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Iván Vélez: "El coronavirus ayuda a entender la mortandad indígena en Hispanoamérica de hace quinientos años"

El arquitecto e investigador publica Nuebas mentirosas, un libro en el que vuelve a poner el foco en la Leyenda Negra española.

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El arquitecto e investigador publica Nuebas mentirosas, un libro en el que vuelve a poner el foco en la Leyenda Negra española.
El escritor Iván Vélez, en una visita a esRadio | David Alonso Rincón

Iván Vélez (Cuenca, 1972) es arquitecto e investigador. Ha escrito y publicado varios trabajos sobre la historia de España, centrando sus esfuerzos en desentrañar la realidad de la Leyenda Negra. Ahora firma Nuebas mentirosas (Ediciones Encuentro), una recopilación de artículos que funciona como un mosaico, según explica él, y con la que pretende ofrecer las herramientas necesarias para enfrentarse a las tergiversaciones históricas que se han sucedido en los últimos tiempos debido a la celebración de algunos aniversarios destacados —se cumplen quinientos años de la conquista del Estado mexica llevada a cabo por Cortés, y también de la primera circunnavegación a la tierra—. Hablamos con él:

Pregunta: La Leyenda Negra es un tema controvertido dentro de España. ¿Cuál sería su definición más ajustada?

Respuesta: Yo creo que la Leyenda Negra corresponde, más que otra cosa, a una metodología distorsionadora que se centra en minusvalorar los aciertos de la historia de la sociedad española y en agrandar sus defectos o sus errores. Es una especie de espejo del callejón del Gato o de prisma interpuesto entre los hechos y el informador. Un elemento deformador de la realidad. Tanto la actual como la histórica. En ese sentido, me parece que exagera en ambos casos: para quitarle escala a los logros de España —tanto en su etapa imperial como nacional— y para aumentar los errores que ha cometido, como cualquier otra sociedad política.

P: A los críticos de la Leyenda Negra se les suele tildar de meros defensores de la "Leyenda Dorada". ¿Cuánto hay de acertado en esa visión?

R: No creo que sea acertada, la verdad. Lo que sí que creo es que a los personajes históricos hay que contextualizarlos en su época. Es decir, no se les puede exigir, en el caso de Cortés, por ejemplo, perspectivas de género o visiones democráticas. Porque él pertenecía a una sociedad con una estratificación social muy concreta, en la que existía una visión de la trascendencia diferente a la nuestra. En ese sentido, personajes como Cortés son una especie de piedra de toque porque, efectivamente, y eso tampoco hay que negarlo, muchos lo ven como una especie de superhéroe de coraza reluciente —lo cual es un error— y otros como a un depredador. Pero analizar a ese tipo de personajes con la mayor objetividad posible es la mejor manera de comprender lo ocurrido. En el libro he trabajado mucho la figura de Cortés porque creo que en él convergen muchas de estas vertientes, tanto de la Leyenda Negra como de la Dorada. Es un buen punto de partida para buscar un equilibrio, para atenerse a la documentación, a las fuentes, y para aprender a alejarse de los estereotipos.

P: Por seguir con el debate: leyendas negras las han tenido todas las grandes potencias históricas, ¿no? ¿No es posible que exista un cierto victimismo en esa idea de la Leyenda Negra española, promovida todavía, además, por otras potencias extranjeras?

R: Bueno, sí que es cierto que todos los grandes Imperios han sufrido sus propias leyendas negras. Es lógico, por otro lado. Lo que pasa es que el Imperio español tuvo dos características propias: por un lado su dominio político y militar, puro y duro, y por otro su carácter católico. El cisma protestante hizo que las críticas que recibía como poder político en sí —algo que les ha sucedido a todos los imperios—, se redoblasen desde una perspectiva religiosa. Claro, todo responde a una época determinada y a un tablero geopolítico muy distinto al actual. Ahora España no es un Imperio, eso es evidente, pero precisamente por eso resulta llamativa la persistencia de su Leyenda Negra. Un factor muy importante para entenderla es la asunción de esa visión distorsionada de la historia por parte de amplios sectores de la propia sociedad española. Es lo que impide realmente su superación. Al final, el problema de la Leyenda Negra es que los españoles se la han creído a pies juntillas. Un ejemplo que puede verse hoy en día es esa idea que impera dentro de ciertos sectores de la izquierda de que España es una prisión de naciones intolerante y fanática.

P: Y desde el punto de vista histórico, ¿cuándo comenzaron los españoles a creerse su propia Leyenda Negra? ¿Por qué razones persiste esa creencia todavía?

