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Jesús Fernández Úbeda

Knausgård remata su lucha con 'Fin': ¿una genialidad o un pedo esnob?

El noruego finaliza su mastodóntica obra con 'Fin', un mamotreto de 1.016 páginas excesivo, a veces exasperante, a veces maravilloso.

Jesús Fernández Úbeda
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Jesús Fernández Úbeda - Knausgård remata su lucha con 'Fin': ¿una genialidad o un pedo esnob?

Al comienzo de este artículo, todavía no sé si Fin (Anagrama, 2019), el mamotreto de 1.016 páginas con el que Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968) remata su mastodóntica Mi lucha, una macronovela compuesta por seis volúmenes escritos entre 2009 y 2011 –y cuyo remate llega a España con ocho, repito, con ocho años de retraso–, es una obra maestra, un ente originalísimo y genial, o una cagarruta pinchada en un palo que preside la sala principal del Museo de los Horrores Esnobs.

Reivindicando mi subjetividad y sin pretensión de dictar sentencias, sentar cátedra, etcétera, digo que, en general, la primera parte de Fin –la octava de Mi lucha– me ha parecido exasperante. Por aburrida, por hueca, por ese regodeo consciente en un ultrarrealismo presente en los seis libros, pero, a mi juicio, excesivo y abusivo en este tramo. Por ejemplo: los críticos que detestan a Knausgård le acusan de hacer literatura con la lista de la compra. Pues, en este volumen, el noruego les da la razón narrando cómo va al supermercado y adquiere, entre otras viandas, "un tubo de mayonesa ligera sueca y un frasco de mayonesa auténtica francesa".

Regodeo consciente, dije: Fin comparte con la segunda parte del Quijote que su protagonista ya sabe que su obra previa, que sus andanzas, han tenido repercusión social y, partiendo de esa base, construye. El primer tomo, La muerte del padre, está a punto de ser publicado y el autor le envía el manuscrito al hermano de su padre, su tío Gunnar, quien, cuando lee el documento, lo tilda de "violación verbal" y amenaza a su sobrino con llevarle a juicio por un delito de injurias, calumnias y derivados. A partir de ahí, Knausgård relata su angustia, sus dudas sobre si publicar o no o sus consultas con agentes y editores, a la vez que ofrece, con todo lujo de detalles, el catálogo de rabietas caprichosas de, siendo suave, sus irritantes tres hijos, qué tipos de helados piden en un puesto de un parque o, como ya he dicho, los tipos de mayonesa adquiridos en un supermercado.

Sin embargo, también en la octava parte, el autor expone unas reflexiones metaliterarias hermosísimas, sencillas, sinceras –al menos, en apariencia, y si no, ¿qué más da?– y sangrientas. Knausgård se pregunta de qué sirve ser bueno escribiendo mientras existe lo sublime. Reconoce la dificultad de conseguir que lo escrito vibre. Se mata por tener voz propia –"Para un escritor, lo más vergonzoso de todo es que lo pillen plagiando a otro. Lo segundo más vergonzoso es parecerse a otro escritor"–. Y se maravilla ante la verdadera literatura, esa que es "de otra magnitud, dignidad e importancia" y que es capaz de dejar a un lado, de un modo brutal, al resto de las cosas del mundo.

Entre la octava y la novena parte, el noruego encasqueta un ensayo llamado "El nombre y el número" en el que, por un lado, justifica por qué debe usar los nombres reales de sus familiares, amigos, amantes, etcétera, cuando se refiere a ellos a lo largo de Mi lucha –"El número está abierto hacia lo infinito, lo incontrolable y lo carente de identidad, la infinidad de los granos de arena y las estrellas; los nombres lo limitan y lo controlan en la identidad del nombre, el rostro del lenguaje"–, y, por otro, dicho esto con brocha gorda, se compara con Hitler.

Knausgård sostiene que, en un mundo en el que todo es visto como ficción, la única salida que él tenía era la de escribir una novela que tratase "la realidad tal y como era", con sinceridad y asumiendo el riesgo de que la verdad del yo es incompatible con la del nosotros. Precisamente, el análisis lingüístico del yo, del nosotros y del ellos y su relación directa con la construcción de las sociedades/culturas ocupa una parte más que notable en este ensayo, en la que se cita, entre otros, a Rilke, a Celan, a Joyce, a Shakespeare, a Cervantes, o las historias de Moisés y de Jesucristo.

Respecto a su similitud con Hitler, Knausgård subraya cómo el futuro genocida, cuando en Mein Kampf se refiere a su familia, escribe, sobre todo, de su padre –como él–, o, basándose en el libro de Kubizek –un amigo de infancia y juventud del tirano–, compara las frustraciones artísticas y amorosas del nazi con las suyas propias. En su análisis, el noruego atiza a Ian Kershaw por su "defecto de describir todo, y quiero decir todo, como fuertemente negativo en Hitler, incluso lo que concierne a su infancia y su juventud, como si toda su vida estuviera teñida de lo que sería y haría veinte años después", y señala que el Fürher, en realidad, era un tipo insignificante al que no había que juzgar por quién era, sino por lo que hizo. Al respecto, añade:

Ahora bien, lo que hizo no lo hizo él solo. Fue un nosotros quien lo hizo, que fue puesto bajo presión, se quebró y se derrumbó. Sólo resistieron los muy fuertes. Eran los testarudos y los insolidarios, los que rechazaban la ideología, que es la idea del colectivo de cómo debe ser el mundo.

La novena parte de Mi lucha/la tercera de Fin es la que mejor encaja en el género "novela" y la que, de lejos, se lee con más imantación, angustia, pasión y, lo reconozco, morbo. El núcleo de este tramo es Linda Boström, su esposa de entonces –ya no lo es– y la madre de cuatro de sus cinco hijos. Cuando esta lee el manuscrito del segundo volumen, Un hombre enamorado, se topa: 1) con una exposición exhaustiva de las glorias, pero, sobre todo, de las miserias de su matrimonio, y 2) con la confesión de una infidelidad. Al poco, Linda, quien ya tenía problemas psiquiátricos, sufre una depresión abismal y terrible y es ingresada en un manicomio. Knausgård no confirma en ningún momento que la publicación de sus libros sea la causa de este descenso a los infiernos, pero lo sospecha. Al final, de un modo precario, su esposa logra superar el bache. "Me siento muy feliz de tener a Linda –escribe el autor–, y me siento muy feliz con nuestros hijos. Nunca me perdonaré todo lo que les he causado, a lo que les he expuesto, pero lo he hecho, tendré que vivir con ello". Remata la obra celebrando su felicidad porque ya no será escritor. Se equivocaba: en teoría, Anagrama no tardará en traer a España sus libros estacionales.

Termino este texto sin tener claro si Fin es o no es una gran novela. Sí que lo es Mi lucha en su conjunto, una confesión dinosáurica, personalísima, omnívora y generosa con el lector, violenta y cruel con los suyos, inimitable y temeraria. No sin cierta mezquindad, aunque, según da a entender, también con inocencia, Knausgård usó su vida y la de los suyos como chivo expiatorio y las sacrificó, sin sangre pero con muchos focos, al dios masivo de la Literatura. Y sus fieles le estamos muy agradecidos.

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