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Santiago Trancón Pérez

Aquel 'Don Juan Tenorio' en el Borne

El acto del Borne puso de manifiesto la naturaleza perversa de ese catalanismo intoxicador que logró controlar "el movimiento obrero".

Santiago Trancón Pérez
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Santiago Trancón Pérez - Aquel 'Don Juan Tenorio' en el Borne
Manifestantes independentistas en Barcelona | EFE

Dicen que la historia, a medida que avanza, se acelera, como un meteorito atraído por la Tierra. Hoy, diríamos, la historia no corre, sino vuela. El presente se escapa antes, y con ello aumenta la dificultad de atraparlo, de resumirlo, de distinguir lo efímero y banal (la mayoría de cuanto acontece) de aquello que señala cierta continuidad, cierto encadenamiento causal, algún elemento de permanencia. Al leer el estimulante libro de Federico Jiménez Losantos, Barcelona, la ciudad que fue (que invita no sólo al recuerdo, sino a la reflexión), me ha surgido precisamente esa pregunta: ¿Hasta qué punto aquel momento histórico, que coincidió con nuestra juventud, puso de manifiesto contradicciones larvadas que hoy muestran su maléfica virulencia y continuidad? ¿En qué medida las experiencias personales están vinculadas a estructuras y movimientos sociales que las condicionan y proyectan más allá de la vivencia misma? Si no fuera así, cualquier relato autobiográfico agotaría muy pronto su interés.

Dentro de la amalgama de acontecimientos de ese pasado barcelonés que Federico recrea y analiza, quisiera recordar uno, precisamente porque en él podemos descubrir alguna de esas contradicciones que revelan cierta continuidad, que es lo que la historia trata de describir y explicar. Aparecen en él elementos que vistos desde el ahora cobran todo su sentido y muestran hasta qué punto fuimos sensibles y precozmente conscientes quienes descubrimos el peligro y la amenaza que suponían. Hablo de noviembre de 1976, justo un año después de la muerte del dictador. Hablo de un acontecimiento que tuvo lugar los días 19, 20 y 21 de noviembre en el Mercado del Borne de Barcelona, hoy convertido en la zona cero del separatismo, la referencia simbólica y exhibicionista más importante del proyecto independentista.

Recordemos. El Borne se sitúa en una zona rica en restos arqueológicos, que van desde una necrópolis romana (s. III) y otra islámica (s.VIII), a la urbanización medieval (s. XIII) y la expansión de un barrio comercial muy pujante en el siglo XVIII. Su entramado cambia después de 1714, tras la derrota de la Guerra de Sucesión, en que parte del barrio fue derribado para construir una Ciudadela militar defensiva. En 1876 se inaugura el Mercado que hoy conocemos, una espléndida muestra de la arquitectura de hierro, de la que todavía quedan otros ejemplos en Barcelona como el Mercado de la Boquería de las Ramblas.

El Borne se mantuvo como Mercado de Frutas y Verduras hasta 1971, en que se cerró con la intención de derribarlo. Bajo la influencia de las moderneces urbanísticas y especulativas del momento, su destino parecía el mismo que el del Mercado de Les Halles, en París, que desapareció precisamente en 1971 (en mi estancia en París participé todavía en las manifestaciones contra ese derribo, gritando aquello de "A bas l'etat, les flics et les patrons!"). Curiosa coincidencia, porque también luché para impedir el derribo del Borne, esta vez participando en un acontecimiento que fue decisivo para lograrlo. Me refiero a la organización de un macroespectáculo que puso en escena el Don Juan Tenorio de Zorrilla en el Borne en el primer aniversario de la muerte de Franco.

A aquella macrofiesta teatral acudieron más de 30.000 personas: 6 horas de espectáculo diario, 90 actores, 7 escenarios, 15 Ineses, 9 don Juanes, 10 grupos musicales, entre ellos Oriol Tranvía, Compañía Eléctrica Dharma, Orquesta Platería, Pau Riba... (que hizo de doña Inés y acabó subiendo a los cielos en una grúa a más de 30 metros de altura). Todo fue organizado por un grupo de actores que entonces constituíamos la ADTE (Asamblea de Trabajadores del Espectáculo), escisión de la AAD (Assemblea d'Actors i Directors), que había tenido lugar unos meses antes, después del gran éxito del Grec-76. El motivo de esta división fue la adhesión de la AAD a la Asamblea de Cataluña, que era el órgano político del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña), que se consideraba el único instrumento legítimo para llevar a cabo la lucha antifranquista y la instauración de la democracia.