R: Pues no existe un momento concreto. En términos generales, sin embargo, sí que puede decirse que la Leyenda Negra fue asumida en mayor medida a partir del siglo XVIII. Y sobre todo a lo largo del XIX. Por un lado el cambio dinástico Austrias-Borbones y por otro el enfrentamiento constante entre conservadores y liberales que caracterizó el XIX, con todos sus matices, que son muchísimos, generó una división dentro de la sociedad española que todavía persiste. Ese fue un caldo de cultivo que permitió que arraigase con cierta fuerza la Leyenda Negra en algunos sectores. La situación actual, por otro lado, tiene que ver inevitablemente con el franquismo. Ahora existen algunos que parecen creer que toda la historia de España se reduce a los cuarenta años del franquismo; y claro, puesto que el régimen de Franco reivindicó, a veces de una manera acertada y otras de forma artificiosa algunos episodios de la historia española, recuperando además algunos símbolos imperiales, el antifranquismo ha asumido automáticamente la Leyenda Negra. Pero bueno, todo eso puede superarse yendo a las fuentes, simplemente. También dándonos cuenta de que el franquismo no fue un fenómeno perfectamente homogéneo, sino que existieron diversos franquismos enfrentados entre sí. Todo se trata de una visión bastante grosera de un periodo histórico reciente que, insisto, es limitado en el tiempo. No podemos seguir pensando que toda la historia española gira en torno a lo ocurrido entre 1939 y 1975.

P: Por continuar con la Leyenda Negra, su vertiente más extendida actualmente es la que afecta a Hispanoamérica, que es la que más tocas en el libro.

R: Sí. En Hispanoamérica persisten todavía muchos ingredientes negrolegendarios. Existe sobre todo un indigenismo que ha sido cultivado por las iglesias evangélicas norteamericanas. Eso es un hecho. Se trata otra vez de esa dialéctica entre lo político y lo religioso. Pero, por otro lado, lo que no se puede obviar tampoco es que muchas de las naciones hispanoamericanas, en sus fundaciones, o durante sus construcciones, dieron un salto histórico y quisieron vincularse al mundo prehispánico dejando en una especie de vacío su pertenencia al Imperio español. Entraron en el juego de la Leyenda Negra cuando decidieron negar su pasado imperial y centrarse únicamente en lo negativo de esa herencia. Es un fenómeno curioso, en realidad, porque fueron procesos encabezados por criollos, es decir, por gente homologada, por así decirlo, a las élites españolas. Pero se trata de un tema largo y complejo. En resumidas cuentas, explicando de manera esquemática la situación, la persistencia de la Leyenda Negra en Hispanoamérica podría explicarse debido a dos factores: la construcción de unas naciones decimonónicas que negaron al Imperio español en gran medida; y el crecimiento constante del indigenismo que promulgan las iglesias protestantes en esos territorios. Lo que pasa, sin embargo, es de que si la Leyenda Negra triunfase realmente allí, las que acabarían disolviéndose serían las propias naciones hispanoamericanas, ya que las actuales fronteras políticas no se ajustan a las fronteras étnicas, que son las que defiende el indigenismo.

P: ¿Se obvia a veces que el pasado hispánico de esos lugares está ya imbricado profundamente en sus sociedades, y que por tanto también legitima de alguna forma a sus estados?

R: Claro. Lo que pasa por ejemplo es que la crisis mapuche que hemos visto, alentada por terceras potencias, además, y que está ahí soterrada, desdibujaría las fronteras entre Argentina y Chile. O el caso de Bolivia, estado plurinacional formado por distintas naciones étnicas que quiere dejar hacer, de un modo parecido al que se usaba en las reservas norteamericanas, a esas microsociedades. Quiere dejarlas impartir su propia justicia, por ejemplo. A mí me parece que eso es incompatible con las naciones políticas modernas.

P: Una crítica a esas posturas que reniegan de la herencia hispana es que los que las esgrimen son descendientes de los españoles.

R: Sí. Son posturas que sólo se sostienen con muchas dosis de ignorancia y de mala fe. Es decir, presuponer que antes de la llegada de los españoles aquello era un paraíso es una visión infantil. Y de hecho la arqueología demuestra, día sí día también, que los sacrificios humanos eran constantes o que se trataba de sociedades que se sustentaban gracias a la esclavitud. Evidentemente, los españoles tampoco implantaron un paraíso, pero tampoco lo destruyeron. Más allá de todo eso, todas las naciones hispanoamericanas son fruto de la evolución de las estructuras hispanas. Todas. Ninguna ha restituido lo que había en la época prehispánica. Lo que han hecho ha sido ir adaptando las estructuras virreinales a lo largo de extensos procesos encabezados por criollos y élites urbanas. Se han homologado a la propia nación española, que también es fruto de una transformación del Imperio. Esa es la realidad. Todas las teorías alternativas responden a intereses espurios. En México, por ejemplo, lo que pretende López Obrador cuando dice lo que dice es tapar otros problemas que tienen ahí, en esa nación hermana nuestra. Y no hay más. Porque insisto: no hay manera de restaurar el Imperio mexica; y de hecho, ni siquiera las fronteras del antiguo Imperio mexica se ajustan a las de los actuales Estados Unidos Mexicanos.

