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Manuel P. Villatoro: "Las pequeñas historias son el mejor antídoto contra el maniqueísmo de la gran historia"

En Lo que nunca te han contado del Día D, Manuel P. Villatoro y Pere Cardona recopilan algunas de las historias olvidadas del Desembarco.

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Manuel P. Villatoro: "Las pequeñas historias son el mejor antídoto contra el maniqueísmo de la gran historia"
Homenaje a un soldado caído durante el Desembarco de Normandía | Cordon Press

El día del Desembarco, en contra de sus deseos, Winston Churchill tuvo que abandonar la idea que le venía rondando desde hacía tiempo y quedarse en tierra. Prácticamente hasta la víspera había albergado la esperanza de zarpar junto a los valientes jóvenes ingleses, aunque su destino jamás habría ido encaminado a las mortíferas playas de Normandía. Él se habría quedado algo alejado, en un punto estratégicamente situado para poder ver la operación desde el HMS Belfast sin correr el riesgo de una muerte segura. Pero con todo, habría seguido siendo el dirigente político —de ambos bandos— que más se habría expuesto a lo largo de toda la contienda. Al final se tuvo que aguantar porque el rey Jorge VI frustró sus intenciones: "Mi querido Winston", le escribió, "por favor, considera mi posición. Soy un hombre más joven que tú, soy marinero y, como rey, soy el jefe de los tres ejércitos. Nada me gustaría más que zarpar, pero he aceptado quedarme en casa. ¿Es justo que hagas exactamente lo que me hubiera gustado hacer a mí?". Enfadado, Churchill renunció a sus deseos, pero ordenó que su tren fuese ubicado en las inmediaciones de Portsmouth, cerca de sus hombres.

Una vez comenzada la carnicería, entre la arena mojada de la costa y los pastos situados detrás de las defensas alemanas, por tierra, mar y aire, una infinidad de historias se fueron sucediendo de manera simultánea. Había comenzado "la acción militar más difícil que jamás se haya llevado a cabo", en palabras del propio premier británico, y más allá de los movimientos de los ejércitos, cada acción individual cobró la misma importancia trascendental que las propias decisiones de los mandos de guerra. En consecuencia, a lo largo de las horas siguientes —igual que a lo largo de los tres años que duró la preparación de la Operación Overlord— cada soldado ganó y perdió la batalla tratando de llevar a cabo su misión particular. Y así, fueron teniendo lugar algunos acontecimientos extraordinarios. "A mí el que más me gusta de todos es el del gaitero que desembarcó sin armas", comenta Manuel P. Villatoro, autor junto a Pere Cardona de Lo que nunca te han contado del Día D (Principal de los Libros). "El hombre cuenta cómo al saltar al agua se le levantó la falda y se le helaron las santas partes. Y mientras todos sufrían la descarga de las ametralladoras, él se puso a tocar para elevar la moral de sus compañeros". Junto a esa, otras muchas historias han sido rescatadas y recopiladas en esta obra inaudita.

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Pere Cardona (izquierda) y Manuel P. Villatoro (derecha) en Normandía

PREGUNTA: ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?

RESPUESTA: Pues Pere y yo nos conocimos en el 73 aniversario del Desembarco, en Normandía. Y estando allí, en una fecha tan señalada además, nos dimos cuenta de que estábamos rodeados de veteranos de guerra, y de que hablando con ellos podíamos conocer muchísimas historias que jamás se han oído. Tirando de esos hilos fuimos encontrándonos con muchísimas cosas curiosas.

P: Pero, ¿cómo habéis ido discriminando las fuentes?

R: A ese respecto hemos tenido mucha suerte, porque lo bueno que tienen los estadounidenses es que están encantados de recordar la historia. Además es algo curioso, pero ellos mismos se sorprenden de que haya gente interesada en escucharles; que les llamen 75 años después desde España para conocer su experiencia… terminan hablando entusiasmados. Nos pasó eso con Jake, el paracaidista al que entrevistamos y cuya historia él mismo no ha empezado a relatar hasta después de haber cumplido 80 años…

P: ¿Esa sorpresa y ese entusiasmo a qué se deben? ¿Viene de que se consideran personas anónimas y carentes de interés, o es que ellos mismos no son del todo conscientes de la importancia de ese acontecimiento que les tocó protagonizar?

