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Loreto Sánchez Seoane: "Sólo conocemos una parte de la historia, nos falta la parte femenina"

La periodista y escritora publica Te quiero viva, burra, una recopilación de perfiles de mujeres relevantes aún desconocidas por el gran público.

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La periodista y escritora publica Te quiero viva, burra, una recopilación de perfiles de mujeres relevantes aún desconocidas por el gran público.
Loreto Sánchez Seoane | Círculo de tiza

Loreto Sánchez Seoane nunca imaginó que la serie de perfiles de mujeres que se dedicaba a publicar los fines de semana en El Independiente, el periódico donde trabaja, le fuese a traer mucho más de lo que quedase escrito. Todo cambió cuando Eva Serrano, editora de 'Círculo de tiza', le propuso elaborar un libro más extenso para rescatar a 30 de ellas —todas destacadas personalidades, muchas pioneras en sus materias— que, por unas cosas u otras, han llegado a nuestros días sin que se las conozca realmente. Al final el número se quedó en 27, pero así surgió Te quiero viva, burra (Círculo de tiza), un título que rescata el grito desesperado de un Cortázar que no sabía cómo convencer a su amiga Pizarnik de que permaneciese en este mundo. Se trata por tanto de un homenaje particular; de un intento esperanzado por rescatar del olvido —la muerte más definitiva— a 27 "burras" que, con su obstinación, lograron dibujar un camino posible hacia la igualdad. Hablamos con la autora.

Pregunta: ¿Has seguido algún patrón a la hora de seleccionar los perfiles? ¿tenías alguna instrucción concreta por parte de la editorial?

Respuesta: No, no. Al final, ¿de qué hablábamos? Pues hablábamos de mujeres que, o son desconocidas, o han llegado a nosotros de una manera errónea. Ese era el único criterio. Mujeres que han hecho grandes cosas: poetas, escritoras, científicas, exploradoras, cantantes… Pero que, o no han llegado hasta nosotros, o sólo han llegado como "mujeres de", o locas, o putas, o cosas así.

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Alejandra Pizarnik

P: Todas pertenecen a una época relativamente reciente. La más antigua vivió en el siglo XIX. ¿Es algo deliberado?

R: Sí, creo que la más antigua es Emma Goldman, si no me confundo. Pero sí, el libro abarca desde el año 1850 hasta el 2011, que fue cuando murió Amy Winehouse. Lo que quería era centrarme, dentro de lo que cabe, en mujeres que vivieron en sociedades parecidas, o cercanas al menos, a la nuestra. Porque claro, si me hubiese ido al 1500, evidentemente, sería una cosa totalmente distinta. Estamos hablando por tanto de sociedades ya industrializadas, en las que la mujer está intentando entrar en el mercado laboral; y yo hablo de casos concretos de mujeres que consiguieron entrar en mercados laborales hasta entonces restringidos a hombres. No ya sólo la escritura. También hay casos de científicas, o una exploradora. Mi intención era que pudiésemos llegar a comprenderlas. Que tú cuando lo leas puedas llegar a comprender cómo pensaba esa mujer, cómo sentía, y por qué pensaba esas cosas y cómo era su sociedad.

P: Sin embargo, sí que existen ejemplos de mujeres influyentes de hace varios siglos. ¿Por qué no rescatarlas a ellas también?