P: También levantan ampollas las medidas tomadas en algunos lugares de Estados Unidos, que retiran estatuas a Colón y a otras figuras ligadas al Imperio español por considerarlo el causante de un genocidio.

R: Bueno, en Estados Unidos y en el resto del continente americano se están quitando las estatuas de Colón porque es el que más tiene; pero en México, por ejemplo, no existe ninguna estatua de Hernán Cortés; y en Perú las pocas que hay de Pizarro están colocadas en los lugares más recónditos. Es algo muy curioso, cuanto menos. De hecho, el movimiento de erección de estatuas a Colón en Estados Unidos se hizo precisamente para "europeizar" las conmemoraciones del descubrimiento; para no centrarlas exclusivamente en España. Como se supone que Colón era genovés, esas estatuas pretendían desviar parte de los honores hacia Italia. Fue un movimiento promovido por la comunidad italoamericana. Lo que pasa es que ahora el derribo de las mismas se justifica con el argumento de que la llegada de Colón abrió las puertas, por así decirlo, al genocidio indígena. A mi juicio, es una crítica que sí que está más centrada en el Imperio español, porque no se condena a Colón, la persona, por genocida, aunque también, en algunos casos, sino más bien como el descubridor de un territorio que, debido a eso, sufrió después los "excesos hispanos". Visto desde ese prisma es un fenómeno que indica hasta qué punto la Leyenda Negra persiste allí: de ensalzar la figura de Colón por su vinculación a Italia se ha pasado a denostarla por su vinculación a España. Al final, Colón y España han funcionado como chivos expiatorios en los que se han descargado unas culpas que, en el caso de Estados Unidos, pertenecen más a los ingleses.

P: ¿Pero se puede decir realmente que el Imperio español ha sido el chivo expiatorio, o también existen críticas al pasado imperialista británico de las que nosotros no nos hacemos eco?

R: La verdad es que ignoro en profundidad lo que ocurre en la sociedad norteamericana. Desde luego, lo que llega hasta nosotros son esas medidas concretas con respecto al pasado hispano. Son medidas que beben de una visión histórica repleta de exageraciones provenientes de la Leyenda Negra española. Y creo que si también se estuviesen quitando estatuas conmemorativas a grandes figuras de la colonización británica o de la expansión estadounidense, algo nos llegaría. Pero no parece que sea el caso.

P: Hablando del genocidio. Otro argumento utilizado es el de que la grandísima mayoría de las víctimas no perecieron a causa de la violencia de los conquistadores, sino de las epidemias involuntarias que se desataron tras su llegada.

R: Claro. Es un tema que está de actualidad, además. Fíjate que ahora China, la gran potencia, ha sido el núcleo irradiador de una epidemia que está afectando a todo el globo. Pues hace quinientos años ocurrió algo parecido. ¿Qué pasó entonces? Que coincidieron en el espacio y en el tiempo unos colectivos humanos muy diferenciados, que no habían tenido contacto previo, y resultó que las defensas naturales de los pueblos indígenas no estaban preparadas. Eso produjo una mortandad enorme, sí, pero que tampoco es achacable a los españoles. Los españoles ni siquiera poseían remedios médicos para combatir el mal. Se trata de un argumento poderoso porque demuestra que muchísimas de las muertes se produjeron incluso antes de que los españoles estableciesen contacto directo con los núcleos de población indígena. En muchos casos lo que pasaba es que un nativo que había tenido contacto con españoles, debido a las relaciones comerciales, regresaba a su poblado y contagiaba la enfermedad a sus vecinos. Y esto lo explico porque a veces se ha esgrimido la idea de que los españoles llevaron a cabo una especie de guerra bacteriológica. Es algo que no tiene ningún sentido. De hecho, las epidemias no cesaron con la implantación del Imperio. Dentro de los virreinatos también se sucedieron varias plagas. Fue un fenómeno similar a lo que está pasándonos ahora. En ese sentido, salvando las distancias evidentes, el coronavirus puede ayudar a entender lo que sucedió realmente hace quinientos años.

P: Por alejarnos de América, en el libro también tocas la polémica reciente con respecto a Magallanes, Elcano y la primera circunnavegación de la tierra.

