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Pedro de Tena

Caprichos vírico-literarios para olvidar, un ratito, el coronavirus (X)

Repasamos el tratamiento del concepto de virus que varios autores han utilizado a lo largo de la historia.

Pedro de Tena
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Repasamos el tratamiento del concepto de virus que varios autores han utilizado a lo largo de la historia.
Solzhenitsyn en Londres | Cordon Press

Siempre lo sospechamos, pero, en esta décima jornada vírico-literaria de pandemia, el último capricho decameroniano nos confirma que sí, que la leyenda negra antiespañola fue como un virus hábilmente manipulado originariamente por Inglaterra y luego mutado en su provecho por Holanda y algunos otros.

"La rivalidad anglo-española de aquellas décadas originó una nueva guerra de papel que habría de tener consecuencias importantes y perniciosas para España, sobre todo cristalizando el virus patriótico de la «anti-España» en Inglaterra y acentuando, además, la antipatía occidental hacia el pueblo español". (Se ha llegado a decir que el sarampión fue contagiado voluntariamente por los españoles a los nativos americanos (I), lo que espantó seguramente a nuestra María Elvira Roca Barea (II)).

El autor de esas líneas no fue un patriota español, sino el historiador norteamericano Philipp W. Powell, en La leyenda negra. Un invento contra España (2008).

Sin embargo, fue en Francia donde se desarrolló el virus antilibertad de expresión o antiperiodístico tan tentador hoy para el gobierno español. Aunque la Convención, durante la revolución francesa, no tomó decisión alguna, Hébert, en el club de los jacobinos, tan querido por los marxistas en general, "arremetió contra sus competidores de la prensa moderada sin pudor alguno: —Es hora de que los intrigantes vuelvan a la nada. Es preciso exterminarlos." Léase a Pedro J. Ramírez en El primer naufragio.

De aquellos polvos, emergió el lodo-virus comunista contra el cual Dionisio Ridruejo dejó su receta española: elevado nivel de cultura, buen nivel de vida, alto nivel de conciencia ciudadana y amor generalizado por la libertad. España casi muere de la enfermedad en la Guerra Civil y sigue expuesta a su infección. ¿Por qué? Porque sólo se ha elevado el nivel de vida, pero de lo demás, muy poco. En Apuntes para una autobiografía lo destaca.

Pero el virus comunista era una amenaza asimismo para el PSOE de Indalecio Prieto. Cuenta Andrés Saborit en su Semblanza del político socialista que "eliminado de hecho Besteiro y con él un grupo de amigos suyos, la obsesión para quienes se creían dueños del campo contando con las Juventudes Socialistas, en donde el virus comunista se infiltró con mayor violencia, era aplastar a Prieto". Textual. Claro que hoy nadie lo lee y eso que Trotsky denunció en México el virus de la podrida burocracia estalinista.

Tal vez por no haberlo leído, Pedro Sánchez es imaginado por Guadalupe Sánchez Baena, Populismo punitivo, como un caracol zombi, infectado por un virus que lo mantiene semivivo, para contagiar al cuerpo España. Ese virus son las ideas del PSC de Miguel Iceta que quiere que el socialismo español negocie con quienes se quieren cargar la Constitución y romper la unidad nacional. Así lo destaca en el prólogo John Müller.

No se rían porque Ángel Ganivet, en su correspondencia con Francisco Navarro Ledesma, alude a una especie de virus de la risa que le atacaba cuando se hacía palpable el principio de autoridad, risa floja que le costó no pocos disciplinazos. ¿Cómo se curó aquella infección? Acordándose de todos sus muertos, especialmente de su padre.

A otra cosa. Para virus, el Virus Fantasma de Los Versos Satánicos de Salman Rushdie, o mejor de Gibreel Farishta, un arcangélico actor bollywoodiense que hacía 7 películas a la vez cuando no estaba muy agobiado ni Jomeini ayatoleaba. Pero un día desapareció. "Fue mucho antes de que la gente comprendiera lo muy enfermo que estaba el gran hombre. Gibreel, la estrella. Gibreel, el que venció a la enfermedad sin Nombre. Gibreel, el que temía al sueño."

También está el virus de la polémica, que fue el que nuestro arabista Emilio García Gómez detectó encizañando a los contendientes Reinhart Dozy, musulmanólogo holandés, y Francisco Codera, el fundador de la escuela de arabistas españoles. Creía Codera que, en su ataque al clericalismo musulmán de los islamistas invasores africanos del siglo XI, Dozy aprovechaba para sembrar malas hierbas en torno al clero cristiano. Y dice García Gómez que Dozy sacaba de sus casillas a Codera. Está contado en su Discurso de ingreso de la Real Academia Española titulado Un eclipse de la poesía en Sevilla. La época almorávide (1945).