R: Yo creo que es un poquito de las dos, si me permites ser un poco gallego en la respuesta (risas). Creo que como son personajes a los que se les ha conocido menos, ahora están encantados de contar lo que vivieron. Pero por otro lado ellos tampoco vivieron el Desembarco desde la perspectiva que podemos conocer nosotros leyendo la gran historia… Y ese es el punto. Salvando mucho las distancias, y reverenciando siempre a gente como Beevor y Ambrose, la gran historia es limitada, hasta cierto punto. Incluso dos genios como ellos no dejan de ser historiadores clásicos —dentro de que Beevor intenta acercarse más a la gente—. Y el problema es que esa gran historia funciona como una ola brutal, que arrastra a todas las pequeñas historias. Debajo de ella se quedan sepultadas todas las vivencias de gente como Alberto, el soldado alemán de origen español al que entrevistamos, o de gente como Jake… O los mismos sacerdotes que saltaban con los paracaidistas sin portar ningún arma… Historias, como te digo, supercuriosas y llamativas que nunca se han conocido.

P: Pero, por otro lado, ¿cómo fiarse del testimonio directo de personas que hablan de memoria de algo que sucedió hace 70 años? ¿Cómo saber cuánto de lo que dicen es cierto, cuánto está maquillado y cuánto es directamente falso?

R: Hombre, esa duda siempre existe. Y nos asalta a todos los periodistas e investigadores… Pero también creo que nos debemos fiar de las fuentes primarias. Lo que hay que entender es que nuestro trabajo no es hablar con tres personas y pasar al papel lo que nos dicen… Hablamos con muchísimas, y es cierto que varias veces entre ellas no se ponen de acuerdo: En cosas tan nimias, por ejemplo, como el uso de los ‘crickets’, depende a qué veterano te vayas te dicen una cosa u otra… Los de la 101ª División Aerotransportada sí, a ellos les dieron un ‘cricket’ a cada uno, eso es seguro, pero los de la 82ª no se sabe… Algunos te dicen que les dieron a todos, otros que a ninguno, otros que a unos sí y a otros no… Al final nuestro trabajo consiste en discriminar en base a todos los testimonios que se van recogiendo y a las propias fuentes documentales que es necesario consultar.

U otro ejemplo curioso: si te contara la cantidad de veces que un veterano nos ha dicho que fue el primero en desembarcar en Normandía, pero que lo dicen segurísimos, además. Cada uno de ellos está realmente convencido de que fue el primero en pisar tierra francesa…

P: Claro, es que se lo creerán de verdad, ¿no? Es a lo que me refiero, que muchas veces nuestra memoria es falible, y nos hace creernos cosas que no sucedieron como recordamos realmente…

R: Por supuesto. Pero sí es cierto que a cada uno le afecta de una manera. Jake, por ejemplo, la impresión que me dio a mí cuando le entrevistamos fue que intentaba constantemente acordarse de todo de la forma más fehaciente posible. Él quería ser completamente riguroso. A McNiece en sus memorias le pasa lo mismo. De hecho McNiece tuvo una bronca alucinante cuando le llegaron con el guión de Doce del patíbulo, porque consideraba que se lo habían inventado entero. No quería tolerar que pusieran su nombre o el nombre de su unidad en aquello. Hasta rechazó protagonizar la película. Por lo tanto yo creo que, aunque a veces se puede tergiversar de forma inconsciente, muchos de ellos no se dejan llevar por la vanidad e intentan, en última instancia, ser lo más duros que pueden con sus recuerdos.

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El general Eisenhower junto a Winston Churchill y al mariscal Alan Brooke

P: ¿Hasta qué punto puede influir la actitud de un entrevistado en la manera de escribir un libro como este? ¿Llega uno a contagiarse de sus miedos y sus entusiasmos?