R: Claro, yo creo que hemos pasado por periodos, y que también tenemos ejemplos que son "El Ejemplo". A lo mejor hubo una mujer en el siglo III que destacó en un ámbito determinado. Vale, fenomenal. También había otros 500 hombres igual de relevantes. Por eso ellas son "El Ejemplo". ¿Pero dónde estaban todas las demás? ¿qué hacían? En cambio, si te vas a 1850 te encuentras con que desde entonces se han sucedido muchísimas mujeres relevantes en todos los ámbitos, pero muchísimas, y no las conocemos. En España nos pasa por ejemplo con nuestra generación del 27. Entonces hubo la misma cantidad de mujeres haciendo las mismas cosas, igual de talentosas que ellos, y no las hemos estudiado. Ahora al fin creo que ya sí que están en los programas escolares, desde hace unos pocos años. Pero es algo que a veces ha llegado a parecer deliberado, como si nos hubiese parecido mejor que nos contasen las cosas sólo ellos. Y es algo terrorífico, no ya sólo por ellas, que por su memoria estaría muy bien recuperarlas, es verdad, pero que al final están muertas, sino por nosotros. ¿Qué conocemos de la historia? ¿Solamente un trocito? Nos falta el otro trocito.

P: Es llamativo cómo ciertas personas pasan a la historia y otras no. ¿Hasta qué punto no tiene que ver tanto con el talento o los logros, y sí más con la suerte y la promoción?

R: Estoy totalmente de acuerdo con eso último. La historia, aunque intenta ser muy objetiva, sigue siendo subjetiva, porque alguien ha tenido que recoger trocitos y después contárnoslos. Habrá miles de pintores, escritores o científicos igual de meritorios que aquellos que conocemos, y sin embargo están olvidados. Hace nada ha habido un gran descubrimiento que puede ayudar a curar el cáncer, y en Twitter la gente decía que esa noticia debería haber abierto el telediario. Pues no lo abre. Ya no conocemos los nombres de los responsables de ese avance, y posiblemente dentro de cincuenta años tampoco los conozcamos. ¿Pero qué ocurre? y ya te llevo la respuesta al terreno del feminismo porque considero muy importante hacer una mirada de género sobre este asunto: que las mujeres no están nunca. No hay un equivalente femenino a un Van Gogh o un equivalente femenino a un Cortázar. Existen, pero tenemos que buscarlos, porque no nos los cuentan.

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Emma Goldman junto a Alexander Berkman

P: ¿A qué crees que se debe eso? ¿tiene que ver con una ocultación, o con que las circunstancias sociales hacían que, estadísticamente, menos mujeres pudiesen destacar?

R: Creo que tiene que ver un poco con los dos factores. Tampoco creo que la ocultación sea algo deliberado, que alguien coja una lista y tache con premeditación todos los nombres femeninos. Tiene que ver más con la educación, y con cómo ésta influye a la hora de que las personas se fijen sus referentes. Luego está el factor de las propias circunstancias de cada momento. Antes las mujeres tenían que firmar como hombres, por ejemplo. No tenían otra opción si querían que sus obras llegasen al público. Entonces, claro, influyen las dos cosas. Hay casos y casos. Se me ocurre el de Rosalind Franklin, que consigue fotografiar por primera vez el ADN, y ese logro se lo apropian sus compañeros. Claro, como ella nunca recibió el Nobel, no la teníamos ubicada.

P: Un patrón que se repite en los perfiles es que prácticamente todas ellas tienen una relación bastante directa con el arte. ¿Eso tiene que ver con tus propias preferencias a la hora de seleccionarlas, o es que no ha habido tantas mujeres relevantes en otros ambientes?

R: Bueno, una cuestión que hay que tener en cuenta es que no hay casi mujeres de clase baja en la lista. Puede haber alguna cantante, a lo mejor, pero la mayoría de las que lograron destacar venían de situaciones algo acomodadas. ¿Qué ocurre con eso? pues que todas ellas habían recibido una educación determinada, generalmente relacionada con el mundo de las Humanidades. Puede venir de ahí lo que dices. Pero también es verdad que yo me dedico a la cultura. A lo mejor si fuese científica el libro sería "Las 27 científicas olvidadas". Para mí ha sido más fácil encontrar a poetas, a escritoras y a pintoras.

P: Me pregunto qué dificultades se encuentra un biógrafo a la hora de reconstruir tantas vidas distintas. ¿Hasta qué punto hay más de ti en estas 27 biografías de lo que en un principio pudieras pensar?