Y hay virus de mala baba. Oliverio Girondo lo vio: "¡Sí! Es su baba.../lo que herrumbra las horas,/lo que pervierte el aire,/el papel,/los metales;/lo que infecta el cansancio,/los ojos,/la inocencia,/con sus vermes de asco,/con sus virus de hastío,/de idiotez,/de ceguera,/ de mezquindad,/de muerte". Y adulterococos, virus del adulterio, que lastimosamente eran bacterias creadas por Enrique Jardiel Poncela en Un adulterio decente.

Algo de ello pasa en la adulterada Europa de hoy. El rebelde André Glucksmann, en Voltaire contraataca, escribe: "Europa cava un pozo sin fondo para recuperar, cueste lo que cueste, sus confusas raíces, acorralando el virus de la universalidad que antes le proporcionaba la salud. El 25 de mayo de 2014, los electores hacen del Frente Nacional el primer partido de Francia. Una élite inexpresiva y amorfa no sabe qué responder ante semejante seísmo. La nación de los derechos humanos cojea, paralizada por la marcha del mundo. Pero no está sola: la fiebre identitaria es continental. Europa se repliega, se anula a sí misma." El coronavirus la ha apuntillado.

Para Vargas Llosa, que lo ha probado en sí mismo, hay un virus disolvente que es la proyección de las ocurrencias del mundo real, socavadas en su verdad, por su "proyección en las imágenes manipuladas y falsificadas de la realidad virtual, las únicas admisibles y comprensibles para una humanidad domesticada por la fantasía mediática dentro de la cual nacemos, vivimos y morimos (ni más ni menos que los dinosaurios de Spielberg)." O sea, el espectáculo. Ya había visto otro en Flaubert, un virus negativo que hacía asequibles sus novelas para que hicieran daño.

Andrés Trapiello nos recuerda la existencia de un virus policíaco. En un pasaje en el que coinciden algunos amigos del crimen perfecto como Maigret, Chesterton, Cortés y Marlowe, el virus ataca deduciendo que donde no hay coartada, hay sospechoso. Pero, claro, lo lógico no siempre es verdadero y la policía tendría que leer más novelas. El caso es que el tipo accedió a confesar porque era idiota y, claro, la ley castiga a los culpables no a los idiotas.

George Steiner, recientemente fallecido, le daba vueltas a los virus del bolchevismo y otros, que eran considerados virus judíos que Solzhenitsyn creía habían infectado a la santa Virgen de Kazán y a la teocracia rusa. Pero vio otro virus, el virus de lo absoluto, en su libro más personal, Errata. El examen de una vida. Ese virus permite oler "a fiebre en quienes persiguen la verdad desinteresada... y algo de su resplandor permanecerá en ellos siempre, como un salvavidas contra al vacío".

Bernard Shaw, en Vuelta a Matusalén, consideraba que la falsa educación era inyectada como un virus en gran cantidad en los estudiantes a los que impide resistirse. "Las dosis de doctrina falsa que se dan en las escuelas preparatorias y en las universidades son tan grandes que vencen la resistencia que una dosis diminuta provocaría. El estudiante normal se corrompe irremisiblemente, y al genio que resiste no le queda más remedio que irse del país, si puede". Pero, curiosamente, no se refería a la LOGSE.

Paco Robles, periodista y escritor sevillano, al que deseamos una pronta recuperación de una grave enfermedad, inventó a James Silver, "un liberal a la antigua usanza, un británico que no concibe el mundo sin la libertad del individuo" en su novela El aguador de Sevilla con Velázquez por todo su aire. Cómo no, sale Bécquer, las tres Venus de su rima XI –la morena, la rubia y la imposible—, y el virus del romanticismo que su personaje no podía evitar.

Henry Miller, en Sexus, traza una teoría vírica de la literatura: "Un hombre escribe para expulsar todo el veneno que ha acumulado a causa de su forma de vida falsa. Trata de recuperar su inocencia, y, sin embargo, lo único que consigue (escribiendo) es inocular el mundo con el virus de su desilusión." Pero en Trópico de Cáncer, el virus es el espíritu del tiempo, o sea, América, del Norte, claro. Pues vaya cambiazo.

Hay un libro que exhibe las mentiras de la ciencia. Lo escribió el historiador Federico di Troccio que considera que el engaño, además de un arte, es ya una ciencia, la engañología. "La engañología, pues, enseña a quien no lo es a disfrazarse de científico exitoso y señala el camino que le permite surgir de entre la masa de más de tres millones de investigadores que hoy colman los laboratorios. No, no es otro virus, pero tiene que ver con la investigación de los virus. Léase el capítulo II, "Crímenes y castigos".