R: Sí. Creo que inevitablemente uno se contagia. Y también creo que el intentar evitarlo es peor para el libro. Porque cuando tú te empapas y te sientes identificado con un personaje es cuando puedes llegar a comprender tanto a un bando como a otro. Leyendo las memorias de Alberto, por ejemplo, sientes el miedo de un alemán que cuando se estaba retirando después de la ofensiva fallida se tiene que encontrar con miembros de la Resistencia francesa que le cortan el paso. Y sólo así ves a los alemanes de otra forma, y también a los americanos. Porque había mucho rencor en las filas aliadas, no nos engañemos: algunos paracaidistas les cortaban las orejas a los prisioneros y se hacían collares con ellas, también les ejecutaban. Los canadienses en la Playa de Juno arrasaron con todo porque aún tenían en la memoria el fracaso de su desembarco en Dieppe. Todo es mucho más humano y complejo que la típica historia de buenos y malos. Pero al final es lo que te digo: no puedes evitar sentirte un poco parte de la historia de estos señores. Tienes delante a Jake y le ves contarte con una sonrisa de oreja a oreja cómo se enfrentaba a los alemanes, y acabas diciendo: ¡Cómo no voy a querer yo a este hombre!

P: ¿Cómo intenta evitar un escritor que el lector no caiga en ese maniqueísmo del que hablabas?

R: Pues precisamente con estas pequeñas historias. Con el tema de Alemania, por ejemplo, la gran historia nos lleva inevitablemente al nazismo, a Hitler y a campos de concentración… Y esa ola oculta las vivencias de trinchera de alemanes de a pie, que no son todos ni un estereotipo ni una personificación de la ideología nazi, y que simplemente se vieron arrollados por los acontecimientos.

P: A veces me da la sensación de que la explicación que se suele dar de la Segunda Guerra Mundial es algo simplista. Quiero decir, la condena taxativa al nazismo, completamente justa, por otro lado, puede llegar a dificultar un estudio objetivo y sosegado de todas las variables que influyeron en el desarrollo social y político del mundo en aquella época.

R: Estoy completamente de acuerdo con lo que dices. Y es cierto que incluso los propios testimonios de los alemanes, que son todos casi una disculpa, hacen las veces de barrera para poder estudiar en profundidad lo que pasó. Pero también creo que las cosas se están haciendo cada vez mejor. La exposición sobre Auschwitz que estuvo aquí en Madrid hasta hace poco estuvo genial, por ejemplo. Porque tenía una parte introductoria amplísima, y de hecho hasta que no llevabas dos horas allí no entrabas realmente en lo que era el campo de concentración. Te machacaban antes, para bien, para hacerte conocer cómo se llegó a aquello, y por qué sucedió todo. Lo que pasa es que a veces la espectacularidad hace que cuando hablamos de la Segunda Guerra Mundial ya empecemos a hablar de 1939, pum, invasión de Polonia. Pero es que habían sucedido muchas cosas antes, una carga ideológica brutal que se fue instaurando poco a poco, y que ni siquiera había estado exclusivamente en Alemania, que de hecho también había tenido su influencia en Inglaterra y Estados Unidos. Al final te das cuenta de que las cosas no son tan sencillas, y de que hay que estudiarlo todo en su contexto. Pero bueno, como te digo yo veo un rayito de esperanza en que cada vez se están haciendo las cosas mejor a ese respecto.

P: Otro aspecto interesante que tocáis en el libro es el del espionaje; las estrategias que se llevaron a cabo para confundir a los alemanes, para que no se esperasen un desembarco por Normandía…

