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José María Marco

La imaginación realista. La Quinta Serie de los 'Episodios nacionales'

Ahora que parece que vamos a iniciar un nuevo experimento en federalismo, no está de más releer las páginas que Galdós dedicó a la República federal.

José María Marco
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Ahora que parece que vamos a iniciar un nuevo experimento en federalismo, no está de más releer las páginas que Galdós dedicó a la República federal.
Caricatura de Galdós escribiendo los 'Episodios nacionales' | Wikipedia

Clío, la musa de la Historia y Tito Liviano, historiador y periodista, son los dos protagonistas de la Quinta serie de los Episodios nacionales, al menos de los cuatro últimos (Amadeo I, La Primera República, De Cartago a Sagunto, Cánovas). Hasta ese punto la Historia se ha convertido en el centro de las preocupaciones de Galdós en los últimos años de su vida, entre 1907 y 1912, antes de fallecer en 1920.

Clío ya había aparecido en algunos episodios de series anteriores. Ahora pasa a ocupar el centro del relato. Unas veces bajo la figura de una majestuosa diosa que "vestía la clámide griega, calzaba el coturno y ceñía su frente la diadema cuyos reflejos iluminaban el Espacio y el Tiempo". Otras como una dama elegante, "a la última moda" y otras, cuando los seres humanos le hacen perder su dignidad, bajo los de una mujer mayor, "con mantón y delantal, arrastrando gastadas pantuflas en chancleta". Entonces será Mari Clío, o la Tía Clío, que parece confundirse con una prendera que atiende un comercio de cachivaches y papeles viejos. Como personaje sobrenatural y divino, tiene el don de aparecer y desaparecer a su antojo. Posee una memoria tan larga que parece haber conocido los lejanos tiempos del paraíso terrenal. A veces la llaman Madre, como la Madre de El caballero encantado (1909), y otras Madre Mariana, en referencia al Padre Mariana, príncipe entre los historiadores españoles. En Madrid, se aloja en la Real Academia de la Historia, más precisamente en la portería.

Tito Liviano es un hombre joven, periodista, buen conocedor de los ambientes políticos madrileños. Simpático, de curiosidad insaciable, también es de baja estatura, y de ahí que su nombre también se preste a variantes: Titín, Titillo, Mico e incluso, en castellano afrancesado, Tit, más exactamente "mon cher Tit". (Este último a cargo de una amiga suya, Leonora, una murciana ambiciosa capaz de trepar con su belleza y su inteligencia hasta lo más alto de la vida mundana de Madrid. Incluso especula con un título, el de duquesa de Mula, su pueblo natal, y para que suene mejor se divierte con el de "duquesa de la Mula del Nacimiento".) De condición mortal, Tito no se mueve con la soltura con que lo hace su protectora Clío, pero su sensibilidad, su versatilidad a la hora de adoptar los puntos de vista de los periódicos en los que escribe y su olfato para estar en el sitio adecuado, le han merecido el sobrenombre de Proteo, en referencia al dios capaz de adoptar formas múltiples e inesperadas. "Chiquitín, travieso y enamorado", es incapaz de vivir sin amor y su capacidad de seducción le lleva a enganchar una tras otra, y a veces simultanear, las aventuras eróticas. Galdós se toma así la ocasión de presentar una soberbia galería de personajes femeninos, desde Graziella, joven medio judía de origen italiano que se va desmaterializando al incorporarse al séquito de Clío, hasta la muy modosa Casiana, la última que nos presentará, pasando por la ya conocida Leonora, o Leona, y la "pizpireta y apañadita" Candelaria Penélope, "aprendiza masona", autora compulsiva de panfletos políticos.

