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Jorge Bustos: "La peor corrupción no es la económica, es la de las palabras"

LD entrevista al jefe de Opinión de El Mundo con motivo de la publicación de su último libro, Asombro y desencanto (Libros del Asteroide, 2021).

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LD entrevista al jefe de Opinión de El Mundo con motivo de la publicación de su último libro, Asombro y desencanto (Libros del Asteroide, 2021).
Jorge Bustos, durante su entrevista con Libertad Digital. | C.Jordá

Jorge Bustos (Madrid, 1982) matiza ese tópico tan sobado de que el nacionalismo se cura leyendo y viajando: "No basta con que deslices los ojos gustosamente por una página bien escrita o por una ciudad bien trazada: hace falta que eso que miras penetre en ti hasta alterarte". El jefe de Opinión de El Mundo acaba de publicar Asombro y desencanto (Libros del Asteroide, 2021), su primera obra "literaria pura", tal y como cuenta a LD, en la que se narran dos viajes: el uno, laboral, por La Mancha, motivado por el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de El Quijote; el otro, por Francia, porque no la conocía y consideraba que "no se debe vivir" sin conocer al vecino de arriba. Despojado de prejuicios, con una prosa extraordinaria y fogonazos humorísticos divertidísimos, el autor nos traslada de Puerto Lápice a Versalles, contrapone, parafraseando a Madariaga, "hombres-castillo" y "hombres-cristal" y, sobre todo, refleja la evolución de su mirada: más inocente, más macarra y más festiva en "Honda en Castilla", más escéptica, más decepcionada y más escarmentada en "El día de gloria". Conversamos en una terraza, por Príncipe Pío, en la que hay arena de playa.

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Un momento de la entrevista | C.Jordá

P: Señor Bustos, en esta época de escándalos incesantes, crecientes y esperpénticos, ¿el ser humano ha dejado de asombrarse?

R: Está cada vez más caro el asombro, sí. Además, hay una pose, sobre todo en redes sociales, donde es de buen tono no asombrarse de nada y parecer escéptico, resabiado, de vuelta de todo. En realidad, no porque la gente sea muy culta o experimentada, que no lo es, sino porque hay pánico a que ridiculicen tu ingenuidad o tu ignorancia en Twitter o en las otras redes sociales. Entonces, la gente cuida una cierta pose, se fotografía con una biblioteca detrás o arremete contra el primero que confiesa su ingenua admiración por una serie: "¡Pero si la vimos hace un año todos! ¿Cómo te atreves ahora…?". Al final, detrás de ese postureo de tío de vuelta de todo, seguramente, lo que hay detrás es una tremenda ignorancia, cuando no una profunda soledad. El asombro es una conquista, la condición del niño. Dice Chesterton que el niño es el poeta. Cada día descubre una parte del mundo y le pone un nombre. El niño, en el momento en que pone nombre a la cosa que ese día ha descubierto, la está creando. Esa es la actitud originaria de la literatura y de la poesía: nombrar las cosas por primera vez. O tratar el lenguaje de tal manera que el lector reciba una impresión sobre cosas que cree conocer totalmente novedosa, sorpresiva. En el libro, ese ejercicio está sobre todo en Francia. Francia es un país que es tan conocido que lo damos por supuesto. Quizá, descubrir Francia con 36 ó 37 años, en mi caso, era casi arriesgarse a esto, a parecer ridículo: "¿Cómo no se te ha ocurrido conocer Francia?". Quizá nuestra generación daba por supuesto que ese país maravilloso estaba ahí, y que antes se te ocurrían 12.000 destinos más exóticos o más sugerentes. Y ese es el juego literario del libro: presentarte en Francia como si la acabaras de descubrir. Es un ejercicio literario del que se beneficia también el estilo: asomarte a los acontecimientos como si fuera la primera vez. Así que el asombro es una condición del estilo: si consigues escribir desde el asombro, no desde el prejuicio, creo que acabas escribiendo mejor.

