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Amando de Miguel

Pavana para un quinto centenario

Empezamos a celebrar el alargado quinto centenario de la expedición marítima más significativa de la Historia: la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano.

Amando de Miguel
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Amando de Miguel - Pavana para un quinto centenario
Estatua de Juan Sebastián Elcano | Wikipedia

Empezamos a celebrar el alargado quinto centenario de la expedición marítima más significativa de la Historia: la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano. La ocasión, una fascinante novela histórica, …Y Magallanes encontró el Estrecho, de José Enrique Gil-Delgado Crespo (Entrelíneas Editores). Es de lectura tan amena que seguramente servirá de estímulo para una serie de televisión. No estaría mal que fuera texto en las escuelas. Su autor pertenece a esa rara especie de los hombres cultos, la que yo más aprecio. Baste decir que Gil-Delgado conoce tan bien a Cervantes como a Shakespeare.

El objetivo expreso de la expedición de Magallanes era el de llegar, con las naves de Elcano, a las islas de las especias (desde Ceilán a las Filipinas) por el camino de occidente. El del oriente lo habían pateado ya los portugueses, competidores acérrimos de los castellanos. Maravilla hoy que hasta hace medio milenio fuera tan desaforada en Europa la demanda de especias. Se dice que los europeos necesitaban la pimienta, el clavo y otras especias excitantes para condimentar la carne medio podrida que no tenían más remedio que embaularse. Falso. Los ricos del pasado disponían de carne fresca en todo momento. La razón era otra. Simplemente, las especias se pagaban a un precio altísimo (más que el oro) porque eran muy escasas; costaba mucho traerlas del oriente remoto, en un primer momento a través de las caravanas por el camino de la seda. De ahí los ímprobos esfuerzos de los navegantes portugueses para bordear África y llegar hasta Ceilán y más allá.

El objetivo latente y real era otro. Los viajes de Colón y otros navegantes castellanos descubrieron que el radio de la Tierra era superior al conocido. Gracias a ese error, la Corona de Castilla se arriesgó con el primer viaje de Colón y los que siguieron inmediatamente. Resulta curioso que los antiguos griegos habían calculado el radio de la Tierra con bastante precisión, pero ese dato se perdió; era simplemente teórico. Los navegantes europeos de principios del siglo XVI empezaron a sospechar que la Tierra era una esfera mucho más voluminosa de lo que se suponía. No había más que ver la sorprendente extensión del nuevo continente americano a partir de la anchura de los estuarios del Orinoco o el Amazonas, entre otros grandes ríos. Había, pues, que bordear el nuevo continente para encontrar el paso hacia el Mar del Sur, que ya había descubierto Núñez de Balboa. Se trataba de un plan ambicioso: algo así como tomar la medida a la Tierra. Esa fue la singular hazaña de la expedición de Magallanes, que empezó por encontrar el estrecho del mismo nombre al final de la Patagonia. Tardó un mes en atravesarlo. Ya sabían los marinos que, al encontrarse dos océanos, las corrientes y los vientos hacían peligrosa la navegación. Modestamente, era algo comprobado en el Estrecho de Gibraltar.

La aventura de Magallanes, como las otras de la época, pretendía dibujar mapas y se apoyaba en el trabajo de un amanuense que iba levantando la crónica del viaje, en este caso del italiano Pigafetta. La mentalidad de estos navegantes era la que caracterizó a los hombres del Renacimiento: una gran curiosidad por desvelar lo desconocido en todos los órdenes. Conviene advertir que la obsesión de los piratas ingleses al apresar los galeones españoles era hacerse con la cartografía, no solo con el oro.

Una buena forma de unirnos a la celebración de este quinto centenario es solazarse con esta extraordinaria novela-crónica de José Enrique Gil-Delgado. Esperemos el segundo tomo, que es la aventura de los pocos marinos que fueron quedando de la inicial expedición de Magallanes. Al final, tras muchos trabajos, lograron arribar a las islas de las especias y completar la circunnavegación del planeta al mando de Juan Sebastián Elcano, un vascongado recio por castellano. Excelente ocasión para superar las viejas niñerías nacionalistas de los españoles.

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