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Pedro de Tena

Caprichos vírico-literarios para olvidar, un ratito, el coronavirus (IX)

Novena selección de autores que hablaron de los virus en clave literaria.

Pedro de Tena
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Novena selección de autores que hablaron de los virus en clave literaria.
Emilia Pardo Bazán | Internet

Novena jornada de estos caprichos que vamos a comenzar con la condesa de Pardo Bazán, doña Emilia. En su relato Morrión y Boina, la gran escritora española se refiere a un virus imparable, el del libre examen. Lo escribió así: "Era aquella una generación nueva, no educada para venerar, o al menos infiltrada de ese virus de libre examen que funda la veneración en la crítica: que si venera, quiere saber por qué, y a quien en último término sólo se imponen positivamente la inteligencia y el vigor".

Saltemos de siglo y traigamos a escena a uno de nuestros autores "canalla", Carlos Pérez Merinero, que estudió conmigo en el colegio de La Salle de Jerez. En uno de sus libros, Días de guardar, narra cómo algún crápula se sacaba de encima el "virus de la resaca". El secreto estaba, fíjense, en las pipas de girasol. "Decía que eran mano de santo. El tío lo decía tan convencido, en plan tan de misionero, que le hice caso. Un día que me había levantado tarumba empecé a buscar como un majareta un puesto donde conseguir las dichosas pipas. Di con él y me las comí como si fuesen el maná que me sacaría de encima el virus de la resaca".

¿Puede servir el latín de arma para un virus informático? Sí, según Arturo Pérez Reverte en La piel del tambor. Veamos. Un cura loco, enemigo del celibato utilizaba por las noches el ordenador del manicomio donde está recluido e infectaba de virus todo lo que podía. "El cura, un francés, los tuvo en jaque durante mes y medio, y lograron neutralizarlo cuando ya había infectado cuarenta y dos ficheros con un virus que bloqueaba las pantallas a base de insultos en latín". Realmente curioso.

Y en su serie sobre Historia de España, Pérez Reverte se refiere asimismo al virus de la "guerra civil", no a la reciente, sino a otras de los siglos XIV y XV, a la de aragoneses y catalanes que se estuvieron acuchillando durante diez años por lo de siempre, la pasta, u otra guerra civil, la de Navarra, entre el príncipe de Viana y su hermana doña Blanca "que al fin palmaron envenenados, con detalles entrañables que dejan chiquita la serie Juego de tronos".

Bien alarmante es la presencia del virus "humano" en la inflamación intelectual de algunos ecologistas misántropos, apocalípticos y cuasi nazis. Steve Pinker, En defensa de la Ilustración, alude a un tal Paul Watson, de la Sea Shepherd Conservation Society (Sociedad de Conservación Pastor del Mar), que escribía: "Necesitamos reducir de manera radical e inteligente la población humana a menos de mil millones de habitantes… curar la biosfera del virus humano requerirá asimismo una estrategia radical e invasiva". Tomen nota.

Richard Pipes, en su libro sobre La revolución rusa, explica que Alexis de Tocqueville, consideró como uno de los más peligrosos virus a la revolución francesa. Merece la pena leer el párrafo de su cita:

Existe, además, en aquella enfermedad que es la Revolución francesa algo particular que yo siento pero que no puedo describir ni analizar sus causas. Es un virus de una especie nueva y desconocida. Han existido revoluciones violentas en el mundo, pero el carácter desmesurado, violento, radical, desesperado, audaz, casi loco y, sin embargo, poderoso y eficaz de estos revolucionarios no tiene precedentes, me parece, en las grandes agitaciones sociales de los siglos pasados. ¿De dónde procede esta nueva raza? ¿Quién la ha producido? ¿Quién la ha hecho tan eficaz? ¿Quién la perpetúa?

Creía Pipes que son los intelectuales y universitarios obsesionados con construir un "hombre nuevo" explotando el descontento, el dolor, la pobreza y lo que sea.