P: ¿Y el periodista? ¿También ha dejado de asombrarse?

R: Los periodistas son los grandes resabiados. El periodista se precia, aunque tenga una edad tierna todavía, de saberlo todo, o de que ya nada le sorprende. Es una frase muy de periodista: "Ya nada me sorprende". Pues mal: si ya nada te sorprende, no puedes hacer bien tu oficio. Sin una cierta capacidad de sorpresa, nunca te vas a indignar, porque darás por supuestos los escándalos de los políticos. Si pierdes la capacidad de escandalizarte, tu trabajo no será eficaz. Al final, formarás parte del patio de butacas, del público adocenado que ve la función y se la sabe de sobra. La labor del periodista no es esa, es agitar y decir: "Lo que está sucediendo en escena es grave".

P: Al final de Asombro y desencanto, escribe que el periodismo está perdiendo "la conexión con la esencia lingüística del oficio" y que, a la vez, "el público tampoco se esfuerza por saber". ¿Hay que hablar "en necio" al vulgo "para darle gusto", como defendía Lope, o, siguiendo la tesis de Iriarte, a la plebe hay que darle grano para que coma grano?

R: Si pudiéramos resolver ese dilema, nuestra vida sería más sencilla. Creo que en los tiempos que corren, el periodismo escrito camina hacia modelos de pago, y son modelos que siempre existieron: antes de internet, todo el mundo pagaba por el periódico y era una forma de vida y una industria, y tú pagabas a gente porque tiene una competencia y un talento especial para contar las cosas. Por eso creo que, cada vez más, el periodismo vuelve a una especie de selección de élites bien entendida: no élites socioeconómicas, sino élites morales, gente que desea estar bien informada, disfrutar con la prosa de un columnismo culto… Y al que no, al que no le interese lo que hacen los políticos con sus impuestos, o le parece igual de interesante una columna bien escrita que un tuit o una prosa de teletipo, al final, eso alcanza su público y lo selecciona. Me parece que la salida es la inmensa minoría: hay que tirar por elevación. Bastante adocenado está el ambiente como para contribuir todavía más al fango. En la medida de las posibilidades de cada uno, creo que hay que volver a dignificar las palabras. Uno de los propósitos de este libro es devolverle el peso a las palabras. Para alguien como yo, que vive constantemente de procesar las mentiras de los políticos, cuyos compromisos no valen nada, cuyas palabras son eslóganes creados en un laboratorio de demoscopia… Vivimos en una democracia que ha corrompido el lenguaje, y la forma de volver a dignificar la democracia es empezar dignificando el lenguaje. Eso es importante: la peor corrupción no es la económica, es la de las palabras. Cuando todo significa cualquier cosa, cuando da igual lo que digas porque todo el mundo presupone que es mentira, entonces, la sociedad se vuelve irrespirable. Y una de las funciones de la literatura, y es política, no partidista, pero sí política, es la de dignificar el lenguaje y, en concreto, la lengua castellana.

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Bustos y un ejemplar de 'Asombro y desencanto' | C.Jordá

P: En el prólogo, Trapiello dice que "el progreso, para según qué asuntos del espíritu, es siempre un retroceso"; usted se pregunta si la tecnología nos tribaliza. ¿Estamos involucionando?

