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Laura Sancho: "Las democracias actuales adolecen de falta de responsabilidad y formación ciudadana"

La catedrática de Historia Antigua, Laura Sancho, publica El nacimiento de la democracia, un repaso exhaustivo y ameno de la historia ateniense.

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La catedrática de Historia Antigua, Laura Sancho, publica El nacimiento de la democracia, un repaso exhaustivo y ameno de la historia ateniense.
Pericles se dirige a la Asamblea de Atenas. | Archivo

Dice Laura Sancho que los clásicos siempre guardan alguna enseñanza, que aunque cualquiera pueda pensar que son difíciles y aburridos no lo son, ya que se enfrentaron a problemas que, "sin ser exactamente los mismos que los del presente", atesoran siempre una sorprendente actualidad. No en vano, ella es catedrática de Historia Antigua en la Universidad de Zaragoza. De hecho, acaba de publicar El nacimiento de la democracia (Ático de los libros), una historia exhaustiva y amena que repasa los principales avatares del mundo panhelénico —aunque sobre todo de Atenas— durante sus siglos de esplendor, entre el VI a. C. y el IV a. C. En un contexto de crisis de las democracias contemporáneas, tal vez, un regreso a aquella que las inspiró siempre puede arrojar algo de luz. Para dilucidar esas cuestiones, hablamos con ella:

Pregunta: ¿Qué pensaría un ateniense de nuestras democracias actuales?

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La catedrática de Historia Antigua, Laura Sancho

Respuesta: Pues posiblemente no las entendería como democracias. Las vería más cercanas a oligarquías, tal vez, si es que se pudiesen aplicar los parámetros de aquella época a esta. Ellos no conocían el sistema representativo y, por tanto, lo que verían, seguramente, sería una casta política, unos políticos profesionales, que son los que gestionan. La idea de los griegos es que los ciudadanos son los que administran y toman las decisiones. Para ellos la diferencia entre un sistema más o menos democrático o más o menos oligárquico residía en el número de ciudadanos involucrados en la toma de decisiones y, sobre todo, en qué criterios se debían aplicar para definir quién podía ser considerado ciudadano y quién no. Si el criterio se limitaba a los nativos, sin importancia de clases sociales o de castas, entonces estaban en una democracia, que además iba ligada inevitablemente a una Asamblea. En sus sistemas oligárquicos, por contra, el número de dirigentes era más reducido, así que en lugar de una Asamblea solían emplear Consejos y magistrados, que tenían más poder que en las democracias. Teniendo eso en cuenta, lo más probable es que si viesen nuestras democracias actuales las catalogasen de oligarquías. Sistemas de burócratas y profesionales de la política en los que los ciudadanos no sólo no toman decisiones sino que ni siquiera se enteran demasiado de lo que deciden sus gobernantes.

P: Pero si llegasen a esa conclusión, sin embargo, perderían de vista la labor de los ilustrados, ¿no? La comparación entre la libertad de los antiguos y la de los modernos que hizo Benjamin Constant para defender la democracia representativa, por ejemplo.

R: Sí, ese discurso de Constant fue muy famoso en su momento, claro. A ver, es que es un tema muy amplio. En primer lugar, yo no creo que sea aplicable en nuestros días una democracia directa al estilo de la ateniense. De hecho, el principal problema que tuvieron los atenienses a medida que le fueron dando más poder a la Asamblea fue el de la demagogia. Algo que se corrigió, hasta cierto punto, a principios del siglo IV a. C. con una serie de medidas encaminadas a impedir que la Asamblea pudiese tomar decisiones legislativas de forma acelerada. La demagogia consistía en que un personaje especialmente influyente exponía medidas muy vistosas y la Asamblea acababa votando un poco engañada por las expectativas generadas. Eso les llevó a situaciones desastrosas, como la campaña de Sicilia, por ejemplo. Las sociedades actuales, por contra, adolecen de falta de responsabilidad del ciudadano, en mi opinión. Pero eso no quiere decir que la solución deba pasar por un regreso a la plaza pública. El ciudadano lo que necesita actualmente es formación. Y buena información. Lo que nos ocurre ahora, y concretamente en nuestro país, es que las grandes cadenas de información están en manos de los mismos siempre. Si a eso se le añade la corrección política y la dificultad que existe de cuestionar los discursos hegemónicos, la cosa se hace más complicada. El ciudadano no se informa a través de la prensa. No indaga en medios distintos. Está poco formado. Pero tampoco es que el sistema esté pensado para que se forme. A la élite política lo que le preocupa es conseguir los votos de cualquier manera. No le interesa demasiado la formación del ciudadano. Así tenemos el sistema educativo que tenemos. Yo me dedico a la historia y me doy cuenta con mis alumnos. ¿Cómo les vas a hablar de la democracia antigua si no saben ni cómo funciona la moderna?

