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César Pérez Gellida: "Todavía existe el peligroso muro de cuando otras opiniones se nos vuelven infranqueables"

El escritor vallisoletano regresa a las librerías con Todo lo peor, la continuación de su anterior novela ambientada en el Berlín del Muro.

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El escritor vallisoletano regresa a las librerías con Todo lo peor, la continuación de su anterior novela ambientada en el Berlín del Muro.
César Pérez Gellida

Hace poco más de un año, César Pérez Gellida (Valladolid, 1974) se desligó casi completamente de su obra anterior e inauguró una nueva vía narrativa con Todo lo mejor. Pero en realidad ese libro era una trampa. Lo utilizó para introducir un periodo de juventud de uno de sus personajes más interesantes: Armando Lopategui; y más concretamente para explicarle a sus lectores cómo surgió su obsesión por descifrar el funcionamiento de la mente criminal. Sin embargo, "una novela no era suficiente". "Un único enfrentamiento al mal no podía explicar enteramente la manera de funcionar de Lopategui". Por eso, ahora regresa a las librerías con Todo lo peor (SUMA), un nuevo thriller negro ambientado en los últimos años del Berlín del Muro, en el que el joven Lopategui, entonces conocido como Viktor Lavrov, tendrá que enfrentarse a un siniestro asesino de homosexuales mientras trata de ganar para el KGB una particular carrera de espionaje contra el resto de servicios de inteligencia internacionales. Su novela sirve también para presentar un periodo reciente de nuestra historia. Hablamos con él:

PREGUNTA: Todo lo mejor surgió para facilitar que la gente pudiese leerte sin tener que pasar necesariamente por toda tu obra anterior. ¿Todo lo peor no es volver a las andadas, entonces?

RESPUESTA: Pues no del todo. Lo que pasa es que son historias independientes, en realidad. Toda mi obra anterior, las ocho novelas, está organizada en dos bloques que sí que pueden considerarse una unidad. Sin embargo, yo nunca había hecho una serie. Y Todo lo mejor y Todo lo peor es una serie. Tú puedes leer la segunda parte sin haber tenido que pasar necesariamente por la primera. Ahora bien, es cierto que el desarrollo de personajes no se vuelve a repetir en este libro. Por razones evidentes: para todos los lectores que sí que han pasado por Todo lo mejor, sería muy tedioso volver a leer la explicación de cada uno de los personajes. Y además, hay otra cosa: el propósito de estas dos novelas es recorrer el histórico vital de Armando Lopategui, alias Carapocha, que aquí aparece bajo el nombre de Viktor Lavrov. Eso no me cabía en una sola novela. No se entiende cómo un tipo con el perfil de Lavrov puede caer en la obsesión por descifrar el funcionamiento de la mente criminal con un sólo caso; en un sólo enfrentamiento contra el mal. Entonces, necesitaba ese marco más amplio de dos novelas para terminar de dibujar todo el personaje.

P: ¿A quién está más próximo el Viktor Lavrov de Todo lo peor, al Viktor Lavrov de Todo lo mejor o al Armando Lopategui de la primera trilogía?

R: Se acerca más al Carapocha de la primera trilogía, yo diría. Igual el Viktor Lavrov de Todo lo mejor es algo más torpe. (Piensa). O no torpe… A ver, es un tipo que se siente muy capacitado para indagar en la mente criminal, un buen criminólogo, que además está avalado por el paraguas del KGB y que, por tanto, goza de una cierta protección invisible; pero es un tipo que en Todo lo mejor comete errores. Ahí no es el típico investigador infalible. Siente la necesidad de conocer el funcionamiento de la mente criminal, es cierto, pero todavía está aprendiendo. En cambio en Todo lo peor ya es más parecido al Armando Lopategui que conocíamos. Es más manipulador. Se ve sobre todo en los diálogos que mantiene con Peter Sutcliffe, el Destripador de Yorkshire.

P: Sí, de hecho, otra de las claves de la novela es precisamente el estudio que hace de la mente criminal, y la diferenciación entre la psicopatía y la enfermedad mental.