R: Pues yo me he encontrado con que me daba miedo eliminar cosas que no me parecían relevantes, porque no quería que el lector conociese a estas mujeres únicamente por lo que a mí me interesa de ellas. Aún así, creo que no son perfiles objetivos. Son biografías, eso sí, y no te estoy mintiendo cuando te hablo de fechas, o de sus familias, de sus maridos y de sus hijos; pero lo que estás viendo es la imagen que yo tengo de ellas. Es evidente que estoy yo en esos perfiles. Yo me leía absolutamente todo sobre ellas, apuntaba los datos y las fechas más importantes, y luego me ponía a pensar; después, lo que aparecía en mi cabeza es lo que tú lees. Las estás conociendo a través de mí. Seguramente otra persona coja a las mismas 27 mujeres y sean completamente distintas.

P: ¿Y cómo lidia un biógrafo con la indulgencia? Me refiero, ¿has llegado a tener la tentación de maquillar o matizar las partes más oscuras de alguna de ellas?

R: Sé a lo que te refieres, pero yo diría que no. No he hecho eso en el libro. Lo que había que poner lo he puesto. ¿Has sido mala madre? ¿has abandonado a tus hijos? ¿has defendido ideas políticas que a mí a lo mejor no me parecen del todo correctas? Va a aparecer. Porque te mereces que aparezca, también. Esa fue tu vida. Lo elegiste así. Recuerdo que mi madre al leer el libro, por ejemplo, vio que una de ellas había abandonado a sus hijos y sintió un rechazo directo. Pero claro, yo le pregunté, ¿y si hubiera sido un hombre? Porque estamos acostumbrados a conocer las vidas disolutas de los grandes artistas y nos dan igual sus deslices; pero que una mujer abandone a sus hijos nos parece tan antinatural que no podemos pasarlo por alto. A veces el listón que nos ponemos nosotras a nosotras mismas es tan elevado que parece que no podemos cometer ni un fallo.

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Sylvia Plath

P: Otro tema interesante que se desprende del libro es la propia relación que tiene cada una de ellas con los hombres.

R: Claro, lo que pasa es que ese sí que es un aspecto que creo que ha cambiado mucho. Ahora el matrimonio, al menos en occidente, no es una cárcel. Pero hace cien años era él el que decidía qué hacías, cómo empleabas tu dinero, a qué dedicabas tu tiempo. Casarte era entregarte por completo y que esa persona decidiera por ti. Lou Andreas-Salomé, por ejemplo, es una mujer que no se casa hasta que no encuentra a una persona que entiende la libertad de la misma forma que ella, y que la deja hacer lo que le da la gana. Ni siquiera se acuesta con él, porque considera que al dejarse llevar por la atracción sexual se estaría entregando demasiado. Lo que pasa es que después se enamora locamente de Rilke, de un poeta. ¿Y qué ocurre? pues que tenía razón. Porque a partir de entonces sus obras son Rilke, y las obras de Rilke son Lou Andreas-Salomé.

P: ¿Pero eso desmerece su obra?

R: No, para nada. No la desmerece. A mí me gusta incluso más. Pero creo que muchas de ellas, para poder ser libres, decidieron no estar con determinadas personas. Y otras eran tan libres que les daba exactamente igual lo que pensasen. Es algo que me parece fascinante.

P: También hay otras de ellas que se sintieron atrapadas en sus relaciones, de alguna manera.

R: Claro, la última parte del libro, a la que he titulado ‘Las vigas’. Mujeres que asumieron que, bueno, que era más importante él que ella. Cuando a lo mejor eran incluso mejores que sus maridos. Pero dan un paso atrás porque se dan cuenta de que la sociedad prefiere al hombre que a la mujer, y que es más importante que el hombre triunfe a que triunfen ellas. Luego, en muchos de esos casos, lo que ocurre es que se mueren sus maridos y ellas reviven. Lee Krasner, la mujer de Pollock, cuando murió su marido revivió artísticamente. ¡Y llegaron a decir que le estaba copiando! No, colega. Pero me parece muy interesante esa relación del hombre como sujeto de contención de la mujer. Porque lo fue durante mucho tiempo. Yo ahora no considero que nadie me esté tirando hacia abajo, pero en ese momento sí que era así.