R: Sí. Espero que en el futuro repensemos esto del algoritmo o se rediseñe o se legisle de alguna manera para que no siga contribuyendo a embrutecernos. Esto de la burbuja digital está muy estudiado ya. El hecho de que sólo recibas en tu móvil impactos de gente afín te retroalimenta en tus ideas y jamás te obliga a confrontarte con las de tus adversarios. Nunca te descubre puntos de vista novedosos. Al final, la gente se va atomizando y vive en realidades totalmente separadas y paralelas. "¿Y este tío, cómo puede votar a Vox?". "¿Y este, cómo es que vota a Podemos?". Bueno, es que a lo mejor, si sales de la burbuja y hablas con la gente e intentas comprender sus circunstancias socioeconómicas, su vida, su barrio, sus padres, su educación, su fe, su raza, su sexo, a lo mejor descubres que tiene razones para llegar a determinados postulados políticos, igual que él descubrirá que las tienes tú. Estamos volviendo a la tribu y creo que la tecnología está fomentando cierta barbarie digital. Creo que la mejor tecnología para combatir eso sigue siendo la lectura, el libro. Leas en papel o en digital, pero el libro. Y autores de mérito. Autores muertos, a ser posible. Me dio mucha envidia Bruno Le Maire, el ministro de Finanzas de Macron, en aquel vídeo que se viralizó, haciendo un elogio de la lectura no impostado, no un elogio para ganar votos, que sería el que haría aquí cualquier politicastro. Se daba uno cuenta de que había leído a Proust, hablando sin papeles y dirigiéndose a los chavales. Hablaba con conocimiento de causa. Y decía que la lectura le había mejorado la vida, que le había convertido en una persona mejor. Creo que ese poder hay que reivindicarlo. Si no, te encuentras cada vez a más chavales que son seres invertebrados. Chavales y mayores, eh. Gente que no tiene las herramientas críticas que desarrolla la lectura. Y las series de televisión son un complemento, pero no un sustituto de la lectura.

P: ¿El hombre crítico es un bucardo, un animal condenado a la extinción?

R: Creo que no. Igual estamos idealizando el pasado y pensamos que antes de Twitter la gente discutía en los bares como en La clave de Balbín. Es otra de las trampas de los nostálgicos. La nostalgia siempre es una trampa, pero esto de pensar que España era una especie de la Atenas de Pericles antes de la irrupción de Twitter y de Pedro Sánchez, pues tampoco. También en las redes hay una gente maravillosa, con una cultura excepcional. Todo es buscar. Pero es verdad que lo que tiene el foco no es la cultura, no es la meritocracia, sino la astucia, el regate corto, la jugada maestra, todas estas cosas que nos proponen desde las tablas políticas y que acaban permeando a toda la sociedad. Una especie de apoteosis de la picaresca con lenguaje marketiniano. Eso es lo que vivimos.

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Las muy expresivas manos del periodista | C.Jordá

P: El Bustos de la primera parte de Asombro y desencanto es más escéptico que el de la segunda.

R: En la primera parte, era un chaval de 32 años que acababa de llegar a El Mundo después de un tiempo de precariedad, como todos los que no hemos llegado a este oficio con padrino, máster, apellido o dinero. Llegas allí y tienes tu escritura para crecer. Cuando llego a El Mundo, se cumplía el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de El Quijote, y el jefe de Cultura, Manu Llorente, me manda a La Mancha a recorrer la ruta de Don Quijote siguiendo los pasos de Azorín, pisando las huellas de La ruta de Don Quijote, ese libro maravilloso. Por cierto: Azorín se reivindica poco. Hay otros escritores que están conociendo un revival, como Camba y Chaves Nogales, pero quizá deberíamos reivindicar a escritores un poco más exigentes y enjundiosos como Azorín. Entonces, me lancé a la carretera con ganas de medirme, ya ves tú qué insensatez, con Azorín, que tenía la misma edad que yo cuando El Imparcial, dirigido por Ortega y Munilla, el padre de Ortega y Gasset, le manda a celebrar por esas tierras el tercer centenario de la segunda parte. Es decir, que cien años después, con la misma edad, me pongo a imitar el libro de Azorín con mis propios ojos. Y es una mirada ya muy libresca, pero más ingenua, más pura. El narrador del viaje a Francia, cuatro años después, es otro. Es una persona que ya tiene una posición establecida en los medios, que acumula unas cuantas decepciones y que se ha involucrado en la defensa de algunas ideas que no han ido precisamente bien. Eso te va trabajando la mirada, te va generando un cierto escepticismo. En ese sentido, el libro, desde La Mancha y el que era entonces hasta Francia, dibuja el itinerario de alguien que va perdiendo algunas certezas y va ganando un poquito más de conocimiento de sí mismo y de los demás.

