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Pedro de Tena

Defoe, su 'Diario del año de la peste', el pico epidémico y la "simonía"

Lo único que ha hecho adecuadamente el "experto" Fernando Simón es contarnos una y otra vez algo que ya se conocía.

Pedro de Tena
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Lo único que ha hecho adecuadamente el "experto" Fernando Simón es contarnos una y otra vez algo que ya se conocía.
Fernando Simón | EFE

Desde que el "experto" Fernando Simón decidió anunciarnos, por propia voluntad o por acatamiento de las órdenes de su superioridad política, que el coronavirus era una pandemia peligrosa, apareció la palabra "pico" picoteando a los espectadores y lectores de los medios de comunicación. Antes de ese momento, no había pico sino exageraciones, inexplicables alarmas, ausencia tal de peligros que los hijos podían elegir libremente ir a manifestaciones (8 de marzo).

El comportamiento del "experto" del gobierno Sánchez, cara pública de su presunto comité de "expertos", ha sido inenarrable y aún hoy pocos pueden explicarse como Simón, que dará origen a otro artículo sobre la nueva versión de la "simonía" que ejemplifica, sigue sin dimitir. Está bien que por amor al proyecto social-comunista se acepte ser el rostro en donde se ceben las bofetadas dirigidas a quienes lo han puesto ahí, pero una persona con cierto sentido del pudor, ya se habría ido a su casa.

Volviendo a lo del pico, he repasado gracias a la sugerencia del maestro Andrés Amorós el famoso escrito de Daniel Defoe, Diario del año de la peste, que se refiere a la epidemia de peste que sufrió Inglaterra en 1665 cuando él era un niño de pocos años. El libro es una novela, pero asume una recopilación de datos, del número de enfermos día tras día, con cuadros y todo, y de frecuencias estadísticas que asombra por su afán de precisión. Aunque inventada casi toda ella probablemente, aclara que estuvo en la intención de Defoe describir cómo es la conducta humana ante una epidemia, ni generalizadamente heroica ni generalizadamente malvada.

Sin embargo, el libro deja claro que en los conocimientos médicos de su época –el libro se publicó en 1722—, la teoría del pico ya estaba vigente.

La última semana de septiembre ya la peste había alcanzado su paroxismo y comenzó a perder violencia. Recuerdo que mi amigo el doctor Heath, que había venido a verme la semana anterior, me aseguró que el mal terminaría por apaciguarse dentro de unos días; pero al ver que la mortandad de aquella semana era la más alta de todo el año, con 8297 decesos atribuidos a todas las enfermedades, le reproché su afirmación y le pregunté en qué había basado su juicio. Su respuesta fue, sin embargo, menos atacable que lo que yo creía.

Y entonces describe con toda claridad la teoría del "pico" de una epidemia:

Observe —me dijo—. A juzgar por el número de los que en este momento están enfermos, la última semana debería haber habido veinte mil muertes en lugar de ocho mil si la mortalidad hubiera sido la misma que los quince días anteriores, ya que entonces se moría al cabo de dos o tres días. Ahora se necesitan lo menos ocho o diez. Y si entonces de cada cinco enfermos no sanaba uno solo, he observado que ahora de cada cinco sólo mueren dos. Créame, el registro de la próxima semana mostrará una disminución, y ya verá que muchos sanarán. Aunque en estos momentos haya una verdadera multitud de personas afectadas, y aunque todos los días muchos caigan enfermos, el número de muertos disminuirá, porque la malignidad de la enfermedad va debilitándose. Y añadió que empezaba a tener esperanzas, e incluso más que esperanzas: la crisis de la infección había pasado y ésta, señaló, se iba.

Y admite Defoe, en su calidad de alter-protagonista de la novela, que las cosas ocurrieron así. Según afirma, el registro de la semana siguiente, la última de septiembre (de 1665), indicó una disminución de dos mil, por lo menos. Aunque "la peste azotaba de un modo terrible, y que el siguiente registro acusó 6.460 muertos, y el subsiguiente 5.720", la observación de su amigo había sido, pese a todo acertada y se comprobó que los enfermos sanaban más rápidamente y, en mayor número que antes. Y se pregunta: "De no haber sido así, ¿en qué se habría convertido la ciudad de Londres?".