P: Indaguemos en la democracia antigua, entonces. Leyendo su libro no he podido dejar de preguntarme cómo pudieron darse las reformas de Solón en aquella época.

R: Bueno, en mi opinión, Solón tenía mucho miedo a la tiranía. Eso es algo fundamental a la hora de comprender sus reformas. Además no se trata de una característica exclusiva suya. Se da en muchos de sus contemporáneos. Cuando hay tirano no hay polis, porque para los griegos la polis son los ciudadanos. Si uno se erige en autócrata y hace de su palabra la ley, las leyes dejan de existir. Por lo tanto, lo que busca Solón es cohesionar a la ciudad para evitar la tiranía. Solemos decir que Solón no instauró la democracia. Bueno, es que nadie lo hizo realmente. Nadie fue a la Asamblea y propuso una ley para instaurar un sistema llamado democracia. Solón abordó una serie de problemas y, de hecho, lo que terminó consiguiendo fue instaurar una forma de democracia a la que Aristóteles denominó "democracia primitiva". La Asamblea, a partir de entonces, controlaba al poder. Eso ya puede ser considerado un gran avance democrático, ¿no? Y el hecho de que liberase a todos los ciudadanos, que los hiciese libres por el mero hecho de ser miembros de la comunidad ateniense, es una novedad impresionante para haberse dado en el siglo VI a. C.

P: ¿Pero no tiene más sentido que en un contexto de sociedades pequeñas y en guerra permanente la gente confíe antes en el gobierno fuerte de un líder que en la deliberación de todos?

R: Lo que pasa es que los ciudadanos eran los que hacían la guerra. De hecho, las asambleas nacen en tiempos primitivos, por los guerreros. No hay más que pensar en la Ilíada. Además, las guerras eran estacionales y en la mayoría de ocasiones consistían en una sola batalla. Nada más. El fenómeno de la guerra del Peloponeso fue muy novedoso. Y las guerras Médicas, como decía Tucídides, fueron sólo unas cuantas batallas. Algo que ya fue visto como un proceso bélico importantísimo, teniendo en cuenta la cantidad de ciudades que se vieron implicadas. Pese a todo, la mayor parte de las guerras de la época arcaica fueron guerras de fronteras y consistieron en batallas dilucidadas en un día, después del cual cada uno recogía a sus muertos y regresaba a su ciudad. No hay que imaginarlas como las guerras modernas. Lo que define a las polis, en realidad, es el hecho de que los ciudadanos eran a la vez guerreros y a la vez personajes políticamente activos. Y hay que tener en cuenta que eran sociedades muy pequeñas. Por eso muchas de sus características no son aplicables a sociedades posteriores. Se trata de algo sobre lo que ya habló Montesquieu, cuando decía aquello de que las repúblicas antiguas eran ciudades y que en estados territoriales sus métodos eran inviables. El sistema representativo se inventa un poco para que el ciudadano pueda controlar a sus representantes. Esa es la clave. Y lo que está faltando más en las democracias modernas, desde mi punto de vista.

P: ¿Cómo podría paliarse esa carencia actual, entonces?

R: Pues repito lo que he dicho antes: hace falta que el ciudadano esté más formado. Eso haría mucho. Luego, por otra parte, la división de poderes, que es uno de los grandes avances de las democracias modernas, también tiene su papel. El Poder Judicial tiene que ser autónomo y controlar al Ejecutivo. Ahora, si el Judicial acaba en manos del partido que gobierna, ¿qué control puede haber?

