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Karina Sainz Borgo: "España está buscando lo que no se le ha perdido"

La escritora y periodista venezolana acaba de publicar Crónicas barbitúricas, un texto alimentado por el asombro y la ira de los exiliados.

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La escritora y periodista venezolana acaba de publicar Crónicas barbitúricas, un texto alimentado por el asombro y la ira de los exiliados.
Karina Sainz Borgo en los estudios de esRadio | David Alonso Rincón

Las personas, como los caracoles, llevamos la casa a cuestas aunque a veces no lo sepamos. Una casa es un almacén de recuerdos y raíces. Aquel lugar sólo reconocible desde la distancia. En 2006, Karina Sainz Borgo hilvanó un camino doloroso sobre un mar gastado en sus costuras. Abandonó Venezuela y se vino a España, rehaciendo el trayecto infausto de los expatriados que han visto en esas aguas el espejo necesario de su éxodo particular. Al hacerlo confeccionó también un nuevo capítulo en la historia familiar: el regreso de la nieta al hogar de los abuelos. Dos generaciones entretejidas por la certeza de que la tierra es importante si se la mira al otro lado del Atlántico. Nada más aterrizar, ella se abandonó a la escritura para mantenerse erguida. Y así, a base de asombro e ira, fue confeccionando unas Crónicas barbitúricas (Círculo de tiza) que ahora, casi catorce años después, llegan a las librerías para avisarnos de que nadie vive a salvo de la patria, pese a que haga tiempo que esté muerta. Hablamos con ella.

Pregunta: ¿Toda escritura es barbitúrica?

Respuesta: Depende. No a todo el mundo le sienta bien la misma medicación. No funciona siempre igual. Pero, en principio, yo creo que uno no escribe de esta manera compensatoria, y buenista, de "escribo para ser feliz", o de "escribo porque sufro y soy un maldito". No. Uno escribe como una reacción natural. Hay cosas que no se pueden contener: la risa, o el hambre, por ejemplo. Escribir es un poco lo mismo.

P: Es curiosa esa palabra: barbitúrico. Puede entenderse como anestésico, ¿escribir de esa forma no puede referirse a una especie de rechazo a la consciencia?

R: Pero es que te estás poniendo muy intenso. Realmente lo de barbitúrico era una manera de hacer risa. Fíjate que siempre tenemos la imagen del barbitúrico asociada a la de la escritora que muere, tipo Alejandra Pizarnik. Entonces sí, en ese sentido sí que el libro tiene algo de esa cosa intensa, pero al plantearlo en forma de crónicas lo que quería era reírme un poco de ello. Es una parodia, pero sin estar exenta de esa propia intensidad que tiene la burla.

P: Lo decía porque me llama la atención que aquello que fue escrito por una mera "necesidad médica", si es correcto llamarla así, pueda a veces llegar a resultar muy lúcido para la gente que lo lee más adelante.

R: Pero es que la lucidez no está reñida con el medicamento. En el caso concreto de este libro, yo trato de iluminar ciertas cosas desde una perspectiva muy personal. Se me ocurre el relato de la crisis, por ejemplo, en el que yo estoy buscando un cajero y no consigo encontrar ninguno porque están todos vacíos y no tienen dinero. Lo que hago es tratar de iluminar una realidad, tal vez de forma ácida. De hecho, realmente estas crónicas comenzaron como un ejercicio que yo me impuse para mantener la lucidez, cuando me vine aquí. Lo que pasa es que después terminaron convirtiéndose en un punto de vista. Sobre todo cuando al final me acoplé a este nuevo lugar donde ahora vivo, y me sentí capaz de opinar de otra manera. La crónica, tal y como está entendida en este libro, bebe mucho de la crónica que yo empecé leyendo. La de Carlos Monsivais, la de Alma Guillermoprieto, e incluso, si me apuras, la crónica del Nuevo Periodismo y de Tom Wolfe. Era lo que me salía en esos primeros momentos en España, cuando yo aún no trabajaba como periodista pero deseaba hacerlo.

