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Agapito Maestre

Diario de la pandemia. Mis lecturas en el Hospital Madrid

Solo tengo agradecimientos para esta institución, sus doctores y todo el personal sanitario. Parece que el tratamiento responde.

Agapito Maestre
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Aislado, pero recuperado del susto, me tratan la enfermedad de la Covid-19 en el Hospital Madrid. Solo tengo agradecimientos para esta institución, sus doctores y todo el personal sanitario. Parece que el tratamiento responde. Me vengo arriba con la buena noticia. Me atrevo a manchar una página en blanco sobre mi última lectura. Era el libro que llevaba en la mochila al visitar al médico. Es un libro de un futbolista sobre un campeón de la amistad. Quien pierde un amigo, quien rompe una amistad, sabe del drama de la vida. Jamás hallaremos amigo de recambio, la individualidad del amigo es irremplazable, única, pero eso no significa que desaparezca la voluntad de hacer nuevos amigos, pues que eso sería tanto como renunciar, según nos ha enseñado Ortega y Gasset, al ansía radical de compañía surgido de la no menos radical soledad que es, sin remedio, nuestra vida. [1]

El anhelo infinito de amistad en todo ser humano es ininteligible sin ese profundo sentido de la soledad que nos determina. Porque todos los personajes que pasan por este libro, empezando por su protagonista, son profundamente solitarios, buscan por encima de otras consideraciones, compañía, amistad, fraternidad… Amor. Soledad y amistad caminan unidas. La novela de la amistad de Martín Otín sobre Pepín Bello [2], el hombre que solo supo de hacer amigos, es una bellísima explanación de ese vínculo entre solitarios y amigos. La narración del surgimiento y desarrollo de una amistad, la voluntad de vincularse a nuevos amigos, no excluye el cultivo de los viejos amigos. La afirmación de la vida como amistad es la esencia de este libro. Estamos ante una obra grande sobre la amistad en el siglo XXI. Está escrita, aunque el autor no lo sepa, bajo el estro del verso de Diomedes, en el Canto X de la Ilíada:

Dos decididos compañeros, cuando marchan juntos, son capaces de pensar y hacer muchas cosas. [3]

Quizá esa decisión de ser más y mejor sin dejar de ser uno, de marchar juntos por afinidad de ideas, sentimientos e inclinaciones, haga de la amistad, hoy como en el mundo antiguo, un afecto comparable al amor. La amistad como el amor son elegidos libremente y establecen relaciones interpersonales, aunque haya diferencias notables, por ejemplo, puede haber amor a primera vista, mientras que la amistad es un sentimiento más complejo que exige tiempo; otro contraste relevante: la amistad sin reciprocidad es imposible, cosa que no sucede en el amor. En fin, la elección y la exclusividad son “singularidades” compartidas por la amistad y el amor, pero quizá la amistad hoy, como en los tiempos antiguos, pudiera ser considerada “superior”, o más completa, al amor. Por este camino, el novelado sería más partidario de Aristóteles que de Platón; en cierto sentido el elogio de la amistad de Aristóteles logró superar el planteamiento de su maestro Platón, en el Lisis, quien no distinguió con claridad entre la amistad y el amor, en particular el amor sexual.

Pero nadie crea que Aristóteles se ha impuesto a lo largo de la historia a su maestro en las artes del amor; en el siglo XX, por ejemplo, el mito de unir amistad a homosexualidad nunca es fácil de desmontar. ¡Quizá ni siquiera sea un mito contemplando determinadas amistades! Ciento son los autores y directores de cine que han mediado en esta discusión; valga recordar al escritor irlandés C. S. Lewis, poco dado a salirse de lo concreto, cuando argumenta, en Los cuatro amores [4], que el afecto, la amistad, el eros y la caridad, los cuatro amores fundamentales, tienden a unirse y confundirse entre ellos sin perder sus peculiares diferencias. Sin embargo, matiza Lewis con sutileza, si hay un amor “no natural”, éste es la amistad. Quizá sea un “amor intelectual” de parecida naturaleza al amor que teorizó, otro gran aristotélico del siglo XII, Elredo de Rieval, quien fiel a las doctrinas de Cicerón, mantuvo que “en la amistad se hallan unidas la honestidad y la afabilidad, la verdad y la alegría, la simpatía y la voluntad, el sentimiento y la acción” [5].