P: Otro patrón que se repite en muchas de ellas es el desequilibrio, si puede llamarse así.

R: Bueno, algunas de ellas estaban desequilibradas realmente. Diagnosticadas. Y otras muchas estaban desequilibradas, es cierto, pero porque las habían vuelto completamente locas. Tú imagínate que quieres hacer algo, no entiendes por qué no puedes hacerlo y te dicen que no. Imagínate que publicas un libro maravilloso que te colma de elogios pero, de repente, no puedes entrar en determinados círculos. O que tu marido te impide hacer determinadas cosas. Te vuelves tarumba. No es que estuviesen locas, es que las volvieron locas. Vivían en sociedades que desequilibraban a cualquier mujer que quisiese ser libre. El problema de estas mujeres, y su virtud, es que el cuerpo les pedía una serie de cosas y ellas no eran capaces de contener esos impulsos. Luego, por otro lado, aquí también hay tías que estaban locas de verdad. Sylvia Plath tenía una bipolaridad.

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Lee Krasner

P: ¿Perdura alguna barrera de ese tipo a día de hoy?

R: Amy Winehouse está en el libro y murió ayer. A ella, que era una cantante maravillosa y una compositora genial, la vemos como un juguete roto. Únicamente como a una niña manejada como un títere; que puede haber algo de razón en eso, no lo niego ¿pero dónde está lo demás? Ha habido muchísimos artistas manipulados por sus mujeres, y eso no lo resaltamos. Pero Amy es el juguete roto. La yonqui. ¿No te has fijado que el yonqui mola pero la yonqui no? Pete Doherty no es Amy Winehouse. Y ahí está el problema, que seguimos teniendo dos miradas distintas. Y seguimos tratando a las mujeres con un tono paternalista.

P: A veces también parece complicado tratar el tema de la mujer, siendo hombre. Se va con pies de plomo.

R: Sí, por la corrección política, ¿no? El miedo a decir algo que tienes asumido como correcto y realmente no lo es. Me pasa a mí también, eh. O sea, creo que la ola feminista que tenemos es genial. Tendremos que hacernos con ella, manejarla y moldearla, pero no está mal ese miedo. Hará que tengas más cuidado y que te fijes más en ciertas cosas. Lo que no está bien es que nos aproximemos al trabajo de las mujeres de manera distinta. Es algo que nos ha pasado siempre. Ese: la escritora escribe para mujeres; la directora hace pelis de tías. ¿Qué pasa? ¿Yo me tengo que comer a Houellebecq y sus pajas y me tiene que parecer maravilloso pero tú no puedes leer que yo estoy embarazada? Porque hay cosas por ahí que a mí a veces me da hasta reparo leerlas en el metro, por si alguien lo lee por encima, ¿pero luego no se puede leer sobre un parto? Coño, es que son cosas que no puedo entender. Vuestras historias son universales y las nuestras son sólo para nosotras. Y sin embargo nosotras somos parte fundamental de la sostenibilidad del sistema social. No sólo hemos tenido los hijos, sino que también nos hemos encargado de la casa y hemos permitido que las cosas se mantengan más allá del ámbito meramente laboral. Casi todos hemos sido educados por mujeres, por ejemplo. Pero parece que nuestras cosas son sólo nuestras. No, no. Nosotras somos parte fundamental de que la sociedad sea lo que es, y nuestras cosas son interesantes para todos también.

P: Claro. Pero luego, por otro lado, el feminismo hoy en día está en todos los debates. Genera controversias. Se habla mucho del feminismo radical. ¿Cómo ves tú el asunto?

