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'Voces de Chernóbil', el secreto que se esconde detrás de la serie de HBO 'Chernobyl'

Chernobyl termina pero sus fans pueden continuar leyendo Voces de Chernóbil, que ha inspirado algunos grandes momentos de la serie.

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'Voces de Chernóbil', el secreto que se esconde detrás de la serie de HBO 'Chernobyl'
La central ardiendo en un fotograma de la serie. | HBO

La miniserie de HBO Chernobyl se ha convertido en una de las revelaciones –y sorpresas– de la temporada. Poco después de la emisión de los primeros capítulos escalaba a los primeros puestos en las listas de series más valoradas de la historia. ¿Qué ha hecho que la recreación del accidente nuclear de 1986, algo que podría aproximarlo más al género documental que a bombazos como Juego de Tronos, se haya convertido en un éxito de precedentes? Uno de los motivos, repetido sin cesar en los análisis de este fenómeno, es la fascinación que sigue creando la energía nuclear y sus peligros. El otro, y quizás más importante, es la forma en que sus creadores han decidido relatar el accidente. Y eso se lo deben en buena parte a un libro y una escritora: Voces de Chernóbil, de la bielorrusa Svetlana Alexiévich.

Alexievich, Premio Nobel de Literatura en 2015, escribió Voces de Chernóbil en 1997 utilizando la misma fórmula que ha empleado en toda su obra. Periodista antes que escritora, sus libros están construidos a base de recopilar cientos de testimonios vinculados a algunos de los acontecimientos clave en la URSS en el último siglo. En Voces de Chernóbil, Alexiévich logra un fidelísimo y estremecedor relato de lo que ocurrió en los días y años posteriores al accidente hablando con decenas de testigos, buscados en todos los puntos posibles. Hay científicos y políticos; hay vecinos de Pripiat evacuados y ancianos que siguen viviendo en la zona prohibida; hay viudas y huérfanos; hay supervivientes enfermos que hicieron todo lo que les ordenó el régimen; hay muchos soldados, bomberos, burócratas… Unos asumen su culpa y otros siguen excusándose; todos dan su versión de lo ocurrido, desde su distinto y único punto de vista, y es el conjunto el que hace que el lector sienta que está acercándose más que nunca a lo que de verdad ocurrió. Además de datos, recuentos de víctimas y cronología del desastre, hay recuerdos de personas concretas que de algún modo estuvieron conectadas con lo que pasó. Y eso hace que el relato de un acontecimiento histórico y real se viva y se lea de una forma muy distinta a la habitual.

En su día, el Nobel a Alexievich sorprendió –como, por otro lado, tantos otros– al ser considerada una autora de no ficción. Pero en realidad, en las obras de Alexiévich, como los Muchachos de Zinc, sobre el fracaso soviético en guerra de Afganistán, hay mucho de literario. Tras acumular horas y horas de grabaciones, la autora reproduce lo escuchado sin interferencias, sin que ella aparezca, en forma de largos monólogos reconstruidos por ella en los que el testigo parece estar solo, buscando entre lo más profundo de sus recuerdos. Alexiévich respeta el tono, el lenguaje, y escoge y reordena. Sabe encontrar lo bello en las historias del desastre, como en la escena, brillantemente recogida en la serie, de los vecinos de Pripiat admirando el espectáculo de la central nuclear ardiendo. También deja hablar a sus testigos aunque se alejen del tema principal: lo que le interesa es lo humano, lo que hay de auténtico en cada recuerdo, en cada persona detrás de los grandes acontecimientos. En cierto modo, los libros de Alexiévich son una reivindicación de lo único que hay en cada uno de nosotros dentro de un régimen que trataba precisamente de aplastarlo y que lo hizo con mayor crudeza en acontecimientos como el accidente.

Al contrario que en la serie, Alexiévich no guarda un orden cronológico en su libro sino que mezcla testimonios, fechas, y momentos. Pero sí coinciden ambos en el arranque: los autores de Chernobyl también eligen al bombero de Pripiat Vasili Ignatenko para los primeros minutos del primer capítulo. El testimonio de su viuda es quizás el más impactante y conmovedor del libro de Alexiévich y el que más páginas ocupa: narra con todo detalle cómo su marido no supo nunca adonde se dirigía; cómo ella sí intuyó el peligro; su traslado a Moscú, lo devastador del efecto de la radiación y el ataúd sin cuerpo. En la serie, es el relato sobre el bombero el que pone el primer rostro a las víctimas pero aparecen muchos más testigos que también aparecen en el libro de Alexiévich y cuya mera existencia sorprende al espectador: los cazadores encargados de matar animales en la zona contaminada, los vecinos que se resisten a irse, las decenas de funcionarios y burócratas más preocupados por las represalias que por lo que estaba ocurriendo de verdad aunque su propia familia se vea afectada.

Es esa forma de retratar lo humano que acompañó a la catástrofe de Chernóbil, desde la desastrosa gestión hasta sus víctimas, una de las claves de que la serie haya impactado tanto y su éxito siga creciendo. Le debe, si no todo, mucho a la forma de contar de Alexiévich, que quizás gane nuevos lectores gracias a HBO veinte años después de escribir su libro. Y así lo ha reconocido su creador, Craig Mazin, tras la emisión del último capítulo. En Twitter, ha publicado la lista de fuentes utilizadas para documentar la serie y el primer lugar es para la obra de la bielorrusa. "Una lectura absolutamente esencial, conmovedora. Hay una razón por la que tiene el Nobel", dice Mazin sobre un libro que ahora reconoce, "obviamente", como su principal inspiración para la serie.

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