Sigue Defoe contabilizando y afirma que algunas semanas más tarde la disminución de muertos continuó y que, a pesar de que había un elevado número de enfermos y que todos los días se contaban nuevos casos, "la malignidad de la enfermedad menguaba". Pero, añadía Defoe que el amigo del protagonista "el doctor Heath" decía —y la experiencia lo probaba— que la enfermedad seguía siendo tan contagiosa como antes, aunque causara menos muertos. No me digan que no es una exposición verdaderamente anticipatoria de la teoría del "pico".

Lo único que ha hecho adecuadamente el "experto" Fernando Simón, afortunadamente curado a estas alturas del coronavirus, es contarnos una y otra vez la existencia de un pico en la pandemia. Lo que pasa es que esa observación acerca de que la evolución de las epidemias y pandemias terminan por tener un pico tras el cual comienza un descenso de su capacidad de dañar y de matar, ya se conocía. Lo sabía incluso el médico imaginario, doctor Heath, en la novela de Defoe. De todo lo demás, y debería constar en un informe detallado, el "experto" Simón ha emitido opiniones contradictorias, opuestas e incluso contrarias a las de otros expertos. Es más, algunas de sus recomendaciones pueden haber significado una peligrosa deriva de la pandemia en España.

Lo que es difícil de explicar es cómo el señor Simón, que al parecer no ha logrado rebasar el pico de su descrédito, sigue dando explicaciones "expertas" después de todo lo que hemos visto, oído y sufrido. A este paso dará lugar a una nueva interpretación de la "simonía" que, como saben, es la práctica de la que se acusaba a Simón el Mago en los Hechos de los Apóstoles. El meollo de la "simonía" consiste, según la Enciclopedia Católica, en "una intención deliberada de comprar o vender por un precio temporal cosas espirituales o anexas a espirituales".

La Iglesia, siempre tan minuciosa en su pretensión de racionalidad, distinguió entre simonía mental, simonía convencional y simonía real. En la simonía mental no hay manifestación externa o aprobación por parte de la persona a la que se ha hecho una propuesta de vender su espíritu a cambio de bienes materiales o beneficios espirituales, aunque se suponga.

En la simonía convencional , sin embargo, sí hay presencia de un acuerdo tácito o expreso, bien se haya cumplido totalmente o sólo en parte. Incluso se menciona una "simonía confidencial" en la cual se procura un beneficio para cierta persona "con el entendimiento de que posteriormente él renunciará al beneficio en favor de la persona a través de la cual lo obtuvo o que dividirá con él los ingresos".

Luego está la simonía llamada real que es la que se sustancia cuando el acuerdo es debidamente cumplido por ambas partes.

¿Por qué un supuesto "experto" iba a arruinar su prestigio público de una manera tan flagrante, tan repetida y tan escandalosa de no mediar algún acuerdo beneficioso para él mismo y para quien le manda? Es una de las hipótesis que se vienen a la cabeza una vez descartada toda duda acerca de que su "pericia" ha quedado desacreditada por sus propias manifestaciones públicas.

¿Cuál podría ser el motivo por el que persevera en seguir protagonizando uno de los ridículos más asombrosos jamás contemplados? Hay otras dos hipótesis. La de la estupidez cipollana que se aplica a quien es capaz de hacer daño a todo el mundo incluso a sí mismo o la de la simpatía política ciega por el gobierno de Pedro Sánchez, lo que explicaría, de paso, por qué la izquierda calló cuando el gobierno de Rajoy le nombró portavoz del asunto "ébola", asunto por el que el propio Pedro Sánchez acusó de todo al gobierno del PP sin miramiento ni mesura. Claro que a lo mejor hay más hipótesis.

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