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Pedro de Tena

Libros que debí leer entonces y no leí: 'Mano en candela', de Aquilino Duque

Fraguado desde el sentimiento popular andaluz, la voluntad de expresarse con la palabra, el amor por la nación española y su patria chica andaluza,

Pedro de Tena
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Fraguado desde el sentimiento popular andaluz, la voluntad de expresarse con la palabra, el amor por la nación española y su patria chica andaluza,
Detalle de la portada 'Mano en candela' | Pre-textos

Aquilino Duque Gimeno, uno de los grandes autores literarios españoles, poeta más que nada aunque narrador de excepción, existe poco para la gran mayoría nacional. Sabido es que la existencia consta, al menos, de dos esencias, la natural y la civil. En la primera, Aquilino Duque no sólo existe, sino que sobreexiste por haber sido capaz de cumplir 90 años estupendos. Pero en la civil, apenas supervive porque lo de no comulgar con ruedas de molino conlleva que los políticos “correctos” y sus despiadados sicarios traten de borrarlo del mapa nacional.

En su caso, el anonadamiento no ha sido posible del todo porque la calidad y cantidad de su obra ampliamente reconocida, incluso por los enemigos más inteligentes,  es tal que sólo han conseguido reducir su presencia al mínimo, que no es poco, pero no su desvanecimiento total. ¿Y de qué se le acusa para haberle asestado tan ominoso castigo?

Con motivo de la publicación de su antología Palabra secreta, 1958-2018, fraguada por el también poeta sevillano Juan Lamillar, Luis Antonio de Villena pedía que se le recobrase porque “es más que hora de acercarse a Aquilino Duque, a su buena poesía o a sus libros contra muchas cosas, porque se debe conocer para juzgar.”

Pero como en su artículo alude con intención al más que derechista y religioso Duque, tanto que, cuenta, hizo vomitar a Cabrera Infante, me asalta la hipótesis de si eso de “recobrar” no habrá sido escrito con ánimo de que el poeta sevillano del emocionante Zufre (Huelva) repagase, o sea, pagase de nuevo con otra pena de exilio interior por ser como es y quiere ser, algo que, menos mal, Villena confirma que aún no está prohibido.

Fíjense en lo que se expone públicamente sobre su persona: “Abiertamente reaccionario,​ ha elogiado el fascismo y las figuras de Francisco Franco, Benito Mussolini y Augusto Pinochet.​..Ha sido adscrito a la llamada “Nueva Derecha” española.​ Firmante del Manifiesto contra la muerte del espíritu y de la tierra en 2002,” se vierte en la Wikipedia sin firma y sin escrúpulos.

No se destaca, claro, que cofirmantes del tal Manifiesto fueron Álvaro Mutis, Abel Posse, Adolfo Prego de Oliver y Tolivar, Alain de Benoist, Albert Boadella, Carmen Posadas, Eugenio Trías, Javier Nart, Jon Juaristi, Juan Pablo Fusi, Juan Pedro Quiñonero, Oriol Bohigas, Pere Gimferrer, Salvador Pániker y Zoé Valdés, entre otros desinhibidos. Ya se sabe que lo que importa a los granhermanos de hoy es que algunos calificativos se claven en las almas.

O sea, que su baldón es político, no literario. Su desdoro es ser un “reaccionario”. Pero al estilo de Nicolás Gómez Dávila, interpreto yo, que un reaccionario es alguien que reacciona, que no puede callarse aunque sabe que el  viento de la historia sopla en su contra. Reacciona porque su libertad le revela su esencia de defensor de causas que ahora no ruedan sobre el tablero pero que tienen valor. Por ejemplo, que la verdad sólo es una se mienta lo que se mienta.

Al atreverse a vivir, a pensar y a escribir como le viene en gana sin aceptar disciplinas ajenas ni cánones forzosos, algo que debería ser lo normal en una democracia digna, ha pecado contra lo políticamente correcto del momento.  ”A la que gente no gusta que/uno tenga su propia fe”, coreaba la izquierda durante el franquismo para desencantarlo con creces nada más llegar al gobierno de 1982 y traicionarlo por el guerrista  “El que se mueve no sale en la foto”.

Uno de los grandes escritores españoles

Aquilino Duque | Wikipedia

Y así ha sido. Por tener su propia fe, en pocas fotos ha salido Aquilino Duque siendo como es uno de los grandes escritores españoles, fraguado desde el sentimiento popular andaluz, la voluntad de expresarse con la palabra, el amor por la nación española y su patria chica andaluza y por su atención al mundo, el ancho mundo que ha tenido la suerte de conocer.