P: Hablando de eso, me llama la atención también cómo la mirada de un extranjero puede llegar a enseñar más de un país que las opiniones que de él tienen sus propios ciudadanos.

R: Porque es un punto de vista diferente. La literatura lo que te da son puntos de vista. Esa cierta capacidad de cambiar la perspectiva. Es como mirar a la realidad desde distintos ventanales: unas veces se iluminan unas cosas y otras veces otras. En ese sentido, incluso hay algunas de estas mismas crónicas con las que ya no estoy de acuerdo. Hay una que está ambientada en el Café Comercial —cuando era un bar feo que olía a Ducados—, en la que relato la impresión que me causa una discusión sobre la Guerra Civil que estaban manteniendo unos ancianos. Yo creo que no entendí muy bien muchas cosas de la conversación, pero ahí quedó, porque me parecía honesto el propio asombro que me generaron en ese momento. Para mí era nuevo, pero es una cosa tan antigua como la españolidad misma. El no estar de acuerdo forma parte de la manera de ser española, pero yo no lo comprendía. Ahora hay cosas que dejé de mirar con tanto asombro: los músicos callejeros antes me parecían algo excepcional. Me parecía rarísimo que alguien cantara para vivir… Porque el transporte público en Caracas, en la ciudad donde yo crecí, era una cosa distinta, mucho más agresiva.

P: Eso me recuerda a la coreografía del paraguas, que mencionas en el libro.

R: Ay, sí. Además es algo que me sigue pasando un poco. Recuerdo un día, hace años, volviendo de salir con una amiga, que vi llegar a un grupo de chicos por la calle y me asusté tanto que me di la vuelta y eché a correr. Realmente me costó mucho quitarme la inseguridad en el espacio público. Pero bueno, también creo que todo eso va desapareciendo poco a poco en el libro. Como que todo se va deslavando y me voy poniendo un poco más ácida.

P: Sí, es cierto, pero es que este libro, al final, es un libro sobre la patria. ¿Qué es la patria para ti?

R: Pues con respecto a eso yo he ido creando un artefacto en el que me he quedado a vivir: que la patria es un lenguaje. Para mí la patria es el lenguaje, sinceramente. La capacidad de crear un espacio para escribir. Lo que pasa es que la pertenencia para mí… Por ejemplo, yo ahorita me siento más cómoda aquí que en el lugar del que salí. Pero también me pasa que me encanta moverme. Me gusta mucho la variedad de lugares, el nunca estar en un mismo sitio, aunque para mí sería muy difícil abandonar Madrid. Para mí Madrid es un lugar de pertenencia. ¿Pero una patria? No lo sé. Probablemente una patria es el hecho de escribir, el escritorio. El teclado es la patria.

P: Has mencionado Madrid. ¿Es necesario que haya lugar para que haya patria?

R: Sí, sí lo es. O sea, en el fondo uno cree que no, y uno elabora… Quiero decir, yo puedo elaborarte ahora una respuesta hablándote de que la patria es el lenguaje, y es verdad, pero en el fondo somos seres humanos. Necesitamos un lugar de pertenencia, un lugar de arraigo. Hay cosas que te definen, que te marcan. Si creciste en el campo, cuando huelas algo parecido a la yerba fresca sentirás querencia. Lo mismo que si creciste en el mar. Ese tipo de cosas te marcan igual que el lenguaje. Pero por eso el lenguaje es patria también: tú de niño aprendiste a hablar de una manera. Esos énfasis se te quedan y luego, cuando vuelven a ti de adulto, son tremendamente iluminadores.

P: Hay algo ahí muy llamativo y muy revelador. Tú en el libro relatas ese asombro y esa ira que surgieron al sentir el desarraigo; y el desarraigo surgió pese a que, realmente, estabas regresando a la tierra de tus antepasados.

