Menú

Las moradas de doña Emilia Pardo Bazán. Las Torres de Meirás

Los restos de doña Emilia reposan en la Basílica de la Concepción de la calle Goya, en Madrid, templo que ella vio construir y del que, en su condición de vecina, era parroquiana.

0
Los restos de doña Emilia reposan en la Basílica de la Concepción de la calle Goya, en Madrid, templo que ella vio construir y del que, en su condición de vecina, era parroquiana.
Emilia Pardo Bazán | Cordon Press

El 12 de marzo de 1921 moría en Madrid doña Emilia, enferma de diabetes, pocos meses antes de que se descubriera la insulina. Sus herederos se enfrentaban a un legado intelectual de gran magnitud, pero los destinos de todos ellos discurrieron por caminos muy diferentes a los que su madre seguramente hubiera previsto. Lógicamente, y aunque no se llevara muy bien con él, era su hijo mayor, Jaime Quiroga y Pardo Bazán, conde de la Torre de Cela, quien estaba destinado a transmitirlo. Militar y escritor, se le suponía una carrera brillante, pero aquel capitán de Caballería que sobrevivió a batallas tan cruentas como la del Barranco del Lobo, murió asesinado de un tiro en la nuca por los milicianos de la FAI, junto a su hijo de 17 años, en las repugnantes circunstancias que narraré más adelante.

Su hermana pequeña, Carmen, murió poco después que su madre y, en 1938, falleció por enfermedad su cuñado, el marqués de Cavalcanti, aquel aguerrido general de Caballería, condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando, al que doña Emilia reprendía cariñosamente en las sobremesas familiares diciendo: “Tú calla, Pepe, que sólo eres un héroe”, casado con su otra hermana, María de las Nieves, llamada “Blanca”. Por tanto, ésta última, junto a la viuda de Jaime, Manuela Esteban Collantes fueron las encargadas de gestionar dicho legado, hoy tan disperso como cuestionado. La isla de Santa Cruz, frente a la Coruña, propiedad de la familia Quiroga, fue cedida por Blanca al Caudillo para hacer una colonia de verano para los huérfanos de Caballería, el arma de su marido; hoy pertenece al Ayuntamiento de Oleiros y es la sede del Centro de Extensión Universitaria y Divulgación Ambiental de Galicia. Por su parte, la viuda de Jaime, heredera del Pazo de Meirás, se lo vendió al Ayuntamiento de la Coruña por 400.000 pesetas, incluidos los archivos y la biblioteca, y el Ayuntamiento se lo regaló a su vez a Franco, que entró en posesión del Pazo en 1939 lo que, en consecuencia, y como parece lícito afirmar, parece confirmar la propiedad de la familia Franco.

Pazo de Meirás, fachada principal

Doña Emilia había construido las Torres de Meirás para convertirla en su refugio. Allí pasaba la mayor parte del llamado buen tiempo, y el invierno lo compartía entre Madrid y sus viajes a París y otras ciudades europeas. Era la vida que solían llevar las clases acomodadas de la época, como señala Stefan Zweig en Veinticuatro horas de la vida de una mujer. Una vida, la de doña Emilia, volcada a la creación y las relaciones sociales y familiares. La creativa en todas partes, la familiar en Meirás, la social en Madrid y el extranjero lo reservaba para lo que alguien llamó acertadamente “vacaciones del yo”, donde solía aprovechar para relacionarse con la crema de la intelectualidad europea y, de paso, mantener sus encuentros amorosos con Galdós cuya correspondencia, desvelada parcial y tardíamente por Carmen Bravo Villasante (Turner, 1975) y, recientemente, completa y sin censura (Miquiño mío, Turner, 2013), causó sensación en el mundo literario.

Don Pedro Ortiz Armengol, en su biografía de Galdós, afirma categóricamente que cuando doña Carmen Polo tomó posesión del Pazo ordenó la destrucción de los papeles de doña Emilia y se pregunta si tal vez fuera entonces cuando “se perdieron” las cartas de Galdós, pero no presenta ninguna prueba documental. También Ricardo Gullón, en su artículo “Mujeres en la vida de Galdós” (ABC 27-12-1988) habla de la destrucción deliberada de los archivos: “De esta purificación -dice Gullón- tuve noticia por un oficial del Ejército testigo del desmán”.