P: Hábleme de su afrancesamiento.

R: Sigue siendo una palabra maldita y, todavía hoy, en la conversación política, genera pasiones encontradas, como si estuviéramos en 1808 esperando a Napoleón. Ahora hay una francofobia desatada porque los franceses, según la izquierda madrileña, están invadiendo Madrid. Pero cuando Manuel Valls entró en política, Vox decía que venía el gabacho a darnos lecciones de democracia. Son dos extremos que no puedo comprender, como si la identidad española se construyera por oposición a lo francés. Es verdad que hemos tenido, históricamente, una relación muy intensa con Francia, hemos estado en guerra con ellos, de Francia vinieron las ideas subversivas, la democracia, la contracultura… Siempre ha habido una relación con Francia que a ciertos esencialistas ponía nerviosos. Por otro lado, ciertos progres abrazaban lo francés de forma excesiva en detrimento de lo propio. Quiero pensar que este libro evita los dos extremos: no hay un encantamiento tan ciego que me haga olvidar las razones para sentirse orgulloso de ser español, porque ahí está La Mancha, y eso que no es una tierra especialmente aventajada, ¿no? Es una tierra pobre, históricamente desfavorecida, con un frío horrible en invierno, un calor extremo en verano, pero que ha forjado un tipo de temperamento. En las gentes de Castilla-La Mancha es todavía posible rastrear la pintura de caracteres que hace Azorín en el libro. Azorín llega a decir, por ejemplo, que en el suspiro de una mujer castellana hay siglos de temperamento. Es decir, hay que tener la suficiente apertura de miras y la suficiente seguridad en la condición propia como español del siglo XXI para mirar a lo francés sin prejuicios, para encontrar y señalar lo bueno que tienen y, en un momento dado, decir: "Prefiero lo mío". Pero sin una posición defensiva. El que sale fuera con una posición defensiva para volver diciendo "lo mío es mejor", no está viajando. Se dice: "El nacionalismo se cura viajando". Depende: primero tiene que viajar la mente. Si vuelves de un viaje importante igual que como te fuiste, no has viajado: has hecho turismo en el peor sentido de la palabra. Es importante aparcar esos prejuicios. En mi caso, es evidente: es el relato de un afrancesamiento y de la destrucción de algunos prejuicios que en la educación conservadora que yo recibí, en el ambiente en el que crecí, estaban vigentes.

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Bustos sonríe en un momento de la conversación | C.Jordá

P: Se refiere a la "eterna bipolaridad de Francia, generosa con sus héroes individuales tanto como con sus sentimientos colectivos". Eso, en España, no se lleva. O se lleva poco.

R: Hay una idea que recorre el libro que es la contraposición entre el individualismo castellano, que es casi un tópico historiográfico, y el sentido de la nación y de la república que tienen los franceses. Por eso tienen muy buenos novelistas. Nosotros tenemos al mejor, pero no tenemos una novelística…

P: Nosotros tenemos a los mejores poetas.

R: Claro, y la poesía es un género individual. Igual que la pintura. Para la novela se necesita tener una mente en red y una visión de conjunto, de gran fresco. Este país tuvo a Galdós, pero entre Galdós y Cervantes no hubo una tradición narrativa tan poderosa como la que hubo en Inglaterra, en Francia o en Rusia. Quizá, el artista español crea muy a gusto en su torre de marfil, pero le cuesta salir de su castillo. Madariaga decía que el español es un castillo, mientras el francés es un cristal. Decía Madariaga que el carácter colectivo del español es el castillo. Es un tipo que en cuanto conquista una posición, se acoraza, se amuralla. ¿Por qué somos un país con celosías y persianas? Cuando viajabas a ver a tu colega de Erasmus, no había persianas en las ciudades europeas. ¿Porque tenemos algo que esconder, porque no queremos que nos vea el vecino? Es verdad, somos de un país que tiene sus propias notas idiosincrásicas. Entonces, hay algunas notas del carácter colectivo que siguen vigentes y que cuando viajas, por debajo de la uniformidad que impone la globalización, todavía es posible distinguir tipos humanos que son hijos del clima, de la historia, de la religión… Y eso es bonito. Esa contraposición, dirían los del 98, entre el manantial literario de la nación, que es La Mancha, la tierra de Don Quijote, que es El Quijote, y el país de las Luces, la Ilustración, la razón, el país cristal, del racionalismo, de los cartesianos y tal… esa confrontación entre "hombres-castillo" y "hombres-cristal" me parecía muy sugerente, y es otra de las cosas que recorren el libro.