R: Claro, absolutamente. Por eso en el libro hay algunas crónicas en las que me pongo como obsesiva hablando de mis abuelos. Lo que pasa es que mis abuelos nunca hablaron de España. Estaban demasiado heridos por la Guerra Civil. Yo creo que España era tan dolorosa para ellos como para mí lo es Venezuela ahora. No hablaban. Así que, cuando yo llegué aquí, lo que hice fue exhumar, de alguna manera, la españolidad de la familia. Y creo que fue saludable, dentro de todo. De hecho a día de hoy hay momentos en los que me siento profundamente española. Y no lo digo porque mi familia lo fuese, sino porque yo me he ganado la españolidad a pulso. Me gusta mucho el temperamento español, que tiende mucho a juntarse en el desacuerdo. Aquí, no estar de acuerdo es una manera de compartir. Todos ustedes son distintos, cada parte de España es distinta, pero es magnífica. Es una sensación de contradicción que a mí me gusta. Además es algo que me ha ayudado a desdramatizar, porque mi concepción de lo patrio es muy dramática.

P: Otros, sin embargo, ven en esa idiosincrasia española del desacuerdo el germen de todos nuestros problemas.

R: No estoy del todo de acuerdo con ellos. Si te fijas esa es una discusión muy antigua. Pérez-Reverte, en Una historia de España, dice que no es que los españoles se odien, es que se olvidan de los conflictos que han tenido anteriormente. España tiene una serie de componentes muy luminosos, lo que pasa es que también es cierto que algunas decisiones político-administrativas han acentuado las diferencias. Pero yo creo que España no podría plantearse de otra manera. En su profunda diferencia está la clave del brillo que tiene. Porque la uniformidad nacional no existe como tal. Quiero decir, existe en el sentido de que comparten una historia, unas leyes, un territorio, una Constitución, pero lo luminoso para mí es que no se parezcan. Y que no estén de acuerdo, insisto. Me parece lo mejor del mundo.

P: Pero hablando de patria y pertenencia: leyendo tu libro uno no puede más que plantearse hasta qué punto la patria es una herencia injustificable. Esa necesidad no elegida y dolorosa a la que, además, a veces nos vemos obligados a renunciar.

R: Pero también es verdad que esa visión, que yo alguna vez pude tener, es una visión muy clausurada. Porque en mi caso particular, el de Venezuela, por ejemplo, los problemas con la aparición de un régimen dictatorial no vinieron de la nada. Todos fuimos un poco responsables de que el río llegara tan lejos. Quizás no en el desarrollo más reciente, pero sí en que eso ocurriese. Hubo una cierta ingenuidad cuando se confió en el hombre fuerte, elegido para guiar al pueblo. Me molestan muchísimo los personajes de ese tipo. Me molestan los iluminados y los mesías. Pero hablando de la patria, yo he aprendido a entender que España es realmente el lugar en el que yo he elegido vivir. Por lo tanto, tengo que adaptarme a este lugar. Hablar como se habla aquí, conocer la historia española, leer literatura española. No me gusta nada el lloriqueo de aquel que le reprocha al país de llegada su sentirse desarraigado. No, no, si te quieres quedar aquí, te adaptas. Y aprendes a convivir, y te enteras de quién es el alcalde de la ciudad, y empiezas a leer la prensa. Porque si no, no te vas a adaptar nunca. No vas a estar ni aquí ni allá. Y el país que te recibe no tiene la culpa.

P: Pascal Bruckner pone el ejemplo de Nabokov como el del verdadero hombre cosmopolita.

R: Exacto. Nabokov es el ejemplo perfecto. Si te fijas él llegó a escribir perfectamente en inglés. Lo dominaba.

P: Claro. Y su ejemplo es llamativo porque la barrera del lenguaje era absoluta. Creo que precisamente por eso existe la creencia de que el exilio entre hispanohablantes no debe ser tan doloroso, ya que esa barrera no parece tan radical.

