortiz en el banquillo de los acusados | EFE

En la noche del 24 de septiembre de 2013 una mujer de origen dominicano denunció ante unos policías que a su hija de cinco años la habían raptado esa misma tarde. Al parecer la habían retenido durante unas horas y la habían dejado marchar después de haber abusado sexualmente de ella. Aquella era una circunstancia peculiar. No era un caso común dentro de este tipo de delitos. Por eso, los investigadores supieron desde el principio que quien lo había llevado a cabo iba a intentar hacerlo de nuevo. La oleada de violaciones a menores que se sucedió a lo largo de 2014, todas con la misma firma, terminó de confirmar sus sospechas. Surgió entonces el fervor mediático. Se bautizó al desconocido criminal como el pederasta de Ciudad Lineal; y durante el tiempo que duró la Operación Candy las televisiones del país dedicaron innumerables programas a analizar los pormenores del caso. El 23 de febrero de 2017 todo concluyó con la condena a 70 años y seis meses de prisión de Antonio Ángel Ortiz. Ahora, el periodista Manuel Marlasca, especializado en sucesos y con una trayectoria de más de tres décadas a sus espaldas, desgrana todo lo que no se vio durante aquellos meses trágicos en Cazaré al monstruo por ti (Alrevés).

PREGUNTA: Tratándose de un caso tan mediático y del que tanto se ha hablado, ¿qué aporta este libro que no se sepa ya?

RESPUESTA: Sobre todo un montón de detalles desconocidos sobre los diferentes pasos de la investigación. Es cierto que cuando saltó a los medios lo del pederasta de Ciudad Lineal, siendo una noticia tan delicada, todos los periodistas de sucesos nos volcamos en cubrir esa información. Pero aún así hubieron muchas cosas que ninguno llegamos a saber. En el libro me he querido centrar mucho en las vivencias de los policías, porque muchas veces no reparamos en ellos cuando tratamos estos temas. La mayoría de ellos tienen un perfil muy bajo. No les gusta hablar con la prensa. Pero a todos les afecta personalmente cada investigación que llevan a cabo. Y más estos casos dramáticos de violaciones a menores.

P: ¿Cómo afectan exactamente estos casos a los investigadores?

R: Pues, por ejemplo, yo en el libro recojo una frase del jefe de la Brigada de Policía Judicial, José Luis Conde. Él dice que cuando leyó el parte médico de una de las pequeñas supo que se le había acabado la vida, porque a partir de ese momento sólo iba a vivir para atrapar al responsable. Y todo el equipo de la Operación Candy se sintió igual. Muchas veces no nos damos cuenta de cómo pueden afectar este tipo de crímenes a los investigadores. Primero por la presión profesional que se autoimponen; pero después porque muchos de ellos también son padres. Además, durante el tiempo que dura todo, tienen que lidiar con las presiones que les vienen de arriba; y también las de la propia ciudadanía.

P: No sé si es una percepción equivocada, pero me da la impresión de que las fuerzas del orden no gozan de muy buena imagen entre algunos sectores de la población…

R: Sí. Es una cuestión de percepción. En la policía hay trabajando decenas de miles de personas, pero muchas veces la gente sólo ve a los de la primera línea. Desde dentro del propio cuerpo de policía son conscientes de eso, y llevan tiempo centrando esfuerzos en que esos agentes que están en contacto diario con la ciudadanía sean siempre lo más respetuosos que puedan. Luego, por otro lado, hay cuestiones que inevitablemente hacen daño y que tampoco se pueden controlar. Las imágenes de antidisturbios golpeando a multitudes, por ejemplo; o ahora todo el tema de Villarejo… Son cuestiones que no ayudan nada a que la percepción de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado sea más positiva.

P: El caso del violador de Ciudad Lineal es llamativo porque Ortiz dejaba marchar a las víctimas a las pocas horas del secuestro. Es como si le diese igual que le pillasen…

R: Se trata de un caso peculiar. Antonio Ángel Ortiz era un violador ocasional. De hecho era una persona "normal", dentro de lo que cabe, que tenía relaciones sexuales adultas con mujeres y que no tenía ningún problema en ese plano de su vida. Lo que pasa es que, además, le gustaba agredir a niñas. Su modus operandi tiene una firma reconocible, pero el hecho de que dejase marchar a las menores a las pocas horas del secuestro tampoco quiere decir que quisiese que le pillasen. Él planificaba muy bien los ataques. Trataba de cerciorarse siempre de que tenía una habitación donde llevar a las víctimas. Las duchaba después… Tenía conciencia forense, como se dice en el oficio: Intentaba limpiar sus huellas de adn para dificultar la tarea de los investigadores… Si le pillaron al final es porque esa pulsión incontenible que tenía hizo que terminase descuidándose, no por nada más.