El solo nombre de Tito, no digamos ya lo de Liviano, le predispone al trato con la Historia. En 1910, a los 37 años justos de la salida de Amadeo I de España, Tito se encontrará en la Puerta del Sol —escena cervantina donde las haya— con un amigo de entonces, un "isleño" –canario— al que le queda "algo" por hacer y que le encarga la redacción de una crónica de lo ocurrido cuando los dos fueron jóvenes. Así volveremos a los tiempos del Sexenio. Ahí arrancan los recuerdos de Tito, pluma vicaria del "isleño" Galdós, que llegó a Madrid en 1862, fue testigo directo de la caída de la Reina y se enfrentó a no mucho tardar, en 1873 (fecha de la publicación de Trafalgar, el primer Episodio nacional) a la gigantesca tarea de retratar su siglo y la aventura liberal española. Tito presenta algún rasgo propio de Galdós, como, sin contar el interés por las mujeres, un episodio de ceguera, pero al interponerlo entre él mismo y su obra, cambia la naturaleza de esta. En vez de un Tito Livio, tendremos un Tito Liviano, travieso y de menor ambición. Galdós no se siente con fuerzas para continuar la gran saga nacional y liberal, convertida en un relato más próximo que nunca a la vida común –en cuyo retrato vuelve a desplegar su arte intacto—, ajena a la gran Historia pero en cruce permanente con esta. También Clío se complace en las nobles estancias del Palacio de Oriente y en los barrios más populares de Madrid, allí donde acude Tito, como el propio Galdós, para distraerse y observar y escuchar a un pueblo "pobre, liberal y entusiasta", como el barrio de Lavapiés.

El joven "isleño" no es el único en haberse dado cuenta del talento de Tito. Clío le da consejos, como el de que se vista bien cuando llega la Restauración porque el nuevo régimen lo es sobre todo de las apariencias. Lo saca de apuros, como aquel en el que se mete cuando, para gastar una broma a una audiencia transida de carlismo –la "causa de Dios"—, Tito hilvana un extraordinario discurso en pro de una "República Hispano-Pontificia". Clío lo toma a su servicio como cronista, le proporciona ropa, dinero, y acaba regalándole una pluma que sólo escribe la verdad. Verdad problemática, claro está, porque Tito, como sus contemporáneos, ha dejado atrás el positivismo que triunfó tras el experimento del Sexenio revolucionario. A esas alturas de principios del nuevo siglo, ya no hay una correspondencia precisa entre los hechos y su sentido. Hasta tal punto que la realidad se desmaterializa y se confunde con otro mundo, puramente espiritual, y el pobre Tito –sujeto a alucinaciones que no sabe si son tales— acaba sin saber cuál sea la realidad. (El predecesor de Tito en los Episodios anteriores, el también historiador Confusio, acabó sus días en el manicomio de Leganés).

Este desorden se corresponde con el sinsentido de la propia Historia. La 'Gloriosa' Revolución de 1868 queda echada a perder con el asesinato de Prim y culmina en el delirante Cantón de Cartagena y una nueva guerra carlista, de la que Galdós retrata el sitio de Bilbao y la entrada en Cuenca de Doña Blanca de Borbón. Todo termina con la llegada de Cánovas en el poder, cuando echa los cimientos de un régimen acusado en estos Episodios de falsificador, infectado de clericalismo, apoteosis de la corrupción y la mediocridad.

En los años de redacción de esta Quinta serie, Galdós militaba en las filas republicanas, después de haberlo hecho en las de Sagasta. Hacía gala de un anticlericalismo feroz y acabaría próximo al Partido Socialista, que contemplaba como la última esperanza para su país. Se inclinaba por tanto hacia propuestas cada vez más radicales. Por su parte, la nueva literatura de los que pronto integrarían las filas de Generación del 98 había ido más allá del espiritualismo por el que el propio Galdós venía interesándose desde finales de siglo. La crisis cultural, social, política y estética de aquellos años hacía imposible volver al realismo de las Novelas contemporáneas. Tampoco era posible continuar la saga del liberalismo español de los Episodios.