R: No es tanta, tienes razón. Pero es problemática igual, porque hay unas capas de sentido que uno desconoce cuando aterriza. El castellano y el español no se parecen. Y eso para mí sí fue complicado. Recuerdo que cuando yo llegué acá me dijeron en la universidad que escribiese, por favor, en castellano. Y era completamente lógico. A día de hoy yo ya no entiendo la prensa latinoamericana. Leo un titular y lo veo incomprensible. Al final me acostumbré muchísimo a escribir con las palabras y los usos del castellano. Ahora no me las puedo quitar. De hecho, me gustan muchísimo más. Lo que pasa es que al principio te resistes por la costumbre. Recuerdo también, por ejemplo, que la forma de hablar de ustedes me parecía demasiado directa. Me llegaba a sentir como lesionada, incluso. Pero ahora ya hablo igual. Y me parece mucho mejor. No hace falta utilizar quince palabras y súplicas para pedir fuego. Por otro lado se dice que la amabilidad y la dulzura latinoamericana son un signo de identidad, pero a veces me parecen demasiado cursis, si te soy sincera. Es cierto que es una forma de hablar sonoramente atractiva, pero también es tremendamente impráctica. Yo he llegado a un punto en el que cada vez me cuesta más comunicarme cuando vuelvo allá. Pero es que también son trece años, y además fueron los años más destacados de mi biografía, a partir de los 23, cuando ya había leído y comenzaba a desarrollar mi propio pensamiento.

P: De hecho esa evolución se deja ver en tus Crónicas barbitúricas. Hay textos en los que se entremezclan dos voces, la de la Karina de entonces y la de la Karina de ahora. ¿Cómo es escribir un libro a cuatro manos contigo misma?

R: Uf, es horrible. Es como cuando ves fotos tuyas de joven, y dices: "Pero madre mía". "¿Pero cómo podía pensar eso?". Aunque también hay otros momentos en los que te dices: "Cómo echo de menos la energía de la Karina que escribió estas crónicas". Era un momento en el que yo estaba muerta del asco. Me moría de ganas de hacer periodismo pero todavía no podía. Después ya seguí escribiéndolas desde una perspectiva más emocional.

P: Se nota mucho el componente periodístico en ellas, es verdad.

R: Sobre todo las del comienzo. Era una de las cosas que más frustración me generaba. Cuando llegué, yo comencé trabajando como ejecutiva de cuentas, pero lo que más quería era hacer periodismo. Ten en cuenta que yo venía de trabajar de periodista desde los diecisiete años. Y claro, me sentía descolocada.

P: ¿Tu vocación fue periodística o literaria?

R: Las dos. Van muy aparejadas. Más que periodismo, es la palabra y las ideas. Creo que por cobarde, afortunadamente, estudié periodismo. Porque no quise estudiar letras para no reducirme el campo. Y menos mal que lo hice. Si hubiese estudiado letras quién sabe si hubiese acabado secuestrada en un pequeño claustro filológico. No sé. Pero yo tengo la sensación de que es la palabra. El gusto por el lenguaje. Después, claro, creo que el periodismo es una herramienta profundamente literaria. A veces bastante importante. Tú lees a Larra, por ejemplo, y dices: "Madre mía, qué capacidad para diagnosticar una época". El periodismo aporta muy buenos puntos de vista.

P: Este año has publicado La hija de la española, novela, que ha sido todo un éxito además. Ahora unas Crónicas barbitúricas más cercanas al género periodístico. ¿Qué relación hay entre los dos textos?

R: Pues que uno fue el laboratorio del otro. Crónicas barbitúricas se iba a publicar antes, de hecho. Este libro se publica ahora porque hubo que retrasarlo. Cuando Lumen se decidió a publicar La hija de la española se empeñó en que las Crónicas no podían salir antes, que si iba a debutar con ellos iba a debutar con ellos. Entonces, Eva Serrano, mi editora y una de las mujeres más elegantes y generosas del mundo, lo atrasó un año. Pero bueno, en definitiva, lo que es cierto es que muchas de las intuiciones que aparecen en La hija de la española ya habían sido tocadas en Crónicas.

P: ¿Y hasta qué punto un libro como este, casi como un dietario, puede enseñarnos más del escritor que lo ha confeccionado —y de su técnica— que cualquiera de sus novelas?