Personalmente, tuve yo un testimonio de tales desmanes por Isaac Díaz Pardo que participó en las obras de reconstrucción del pazo, tras el incendio de 1978 -presumiblemente provocado, apunta Eva Acosta- iniciado en la torre de Levante, que destruyó gran parte de la biblioteca de la escritora. Díaz Pardo encontró, desdeñado, un dibujo de doña Emilia, obra de Victor Hugo. La dispersión y venta de bastantes cosas, es una triste historia que algunas de sus muchas y recientes biógrafas (pienso en particular en Eva Acosta y Pilar Faus), han señalado. El resto de la Biblioteca, aproximadamente la mitad, así como lo que queda del archivo personal de doña Emilia, están a buen recaudo en la sede de la Real Academia Galega, en el número 11 de la calle Tabernas, casa natal de doña Emilia, que, en 1956 fue donada a esa institución por “las viudas”.

La ultima morada

Al igual que su legado intelectual, tampoco su sepultura conoció el destino que doña Emilia le había preparado. Su hijo Jaime se demoró en el traslado de sus restos a la capilla de Meirás desde el cementerio de San Lorenzo, donde fueron enterrados en 1921, pero su trágica muerte lo hizo imposible y acabaron siendo trasladados a la cripta de la ahora Basílica de la Concepción de la calle Goya, en pleno centro de Madrid, templo que ella vio construir y del que, en su condición de vecina era parroquiana. Ahí yace, rodeada de su familia y se la puede visitar los días 1 y 2 de noviembre. Las circunstancias por todos conocidas y padecidas, hacen imposible que este año pueda volver a honrar su memoria con mi visita. He intentado hacerlo todos los años, casi siempre sola, excepto en 2013, en que lo hice acompañada de unos cuantos amigos, admiradores de doña Emilia que desconocían ese dato. En aquella ocasión llevábamos una rosa roja, en vez del obligado clavel, recordatorio del que ella solía cortar todas las mañanas en su jardín de la Torre de Meirás, pues nos fue imposible encontrar ninguno. También tuve ocasión de contarles el porqué de dicho emplazamiento y la tristeza que siempre me produjo el que un lugar que debiera ser objeto de numerosas visitas siga siendo desconocido, incluso ahora, cuando ciertos sectores se empeñan en convertir en una izquierdista a la nueva usanza a esa mujer, liberal a fuer de conservadora, feminista a carta cabal, pero nunca a tontas y a locas.

En ese nicho, coexisten tres familias, los Pardo Bazán, los Esteban Collantes y los Cavalcanti, unidos entre sí por los enlaces matrimoniales, como se puede seguir en los nombres, títulos nobiliarios y otras circunstancias detalladas en las lápidas y que son los testimonios directos de un pedazo de la Historia de España. Algo de ello conté aquel año a mis acompañantes, pero hoy quisiera completar ciertos detalles sobre el asesinato, en agosto de 1936, del hijo y el nieto de doña Emilia, crimen mencionado en sus respectivas lápidas, rastreado por sus biógrafos, aunque nunca aclarado del todo. Pero, recientemente, en la crónica de la Guerra Civil, (1936 a 1939) de Francisco Camba (hermano de Julio), titulada Madridgrado (1940, p.111-112), encontré ciertos detalles que ya habían sugerido algunos de sus biógrafos y que ponen los pelos de punta.

En un momento dado unos pistoleros de la FAI detienen a Camba para llevarle a la DGS. En el camino, se desvían y jactándose de que le iban a matar, van hasta la ermita de San Antonio, donde hay unos cadáveres tendidos en la pradera. El miliciano, señalándolos, le dice a Camba:

-Esto puede que te interese más. ¿Sabes quiénes son los dos besugos que ahí tienes?

-¿Los conocía yo?

-Puede. Paisanos lo sois. ¿Conocías a Jaime Quiroga? Pues Jaime Quiroga y su hijo."

Y el asesino pasa a referirle la muerte de ambos:

"El chaval cayó primero, pero no debió dársele bien porque al ver a su padre, tieso allí al lado, tuvo arranque pá medio erguirse y cubrirlo con la gabardina que él llevaba por los hombros. Natural que no había acabao, cuando otra descarga le da lo suyo, y por eso le tiés mismo encima (...)"

Siempre se había especulado sobre si era en la Florida, o en la checa de la calle de Goya, donde habían sido asesinados. César Vidal en su libro sobre las checas de Madrid, se limita a listar sus nombres entre las víctimas sin relacionarlos con doña Emilia, y Ricardo de la Cierva (El Terror, Madrid, 1936) menciona entre las víctimas sólo a Jaime Quiroga y Pardo Bazán, pero no dice nada del niño ni del lugar ni las circunstancias del crimen. El testimonio de Francisco Camba corrobora muchos otros, nunca contrastados documentalmente, referidos por algunos biógrafos, lo que explicaría, creo yo, el agradecimiento de las herederas de doña Emilia a la figura y a la familia de Franco.

En Cultura

    0
    comentarios

    Servicios