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El autor de 'Asombro y desencanto' en un momento de la entrevista | C.Jordá

P: Durante su paso por Ambroise, el pueblo que Leonardo da Vinci eligió para morir, destaca "el prodigioso chovinismo cultural" francés, "capaz de hacer olvidar al turista que Leonardo alguna vez fue italiano". ¿Nosotros hicimos eso con Colón hasta que lo convertimos en genocida?

R: Sí, sí (risas). Nosotros somos alérgicos al chovinismo por pura incapacidad. El último que lo intentó fue Franco y todavía estamos purgando sus pecados. Intentar que España dejara de ser un problema… pensaba que en la Transición se había conseguido, pero cada tanto surgen nuevos acomplejados o ignorantes que intentan volver a abrir la cuestión española comprando la mercancía averiada del exterior. No debe ser tan difícil navegar entre la Leyenda Rosa y la Leyenda Negra. ¿No habrá alguna posibilidad de resaltar lo bueno y criticar lo malo?

P: Hablemos de mi tierra. Creo que lo clava cuando dice que La Mancha "produce su genialidad a partir de su miseria y toda su fertilidad artística a partir de su aridez material". José Mota me dijo algo parecido, que la vasta llanura, en la que "cada duro ganado ha costado muchísimo", da al manchego "una vista larga y un paso corto".

R: También fue una idea resaltada por el 98: no sólo por los escritores, sino también por pintores que venían del levante, como Sorolla, o Zuloaga: gente que va a Castilla y ve esas llanuras, esos pueblos, ese calor, ese frío, esos tipos resignados pero con un cierto senequismo filosófico, un sentido de la fatalidad que les lleva casi al humorismo. Es un mecanismo muy inteligente: "Ya que no podemos presumir de grandes cosas, vamos a partir de nuestra modestia obvia". Ya lo hizo Cervantes. Veníamos del Amadís de Gaula y Cervantes dice: "No, no: mi caballero bufo va a ser de La Mancha". Y los propios de La Mancha, aparte de haber construido una industria en torno a su libro inmortal, de la que siguen comiendo a día de hoy, generan su propio humorismo. Un humor del que, a veces, sólo se da cuenta el forastero, aunque sea madrileño. Ahora que estamos con lo de las identidades, los nacionalismos y tal: anda que no tendría razones La Mancha para quejarse de Madrid, porque toda su gente se le ha ido yendo a Madrid. Pero nunca verás una especie de procès a la manchega, siendo Cataluña una tierra históricamente privilegiada por muchas cosas: nunca verás a un manchego quejándose, alimentando el victimismo. Todo lo contrario: hace humor y, con eso, hace arte. Existe ese tipo humano y permanece. Es bonito que permanezca y que te los puedas encontrar, y darte cuenta del valor moral que tiene eso. Y, sobre todo, de la fuente artística que ha supuesto para la literatura, la pintura, para muchas cosas, sin dar un problema, sin quejarse.

P: ¿Hubiera entendido peor La Mancha de no haber leído El Quijote?