R: Puede decirnos muchísimo, absolutamente. Este tipo de libro es como una trastienda. Lo que pasa es que un escritor lo que tiene que hacer es crear una obra. Vivir de uno mismo se agota rápido. Tú no puedes sostener la autoficción mucho tiempo. No eres tan interesante. Bueno, a no ser que seas Jack London, o Hemingway, o Melville, claro. Ellos sí podían hacerlo porque tenían vidas fascinantes. Pero seres urbanos como nosotros, enfrascados en nuestras pequeñas miserias y en nuestros dramas alimentarios… Me parece una impostura que podamos plantear que esa literatura pueda interesarle a alguien realmente. También es cierto que si eres un genio del lenguaje tal vez logres compensarlo, no sé. Pero yo creo que los escritores lo que quieren es construir grandes artefactos. Por eso yo desconfío tanto de toda esa autoficción urbana cargante y fastidiosa.

P: De todas formas, al final tu obra se ha visto muy marcada, como es lógico, por tu propia biografía. ¿Cómo ves la situación actual de Venezuela?

R: Es mucho más trágica, en el sentido de que, evidentemente, una solución política no va a llegar. Por lo menos pronto. Ya no existe aquella sensación optimista de que podía prosperar un diálogo. Creo que esa opción está casi sepultada. A Juan Guaidó le quedan unos pocos meses de presidente de la Asamblea, que es desde donde podría convocar elecciones, pero creo que su manejo de la situación no ha sido el adecuado. De todas formas, lo verdaderamente trágico, lo que hay que subrayar realmente, es que la crisis económica y moral es de proporciones gigantescas. Por dos razones: primero porque los que no tienen acceso a divisas no pueden acceder al mercado negro tampoco, y por tanto, o se van a la frontera o viven casi como miserables; y luego porque existe una "casta", de gente cercana al Gobierno, que tiene acceso a divisas y lava dinero y que está generando una realidad paralela insultante. La división social es mucho más profunda ahora que cuando el chavismo empezó. Entonces, ¿eso era la revolución? ¿De verdad me van a decir que para eso era necesario que pasaran veinte años? Yo no creo, sinceramente… Para superar esta gran desaparición nacional vamos a necesitar un par de generaciones por lo menos. Yo no creo que yo lo vea. Imagínate, si ahora mismo no tenemos cifras. No tenemos cifras de inflación. Hubo rebrotes de enfermedades que estaban erradicadas. No hay cifras de asesinatos. No hay cifras de nada. Las únicas cifras más o menos fiables que tenemos son los informes que presentó Bachelet ante la ONU. Una diáspora de 4 millones de personas… Creo que Venezuela es un expaís, sinceramente.

P: ¿Pero ves una posible salida? ¿Qué itinerario seguiría Venezuela si tú escribieses la novela de su reconstrucción?

R: Pues lo deseable, primero de todo, sería una convocatoria electoral. Con observadores internacionales. Tendríamos que llegar a un acuerdo con el chavismo. El régimen bolivariano es fundamental para hacer una transición. Tenemos que ponernos de acuerdo. Pero hay cosas que no son negociables. Tenemos que tener una convocatoria electoral y a partir de ahí, partiendo del hecho de que no hay una realidad inventada, comenzar a construir. De un día para otro no va a surgir un país diferente, sino que es necesario seguir trabajando. Después comenzaría un proceso de reconstrucción nacional, primero, y de investigación, segundo. Habría que hacer una comisión de la verdad y aclarar una serie de desmanes y crímenes de Estado. Por ejemplo, una de las cosas más graves que hay ahorita son los grupos de élite de ejecución, que están haciendo ejecuciones extrajudiciales. En otras palabras: están matando a la gente como a perros. Son ejecuciones sumariales, y eso es muy preocupante, porque esa violencia, una vez la desatas, ya no la puedes contener. En Venezuela hay una violación de los derechos humanos manifiesta. Las FAES han sido utilizadas para luchar contra la delincuencia, ¿pero cuánta gente inocente es ejecutada como si fuera delincuente? Estamos viviendo sobre una montaña de gente muerta, y estaría muy bien que hubiese justicia.