 Ya en 1980, cuando Joaquín Soler Serrano, en su programa A fondo por el que desfilaron Borges, Cortázar, Dalí, Pla, Delibes, Paz, Kundera y otros gigantes, le dedicó una sesión, estaba marginado por la creciente “dictadura cultural” de la izquierda en España aun siendo, como era entonces, Premio Nacional de Literatura.

No leí cuando debí su libro Mano en Candela, terminado en su Viñamarina en diciembre de 1992 pero la he leído ahora, en la colección narrativa de Pre-Textos y editada en 2002. Por aquellas fechas sabía muy poco de él a pesar de que en un programa de TVE en Andalucía que presentaba entonces Pilar del Río, viuda de José Saramago, y que yo guionizaba, se le hizo una decorosa entrevista.

Ya saben que uno no puede saber de todo ni leerlo todo, aunque hay quienes se afanan en parecer que tienen dos o tres bibliotecas en la cabeza, como Marcelino Menéndez Pelayo,  y luego resulta que no son más que estafadores de solapas de libros o sencillamente embusteros.

‘Mano en candela’

Mano en candela, el libro al que nos referimos, lleva un título peculiar porque, aunque es frecuentemente usado lo de “poner la mano en el fuego”, no lo es en absoluto lo de poner “mano en candela”. No he encontrado constancia de su empleo en obra literaria reciente o pasada. En Venezuela, me apuntó Rafael Quirós,  sí se dice lo de “las manos en las candelas”, pero tampoco mucho.

“Mano en candela” es expresión atribuida a su fascinante personaje, por lo extraordinariamente real, Juan Antonio Campuzano, alcalde republicano de Puerto Real, masón [I] y luego divisionario “blau” en Rusia que es el principal hilo conductor de este curioso libro. Clasificado como narrativa, no es una novela aunque así será si el autor lo quiere. Es una sucesión casi cinematográfica de episodios personales, con mucho de nacionales, que me han invocado a su admirado Valle-Inclán y también a la Novela de un literato, esas memorias casi veraces del también sevillano y asimismo preterido, Rafael Cansinos Assens.

Tal vez no acierte, pero me parece un libro sobre el exilio, el interior y prematuro de quienes estaban destinados a habitarlo por perseverar en la autenticidad de sus perspectivas frente a la conveniencia política y cultural y algunos inquilinos del exilio republicano en la Europa de posguerra. Todo ello aliñado con hechos sorprendentes, puntadas finas de aguja crítica y escenas desconocidas de muchos escritores españoles durante la España franquista.

Entre los señalados por el destino como futuros confinados se encontraban el propio Aquilino, claro, pero asimismo Campuzano y José Luis Tejada, una terna de lujo que toreaba palabras, versos y lances en la casa de indiano del primero en Puerto Real, a veces en la casa del segundo, enorme poeta portuense casi descatalogado de la memoria literaria y sobre cuya entidad, reconocida por Dámaso Alonso, volveremos en un próximo artículo, y a veces en otras tertulias.

Uno de estos trances hace coincidir a ambos exilios con la literatura y la política en una enredadera personal e histórica que va de un lado a otro con toda naturalidad pero sin inocencia alguna. Se trata, no de reescribir ni de inventar, como tampoco de juzgar o proscribir. El objetivo es describir los comportamientos reales de los protagonistas sin anestesia ideológica alguna. Por eso, este libro es una exposición donde se ven las obras que dan idea de quiénes eran sus autores.  Claro que nada es como es sino como se recuerda, que anota Duque escribió Valle-Inclán a Romero de Torres.

La ocasión es la siguiente:

En las elecciones de febrero del 36 salió diputado por Cádiz por el Frente Popular frente a Pemán, candidato del Bloque Nacional. Se llamaba M.M.M. y era de Chiclana, donde su padre o un hermano mayor había muerto a mano airada a comienzos o mediados de los años 20. El homicida fue el padre de Lola.

En este breve texto aparecen, y cuando no aparecen sin embargo están, los principales figurantes de Mano en candela. Tenemos a Lola García Páez, la compañera sentimental del también poeta, repentizador de aventuras y hazañas y mantenedor de homenajes flamencos, Campuzano (La piedad de la espuma, Cerón, 1936) que se parecía a Franco. Lola, de educación esmerada, tocaba el piano, componía sevillanas, proponía letras y caminaba con él desde el balneario de Puerto Real al Puerto de Santa María.