R: Efectivamente. Ahora que hemos celebrado el quinientos aniversario de ese acontecimiento se han hecho patentes los complejos de ciertos sectores de la sociedad española. Se ha visto incluso dentro del Gobierno, cuando ha tratado de repartir el mérito de la circunnavegación entre España y Portugal. Pero nada más lejos de la realidad histórica. Magallanes, que en ningún momento tuvo la intención de dar la vuelta al mundo, no sólo no llegó a cumplir su propio propósito, sino que ni siquiera se consideraba portugués cuando partió. Se naturalizó español. Pero es que además, quien dio la vuelta al mundo fue Elcano. Es decir, el factor portugués fue inexistente. De hecho, se sabe perfectamente que la corona portuguesa, por medios tanto sutiles como violentos, trató de impedir ese viaje. ¿Qué ocurre entonces? Pues que un acontecimiento absolutamente trascendente en la historia de la humanidad, en el que se verificó por la vía de los hechos que la tierra era redonda, y llevado a cabo exclusivamente por iniciativa española, no ha sido reivindicado de la manera que debía por el propio Gobierno español. Yo no tengo nada en contra de Portugal, pero la decisión de compartir los méritos de esa gesta no tiene sentido. Portugal no tuvo nada que ver: ni Magallanes se consideraba portugués en ese momento, ni pretendió nunca dar la vuelta al mundo, ni llegó siquiera a pisar las Molucas, que era adonde pretendía llegar realmente.

P: En el libro mencionas el argumento del historiador José Álvarez Junco, que llama la atención sobre el hecho de que en ese momento España no existía como la conocemos ahora y que reivindicar sus méritos carece de sentido.

R: Claro. Y lo hago porque hombre, la España de aquel momento no es la de hoy, eso es innegable, pero eso tampoco quiere decir que no existiera España. A todas las personas que esgrimen el argumento de Álvarez Junco habría que preguntarles cómo es posible que Colón bautizase a la primera isla que pisó en América como "La Española"; o cómo fue posible que Hernán Cortés llamase "Nueva España" al territorio conquistado. Es decir, si no existía España, ¿de dónde surgieron esas nociones? ¿Qué fueron Colón y Cortés: publicistas adelantados a su tiempo? No tiene ningún sentido. España existía como nación histórica. Tenía una primera embajada en Roma desde los tiempos de los Reyes Católicos… Si no existía España, que nos digan qué es lo que existía. Evidentemente no existía la nación política española de ciudadanos libres e iguales. Pero es que esa idea tampoco existía en la época. Son argumentos tan pueriles que te dejan paralizado. ¡Que lean a Gonzalo Jiménez de Quesada para ver si existía o no España! En fin…

P: También explicas que se habla más, al referirse a la circunnavegación, de la idea de Península Ibérica que de España.

R: Sí, porque lo que pasa es que España es una palabra tabú para muchos españoles que están presos de sus complejos. Por eso prefieren darle una denominación geográfica. Pero hombre, negar la existencia de la nación española. No sé. Es tan sencillo como que acudan a las fuentes y que descubran que todos esos señores se consideraban españoles, y así lo pregonaban.

P: ¿Reivindicar los acontecimientos históricos del país puede llegar a generar un cierto auge de las ideas nacionalistas?

R: Pues depende. Vamos a ver. Yo en mis trabajos no defiendo una idea de España esencialista. No reivindico a la España inmortal. Porque no creo en esas concepciones, que sí que son nacionalistas. Creo que España es el resultado de una serie de procesos históricos complejos, pero lo que tampoco hago es obviar que somos herederos de ese pasado. Compartimos un legado que defender. No entiendo que ningún colectivo pueda patrimonializarlo. Pero claro, lo asombroso es que siendo quienes somos —la nación configuradora de la hispanidad, que es una de las grandes estructuras humanas que conforman la humanidad en la actualidad— conservemos todavía esa especie de pulsión suicida que pretende desbaratar todo lo que nuestra historia ha aportado al mundo. Además, creo que eso es algo que les viene muy bien a todos aquellos que tienen interés, aunque la gente no lo crea, en repartirse los despojos de España.

P: Por terminar, ¿qué esperas aportar con este libro al debate sobre la Leyenda Negra?

R: Bueno, el libro es una recopilación de artículos. Está construido como una especie de mosaico, en el que cada tesela trata temas puntuales. Mi intención es que la reunión de todas las piezas ofrezca una visión equilibrada de lo que ha sido España. Una visión desacomplejada, al mismo tiempo, en la que no existen reparos en la utilización de terminología que no goza de buena fama actualmente. Y un libro, en definitiva, que quiere ser útil y aportar herramientas para tratar ciertos temas históricos con un mínimo de conciencia crítica.

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