P: ¿Pero el Judicial no depende en última instancia de las leyes que aprueba el Legislativo? ¿No puede ver sus funciones de control limitadas desde ahí?

R: Bueno, eso depende también del sistema electoral y de que el Legislativo sea verdaderamente independiente del Ejecutivo, algo que no pasa en el nuestro. Lo que ven los teóricos actuales es que el único poder que debe mantenerse al margen es el Judicial, ya que la relación entre Legislativo y Ejecutivo tiende a ser bastante estrecha.

P: Por volver a las polis, ¿qué sistemas alternativos a la democracia existían para evitar las tiranías?

R: Bueno, hay que entender que las polis eran comunidades humanas muy concretas. No eran estados. A veces las imaginamos como si lo fueran, pero no. Antes de la tiranía las ciudades eran gestionadas por una aristocracia, pero de una forma bastante elástica, podríamos decir. Conforme las ciudades fueron haciéndose más populosas y ricas, conforme fueron teniendo la amenaza de la tiranía, fueron institucionalizando los procedimientos. Entonces es cuando comienzan a escribirse las leyes, cuando surgen asambleas que tienen que reunirse obligatoriamente en fechas señaladas, consejos que tienen delimitados los poderes, magistrados que sólo pueden ejercer el cargo durante un único año, etcétera. Se van sistematizando los protocolos, por así decir. Algo que también propicia que los ciudadanos vayan implicándose cada vez más y que las capas medias y bajas comiencen a exigir entrar en el círculo de las decisiones. Pero la cosa va produciéndose de forma muy paulatina y gradual. Se puede hablar de sistemas más o menos democráticos en función de la cantidad de requisitos que cumplan. Lo que diferencia a Atenas del resto es que fue dando pasos muy acelerados, sobre todo, a partir de la victoria contra los persas. Tiene sentido, en realidad. Como los atenienses optaron por una fuerza militar naval, necesitaron incluir a los ciudadanos que manejaban las naves, que provenían de las clases más humildes, en la toma de decisiones. Al final, las victorias dependían de ellos, por lo que era bastante lógico que lo hiciesen.

P: El otro gran reformador demócrata fue Clístenes, pero a diferencia de Solón él se sirvió del pueblo para llegar al poder. ¿No indica eso que la democracia tiene, ya desde sus inicios, el germen de la demagogia?

R: Sí, por supuesto. Eso es así. Todo líder demócrata requiere del apoyo de la Asamblea. Solón se enfrentó a una época de crisis muy fuerte, pero distinta. La imagen que nos ha llegado de él es que era una persona con una ética muy elevada, que hizo sus reformas y se alejó de la sociedad, siguiendo la tradición arcaica de los legisladores que dejaban las leyes selladas y se iban para evitar que posibles presiones interesadas pudiesen hacerle cambiarlas. El caso de Clístenes es diferente. Sólo tenemos noticias de su legislación en un año, el 508 a. C. Y llegó al poder en una lucha contra un rival político: Iságoras. Claro, en ese contexto, lo que él hizo para vencer fue dar entrada al demos. De esa forma, la política dejó de ser una lucha entre individuos de las clases altas y pasó a ser una lucha en la que el pueblo tenía la última palabra. A partir de entonces la habilidad del buen político —Pericles es el paradigma— consistió en informar bien al demos y hacerlo reflexionar y deliberar. Al final, eso es lo que diferenciaba a un buen político de un demagogo.

P: Supongo que eso obligaba a que los ciudadanos conociesen perfectamente el sistema y las leyes de la ciudad. No sé si imaginar algo así en nuestros tiempos es una quimera…

R: Sí, en eso tienes razón. Sus sistemas eran menos complejos, también es verdad. Pero el propio ejercicio de la toma de decisiones hacía que el ciudadano se formase. Si uno se acostumbra a ir a juicios y a escuchar argumentos de una parte y de la otra, al final tiene una mente más formada. Lo mismo ocurría con la política. Los ciudadanos no solamente formaban parte de la Asamblea. También debían pasar por el Consejo de los Quinientos, donde se discutían los temas que iban a ir a la Asamblea después. O ejercían las magistraturas, que eran un montón. Aristóteles habla de setecientas. Eso son setecientos cargos anuales. Al final, lo que se produce es que una proporción elevadísima de la ciudadanía haya tenido que pasar alguna vez en su vida por alguno de los cuerpos de magistrados. Que haya tenido que gestionar la economía, la justicia, las celebraciones religiosas, la importación de trigo… En fin, un montón de cosas que no pasaban por un Estado burocrático, sino por ciudadanos que asumían esas responsabilidades por periodos de tiempo limitados. Gracias a eso los ciudadanos estaban siempre perfectamente informados y, por consiguiente, cada vez más formados.