En la compilación Notas y Dietarios, de la editorial Destino, Josep Pla se refiere al "virus de la justicia", virus que los comunistas no sufren porque el suyo es recrear a los hombres desde el poder total como si fueran dioses. Pla, más modesto, habla del virus que sufría un juez de paz cuando sustituía al juez de primera instancia del lugar. Dice Pla: "Si el señor Càndid (que tal era su nombre) hubiera podido actuar libremente, medio país habría ido a parar a la cárcel". Pero, "cuando no se encontraba bajo el efecto del virus de la justicia, el señor Càndid era un hombre razonable y una excelente persona".

Podemos llamar "virus de la propaganda" o de la "desinformación" a los que introducía la URSS en Occidente. Jean François Revel recordó uno en El conocimiento inútil que comenzó con aquello de que "La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira". Una de ellas, es la sigue:

El 31 de octubre de 1986, la Pravda, que es, lo recuerdo, el diario oficial del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, publicaba un dibujo humorístico en el que se veía un médico con blusa blanca entregar a un oficial norteamericano una enorme probeta, en la que flotaban unas cosas negruzcas, el virus, mientras que el oficial le ponía en la otra mano un fajo de dólares. El pie del dibujo era el siguiente: 'El SIDA, terrible e incurable enfermedad, es, en opinión de ciertos investigadores occidentales, una creación de los laboratorios del Pentágono'.

Nuestra Marta Rivera de la Cruz cuenta en Tristezas de amor que Frankie Sinatra no asistió al funeral de Bogie, Humphrey DeForest Bogart, porque tal vez estaba afectado del "virus de la culpabilidad". ¿Motivo? Haber cabreado al marido ya enfermo de Lauren Bacall organizando en Las Vegas una fiesta por su 32 cumpleaños en septiembre de 1956. Bogart se fue a navegar en su velero y cuando Lauren volvió tras dos días de fiesta, Bogie estaba enfadado. Meses después murió y Sinatra no fue al entierro. Pueden imaginarse lo que quieran.

Menos frívolo es el virus del racismo, al que no muchos se enfrentaron cuando era peligroso hacerlo. Uno de ellos fue José Martí, que en un escrito llamado Mi raza escribe: "Si se dice que en el negro no hay culpa aborigen ni virus que lo inhabilite para desenvolver toda su alma de hombre, se dice la verdad, y ha de decirse y demostrarse, porque la injusticia de este mundo es mucha, y es mucha la ignorancia que pasa por sabiduría, y aún hay quien crea de buena fe al negro incapaz de la inteligencia y corazón del blanco".

Marcelino Menéndez Pelayo, un gigante de la cultura española, tampoco queda fuera de esta caprichosa antología de virus metafóricos. Uno de los que parecía considerar seriamente era el de las Sociedades Económicas de Amigos del País. No lo dijo él mismo, pero se lo recuerda Gumersindo Laverde en una carta de 1880 en la que le invitaba a incluirlas en los Heterodoxos, "por más que no en todas ni en todos sus miembros hubiese tendencias heterodoxas. La Vascongada tenía bastante virus. Entre los prohombres de aquel país (después tan ortodoxo) cundió mucho el enciclopedismo a fines del siglo pasado". En otra carta, Laverde le refrescaba el virus "jansenista".

Otro de los virus que consideraba don Marcelino era el "naturalista" y de ese calificativo de sus novelas, presuntamente perpetrado por el montañés, es precisamente de lo que se queja la Pardo Bazán en una carta que, curiosamente, cuenta con varias posdatas sucesivas y una guasa fina. Y le dice: "También, si a protestar fuésemos, protestaría yo de eso de que soy naturalista por moda. Desde chiquilla no me gustaron las novelas románticas… Solo empecé a pensar en novelar después de leer algo de Flaubert, Pereda, Galdós y Valera".

Y apuntilla: "De todo esto apelaré al Marcelino futuro, al de 40 años, que podría, si le diese la gana, ser el Mesías de la crítica… y al decir crítica, debí decir moderna".

Ya sin intermediarios, Menéndez Pelayo en su discurso sobre La Poesía Mística en España, considera vírica para el lirismo toda poesía panteísta. "El panteísmo idealista y dialéctico es asimismo incompatible con la poesía, por seco, árido y enojoso; pero no el panteísmo naturalista y emanatista, aunque encierra un virus capaz de matar en germen toda inspiración lírica, so pena de grave inconsecuencia en el poeta", dice.