R: Bueno, y también entre la psicopatía y la sociopatía, que es verdad que los expertos tampoco se ponen muy de acuerdo con ese tema. En términos generales, la tendencia más extendida podría resumirse en que los psicópatas tienen una desconexión en el córtex que les impide etiquetar emociones. Esto quiere decir que saben distinguir perfectamente entre el bien y el mal, pero no les afecta. Sin embargo, un sociópata es una persona que cae en un pozo, por decirlo de alguna manera, debido al condicionamiento externo. A lo largo de su vida se ha enfrentado a una serie de situaciones, ya sean familiares, o guerras, o mil motivos distintos, que le han hecho pensar que el enemigo está fuera. Entonces, tiene dos alternativas: o bien se esconde en sí mismo, o bien ataca. El sociópata es ese que trata siempre de salirse con la suya mediante engaños o, en el menor de los casos, quitando la vida a los demás. Dicho esto, ni a los psicópatas ni a los sociópatas se les considera enfermos mentales. Por tanto, si son condenados, van a la cárcel. ¿Y esto por qué? porque está demostrado que distinguen perfectamente entre el bien y el mal, y que son consecuentes con sus actos. De hecho, la mayoría de ellos tratan de esconder sus actos delictivos. Los psicóticos, por otro lado, no distinguen. Pueden tener un brote durante el cual no responden de sus actos. Estos sí son enfermos mentales y, por tanto, si cometen algún tipo de delito, cumplen su condena en centros psiquiátricos.

P: ¿Hasta qué punto no entendemos bien lo que es un psicópata? Hoy en día casi parece que esa palabra es sinónimo de asesino en serie.

R: Sí, es verdad. Pero para nada. De hecho, en realidad, la mayoría no mata. Los sociópatas, por ejemplo, tienen un camino a seguir, que suele ser el camino del éxito, y pasan por encima de cualquiera, tanto de la familia, como de los amigos o los compañeros de trabajo, para conseguir sus objetivos. Se sirven de cualquier cosa. Utilizan mucho los engaños, manipulan… Suele ser gente que domina el arte de la manipulación. Por eso encontramos a muchos de ellos en la política, por ejemplo, o en la economía o en la Universidad. Es gente que quiere estar siempre en contacto con el poder, en lugares que les permitan controlar a los demás. Pero luego, por otro lado, existen los asesinos en serie que no son ni psicópatas ni psicóticos. Personas normales que, de repente, prueban. Tienen una afección sexual, por ejemplo, que resuelven violando o matando. Peter Sutcliffe, sin ir más lejos, era uno de estos. No era un sociópata, sino más bien un misógino. Había tenido siempre muchos problemas con las mujeres, su mujer sí que estaba tocada de la cabeza, y él odiaba al género femenino. ¿Qué pasa? que la única manera que tenía de satisfacer sus deseos era matándolas. Y nada, probó una vez, le salió bien, y acabó asesinando a trece mujeres.

P: La novela es muchas cosas: es un thriller negro, pero también es una novela de espías en el Berlín del Muro. Además, evidentemente, tiene componentes de novela histórica. ¿Qué dificultades se encuentra un escritor que intenta construir una historia con tantas aristas?

R: Principalmente la de mantener el equilibrio. El objetivo principal era escribir un thriller negro, pero hay otras cosas, como tú dices, y uno tiene que encontrar un equilibrio entre los distintos ingredientes. El componente histórico para mí no era más que la ambientación, si te soy sincero. Si te fijas, yo trato de dar pinceladas largas, que se extienden por toda la novela, para introducir el contexto histórico. Porque si, por el contrario, introdujese todo de golpe al inicio, como a lo mejor podría haber hecho en una novela histórica al uso, muchos de mis lectores tal vez se habrían sentido decepcionados. Luego, es verdad lo que mencionas de que una parte importante de la trama pertenece más al género de espías. Eso he tratado de equilibrarlo mucho. Creo que en Todo lo mejor pesaba más el caso de investigación criminal, y tal vez en Todo lo peor tenga un poco más de presencia el caso de espionaje. Es posible. La diferencia principal es que en esta novela ambos casos están entrelazados. En la anterior sin embargo había dos historias paralelas que tenían el único punto común en Lavrov.