P: Pero aún así, según se ve en su libro, el deterioro demagógico se acabó dando incluso en ese tipo de sociedades. ¿Es inevitable que los sistemas políticos se corrompan?

R: Bueno, siempre existe el riesgo de que el demos sea manipulado. Eso desde luego. Pero no necesariamente hay que verlo como una línea descendente. La cosa no arranca siempre con unas expectativas muy positivas y después se desarrolla como una larga e inevitable decadencia. Hay momentos verdaderamente esplendorosos y hay momentos críticos. La decisión de la campaña de Sicilia, por ejemplo, si seguimos la narración de Tucídides, se dio debido a los discursos demagógicos de Alcibíades. Pero el mismo Tucídides reconoce después que, una vez se produjo la derrota, el demos entró en razón y entendió que había que tomarse las cosas en serio. Lo que quiero decir es que el demos no tiende necesariamente a dejarse llevar por el primer demagogo de paso. Si Pericles era capaz de hacerlo deliberar es que no es imposible conseguirlo, ¿no?

P: Eso pensaba mientras leía el libro. ¿Cuál era el secreto de Pericles?

R: Pues seguramente residía en que era patriota, insobornable, y en que sabía ponerle palabras a las ideas. No solamente sabía qué es lo que había que hacer, sino que tenía la capacidad de persuadir a la gente.

P: ¿Pero cómo conseguir que la gente reflexione y delibere si el Parlamento está sumido en un bucle demagógico al que contribuyen todos los partidos?

R: Bueno, es que eso que describes es propio de la política de partidos, precisamente. Como los partidos políticos lo que quieren es llegar al poder, en esa carrera por alcanzarlo, muchas veces, se olvidan de sus programas. Yo pienso que en las democracias actuales los partidos son necesarios, pero en la democracia antigua no. Esa es una diferencia muy importante. Entonces lo que había era individuos que tomaban la palabra en la Asamblea. Se habla de ellos como políticos, oradores o demagogos. En realidad son términos intercambiables. El significado del término demagogo actualmente no es necesariamente el que tenía siempre en el mundo antiguo. Un político podía optar por hacer reflexionar, presentar varias opciones, crear un ambiente que favoreciese la toma de decisiones racionales o, como hizo Alcibíades, manipular a la gente para brillar por encima del resto.

P: E incluso llegar a traicionar a la polis, ¿no? Me parece muy interesante la figura de Alcibíades.

R: ¡Y tanto! Es todo un personaje de época. Además yo siempre les digo a mis alumnos que era muy guapo. Muy atractivo. Y ganaba en los juegos olímpicos. La gente le tenía miedo, pero a la vez sentía verdadera inclinación hacia él.

P: ¿Qué relación tuvo con Sócrates?

R: Mucha. Fue discípulo suyo, seguramente a través de la casa de Pericles, donde, bueno, se habla del "Círculo de Pericles", que a lo mejor no existía como tal, pero sí que tenían lugar muchas reuniones de artistas, intelectuales y filósofos. Como te digo, lo más seguro es que tuvieran contacto de esa manera. Sócrates, en uno de los diálogos platónicos, dice haber admirado a Anaxágoras, que fue el maestro de Pericles. De ahí puede venir la relación. Aunque después Sócrates se alejaría de ese mundo y se convertiría en otra cosa. Pero sí, su relación con Alcibíades fue muy estrecha. De hecho, como sabrás, en el famoso juicio contra Sócrates se le acusaba de haber pervertido a la juventud. Y entre esos jóvenes estaba Alcibíades.