P: Sin embargo, últimamente, a este lado del charco parece que el sistema democrático liberal está cada vez más desprestigiado.

R: Sí, y es un error. Los edificios no hay que volarlos. Si un edificio tiene goteras y grietas, no tienes que dinamitarlo. Hay que reformarlo. Y ahí está el punto. Yo hay veces que encuentro cierta frivolidad en las generaciones más recientes. Con todo el respeto posible: España hizo un milagro con la Transición. Un verdadero milagro en tiempo récord. Además, después de llevar cuarenta años aislada. Tenían motivos suficientes de odio y para no ponerse de acuerdo. Pero los socialistas, y los comunistas y las fuerzas más conservadoras consiguieron sacar adelante la Constitución. Entonces, yo percibo hoy día un cierto adanismo, y un desconocimiento enorme por parte de la gente más joven. Creo que la socialdemocracia tiene que ser replanteada. Reformada. Ya no podemos resolver los problemas actuales de la misma manera que hace cincuenta años, pero eso no quiere decir que tengamos que derribar todo lo que sí que sirve. Porque vamos a ver, venga, no queremos democracia, ¿me das alguna alternativa?

P: Aún así, todavía perviven discursos dispuestos a blanquear las dictaduras. Aquí en España se mantienen los que tratan de justificar a Maduro y al régimen venezolano.

R: Sí, eso es a lo que yo llamo la erótica revolucionaria de cierta izquierda europea. Una de las cosas que peor lleva la izquierda europea más romántica es que le desmanteles el mito del buen revolucionario. Realmente se trata de una cuestión un tanto paternalista. "A mí me encantan los revolucionarios, pero muy lejos". Sartre yendo a que le encendiera el puro Fidel Castro. Y muchas de esas ensoñaciones permanecen muy en pie. Es algo hasta cierto punto comprensible, pero no justificable. Porque ya ha pasado el tiempo. Vivimos en un mundo globalizado en el que podemos comprender las cosas y contextualizarlas. En España, por ejemplo, Podemos es muy beligerante a favor de los regímenes revolucionarios de América Latina, no solamente porque viven de ellos, sino porque también comparten ese adanismo y ese enamoramiento. Como si los revolucionarios fuesen compensatorios, cuando realmente se suelen comportar mucho peor. Entonces, bueno, yo puedo comprender que exista cierta confusión con respecto a este tema en ciertos sectores. Lo que no puedo tolerar es que esa confusión se cuele en la política.

P: ¿Cómo ves la situación política española actual?

R: Estoy preocupadísima. Básicamente por el peso increíble que está teniendo el nacionalismo en la política nacional. Toda la investidura ha pasado por el apretado paseíllo catalán. Y aquí hay temas morales que son realmente lesivos. ERC está teniendo una actitud prácticamente matonil, de extorsión, con el Gobierno. Y además, es que el PSOE está negociando con un partido cuyo líder está encarcelado por violar la Constitución.

P: ¿No es paradójico que sean ciertos grupos de izquierda los que están comulgando con el nacionalismo?

R: Yo lo que no puedo entender es cómo el Partido Socialista puede haber comprometido al Estado de tal forma. Que Iceta salga ahora con el tema del plurinacionalismo. Hay una confusión enorme, y las palabras ya no son importantes. Ya no tienen respeto ni por el uso de las palabras. Todas esas ambigüedades, en el fondo, lo que están haciendo es socavar la ley. Lo más básico e importante, que es la Constitución. Si esta gente quiere convocar un referéndum, que ellos mismos se tomen el trabajo de plantear una enmienda a la Constitución, que es la vía democrática. Es la más larga, claro, y la más terrible, pero es la vía democrática. Yo, de verdad, no puedo comprender cómo se les puede blanquear de esa forma, y cómo se les puede dar entidad, y que se sienten en una mesa. Personas que han intentado socavar el Estado democrático español. No lo entiendo. Porque, todo sea dicho, Mariano Rajoy era un incomparecente, pero Pedro Sánchez es un irresponsable.