P: La novela está ambientada en la RDA, en los últimos años del Muro, pero trata el tema de una manera muy aséptica. Otros autores sin embargo sostienen que al hablar de la historia es inevitable posicionarse política o ideológicamente. ¿Qué opinas tú?

R: Hay muchos autores que no quieren posicionarse, ni escribiendo novela histórica, ni escribiendo novela negra. Al final no hay que olvidar que la novela negra ha estado muy unida siempre a la crítica social. A mí, personalmente, me gusta ser aséptico. Que sean los personajes los que se posicionen. La voz del narrador nunca te va a hacer un juicio de valor sobre lo que ocurría o dejaba de ocurrir en el Berlín de los años 80, sobre el imperialismo o sobre el comunismo; pero los personajes sí. Victor Lavrov, por ejemplo, está absolutamente convencido, en este momento concreto de su vida, de que el comunismo es lo que conviene al desarrollo de la humanidad. No podía ser de otra forma, ¿no? Proviene de la academia del KGB, donde se les hacía un lavado de cabeza bestial. Igual que se hacía desde el otro lado con respecto al comunismo. Sin embargo hay otros personajes muy escépticos con el sistema. Otto Bauer no quiere para nada el comunismo, ni le gusta la Stasi. Trabaja en la Kriminalpolizei y entiende que todo eso es un Estado opresivo que no conviene. Además se encuentran en una época en la que ya sabían, porque lo veían al otro lado del Muro, que los otros vivían mejor. Entonces, yo a través de los personajes trato de construir una historia para que cada uno, al leerla, componga su propia opinión. Hay autores a los que les gusta posicionarse, y me parece legítimo, pero a mí no.

P: Algo interesante de la novela es ver cómo todos los personajes, de uno u otro bando, están convencidos de encontrarse en el lado correcto de la historia… ¿Hasta qué punto eso es inevitable?

R: Bueno, ahora mismo sólo hay un lado, hablando de este asunto, que es el mundo capitalista, en el que todos estamos inmersos. No existe otro lado más. Pero en aquel momento, es verdad, existía el convencimiento de que el lado en el que te encontrabas era el correcto. Porque te había tocado ese. Lo que pasa es que a medida que va avanzando la Guerra Fría, y las telecomunicaciones van haciendo que se conozca lo que ocurre al otro lado, los que viven en la zona comunista se dan cuenta de que en occidente la gente trabaja menos horas, con mejores condiciones, que tiene más derechos, más libertades, y que encima no tienen que esperar treinta meses para comprarse una puta lavadora. Porque eso era lo que pasaba en la RDA. Entonces, ellos comienzan a aspirar a lo mismo, básicamente. Hay un momento determinado en el que los que vivían en el Berlín oriental comienzan a pensar que no están en el lado en el que quisieran realmente estar. Al principio, las primeras personas que trataron de cruzar el Muro lo hicieron para reunirse con sus seres queridos, poco más. Pero luego, es verdad, todos los que lo hacían era porque estaban convencidos de que no querían seguir viviendo bajo el régimen soviético, que era muy opresivo. Lo que es interesante es que ahora, analizando ese fenómeno en la actualidad, nos sigue pasando lo mismo, sobre todo políticamente hablando. Tú estás defendiendo un proyecto, de derechas o de izquierdas, y hay muy poca permeabilidad entre uno u otro lado. O sea, si tú eres de derechas, lo que pasó el otro día entre Pablo Iglesias y Pedro Sánchez te va a parecer un horror, y vas a creer que nos vamos a derrumbar; y si eres de izquierdas, el ascenso de Vox te parece una aberración. Lo que pasa es que somos muy poco permeables a las ideas políticas que tenemos en frente. Pensamos que estamos en el lado correcto, que nuestro pensamiento es el único que vale, y el del otro nos cuesta mucho entenderlo.

P: ¿Sigue habiendo muros entre nosotros?