Antonio Tovar, al que pocos conocen hoy, escribió una inmensa Vida de Sócrates, en cuyo prólogo de 1946 considera que la razón es un virus imparable debido tanto a los racionalistas revolucionarios como a los reaccionarios. Sócrates, que opuso su razón crítica a la fe y los prejuicios de la ciudad, a la hora de la elegir, prefirió morir en su tierra a vivir en el exilio. ¿O fue que eligió a la tradición y el calor de la patria a la razón pura, pero desterrada? Qué dilema.

El neoecologismo y la neorrebelión desconocen a Henry David Thoreau, que inventó la desobediencia civil, mucho antes que Gandhi, por amor extremo a su individualidad. De hecho, se negaba a hacer el bien a los demás por obligación. "Si yo supiera con toda seguridad que un hombre se dirige a mi casa con el resuelto propósito de hacerme bien, correría por mi vida igual que ante ese viento seco y abrasador de los desiertos africanos llamado el simún…" La filantropía, la bondad podrida, es como un virus al que hay que impedir que penetre en nuestra sangre. Lo trata en su utopía Walden, la vida en los bosques.

Sí, algo de eso debe haber cuando hasta Santa Teresita del Niño Jesús (Teresa Lisieux), pareció creer que cuatro de sus ocho gusanos de seda habían muerto a causa de los cuidados que les prodigaba su "hermana del alma", Celina, "que consiguió hacérmelos morir a casi todos de pena o de una apoplejía fulminante". Pero llama virus a esa enfermedad. Está en la carta 24 a su amiga Juana Guérin, de 1887.

Federico Jiménez Losantos, en el libro Por qué dejé de ser de izquierdas, coordinado por Javier Somalo y Mario Noya, de esta santa casa libero-editorial, insiste en el comunismo como virus fatal, pero aporta esperanza biográfica: "El comunismo es una enorme mentira, y esa mentira es un hecho moral. Es muy biográfico, cada uno tiene su propia trayectoria y va inoculando anticuerpos que hacen que no funcione el virus." En su caso, fue la literatura que le enseñaron Labordeta y Sanchís.

A Carlos Semprún, estalinista hasta la médula en su día, fueron los hechos los que lo salvaron del virus: "Los hechos me fueron demostrando que no sólo las democracias burguesas (sin comillas) eran superiores, también lo era el capitalismo". Bueno, y también un bendito individualismo ácrata que nos hace, a mí también, desconfiar de todo poder. Por eso concluía: "No soy de derechas, pero estoy con la derecha cuando es liberal, abiertamente capitalista, firme en su lucha por las libertades públicas y privadas y, sobre todo, contra todos los terrorismos totalitarios, sean nacionales o internacionales." Ea. Nada de razón cínica.

Hay que reírse porque Pedro Sánchez, el "cum fraude", en la tesis doctoral que firmó con todo su nombre, habla del "virus de la indiferenciación", que entrecomilla, para aludir al problema de países que no tienen un reconocimiento económico diferenciado. Esta vez citaba a Guillermo de la Dehesa y a su artículo Sinergias entre las Marcas y la imagen y reputación de su país de origen. La importancia Actual de las Marcas(2005), pero en la web a que se refiere -—www.guillermodeladehesa.com—, el texto se fecha en 2006 y no aparece por ninguna parte la expresión "virus de la indiferenciación". O sea, ni por esas.

Y para terminar este decamerón que nos ha tenido, algunos ratitos, distraídos del coronavirus, he aquí a Ramon Gómez de la Serna, como le hubiera gustado a Francisco Umbral. Tiene nuestro genio un libro autobiográfico titulado Automoribundia. En él, menciona el "virus del pesimismo", que muchos contrajimos hace ya tiempo y cuya cura es incierta.

—¡Qué lucha por la vida!

Pero a continuación, como quitando fuerza a frase tan seria, exclamo:

—¡Qué vida por la lucha!

He notado que dando esa vuelta a lo que se exclama, queda resuelto el virus de pesimismo que pueda haber en lo que se dice.

Hay unos dísticos para los malos momentos de vahído espiritual, que son como la cafiaspirina mental. Así por ejemplo éste:

Traidora suerte

que llevas a la muerte.

Pero siempre le queda el Tenorio como esperanza: "¡Aparta piedra fingida!/ Suelta, suéltame la mano,/ que aún queda el último grano/ en el reloj de mi vida".


(I) Greer Williams, "Hunting the invisible Killers" (en The Saturday Evening Post, 26 de septiembre

de 1959), p. 56. Citado por el mencionado Philip W. Powell.

(II) Autora de Imperiofobia y leyenda negra.

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