Esta pareja causa sensación, no sólo por sus peripecias, desde una falsa boda frustrada en Yucatán, ideada para otros fines, a recibir en su casa, días antes del 23-F de 1981, al general Alfonso Armada, viejo amigo de la División Azul, que fue expresamente a Puerto Real a visitarlos. Mano en candela decía Campuzano que pondría por él. Causa sensación además por la forma de ser relatados por Aquilino Duque que los inscribe en una malla de detalles, de anécdotas y de ocurrencias que hacen que la lectura no pueda detenerse.

No se me olvide referir que Campuzano escribió en Leningrado una especie de diario titulado El cuaderno de Iván Ivánovich, aún inédito y quien sabe si perdido, Dios no lo quiera. Uno de sus episodios era el partido de fútbol entre rusos y alemanes en un día de frío mortal en los que no se puede ni hacer la guerra. Los españoles de la División Azul se negaron a formar equipo con los alemanes y se alinearon con los rusos. Cosas que contó Campuzano y que me ha referido el poeta portuense Jesús María Serrano en una conversación.

Aquel viaje a Cádiz

Tómese nota también de aquel viaje a Cádiz de Bernardo Víctor Carande, el hijo de don Ramón, con Antonio Gala, José Luis Tejada y el propio Duque, o la colada de los ligues fugaces de Lorca junto al Alcázar de Sevilla recordados por Juan Collantes de Terán o la semblanza que hace de Fernando Quiñones que, por entonces, se amigaba con un Camilo José Cela secretariado por un luego muy conocido “caballero de Bonald”, alusión que ya deja entrever que, entre otras cosas, este es un libro de adivinanzas.

Menudean las siglas y los alias por sus páginas de modo que no es fácil saber, a veces, a quiénes se refiere Aquilino Duque que en algunas ocasiones deja caer el pormenor decisivo que revela la identidad del encubierto. En el caso de M.M.M. me voy a permitir desvelar su nombre completo: Manuel Muñoz Martínez, de Chiclana, donde los contertulios gaditanos de Quiñones bebían fino al amparo del rio Iro.

Me lo permito porque es importante saber que este Muñoz Martínez, además de haber sido familiar del muerto a manos del padre de Lola llegó a ser nada menos que Director General de Seguridad por Izquierda Republicana en los primeros meses de la Guerra Civil  hasta diciembre de 1936, bajo la presidencia de Manuel Azaña. Ya se sabe lo que pasó en esos meses, desde las checas a Paracuellos y la Cárcel Modelo, que, cuando menos, no impidió.

Pues bien, este M.M.M., masón de mandíbula de plata, qué historia, fue el amante de Amaranta, otro personaje vertebral del libro de Aquilino al amparo de su hermana Misericordia, tal vez una ironía, de la que sólo diré que era una reconocida filósofa acunada por Ortega y luego sublevada contra él por contaminación del extremismo vital fratricida.

La misma que no permitía que se nombrase a Franco en su presencia consentía en tener por cuñado putativo a quien Duque no duda en señalar como despiadado represor de derechistas de la quinta columna según las confidencias del hermano masón Campuzano. Y era la misma que puso gran interés en conseguir el fichero del Frente Español de Ortega, que una vez fracasado, difuminó a sus miembros, algunos de los cuales terminaron fundando Falange Española. Y dos hijos de Ortega, que combatieron en el bando nacional.

Ya ven cómo va el libro. En el mismo texto seleccionado aparece José María Pemán, siempre acogedor de poetas y escritores noveles, personaje egregio del primer franquismo pero defensor del altar, el trono y la casa Domecq, tal vez por ese orden, del que se cuentan encuentros literarios, homenajes de revistas poéticas y cómo logró por fin lucir su merecido Toisón de Oro, distinción retrasada por una desagradecida casa real.

Entre los enmascarados por apodos citemos al grandísimo Micromegas, del que daremos tres,  en rayuela, pistas femeninas: una de Buenos Aires de sangre española, otra lituana y otra norteamericana. De interés es la semblanza que hace Duque del apostolado del altísimo personaje en el mayo francés y su inflación de argentinos.

Otro disfrazado muy sugerente es “el gran Simpático”, un amigo muy cercano a Federico García Lorca desde los tiempos de la Residencia de Estudiantes (y por ello fácilmente reconocible) al que el poeta confió, dijo el cuco, el manuscrito de El público, aunque la familia le ha acusado de habérselo apropiado sin más tras haber hurgado en el domicilio madrileño del granadino.