R: Lo hablaba el otro día con una amiga, que me contaba lo de la teoría del junco. Básicamente es que si tú tienes un junco que está torcido hacia un lado, para ponerlo recto tienes que girarlo completamente hacia el otro, y después soltar. Eso es lo que está ocurriendo. Estamos totalmente escorados hacia un lado, y para conseguir esa igualdad vamos a tener que hacer este tipo de cosas. O vamos a tener que convivir con personas que tienen esas ideas. Porque al final la gente nunca compra la idea completa, sólo compra trocitos.

P: Pero el problema viene cuando, en ese ímpetu, se pueden llegar a aceptar algunas injusticias.

R: Yo no creo que en nuestro país el feminismo radical esté cometiendo injusticias. Creo que puede tener ideas más o menos acertadas, pero ya, injusticia, me parece otro nivel. Lo que creo es que estamos hasta los huevos. Es que ha llegado a un punto que estamos hasta las narices. A lo mejor un día escucho a una y pienso, joder, esta se ha pasado tres pueblos, pero después salgo a la calle y un tío me maúlla en la oreja. Entonces no me parece tan mal lo que hacen las más radicales. No tengo por qué comerme eso. Porque ha llegado un momento en el que, por mucho que digas, siguen sucediendo cosas. Por eso, vamos a llevarlo al extremo, ya verás que dentro de diez años estaremos todos muchísimo mejor. Porque otra cosa llamativa es que las que más pierden con esa lucha son ellas. Me llama la atención la fuerza de voluntad que tienen. Pierden mucho. Son posturas muy radicales, que las sitúan en un trocito muy pequeño. Pero esas posturas radicales se estudiarán como el proceso que hemos tenido que pasar para llegar a una igualdad real.

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Isabelle Eberhardt

P: Por concretar, con injusticia me refiero, por ejemplo, a esos discursos que, no siendo representativos, sí que estigmatizan al sexo masculino en su totalidad.

R: No, claro. Yo de hecho considero esencial que los hombres se involucren con el feminismo. Necesitamos que entendáis, que comprendáis, que aprendáis qué está pasando. Esta no es una lucha sólo de mujeres. Es una lucha de todos. Supongo que a nadie le gusta vivir en una sociedad que hace que te miren distinto en función de tu sexo. Evidentemente, pensar que todo hombre es un demonio para la causa es incorrecto; pero también creo que estáis mucho más condicionados mentalmente, porque no lo habéis experimentado. Os es muy difícil empatizar, llegar a comprender profundamente esa realidad. Porque se trata de un goteo constante, todos los días. Entonces, yo te puedo explicar muchas cosas, pero si tú no experimentas ese goteo, va a ser muy difícil que lo comprendas. En ese sentido, quizá existe ese rechazo hacia la figura del hombre, en determinados radicalismos feministas, porque es muy difícil hacerle ver la profundidad del problema.

P: ¿Y no crees que esa estrategia radical es contraproducente, si lo que se quiere es que el hombre empatice?

R: Claro, claro que lo es. Hasta que se lo explicas. Ni todas las feministas somos lo que algunos denominan feminazis, ni todos los hombres sois lo peor. Obviamente. Faltaría más. Pero claro, decir que se es feminista cuesta más, porque tiene un poso y una profundidad que creo que a vosotros os cuesta comprender todavía.

P: Por acabar: ¿Con cuál de todas tus "burras" te quedas? ¿Cuál te ha marcado más?

R: Me encanta Isabelle Eberhardt, la exploradora; tengo una fascinación obsesiva con Sylvia Plath, pero es algo que me viene de hace mucho tiempo; Marga Gil me parece impresionante, y me encantaría saber qué ocurrió realmente con Juan Ramón Jiménez, porque hay algo ahí un poco raro; y luego Emma Goldman, la anarquista, me flipa. Me parece un pelotazo de tía. Aunque no comparto para nada sus ideas.

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