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P: Hablas de pulsión incontenible y se hace inevitable entrar en la cuestión de la enfermedad como atenuante de la condena…

R: No me gusta hablar de enfermos en estos casos, porque no lo son. Hay que diferenciar entre enfermos mentales y gente con trastornos de la personalidad, o parafilias. No son lo mismo. Sé que es una cuestión complicada, porque generalmente las personas con este tipo de problemas tienen el peor pronóstico de reinserción posible. Es muy probable que vuelvan a las andadas cuando salgan de prisión. Pero lo único que se puede intentar en estos casos es incrementar los recursos en terapias e intentar tenerlos lo más controlados posible. De momento ha pasado demasiado poco tiempo desde que se comenzaron a aplicar seriamente estas medidas, así que es pronto para sacar conclusiones.

P: El debate se intensifica cuando se habla de la función principal de la prisión. ¿Es la reinserción o la punición?

R: Es las dos cosas. La cárcel tiene una función de reinserción, evidentemente. Pero también tiene una función punitiva clara. Lo que pasa con este tema es que, además de que a mí, personalmente, no me convence demasiado lo de la prisión permanente revisable, creo que plantearla para delitos que no son de sangre es excesivo. Creo que hay que crear alternativas, investigar otras medidas. En España no tenemos una cosa que sí que tienen en Estados Unidos, por ejemplo, y que además podría ayudar a dar trabajo a muchísimos criminólogos: Los revisores de la condicional. La idea es mantener un control más exhaustivo de los expresidiarios. Ofrecerles terapias y controlar su reinserción, también para poder actuar rápidamente si existen sospechas fundadas de que han reincidido.

P: Otra cuestión controvertida es el uso que muchas veces hacen los medios de este tipo de noticias; cuando se centran más en el morbo que en otra cosa…

R: Sí, esa es una cuestión que a mí me importa muchísimo y por la que me preocupo especialmente. Yo siempre he tenido unas líneas rojas que no estoy dispuesto a traspasar, y creo que el límite está, básicamente, en lo que aporta información y lo que no. Te pongo un ejemplo: Con el caso de Diana Quer, informar de que se había encontrado su teléfono era relevante. Lo que no lo era era grabar a varios adolescentes con la capucha puesta diciendo que conocían a un amigo muy cercano que podría haber tenido algo que ver con la desaparición… Estos casos tienen mucha audiencia y acaban siendo tratados en profundidad por multitud de medios en innumerables programas, pero creo que el problema surge únicamente cuando en mitad de la información periodística se cuela el espectáculo y el entretenimiento. Son cosas serias, no cosas pensadas para entretener. Y al final, forma parte del trabajo de los periodistas pelearse con las cadenas para mantener las líneas rojas…

P: También me parece interesante el acercamiento que se suele hacer a los culpables…

R: Sí, por supuesto. La televisión tiene un poder gigantesco, y por eso los periodistas tenemos siempre que ser prudentes. Tenemos que respetar la presunción de inocencia y, una vez el culpable ha sido condenado, también tenemos que informar de manera sosegada. Pero eso no quiere decir tampoco que tengamos que ocultar su nombre o su rostro. Una cosa que no se debe hacer es aquello de buscar más culpables en otros sitios; o lo típico de: ¿Se podría haber evitado? Con el caso de Laura Luelmo, por ejemplo, se llegó a decir que cómo era posible que no se la hubiese avisado de que vivía delante de un tipo peligroso… Pero es que Montoya había cumplido hasta el último día de su condena, y por tanto podía estar dónde le diese la gana. Laura tuvo muy mala suerte, pero no creo que ponernos a divagar sobre lo que podría haber pasado en otras circunstancias solucione nada.

P: Me refería a esa especie de deshumanización del criminal, como si fuese un monstruo, alguien ajeno a la sociedad… Alguien a quien insultar y lapidar públicamente… No sé si me estoy explicando bien.

R: Sí, claro, por supuesto que te estás explicando. A mí tampoco me gustan las lapidaciones públicas. El folclore, como yo lo llamo. Gente saliendo a la calle para insultar y escupir al acusado. O gente haciendo pintadas en las paredes de las casas de los familiares, para echarles del pueblo… Creo que la justicia tiene que ser justa, pero no vengativa. En mi libro llamo a Ortiz monstruo, pero lo hago desde la perspectiva de las víctimas, que son niñas pequeñas, y haciendo referencia a que durante mucho tiempo de la investigación el criminal no tenía rostro… Volviendo al tema del folclore creo, porque se ha demostrado, que la justicia popular no funciona. Y no funciona nunca: ni para este tipo de crímenes ni para los delitos de los políticos. Ahora, eso sí, tenemos que saber que la maldad existe. Hay personas intrínsecamente malas, que disfrutan delinquiendo. Y eso es algo que tampoco debemos edulcorar.

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