R: Sí, sin duda. Cuando has sido muy lector desde niño, normalmente, la vida la vas reconociendo después de haberla leído. Por ejemplo, uno llega al amor después de haber leído mucha poesía de una forma tan estúpidamente romántica y sentimental, y luego se da cuenta de que eso provoca las risas de las mujeres (risas). Viajar a La Mancha habiendo leído El Quijote y las lecturas sobre El Quijote de Unamuno, Ortega y Gasset o Azorín es viajar dos veces: tienes la cabeza llena de referencias, de percepciones de tipos de una sensibilidad extraordinaria. Estás subido a los hombros de esos gigantes, vas recorriendo aquello y te haces la ilusión de que estás ante la raíz de todas esas teorías y percepciones. El Quijote es como las pirámides de Keops: tú no puedes relativizar ese logro. No es algo que digas "bueno, está bien". Es un libro que no es una cuestión española: es patrimonio de la Humanidad en el sentido más puro. El Quijote es un pilar en la Historia del mundo: si lo quitas, se vendría abajo la mitad de la civilización. Y es nuestro, y están esos lugares allí.

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Bustos reflexiona antes de una respuesta | C.Jordá

P: En los pueblos manchegos, el tema de la Guerra Civil sigue siendo especialmente delicado. Diría que más que en Madrid, donde es más bien una cosa de políticos cizañeros. No me extrañó lo que cuenta sobre la réplica del retablo que dio lustre a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en Campo de Criptana, con la encargada diciéndole que "se quemó en la guerra".

R: Debió ser terrorífico eso de hermano contra hermano, vecino contra vecino. Y es verdad que ese eufemismo, en su momento, tenía una razón de ser. Ese uso impersonal del verbo, ¿no? Tú compras una guía, una audioguía, para ver la iglesia o la catedral de turno, y hay siempre un momento en el que se dice "bueno, esto ha sido reconstruido porque en 1936 se quemó". Hombre, no: cuénteme quién lo quemó. Ha pasado el tiempo suficiente como para que no tengamos que recurrir al eufemismo. Parece que el guerracivilismo vuelve a rentar y que vamos a ser incapaces de relacionarnos de forma natural con ese conflicto. Me sigue sorprendiendo eso. Hay otros lugares, como la catedral de Toledo, en los que el arzobispado sí se ha preocupado de poner: "Los milicianos mataron aquí a no sé cuántos sacerdotes y novicios...".

P: Ahora entiendo por qué en Palma de Mallorca cambian el nombre de la calle de Toledo.

R: (Risas) Claro, claro. Tienes razón: es verdad que hay un respeto quizá bienintencionado, para no provocar entre los vecinos batallitas del abuelo, pero yo creo que ya deberíamos haber superado esto. ¡Lo habíamos superado, si es que lo habíamos superado! Lo que pasa es que desde la irrupción de Podemos, ya Zapatero venía jugando con la memoria histórica y tal… sacaron del desván las viejas historias del abuelo no para mirarlas con cariño, sino para arrojárselas al vecino, al compadre o al amigo. Y eso ha sido terrorífico.

P: Para terminar: ¿cuál ha sido la mayor lección que ha aprendido mientras elaboraba este libro?

R: Elaborando este libro fui profundamente feliz. Es un libro nacido de una cierta necesidad: tengo una exposición mediática muy alta, muy cansada. No me quejo, soy un privilegiado, estoy en una posición envidiable, seguramente envidiada, pero tiene un coste. Yo no tengo vida: de lunes a viernes, mi vida es un continuo de reuniones, tertulias, artículos, editoriales, tribunas, horas de redacción, plató, estudio de radio… Estoy entregado al sacerdocio del periodismo. Eso durará un tiempo, y bien está. Pero eso tiene un precio, y el precio que pago es el de ahogar mi vocación literaria. Siempre he querido ser escritor. También columnista, y eso está conseguido. Pero no siento que haya iniciado una carrera de escritor. Quizá este sea el primer peldaño de esa escalera. Es mi quinto libro, estoy contento con los anteriores, pero eran libros más ensayísticos, algunos de encargo… Este es el primer libro literario puro que he escrito. Y me gustaría que fuera el primero de una carrera literaria al margen de mi quehacer como periodista político.

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