P: Y parte de esa acusación de perversión se centraba, más allá de la impiedad de los jóvenes, en la consolidación de ciertas posturas antidemocráticas, ¿no?

R: Bueno, vamos a ver, es que Sócrates criticaba cosas de la democracia. Cosas como el sorteo, por ejemplo. Creía que no todo el mundo posee la virtud política. En el diálogo de Protágoras compara, por ejemplo, a los hijos de Pericles con su padre. Él era un hombre brillante y sin embargo ellos no valían nada. Lo que quería señalar es que hay personas que, incluso habiendo tenido al mejor maestro del mundo, continúan sin poseer las aptitudes necesarias para hacer política. Su conclusión era que la virtud política no es transmisible. Por esas cosas se le veía con recelo. Pero pese a todo hay que recordar siempre que después de haber sido condenado por un tribunal ateniense tuvo varias oportunidades para huir, y no lo hizo. El Critón dice que acató la ley ateniense. Había vivido en Atenas y era leal a la ley, por lo que se sometió al juicio de los ciudadanos. Su postura política es ambigua. Hay algunos que defienden que era demócrata y otros que dicen que era un oligarca. Yo creo que es verdad que sus enseñanzas eran críticas con la democracia. Pero ser crítico con la democracia no te convierte necesariamente en defensor de la oligarquía. Lo que le pasó a Sócrates, en realidad, fue que fue maestro de Alcibíades y de Critias, que fueron los dos instigadores de las dos oligarquías atenienses. Entonces, ¿le hacemos responsable de eso? Ese es el quid de la cuestión.

P: Hombre, a bote pronto, a mí me sale responder que nadie es responsable directo de las acciones de terceros.

R: Claro. No podemos saber si Sócrates fue favorable a la oligarquía, necesariamente. De hecho, también se dice que Critias le prohibió enseñar durante la época de los Treinta Tiranos. Y de ahí se sacan dos conclusiones contradictorias. Una es que estaba en Atenas, lo que quiere decir que no se había exiliado con los del demos. Pero por otro lado tampoco era libre. También se cuenta que en el juicio de los generales de las Arginusas él fue el único que votó en contra de condenarlos a muerte a todos en bloque. En fin, es difícil catalogarlo. Se trata de un personaje muy interesante. Éticamente, era un hombre de una pieza. Pero tampoco hay que negar que era crítico con el sistema.

P: Hablando de críticas a Atenas, una de las que menciona en el libro es la aparente incongruencia entre su defensa de la democracia interna y su comportamiento imperialista con el resto de polis de la Liga de Delos. ¿Cómo se entiende que un pueblo que reivindica tanto la libertad no la respete luego en los pueblos vecinos?

R: Pues Tucídides respondería que esa es la naturaleza humana. No sé si es buena respuesta (risas). Desde luego, Atenas es el primer ejemplo de imperio democrático. Es decir, se rige por una democracia interna pero lleva a cabo una política exterior imperialista. Otro ejemplo de eso podría ser el imperio británico, tal vez. Hay que tener en cuenta, de todas formas, que en la mentalidad antigua los derechos los tenían los ciudadanos, pero los extranjeros no. El extranjero jamás podía llegar a convertirse en ciudadano, y el esclavo menos. En ese sentido, las polis aliadas constituían un espacio sobre el que ejercían su hegemonía. Primero, porque se la merecían. Ellos se presentaban como los que habían derrotado al Medo, como si hubiesen sido los únicos que vencieron a los persas. Y segundo, porque se sentían claramente superiores. Consideraban que tenían el crédito suficiente como para poder imponerles a los demás sus intereses. Efectivamente, ejercieron un imperialismo claro sobre las ciudades de su liga naval. Por eso cuando en el siglo IV quisieron reestablecer esa alianza el resto de polis les pusieron unas condiciones. Nada que no fuera respetar la autonomía de las ciudades aliadas, en resumen. Pero sí, se podría decir que el imperialismo que ejercieron durante el siglo V consistía en el principio oligárquico del derecho del más fuerte.

P: ¿Qué les diferenciaba exactamente de Esparta? ¿Qué dos modelos se opusieron en ese momento?