Galdós estaba cansado y enfermo. El impulso que había sostenido su obra estaba agotado y el mundo que él mismo había contribuido a levantar –la Monarquía constitucional de Cánovas y Sagasta— aparecía ahora como un fracaso rotundo, aunque Galdós no siempre fue de esa opinión. La falta de sentido, convertida en una obsesión en esta Quinta serie, aparece resumida en la carta de Clío que cierra el último episodio: "Los políticos se constituirán en casta (…). No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias". De la historia que "hemos escrito" –dice Clío— los futuros españoles pensarán que son "cuentos disparatados para educar a los niños en la barbarie y la imbecilidad".

No era del todo así. Lo que estaba fracasando era la democratización del liberalismo, no el liberalismo, que entre 1876 (promulgación de la Constitución) y 1898 ó 1902 (derrota en Cuba y mayoría de edad de Alfonso XIII) había proporcionado al país muchos años de estabilidad y de progreso: los de las Novelas contemporáneas. Ahora bien, la perspectiva de Galdós es la de su tiempo, y la percepción del fracaso se cuela hasta la narración. El realismo deja paso a la mezcla de elementos realistas y fantasiosos; el narrador (y el autor) pierden interés por los hechos históricos; cuando no hay más remedio, Tito/Galdós proporciona un resumen más propio de un boletín oficial que de una novela; son cada vez más frecuentes los exabruptos de crítica política, que entorpecen la fluidez narrativa y dan a estos relatos una apariencia doctrinal, a veces panfletaria (en particular con un anticlericalismo, o mejor dicho antijesuitismo militante). Todo esto justifica las críticas que han recibido estos Episodios, muy distintos, y más problemáticos, que los de series anteriores.

También es cierto que a pesar de todo sobrevive la materia misma de la narración galdosiana. El patriotismo sigue siendo, como afirma Clío o Mariana, la "única pasión que da salud y vida a los pueblos enfermos". Así como no se ha destruido la confianza en la virtud del amor al propio país, tampoco se ha resquebrajado la consistencia del yo. Tito Liviano, que es fruto de la crisis del sujeto, tan característica de la época, no llega nunca a la ruptura total y de hecho es incompatible con esta. El mundo en el que vive, en particular los personajes que lo rodean, no tiene menos relieve o intensidad que los de las obras anteriores de Galdós. Por todas partes se cuela la sorna, el sentido del humor, las ganas de divertirse incompatibles con la abismal puesta en cuestión de la realidad del mundo que entonces arrasó el mundo occidental. La Historia no tendrá sentido y la propia narración de Tito Liviano parece, y está, reñida con el orden y la cronología, pero es historia viva, no aprendida en los libros. La realidad sigue siendo la gran maestra, y la imaginación, que llega a extraviar al alucinado Tito, se pone a su servicio. "¡Realidad, que hermosa eres!", exclama Tito como en una reivindicación de los presupuestos estéticos y sociales del mundo galdosiano.

Con la Restauración llega el reino de la "conciliación" y con ella el de las apariencias, lo adocenado, lo vulgar y lo cursi, que acabará siendo lo más detestable del régimen en un cierto imaginario progresista. Y sin embargo, Tito y Casiana, su novia de esos años, se pasean por Madrid reivindicando el gran pecado, aunque sea en contra de la oligarquía alfonsina: "Miradnos bien. Somos cursis por patriotismo". (Como si Galdós respondiera por adelantado al "garbancero" de Valle-Inclán.) Se diría que la materia y el arte galdosianos se rebelan contra los nuevos (pre)juicios y las nuevas posiciones. Más que una perspectiva crítica consolidada, la Quinta serie, inestable y sin posible solución ni equilibrio, aparece así como una batalla en la que se enfrentan el Galdós que no puede dejar de tener en cuenta la crisis de fin de siglo y su propia obra, que pertenece a otro mundo, más humano, más habitable que el que ya estaba ahí.

Un último apunte. Ahora que parece que vamos a iniciar un nuevo experimento en federalismo, no está de más releer las páginas que Galdós dedicó a la República federal. Sobre todo porque Galdós puso en labios de Clío un extraordinario elogio de la idea federalista.

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