Sin ánimo de agotar el tema, el amigo Petón, que está lejos de estos rollos doctrinales, está más cerca de Aristóteles que de Platón. No está obsesionado por definir la amistad ni tampoco el amor en cualquiera de sus vertientes, sino en dar “pruebas de amistad”. La primera de todas es su libro. No nos da la tabarra ideológica con una analítica concepción de la amistad, sino que nos muestra a cada paso las relaciones entre amigos. Las relaciones entre Pepín Bello y todos sus amigos de la Residencia de Estudiantes, de los tiempos de la República, la Guerra Civil, el Franquismo y la democracia. Sigue Petón la gran tradición española del teatro del Siglo de Oro: más importante que la doctrina es dar pruebas de amistad. Para hacerse cargo de la sutileza basta poner algunos ejemplos. “Prueba de amistad” es, por recordar a un francés de madre española, la edición de las obras de Étienne de la Boétie que, después de su muerte, hizo su gran amigo Montaigne; o la composición de Maurice Rabel, titulada Concierto para la mano izquierda en re mayor, para el pianista Paul Wittgenstein, quien había perdido su brazo derecho en la Gran Guerra; en señal de amistad hay que leer la novela de Saúl Below, Ravelstein, que escribió para celebrar el gran triunfo filosófico de su amigo Allan Bloom por El cierre de la mente.

La literatura española contemporánea acoge extraordinarios testimonios de amistad. Yo he elegido aquí uno de última hora, compite en emoción con el gran epitafio de Manuel Machado a su amigo Alejandro Sawa [6], escrito por un hombre culto, esforzado y amante de la gran literatura. Su autor, repito, es José Antonio Martín Otín, más conocido por Petón. Ha escrito una bellísima novela, biografía interna y externa, sobre José Bello (Pepín Bello), La desesperación del té (27 veces Pepín Bello) [7]. Después de mil de conversaciones entre Pepín y Petón, una amistad labrada en el tiempo, Martín Otín escribió en un estilo tan lleno de emoción como de perfección, un tratado de la amistad, para que los españoles conozcan de primera mano el significado de la palabra Patria de los labios de un hombre bueno: Pepín Bello, un modelo hispánico de hacer amigos y de conservarlos. Quien nació, vivió y murió para la amistad, no podía recibir mayor prueba de amistad que este libro de Petón.

Porque en cada una de sus páginas están presentes los sentimientos de un hombre bueno, amigo de hacer amigos, este libro está llamado a ser la principal prueba literaria de amistad de nuestra época. Y porque así lo veo yo, como muestra de agradecimiento y amistad, les recomiendo la lectura de este libro, especialmente a todos los amigos que en los últimos tiempos no han dejado de interesarse por mis salud.

Notas del autor:

[1] ORTEGA Y GASSET, J.: El hombre y la gente, Porrúa, México, 2001, pág. 157.

[2] MARTÍN OTÍN, J. A.: La desesperación del té (27 veces Pepín Bello). Editorial Pre-Textos. Valencia, 2008.

3] HOMERO: Iliada. Canto X, versos 224 y ss. Edición de Domingo Plácido. Esfera de los Libros, Madrid, 2009, pág. 171. Plácido hace una traducción un poco diferente a la que yo he puesto en el texto, tomada de la bella traducción que hizo Patricio de Azcárate de la Ética a Nicómaco, de Aristóteles, en Espasa-Calpe. Recuérdese que es Aristóteles quien cita el verso 220 de la Ilíada.

[4] LEWIS, C. S.: Los cuatro amores. Trad. de Pedro Antonio de Urbina. Rialp, Madrid, 1991.

[5] DE RIEVAL, E.: La amistad espiritual. Trad. de Mariano Ballano. Editorial Monte Carmelo. Burgos, 2002, pág. 38.

[6] MACHADO, MANUEL: Epitafio a Alejandro Sawa: “Jamás hombre más nacido/ para el placer fué al dolor/ más derecho. /Jamás ninguno ha caído, /con facha de vencedor, /tan deshecho.Y es que él se daba a perder,/ como muchos a ganar. / Y su vida, /por la falta de querer /y sobra de regalar,/ fué perdida. / ¿Es el morir y olvidar/ mejor que amar y vivir, /y más mérito el dejar/ que el conseguir?…"

[7] MARTÍN OTÍN, J. A.: La desesperación del té (27 veces Pepín Bello), op. cit.

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