Conviene hoy recordar que, frente a ese aparato hegemónico, existía entonces un fuerte movimiento de carácter anarquista, trotskista y anticapitalista, que rechazaba el aburguesamiento reformista de los comunistas, considerados traidores a la clase obrera, y que se negaba a la apropiación e instrumentalización que el PSUC hacía de cualquier lucha o protesta. Quienes nos opusimos a la manipulación creamos una organización de tipo asambleario que puso en práctica algo que entonces era la expresión revolucionaria más genuina: la autogestión. Durante más de un año mantuvimos uno de los centros más dinámicos de Barcelona: el Saló Diana, un antiguo teatro situado al lado de las Ramblas, en el que se mostraron los grupos y espectáculos más audaces del momento, como el Living Theatre, Dagoll Dagom o La Cuadra de Sevilla.

Entre los componente de la ADTE había nombres que pronto serían muy conocidos, como Mario Gas, Silvia Munt, Carme Elías, Vicky Peña, Juanjo Puigcorbé, Asumpta Serna, Carlos Lucena o Albert Dueso. Más de la mitad de la ADTE éramos charnegos, hispanohablantes, y el resto catalanes, entre los que había catalanistas, pero la mayoría eran catalanes abiertos, ésos que poco a poco fueron desapareciendo. Me refiero a catalanes sin prejuicios antiespañoles, más bien lo contrario, a los que la lengua y la cultura española les atraía de forma espontánea y con la que convivían sin problema alguno. Recuerdo ahora, por ejemplo, a Jordi Mesalles, cuya prematura desaparición fue una dolorosa noticia.

La AAD, en cambio, estaba constituida en su mayoría por catalanes catalanistas, que era como entonces se definían y proclamaban los que enseguida pasaron a ser nacionalistas, luego independentistas y ahora separatistas. Todos de izquierdas, por supuesto, pues la burguesía catalana apenas había empezado a organizarse para tomar las riendas del "proceso" (de prepararle los porteadores, las mulas y la carroza a Pujol se ocupó muy eficazmente el PSUC).

El acto del Borne puso de manifiesto la naturaleza perversa de ese catalanismo intoxicador que logró controlar "el movimiento obrero", pero también a "los trabajadores de la cultura". En un primer momento, los partidarios de la Asamblea de Cataluña intentaron impedir la representación del Tenorio con el argumento de que, en el aniversario de la muerte de Franco, representar una obra española y en español como el Tenorio, era una provocación. Luego empezaron a llamar "feixistes-anarquistes". Pero los catalanistas, al no poder impedir el acto, organizaron cada día un tumulto pidiendo que se abrieran las puertas del Borne para que todo el mundo pudiera entrar sin pagar. Difundían que éramos anarquistas y que estábamos actuando como cerdos capitalistas. Además, estábamos en contra de la Asamblea de Cataluña, lo que nos situaba en el lado de los franquistas. El resultado fue que cada día se colaron sin pagar más de 3.000 personas. Nuestro proyecto autogestionario se basaba en recaudar suficiente dinero para poder iniciarlo. Al final, apenas se cubrieron los enormes gastos de adecuación del local, de instalación de luces y megafonía, alquiler de tarimas y sillas, medidas de seguridad, permisos, etc.

Pero el éxito popular fue inmenso, y la reivindicación del Borne para uso cultural y ciudadano ya nadie la discutió, evitando así el programado derribo. Se dice que no hay mal que por bien no venga, pero también podríamos decir que, a aveces, ocurre lo contrario. En lugar del actual santuario propagandístico del secesionismo podría haber un modernísimo bloque de pisos de diseño. Claro está que los nacionalistas se hubieran inventado otra basílica catedralicia, con la bendición de los obispos, si fuera necesario.

Al PSUC le sucedió con mayor éxito el PSC, que entonces todavía no existía, y a donde fueron a parar casi todos los comunistas, pero sobre todo los catalanistas que se consideraban de izquierdas. El movimiento anticomunista y anarquista acabó disolviéndose por falta de organización y convicción. La espontaneidad y creatividad nada pudo frente a la burocracia y disciplina del aparato social-comunista del PSC, que acabó también con el PSOE, al que no absorbieron, sino simplemente liquidaron.

¿Y qué pasó con todos aquellos catalanes que no albergaban sentimientos antiespañoles, que eran sinceramente de izquierdas y no concebían entonces nada parecido a lo que hoy se ha convertido en el movimiento independentista? Pues poco a poco fueron callando y desapareciendo. Esta muerte silenciosa deberían contarla ellos, pero jamás se atreverán, porque la mayoría se ha ido acomodando al paisaje, como es el caso de Juanjo Puigcorbé, al que conocí bien (los dos hicimos de don Juan bajo la dirección de Mario Gas: ¡Alzaos, fantasmas vanos, de vuestros lechos de piedra!..).

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