De este modo, y sucediéndose como una lluvia fina de cachitos biográficos  y escenarios desconocidos incluso para los más aficionados, aparecen Octavio Paz y Elena Garro en la Alianza de Escritores Comunistas, perdón, Antifascistas que nunca gustó a la entonces esposa libertaria del luego Nobel; Marías Teresa León y Alberti, escasamente generoso por sectario y príncipe que se convirtió en rana; hasta Eugenio D’Ors pasea por las barberías de Sevilla en honor de “Fígaro”. Y Bergamín, del que recita:

“La muerte que más me espanta
no es la que me pudre el cuerpo,
es la que me pudre el alma”.

Lo sabía bien.


Más natural resulta la aparición de los hermanos Justo y José de las Cuevas, arcenses de Arcos de la Frontera como los hermanos Murciano, autores de un libro sobre el vino de Jerez donde aparecía el número de veces que el sherry mareaba en las obras de Shakespeare y en el que se citaba a Falstaff cuando exclamaba: “No importa donde llegue el agua (del Támesis), mientras no llegue al vino (al sherry, se supone)”, dicho que practicaban con sus invitados.

Generación de los 50

En realidad hay un amplio elenco de figurantes y paisajes, unos principales, otros secundarios y otros extras como los del cine, tan extenso que es imposible relacionar siquiera sus nombres.  Eso sí, con todos ellos se compone la visión de un poeta desgajado de la generación de los 50 que se negaba a hacer poesía social porque no le salía desobedeciendo a uno de sus sacerdotes que hizo fortuna con ella.

En esta perspectiva, personal e intransferible, hay una nota esencial, o eso me parece. Es la floración del desgarro interior de quien describe que no es oro todo lo que ha relucido en los cenáculos literarios y quien se atreve a exponer su ácida desaprobación de villanías y miserias que han sido cuidadosamente ocultadas en las biografías oficiales. Claro, alguien de la izquierda, no puede aparecer como amoral o disoluto o ladrón o asesino en la nueva normalidad. Mejor fingir. O sea, mentir.

Es la serena amargura que ya debía sentir este aquilino catador de calañas, no sólo por su exilio literario forzoso, urdido desde las izquierdas y alguna derecha que otra, sino por la emergencia de lo que luego se llamaría “memoria histórica”, una fechoría diseñada para desequilibrar la balanza de las culpas, silenciando las de unos y voceando las de los otros sin mediar ninguna reflexión sincera sobre cómo poder convivir en una España común.

Cuando a Aquilino Duque se le acusa de reaccionario, dígase en su defensa que menos mal que sus padres, vinculados a la CEDA, reaccionaron ante el peligro de terminar fusilados abandonando Zufre, el pueblo de su infancia, y trasladándose a Sevilla hasta que seguir vivo no fue una lotería miliciana. José María Hinojosa, la derecha de la generación del 27, no tuvo esa suerte y fue asesinado cuatro días después de Lorca. Pero, ¿lo llora alguien?

Termino con una “candelería”, nombre que voy a dar al lugar en el que alumbra el velorio de palabras que Duque regala en su relato y que probablemente muchos no conozcan. Yo no las conocía o si es que sí en algún caso, ni las he recordado ni usado nunca. Por ejemplo, cardumen, bálago, huipil, guarache, plumbago, milpa, maquila y tantas otras que están todas en el Diccionario, pero…

Y encima a este gran tipo de la España de honor, occidental viajado y leído cuyas ideas pueden compartirse o no pero nunca son dignas de desconsideración, le ha dado tiempo a escribir decenas de importantes libros de poesía, novelas y ensayos, que merecen trato aparte, libros de paisajes, de memorias, cientos de artículos y a esmerar traducciones o dictar conferencias.

Hasta tiene azulejos en Sevilla con un soneto a las Colegialas del Valle, versos lidiados en la plaza de toros de El Puerto de Santa María y poemas con incienso al paso de Cachorro por el puente de Triana. Que ya es mérito para quien elaboró tesis sobre el suicidio de la modernidad o la idiotez de la inteligencia, entre otras reflexiones.
A pesar de todo, Aquilino Duque tiene muchos premios, más de una decena en su coleto. No le vendrá mal uno más, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana al que ha sido nominado por la Real Academia Sevillana de Buenas Letras de la que es miembro de número desde 1981 y que se fallará esta primavera. Pongo mano en candela por él.  


[I] Dice Aquilino Duque, que hizo la biografía de Campuzano para la Enciclopedia de Andalucía impulsada por el cura Javierre pero vigilada por la izquierda ya inquisitorial de entonces, que lo de republicano y masón sí apareció en su artículo, pero que lo de voluntario de la División Azul fue censurado y hecho desaparecer.  Corría el año 1979, fíjense en los polvos de dónde vienen nuestros actuales lodos.

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