R: Esparta era la ciudad hoplítica por antonomasia. En Esparta se produjo una, vamos a llamarla revolución, seguramente en el siglo VI, a partir de la cual adoptaron un sistema, realmente artificioso, que hacía que los ciudadanos fueran iguales. Los ciudadanos eran iguales en el sentido de que recibían una misma educación, enfocada hacia la guerra; de que eran propietarios de la tierra pero no la trabajaban, porque para eso tenían a los ilotas, que eran sus esclavos, parecidos a los siervos de la gleba; y a que todo su interés radicaba en formar a los espartiatas para ser hoplitas. Eran un ejército profesional y eran muy buenos en lo suyo. Dominaban el resto del Peloponeso. Eran la potencia hegemónica de la llamada Liga del Peloponeso. Y ejercían la hegemonía de forma clarísima. Ellos decidían a qué guerras iban, las aportaciones de los aliados, etcétera. Claro, con esa fuerza, es lógico que ante la invasión meda, o persa, se les diese el papel preponderante. Porque eran capaces de poner en pie de guerra a muchos más soldados que ninguna otra de las ciudades que se enfrentaron al invasor. Atenas, al comienzo de las guerras Médicas, tuvo que asumir la hegemonía espartana. Bien es verdad que acababa de crear su propia flota, pero era muy reciente. La tenía desde hacía un par de años solamente. Era lógico que en ese momento la hegemonía fuera espartana. ¿Qué pasó? Pues que dado que una de las grandes victorias fue naval, empezó una competencia entre las dos grandes polis y sus modelos políticos. Esa es toda la época que conocemos como Pentecontecia. Atenas se fue extendiendo, fue ampliando su ámbito de influencia, mientras que Esparta quedó reducida exclusivamente al Peloponeso. Todo esto hasta que los aliados espartanos, especialmente los corintios, empujaron a Esparta a declarar la guerra a Atenas y recuperar el terreno perdido. Pero claro, con el sistema político de Esparta, al tener a una población sometida tan extensa, Esparta no se atrevía nunca a entablar campañas bélicas que la llevasen muy lejos de su territorio. Eso limitaba mucho sus aspiraciones. En el fondo lo que se opusieron entonces fueron dos modelos completamente distintos. El de Atenas era expansionista y el de Esparta conservador. En la guerra, Atenas fue derrotada principalmente por la cantidad de errores que cometió. Sobre todo la guerra de Sicilia. Por simplificar. ¿Pero qué paso entonces? Pues que Esparta, pese a haber ganado la guerra, se encontró con un número de ciudadanos propio muy reducido. Prácticamente por debajo de los 2.000. El dominio imperial se le hizo muy difícil. Y además lo ejerció de forma mucho más violenta que Atenas. Impuso oligarquías muy estrictas, desacreditándose verdaderamente rápido y favoreciendo que Atenas pudiese fundar una segunda liga naval y competir otra vez. Lo que pasa es que la historia del siglo IV ya es muy distinta porque apareció Filipo de Macedonia, así que ya hablamos de otra hegemonía diferente.

P: Claro. ¿Qué enseñanzas podemos sacar de todo ese periodo histórico?

R: Uf. Eso sí que es complicado. A ver, yo creo que de la historia aprendemos a no cometer errores; aprendemos, quizás, a interpretar las distintas formas de actuación política y estratégica; pero tampoco deberíamos esperar que modelos del pasado puedan servir perfectamente para los retos del presente. No deberíamos copiar exactamente esos modelos. Concretamente, de los antiguos, lo que se puede aprender se aprende leyéndolos, acudiendo a los clásicos. Pienso que a lo mejor hay gente que piensa que leer a Sófocles o a Heródoto es muy difícil y aburrido. Pero no. Realmente uno se sorprende de la actualidad que se puede encontrar en una comedia de Aristófanes, en una tragedia de Eurípides o en un discurso de Demóstenes. Podemos aprender de ellos porque se enfrentaron a problemas que no tienen por qué ser exactamente iguales a los nuestros, pero que siempre guardan alguna enseñanza. Esa es la forma de aprender de ellos, en mi opinión. No necesariamente copiar el sistema de sorteo, o la forma de generar las asambleas. Personalmente, creo que ese no es el camino para aprender de los antiguos.

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