R: Absolutamente. Hoy mismo he publicado un artículo en El Norte de Castilla en el que hablo precisamente de eso: de los muros invisibles. Utilizo la percha de la caída del Muro de Berlín y de lo que supuso en aquel momento, pero sobre todo reflexiono acerca de los muros invisibles que levantamos todos nosotros a nuestro alrededor. A día de hoy hay muchos muros peligrosos: el muro de los británicos con el Brexit o el de los catalanes; pero también el de los propios europeos o el de los españoles cuando las opiniones del de delante se nos vuelven infranqueables. Y lo más curioso es que muchas veces terminamos defendiendo nuestras posición política a capa y espada sin tenerla excesivamente arraigada. En la mayoría de los casos no dejan de ser posiciones heredadas, bien porque tus padres te educaron así o bien porque una novia te convenció en su día de hacerte de Podemos. Yo que sé. (Risas).

P: Uno de los mantras que repetía el comunismo soviético, comparándose con el capitalismo, era que los asesinos en serie no podían existir en su lado del Telón. Sabemos que eso es mentira pero, ¿existieron diferencias palpables con respecto a ese tema entre uno y otro bando?

R: Pues sí que las hubo, la verdad. En el lado occidental existió una especie de boom criminal porque en Estados Unidos hubo un efecto llamada. Se equivocaron, aunque eso lo reconocieron mucho más adelante, cuando los medios de comunicación, a comienzos de los setenta, empezaron a hacerse eco de todos los asesinatos escabrosos que ocurrían. Surgió el término Serial Killer y, de repente, los asesinos en serie se hicieron ultrafamosos. Ted Bundy recibía cientos de cartas al día de admiradoras, y esto trascendía en televisión. Sus detenciones, además, eran muy mediáticas, los periodistas relataban sus vidas de cabo a rabo… Claro, eso, para una persona que no tenía nada, constituía una oportunidad de justificar su existencia. Así que sí, en ese sentido, en cuanto a volumen, sí que puede hablarse de diferencias. Ahora, en aquellos años en la Unión Soviética fue donde aparecieron los casos más tétricos, si quieres llamarlos así. Chikatilo en Ucrania, por ejemplo, con un bagaje de víctimas imposible de probar, pero que se estima por encima de las sesenta. La diferencia es que allí no trascendió, porque las autoridades taparon el carácter serial de los asesinatos. No querían conectar unos con otros, pese a sus semejanzas, porque "en la Unión Soviética no existían los asesinos en serie". Y de hecho, eso dificultó muchísimo las investigaciones…

P: El ejercicio de tratar de comprender a un criminal es muy interesante. Señala la frontera difusa que existe entre la empatía y la justificación. ¿Cómo se juega con ella?

R: De hecho es un tema que le ocurre a Armando Lopategui. Él parte con un buen objetivo: descifrar el funcionamiento de la mente criminal. Pero como lo hace desde el lado equivocado, llega un momento en el que se da cuenta de que para comprender a los criminales no puede ponerse frente a ellos, sino que tiene que colocarse en sus zapatos. Es por eso por lo que cae con Augusto Ledesma, cuando intenta manipularlo y acompañarlo, para saber cómo funciona desde dentro. Claro, él tiene una experiencia que le dice que en el fondo ha fracasado a la hora de anticiparse a los comportamientos criminales. Y por eso decide vivir con ellos lo que les pasa. Pero eso es muy peligroso, por supuesto.

P: Ya has cerrado el marco temporal que narra la iniciación de Viktor Lavrov, ¿qué queda por contar de la transformación de Viktor Lavrov en Armando Lopategui?

R: Podría quedar todavía su paso por la guerra de los Balcanes. Yo cuento algo en Dies irae, pero habría muchísimo más, porque la guerra de los Balcanes fue terrible, y en ella intervinieron todos los grandes servicios de inteligencia internacionales. Pero no tengo en mente hacerlo, por ahora. Desde luego, a corto plazo, no.

P: ¿Y tienes algún otro proyecto entre manos?

R: Ahora estoy escribiendo algo, sí.

P: ¿Completamente distinto de la historia de Lavrov?

R: Completamente distinto.

P: ¿Y puedes anticipar algo más concreto?

R: No. (Risas). No, amigo, no.

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