¿Cuál es la inconsecuencia? Pues que "si la poesía lírica es, por su naturaleza, íntima, personal, subjetiva, como en la lengua de las escuelas se dice, ¿dónde queda la individualidad del que se reconoce parte de la infinita esencia…?" El virus panteísta ya fue detectado en su Historia de los heterodoxos españoles, tomo I.

También avista en ella el virus "de la incredulidad": "La tarea del P. Feijóo, así en estos discursos como en el de la campana y crucifijo de Lugo, y otros menos notables, no pudo ser más generosa y bien encaminada. Escribía para un siglo que comenzaba a malearse con el virus de la incredulidad. Empezaban a correr de mano en mano los libros de Francia, y era urgente, dejando a salvo el arca santa, barrer las escorias que impedían el acceso a ella y hacían tropezar a los incrédulos".

Y el virus "galicano", o francés, que anidaba en algunos colegios jesuitas destinados a Seminarios. Y el virus antisocial y antihumano "que hervía en las entrañas de la filosofía empírica y sensualista, de la moral utilitaria y de la teoría del placer" y residía en los versos calculadamente lúbricos y libidinosos. Y el virus regalista, que atentaba contra la autonomía de la Iglesia.

Pero otros encontraban virus en sus ideas. Por ejemplo, el dominico fray Joaquín Fonseca, al que no gustó que Menéndez Pelayo dijera que la tomista no era ni la única ni la mayor filosofía. Tampoco le gustó que considerara escéptico tradicionalista al Marqués de Valdegamas y aprovechó para censurar al liberalismo ser contenedor de un "virus deletéreo y disolvente". De paso, conminaba a don Marcelino a dedicarse a combatir el "virus pagano". Todo ello se encuentra en La ciencia española. Donde las dan las toman.

Volvamos a la frivolidad. Juan Carlos Monedero, en efecto, ese Monedero comunista-bolivariano podemita, tiene un libro llamado El gobierno de las palabras que prologa con una monserga sobre la mentira en la que dice: "Los que se creen sus propias mentiras parecen más convincentes y obtienen más provecho, ya que el grupo creerá sus patrañas (hay mentirosos que se indignan porque no se explican la incomprensión, incapaces de entender que el problema no está en la situación que representan, sino en que sus interlocutores les han visto la mentira)". Como un autorretrato.

Por ello, añade "descubrir a los embaucadores es muy importante." Cierto, cierto. Y se refiere al "virus de la inconformidad", que no explica, pero que puede deducirse que se refiere a la justificación que los intelectuales revoloteadores alrededor del poder tejen sobre la desigualdad. No se refiere a él mismo ni a los poseedores del casoplón de Galapagar, claro. Será la excitación del "virus marxista" del que habla Pío Moa.

Nunca parece haberle afectado el "virus de la desestalinización", que indujo a la dimisión al otrora dogmático comunista Wenceslao Roces. Pero sí el que Gregorio Morán, en su Miseria y grandeza del PCE, llama indirectamente "jomadismo" consistente, en su adaptación hispana, en tratar de unir protestas, indignaciones y huelgas para "forzar los ritmos, concentrando los períodos y las etapas, para hacer estallar las contradicciones del sistema e incluso los de los adversarios políticos". Ese sí lo han padecido, él y sus compañeros.

Hay virus peligrosos, pero no sólo en el cuerpo comunista. Para terminar esta entrega, la penúltima, digamos que Martha Nussbaum, filósofa estadounidense abanderada de las "libertades sustanciales", se refiere al virus de Otto Weininger, no sabemos si mental, aunque probablemente.

Lo cierto es que este judío antisemita y homosexual no declarado escribió que "el judío era en realidad una mujer, y que ambos eran criaturas húmedas, muelles, pasivas, que nunca podrían crear con autenticidad. Es más, ambos, judío y mujer, "son incapaces de percibir la importancia de las distinciones de clase jerárquicas y de la «observación de todos los límites entre los hombres»." Y eso de estaba de moda en la Alemania de principios del siglo XX. Luego vino lo que vino.

Sí, el lenguaje puede ser un virus, como dejó escrito Leopoldo María Panero (Escribir como Escupir).

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