R: Sí, y la clave en ese punto tuvo que ver con el bombardeo constante de información que les llegaba a los alemanes desde miles de puntos distintos. En el libro nos centramos únicamente en cinco agentes dobles que trabajaban para los aliados, pero había muchísimos más. Y ya no sólo los que había, sino también los que se inventaban. Garbo se inventó una lista increíble, y su historia es tan surrealista que a veces uno se pregunta cómo no le cazaron en sus mentiras. Al final eso se lo achacamos a que no vivían en la era de internet (risas). Tenían miles de fuentes distintas y no sabían nunca de cual fiarse: por un lado les llegaba una información que aseguraba que iba a haber un desembarco por Noruega, y tenían a un montón de agentes que les corroboraba esa versión; por otro lado lo mismo pero diciéndoles que el desembarco iba a ser por el Paso de Calais, y tenían a una legión entera diciendo que sí, y encima a Patton delante supuestamente organizando el ataque… ¡Pero si es Patton! ¿Cómo no va a ser por el paso de Calais? Pues tampoco lo podían tener claro porque otros les estaban diciendo Normandía, otros el golfo de Vizcaya. ¿A quién hacer caso? Era una guerra entre espías, y por eso fue tan importante esa cosa preciosa a la que los aliados llamaron "pienso para pollos": daban muchísima información verdadera, información que ahora, a posteriori, sabemos que era poco importante, pero que en ese momento parecía crucial: una compra de abrigos para el frío, por ejemplo, podía corroborar la teoría del desembarco en Noruega; un movimiento trivial de tropas podía querer decir muchas cosas distintas. Los aliados envolvían la información verdadera en una capa de millones de informaciones falsas para confundir al enemigo. Era una tarea brutal.

P: También mencionáis las diferentes trifulcas que se originaron entre paracaidistas y planeadores porque los segundo consideraban que merecían cobrar lo mismo que los primeros…

R: Sí. Al final aunque todos se exponían muchísimo, es indudable que tanto planeadores como paracaidistas corrían muchos más riesgos. No sólo porque iban por el aire, teniendo que esquivar el fuego antiaéreo y que atravesar las defensas enemigas antes de tocar tierra, sino porque los paracaidistas terminaban muy dispersados por el mapa. Estaban entrenados para sobrevivir varios días solos en el campo de batalla antes de encontrar a su unidad, y llevaban avituallamiento para tres días exactos. Eso está muy bien narrado en Salvar al soldado Ryan: cómo iban encontrándose y agrupándose tipos de distintas unidades. Los de la 101ª con los de la 82ª… y así hasta que al fin daban con su equipo.

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Imagen del Desembarco de Normandía

P: O sea, que sobrevivir 10 días tras las líneas enemigas, como la historia que narráis de Don Jakeway, es algo fuera de lo común…

R: Pues tampoco fuera de lo común. No sé cuál es la media de días que podían tardar en encontrar a su unidad. Desde luego es muchísimo tiempo, pero no sabría decirte si es algo fuera de lo común.

P: Cambiando de tema, ¿qué criterios habéis seguido para seleccionar todas las historias poco conocidas del Día D?

R: Nos hemos basado en varios criterios. Uno ha tenido que ver con las películas. Al final el cine bélico es una de las fuentes de difusión más grandes del mundo. Y es cierto que al revisar esas cintas hay veces que... no que nos enfadásemos, pero que nos entraba cierta rabia porque muchas de las historias que hay detrás de ellas son mucho más llamativas. O tienen otras vertientes que no se tocan. Y luego, por otro lado, está la cuestión de las pequeñas historias que mencionábamos antes. No sé, el asunto de los sacerdotes que saltaban como paracaidistas es algo muy poco recogido por la historiografía, muy difícil de encontrar. Y al final el hecho de que cueste tanto es un indicativo de que es algo novedoso y de que se puede incluir en el libro.

P: Para terminar: ¿Cómo venderías el libro para que algún posible lector termine de decidirse y se lance a comprarlo?

R: Le diría un poco lo que ya hemos estado comentando. Creo que hasta ahora la historiografía se ha centrado en el gran Desembarco de Normandía —algo comprensible, ya que es muy grande y abarca muchísimas cosas—, pero casi nadie había destacado estas pequeñas historias, o incluso algunas cuestiones que pertenecen a la gran historia que por una u otra razón no se habían tocado. Se me ocurre el tema de los planeadores. Cuesta muchísimo encontrar bibliografía sobre su uso, y eso que era una heroicidad absoluta atravesar las líneas enemigas en esos aviones sin motor hechos de contrachapado. Fue una estrategia, además, que nació y murió en la Segunda Guerra Mundial. No sé, no deja de resultar extraño que no esté más tratado.

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