P: Y a todo eso hay que sumarle la aparición de Vox.

R: Sí. Vox es, para mí, un populismo de derechas. Con una serie de cuestiones añadidas, y es que son muy cerriles. Realmente tienen muy poca enjundia intelectual. Y se les nota mucho cuando hablan. Forman esos incendios porque en buena medida no son personas demasiado brillantes. Lo que pasa es que trabajan con las emociones. ¿Qué iguala a Podemos y a Vox? Su uso de las emociones. Su uso del agravio. El voto de Vox ha crecido, si te fijas, porque la gente lo que hace es castigar a los demás partidos. Ellos usan temas efectivos. Usan el tema del machismo y del feminismo. Cuestiones con las que la gente tiene reacciones emocionales. Si fueran un partido de extrema derecha de verdad, se habrían metido mucho más con el aborto, o con la eutanasia. Habrían entrado más directamente a esos temas. Pero no, no, ellos lo que son son populistas de derechas. Y van a jugar un poco a azuzar a los votantes del PP denunciando la tibieza del partido. Pero fíjate que Podemos es lo mismo. A Podemos le importan tres pepinos sacar adelante un gobierno. Ellos lo que quieren es utilizar nuevamente el sentimiento del agravio pero por el otro lado.

P: ¿Cuánta responsabilidad ha tenido la prensa en todo esto?

R: Pues yo creo que los periodistas tenemos una cierta tendencia a flagelarnos. Es cierto que en muchos sentidos nuestra labor es mejorable. Pero también creo que las personas que quieren informarse no pueden acudir únicamente a un medio de comunicación. Para poder tener una imagen de conjunto lo más completa posible uno tiene que acudir a todos los medios y tragarse todos los puntos de vista. Entonces, atacar a la prensa, como hacen en Cataluña, por ejemplo: "Prensa española, manipuladora". En las sociedades donde empieza a decirse eso, las cosas acaban mal. No estoy diciendo que Cataluña vaya a acabar bajo un régimen dictatorial, pero esos factores demuestran una falta de salud democrática importante.

P: Tú llegaste aquí hace más de diez años. Ahora estamos así. ¿Cómo has ido viendo esta evolución?

R: España está buscando lo que no se le ha perdido. Y lleva rato en eso. Hay que tener cuidado, no vaya a ser que les salga un monstruo del armario. España, cuando yo llegué, estaba en plena fiesta y borrachera económica. La gente dejaba el trabajo para apuntarse al paro; dejabas un trabajo y conseguías otro acto seguido; las hipotecas te las regalaban; y de pronto hubo un crack muy grande. ¿Qué pasa? Que con el crack económico vino un crack político. Hubo una epidemia generacional que se tradujo en una fumigación de los líderes intermedios. Y entonces los delfines estaban demasiado crudos como para asumir el relevo. Pese a todo, ¿cómo está España? España está bien, y sigo pensando que todavía tiene instituciones fuertes, pero insisto: está buscando lo que no se le ha perdido. Y eso me preocupa. Realmente es que no entiendo cómo Pedro Sánchez y su equipo pueden ser tan irresponsables.

P: ¿Pero el PP habría sido más responsable si se encontrase en una situación comparable para sus intereses?

R: Es que no puedo imaginarme a ninguna otra fuerza política protagonizando semejante irresponsabilidad. Pedro Sánchez lo que quiere es permanecer en la Moncloa como sea. A costa de la salud de una serie de instituciones democráticas, insisto. Tú no puedes acorralar de esa manera a las instituciones. No puedes. No puedes usar el CIS como lo estás usando. No es un instrumento de tu partido, es una institución que pagan los españoles. No sé...

P: ¿Existe algún remedio para el asombro y la ira?

R: No, y tampoco creo que sea bueno curarlas. El asombro te hace estar despierto, tener curiosidad; y la ira, como yo digo siempre, es la primera palabra sobre la que se levantó la literatura: la cólera de Aquiles. Así que no creo que sea necesario curarlas. Son bastante saludables, en sus dosis necesarias.

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