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200 años después, ¿qué es la libertad?

'Página Indómita' reedita el célebre discurso con el que Benjamin Constant resumió, hace dos siglos, las bases del liberalismo.

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'Página Indómita' reedita el célebre discurso con el que Benjamin Constant resumió, hace dos siglos, las bases del liberalismo.
El juramento del juego de la pelota, por Jacques Louis David | Archivo

Hace poco más de 200 años, el 20 de febrero de 1819, el escritor y pensador Benjamin Constant pronunció un discurso en el Ateneo de París que marcaría su legado mucho más que la obra mastodóntica a la que dedicó la mayor parte de su vida. Por aquel entonces, después de haberse decepcionado profundamente por los excesos de la Revolución Francesa, pero consciente pese a todo del gran dilema al que se enfrentaban unas sociedades que todavía peleaban por sacudirse de encima la arbitrariedad autoritaria de los sistemas absolutistas, se erigió en una de las voces que más lúcidamente han defendido nunca la libertad. Los argumentos expuestos aquella tarde tuvieron una repercusión extraordinaria. De hecho, fue tal su elocuencia que todavía continúan vigentes hoy, cuando resuenan discursos que proponen nuevas formas de apuntalar las democracias occidentales, mientras el populismo amenaza con desvirtuarlas desde dentro.

Página Indómita publica ahora La libertad de los antiguos frente a la de los modernos, acercando de esa manera al público español uno de los textos que mejor resumen las bases de la doctrina liberal. Constant lo elaboró poco después de haber comprobado cómo sus supuestos defensores, inspirados por las nociones de la libertad heredadas de la Antigüedad, habían instaurado el Terror en la Francia revolucionaria, por lo que se esforzó denodadamente en establecer unos límites que arrojasen luz sobre ese asunto.

A través de sólidos razonamientos logró defender que la principal preocupación de las sociedades modernas debía centrarse en garantizar la independencia individual y los derechos de los ciudadanos, que no podrían sacrificarse en favor de la colectividad, como hacían los antiguos. "Pedir a los pueblos de nuestros tiempos que sacrifiquen, como los de antaño, la totalidad de su libertad individual a su libertad política es el medio más seguro para desvincularlos de la primera; y cuando eso se haya conseguido, no se tardará en arrebatarles la segunda", explicó, antes de concluir que la prioridad de las democracias representativas, únicas posibles debido al incremento demográfico de las nuevas naciones estado, debía ser velar por la autonomía de cada uno de sus miembros.

El texto es también una defensa del comercio y de los avances y libertades a los que va ligado. Constant lo concibe como la cara opuesta de la moneda de la guerra, viendo en él el germen del progreso sobre el que sería posible instaurar sistemas pacíficos y prósperos; y donde los individuos podrían desarrollar sus inquietudes, sin importar cuales, siempre y cuando no atentasen contra los derechos de ningún tercero.

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Benjamin Constant

Adelantándose a sus críticos, además, advertiría de los riesgos de su planteamiento. "El peligro de la libertad moderna radica en que, absortos en el disfrute de nuestra independencia privada y en la búsqueda de nuestros intereses particulares, renunciemos con demasiada facilidad a nuestro derecho de participar en el poder político", apuntó, señalando precisamente que "los depositarios de la autoridad no dejarán de exhortarnos a ello". Y resumió: "¡Están [los gobernantes] completamente dispuestos a ahorrarnos todo tipo de preocupaciones, excepto la de obedecer y la de pagar! Nos dirán: ‘¿Cuál es en el fondo la finalidad de vuestros esfuerzos, el motivo de vuestros trabajos, el objeto de vuestras esperanzas? ¿No es acaso la felicidad? Pues bien, dejadnos hacer y os la daremos’. No, señores, no les dejemos hacer. Por muy conmovedor que sea ese interés tan entrañable, pidámosle a la autoridad que permanezca dentro de sus límites; que se limite a ser justa. Nosotros nos encargaremos de ser felices".

Su solución pasa, por tanto, por combinar los dos tipos de libertades que existen, tanto la individual como la colectiva, para evitar que la apatía de unos ciudadanos narcotizados por su propia libertad pueda permitir que su Gobierno termine yendo en contra de sus intereses. En las sociedades modernas es preciso que el ciudadano ejerza su derecho a participar de la vida política. Y es que, para él, "la obra del legislador no está completa cuando sólo ha tranquilizado al pueblo. Incluso cuando ese pueblo está contento, queda mucho por hacer. Es preciso que las instituciones completen la educación moral de los ciudadanos. Respetando sus derechos individuales, cuidando de su independencia, no perturbando sus ocupaciones, deben no obstante consagrar su influencia sobre la cosa pública, llamarlos a contribuir al ejercicio del poder con sus determinaciones y sus votos, garantizarles el derecho de control y de vigilancia mediante la manifestación de sus opiniones, y capacitarlos así con la práctica para esas elevadas funciones, confiriéndoles a la vez el deseo y la facultad de cumplir con ellas".

Dos siglos después de que esas frases resonasen en el Ateneo de París, no han perdido su vigencia. En palabras de Manuel Toscano, prologuista de la obra, "es difícil no pensar en nacionalistas y populistas cuando el autor habla de aquellos que pretenden sacrificar las libertades de los ciudadanos al ideal de una soberanía abstracta, o que ahogan el pluralismo social en nombre de un cuerpo político pretendidamente compacto y homogéneo". Constant dejó dicho que los escritos de Rousseau, "ese genio sublime, animado por el más puro amor por la libertad", habían "proporcionado sin embargo funestos pretextos a más de un tipo de tiranía". Y pensó en los jacobinos cuando añadió que habían "querido organizar el despotismo bajo el nombre de República". Toscano, por su parte, añade que "también nosotros deberíamos extremar el cuidado cuando se invocan concepciones equivocadas de la democracia o de la soberanía popular". "El orden constitucional, con sus representantes, sus formalidades y sus controles, es el único marco político que asegura las condiciones de una sociedad libre. Con sus imperfecciones y sus problemas, naturalmente. Querer cambiarlo todo en nombre del ideal acaba por ser el pretexto para el despotismo, como dejó dicho Constant. Más nos valdría entenderlo 200 años después".

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